Revista de actualidad, cultura y pensamiento

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Una misiva a los cuervos de las tecnológicas

En El astigmatismo de Chesterton por

17 de septiembre de 2015. 20:40.

Desafortunado Vodafone.

Me presento; soy el número de incidencia I 6045 6448.

Digo de partida que la medalla del género masculino se debe a que la historia atribuye a este sexo los principales generadores de mal de la humanidad.

Mientras suena una perversión de ‘Don´t worry, be happy’ del maestro Bobby McFerrin trato, apresuradamente, de poner en orden los puntos de mi reclamación, que acabará seguramente en la Oficina Contra el Uso Incorrecto de Artefactos Muggles, en algún sótano de la memoria de J.K. Rowling.

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En primer lugar he de decir que estas palabras jamás habrían tenido hueco si no fuera por la belleza de la amistad. Por la valentía de un amigo, que ante los abusos del pseudo-gremio feudal del automóvil (se lanzaron a su cuenta corriente como auténticas alimañas cuando él quería simplemente una revisión rutinaria), decidió dar una voltereta amorosa para acallar el instinto primitivo de destrozar cráneos.

En su afanosa búsqueda de la verdad, de la luz que le arreglaron sin su consentimiento para mostrar las sombras esperpénticas de sus cuerpos, estaba ante dos posibles escenarios. Apuntarse al cuarteto de ‘La naranja mecánica‘ y dejar el taller hecho unos zorros o escribir una carta electrónica.

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Catalanes: ¡siempre seréis españoles!

En Cataluña/Elecciones 27S/España por

img_art_14518_6388Decía Jacques Maritain, inmerso ya en la Europa de la posguerra y sintetizando la larga erudición de los filósofos clásicos, que en la realidad social del ser humano, en el hecho colectivo, debían diferenciarse dos entidades materialmente semejantes pero diferentes en cuanto a la forma.

Hablaba de “communitas” y de “societas” para referirse al grupo humano. Communitas sería aquél al que se pertenece por nacimiento, y societas designaría la asociación (disculpen la redundancia), nacida de un consorcio de voluntades creadoras, de una pluralidad de hombres en aras de un fin predeterminado.

De la comunidad, siempre según el autor francés, debían predicarse análogamente las notas que en Metafísica u Ontología se predicaban del concepto “natura“, en concreto aquélla por la cual esto es esto y no aquello, previa a la esfera de la libertad. Así ocurriría, por ejemplo, con la comunidad más básica posible, que es la familia. Nadie pertenece a una familia concreta por decisión propia ni puede liberarse del título a voluntad: uno nace, no se hace un apellido concreto. Siempre seremos hijos de nuestros padres por mucho que maniobremos en contrario. La ciencia aún no ha avanzado lo suficiente como para operarlo. Sigue leyendo

La vocación del pensamiento cristiano sobre el lenguaje

En Filosofía/Pensamiento por

Los tres grandes pilares de la reflexión filosófica a lo largo de la historia son el ser, el pensamiento y el lenguaje. Todas las corrientes filosóficas tienden a poner el acento sobre uno o sobre otro. En esta historia del pensamiento emerge, con derecho propio y con un peso muy importante, la así llamada “filosofía cristiana”: una propuesta filosófica con una amistosa inclinación hacia el realismo y cuya reflexión tiende a girar, por lo tanto, en torno al problema del ser y, de forma un poco más marginal, en torno al problema del pensar.

Sin embargo el lenguaje es un terreno poco explorado para la mayor parte de los realistas. Una gran parte de los tomistas actuales, afincados en los ateneos pontificios romanos en su preparación para un ministerio de evangelización, leen con recelo a los grandes teóricos del lenguaje, especialmente a los de los siglos XIX y XX -De Saussure, Heidegger y Gadamer, Austin…- a la caza condenatoria y apologética de expresiones de relativismo y de anti-realismo. Asimilan en líneas generales las enseñanzas del Crátilo de Platón y de Aristóteles, y con ello se disponen a dar el salto a la teología, a la reflexión sobre el valor del lenguaje escriturístico, a la reflexión escatológica sobre la eficacia de la Palabra de Dios en la historia y en los sacramentos, y a la reflexión trinitaria sobre la persona del Verbo.

La reflexión filosófica sobre el lenguaje de gran parte del realismo tomista ha pasado de ser ancilla theologiae, sierva de la teología, a ser una cría descuidada y temerosa escondida entre las faldas de una madre inhóspitamente dogmática.

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El debate sobre el aborto

En Asuntos sociales/Bioética por

Cuando leo sobre el escándalo de Planned Parenthood –la venta de tejidos y partes de fetos abortados– y las reacciones que esto ha tenido –politizar la noticia, como hace el New York Times u ocupar las portadas de muchos portales cristianos y católicos– me pregunto hasta cuando el debate sobre el aborto seguirá siendo un tema pendiente.

No hay mucho debate, a lo sumo, peleas entre “nazis” y “retrógrados-fanáticos”, como se llaman mutuamente, o monólogos incomprensibles para unos y otros. Una excepción es el que mantuvieron en la Universidad de Yale los filósofos Peter Kreeft y David Boonin en 2008, y en 2010; esto representa de lo mejor que uno se puede encontrar googleando, y sin embargo, sigue sabiendo a poco. Sigue leyendo

Las gordas sois feas, pero sois bellas

En Asuntos sociales/Mujer y género por

Elna Baker, la gorda que no se aceptaba

A propósito del artículo del diario “El País” sobre Elna Baker; a todas las gordas cuya mente, gran esclava en el siglo XXI, more allende lo políticamente correcto. A las gordas (gordas, porque el eufemismo es en realidad un insulto) de mente abierta que trasciendan las pasiones marxistas de la emancipación de la mujer.

Es verdad que las gordas sois ‘feas’. Lo siento mucho. De veras: lo siento.

La conciencia social ha manipulado la concepción de belleza; un consenso social, de la forma por la que haya llegado a producirse, ha establecido una idea común en la mente masculina, un modelo, una causa ejemplar de atractivo.

Cabría preguntarse qué diantre es la belleza, y si son lo mismo el ser-bellolo-que-provoca-agrado. Pero esas disquisiciones metafísicas se las dejo a la lectora.

Es lógico que las mujeres intenten agradar a los hombres tanto en alma como en cuerpo. También los hombres quieren agradar integralmente a las mujeres: forma parte de ese instinto personal, de la naturaleza humana, el mendigar cariño. Somos seres sociales, y necesitamos la consideración y el amor del otro: necesitamos que nos quieran en cuanto somos, en todo lo que somos, en quiénes somos.

En otro ámbito, la autoestima está muy vinculada al asombro producido en quien se tiene al lado. ¡Qué difícil es quererse, es decir, encontrarse “bueno“, si nadie alrededor es capaz de hacerlo! Uno trueca el agrado subjetivo del que ve por la belleza objetiva de lo visto, y así llega a confundir realidad y fantasía. La sensación de desagrado del otro se convierte en un dictado metafísico, en un: “no es por él, es porque en verdad soy fea“.

Una vez más, la mujer es la víctima en la mayoría de los casos, pero también ella tiene que cambiar. Los hombres tenemos que educar nuestra sensibilidad y deshacernos de artificios, de ideas impuestas por un sistema, y volver a la realidad; hay que abandonar inventos eidéticos en favor de la belleza primigenia: la de la mujer real.

Sólo se puede amar lo bueno, sólo puede satisfacer lo bello, eso es bien cierto; pero, al margen de otras cuestiones sobre el amor verdadero (porque esto no se agota aquí), el hombre de hoy ha establecido como criterio de valoración de la belleza de una mujer la mayor o menor adecuación de la realidad femenina a la idea mental, en desafortunada y falsa inversión de los términos. Y eso ha de cambiarlo.

Pero en una sociedad que además fomenta la cosificación de la mujer y excita al hombre con erotismos y reducciones de lo femenino a un juguete sexual, el cambio, mal que nos pese, tardará en llegar. El hombre se deja, en omisión execrable e imperdonable, y desde la pornografía hasta las pasarelas de Victoria’s Secret, los ‘mostradores de la Belleza‘ lo han convertido en un monstruo. ¿Cambiará el hombre cuando la mujer es para él?

Las gordas no podéis esperar a que las piedras se hagan de carne: debéis cambiar también vosotras, y aun con desánimo, con amarga resignación, debéis afrontar la realidad de que los hombres así no pueden querer: se quieren a sí mismos en las mujeres. Es triste, por él y por ella; pero no podéis permitir que se erijan las exigencias sexuales de un demente en criterio de valoración personal. ¡No! No sois bellas por agradar a los hombres: sois bellas, y si el hombre no lo ve es su gusto el extraviado, es él el trastornado.

Entiéndanse las generalizaciones con bondad y en su sentido: aún quedan hombres buenos

El gran defecto del sistema

En Economía/Pensamiento por

Todo cambio ha surgido de un grito previo; del grito colérico y encabritado, de la indignación profunda, del sacrosanto: “se acabó“. Es furor desbocado, agresiva aversión al mal que ha poseído a todos los hombres de bien que por el bien han batallado, a sablazos sangrientos e incansables; es el motor de la santidad la ira santa, que ha de verse siempre completada por el amor del bien, por el deseo del fin.

No espere el lector encontrar en estas líneas crítica constructiva alguna. No espere el lector soluciones, fórmulas algorítmicas o la vacuna definitiva de nada: ni las tengo ni las huelo. Lo único que poseo en mi alma, negro e inflamable como el alquitrán, es un grito que se resiste a resignarse. Sigue leyendo

Rosa

En Elecciones 24M/España por

rosa-diez

 

“México o muerte” debió decir a sus hombres el legendario conquistador, tras quemar las naves que habían de llevarle de regreso a España en caso de que la conquista de las Indias se torciera. “España o muerte” (o algo parecido) se repite a sí misma seguramente la lideresa de UPyD, firme en su intención de no retroceder un solo paso en su cruzada personal contra la corrupción y el caciquismo en nuestro país.

(Artículo actualizado el 24 de mayo)

La diferencia entre nuestros dos héroes consiste en que el primero consiguió lo que se proponía y conquistó, con un centenar de hombres, el mayor imperio centroamericano, y la segunda, tras lograr algunas victorias, obtuvo la desbandada de su comitiva y ayer anunció que no volverá a optar al liderazgo del partido, tras una derrota fulminante en las elecciones municipales y autonómicas del 24 de mayo.

La bandera de la transparencia y la honorabilidad de la política no es para UPyD ni –mucho menos– para Rosa Díez, un objetivo político a lograr. Es una cruzada personal. Tanto es así que, si uno se acercaba hasta hace no mucho por los pasillos del Congreso al lugar donde el partido tiene su grupo parlamentario, distinguía estos despachos de los de los demás diputados por estar separados con un muro bajo del resto de puertas, tras el que colgaba un cartel con la leyenda: “Zona libre de corruptos“. La próxima vez me fijaré en si sigue ahí el cartel.

Díez vuelve al colgar el cartel en los despachos de su grupo parlamentario, pese a la prohibición del Congreso. EP

Ahora bien, del mismo modo que Cortés tuvo que pactar con los pueblos indios para acercarse a la capital de los mexicas y ser capaz (no sin grandes esfuerzos) de someterla a la corona de Castilla, viene creciendo cada vez más entre las fuerzas de la formación magenta un clamor a favor de la unidad con quienes, al menos desde esta perspectiva, comparten en buena medida sus objetivos.

La derrota en Andalucía, la sospecha de estancamiento (o incluso de retroceso) que promueven las encuestas para las próximas elecciones generales y la paulatina (cada más evidente) desafección hacia la cúpula amenazan con provocar un derrumbe absoluto, animado en parte por la sensación de que el partido se ha quedado anclado en una suerte de puritanismo elitista y estéril que no conduce a ningún sitio.

A todas luces, se ha producido en las conciencias de quienes dirigen esta formación una asociación inquebrantable entre las ideas ‘UPyD’ y ‘honradez’, hasta el punto de que cualquier otra forma política o individuo ajeno se vuelve para ellos sospechoso de corrupción –“¡impuro!”– y conspirador contra el proyecto de regeneración de la política española.

Esta relación se produce de forma más evidente en la dirigente del partido, quien se ha tomado tan a pecho su vocación de salvar el país, que parece no ser capaz de disociar esta idea de su propia persona.

Como consecuencia de ello, asistimos al desmoronamiento del proyecto de quienes –hay que reconocerlo– llevan predicando años en el desierto, pero han cometido el error de no comprender que, ni en política ni en la lucha contra la corrupción, hay alguien imprescindible.

La bajada del burro y el barril de ron que no llega

En El astigmatismo de Chesterton por

-Hola, buenas tardes.

-Qué tal buenas tardes, amigo. ¿Desea tomar algo?

-No, no. Gracias. Soy el técnico. Vengo a ver el lavavajillas.

-Ah, vale. Espera que te acompaño.

Avanzaron por un par de pasillos enclenques de pladur hasta llegar a la parte del office. Cada centímetro de espacio estaba ocupado con muebles viejos repletos de platos, copas,  servilletas y manteles. Pegado a la cocina, un viejo y enorme lavavajillas industrial gemía y  convulsionaba con terrible entusiasmo, amenazando con lanzar a cualquier lado sus tripas de porcelana y cristal. Sigue leyendo

Oh, cállate, Señor

En Mundo/Religión por

Corrían los años 50 del siglo pasado, siglo de sangre y muerte. El dolor había medulado Europa años atrás, desde la primera década de la infernal centuria: todo era inestabilidad política entre extremismos intelectuales, dolor, violencia, guerra, inhumanidad, ausencia. Todo era mal por doquier que uno fuere.

Decía Winston Churchill cuando se le acusó de inacción frente al régimen nazi que no se había tenido noticia del holocausto extra muros, que fuera de Alemania nadie conocía la barbarie que durante años se había ido acometiendo en los campos de concentración y trabajo. Sin entrar en cuestiones políticas que no vienen al caso, no le faltaba mucha razón en este extremo: fue tras la caída progresiva del nacionalsocialismo cuando comenzaron a emerger, como si fueran fantasmas acudiendo al juicio de Dios, los cadáveres yermos de carne de millones de seres humanos. Sigue leyendo

La lírica del eterno dominguero

En Democultura/Literatura/Pensamiento por

¿Cuándo ha de volver
lo que acaba de pasar?
Hoy dista mucho de ayer.
¡Ayer es nunca jamás!

Así se preguntaba un hastiado Machado para sus adentros. ¿Qué será de lo que fue? Mejor dicho: ¿qué queda de ayer, si el pasado pasó dejando vana huella? Y es una pregunta en modo alguno absurda.

Es una evidencia palpable la sed del hombre concreto, sus ansias de felicidad: el hombre quiere gozar, necesita el placer de la completa satisfacción. El hombre quiere poseer el bien que dé muerte a su insaciable e ineludible apetencia.

¿Por qué no decirlo con claridad? El hombre es un eterno dominguero. Hay por ahí pobres desgraciados que se afanan en proclamar que estamos hechos para trabajar (yo suelo responder que estoy naturalmente confeccionado para cobrar la prestación por desempleo), o para hacer el bien. Como si fuéramos volcán fiero que pugna por abrasar la superficie, en continuo surtidor de candor hacia fuera. Yo debo ser marciano si acaso.

¿Qué es hacer el bien? ¿No es en última instancia hacer feliz al de al lado? “Amans amato bonum velit“, decían los clásicos en el lugar de nuestro “hacer el bien”. El amante quiere el bien para el amado porque quiere hacerle feliz, porque sabe que la felicidad del amado es que posea el bien. Y así la suya propia, pues su bien es el del otro. En línea análoga concluye el mismo autor el mismo poema:

Moneda que está en la mano
quizá se deba guardar:
la monedita del alma
se pierde si no se da.

Pero volvemos a las mismas: el hombre es un eterno dominguero. El que hace el bien no quiere “hacer el bien”, sino que otro lo posea y así poseerlo él; el que trabaja no trabaja por trabajar, sino que se afana en algo que poseer. Se preocupa, se esfuerza, suda por ser feliz mañana.

Ser feliz es tumbarse sobre la hierba espiguita en boca y sombrero en rostro a contemplarse uno mismo: nos llevan engañando una eternidad con falsas proclamas sobre la maldad del amor propio o la pluscuamperfección de salir hacia fuera; abnegación, ascesis, y pantomimas por el estilo. Mortificación llegaron a decir algunos. ¿Renuncia al desorden, o renuncia al deseo? Darse muerte, morir: ése es el significado de la palabra mortificación.

Ser feliz es sentarse a gozar de la posesión del bien; es aquella “Hermosura” de Unamuno:

Nada deseo,
mi voluntad descansa,
me voluntad reclina
de Dios en el regazo su cabeza.
Y duerme y sueña…
Sueña en descanso
toda aquesta visión de alta hermosura.
¡Hermosura! ¡Hermosura!
Descanso de las almas doloridas,
enfermas de querer sin esperanza.

Pero una vez se va… ¿qué ha sido la felicidad…?

Porque se va, ¡vaya si se va! El bien es caduco, acaba. Puede entretener un rato, pero a fin de cuentas termina y el hombre regresa a su apatía. En vez del cristiano descanso dominical llega lo que Viktor Frankl llamara neurosis del domingo. Un escozor grisáceo en el pecho que vela la mirada de todo. Las cosas pierden su color; gana Qohelet con su aterradora sentencia: “vanidad de vanidades; todo es vanidad“.

El hombre es un eterno dominguero sentado sobre el gran teatro del mundo. Mientras posee el bien y su voluntad descansa; mientras sueña en descanso visión de alta hermosura, el sol brilla con espléndida majestad, los pájaros cantan, el arroyo fluye murmurando bendiciones sobre la piedra que acaricia, con un deje de ternura; la brisa sopla fresca rodando sobre la piel, y uno llega a exclamar jubiloso con Celaya:

¡La fiesta! ¿Cómo ignorar que en el mundo todo es fiesta
y que tan sólo los hombres penan cuando piensan?

Pero cuando lo que tuviera se evapora entre sus manos, el hombre se apaga, lo maravilloso se trueca en amargo y el sol se despeña en Occidente, el pájaro enmudece, se acaba el arroyo que deja de pasar y vuelve a la mente aquella copla de Jorge Manrique:

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
qu’es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
e consumir.

Todo se queda vacío cuando muere el bien que a uno le satisficiera. ¡Qué claridad en el habla de Gabriel y Galán, que así sentencia tras la muerte de su mujer!

¡La vida en la alquería
se tiñó para siempre de tristeza!
(…) ¡Qué días y qué noches!
¡Con cuánta lentitud las horas ruedan
por encima del alma que está sola
llorando en las tinieblas!
Las sales de mis lágrimas amargan
el pan que me alimenta;
me cansa el movimiento,
me pesan las faenas,
la casa me entristece
y he perdido el cariño de la hacienda.
¡Qué me importan los bienes
si he perdido mi dulce compañera!

El hombre es un dominguero eterno. Es feliz, o lo parece, y de repente, “un hachazo invisible y homicida, un empujón brutal” derriba el tesoro rutilante de ayer. Ayer… Aquel ayer de Machado; hoy dista mucho de ese ayer, y ayer es nunca jamás.

Y bien dijo ese pobre desgraciado: hasta se olvida lo que fue. A veces ni la vaga idea permanece; ni el mísero rastro de la existencia, que es el recuerdo, queda para testimoniar la verdad histórica. Él mismo fue profeta y mártir de su predicación, tanto que unos años después de ese día bendito, refiriéndose a aquel Collioure francés en que el poeta andaluz enterrara todo para reunirse con los muertos, así le describía y con justicia Blas de Otero:

Miró hacia atrás y no vio
más que cadáveres sobre
unos campos sin color,
su jardín sin una flor,
y sus bosques sin un roble.
(…) Profeta ni mártir
quiso Antonio ser
y un poco de todo lo fue
sin querer.

Y es que el hombre es dominguero por naturaleza, pero es eterno: quiere gozar, pero quiere gozar ahora, siempre. No vale ayer.

Quiere contemplarse eternamente a sí mismo, aun sin agotarse en sí; uno no se basta o de lo contrario seríamos solos. ¿Qué necesidad habría de lo demás? ¿De los demás?

Uno no se basta: uno necesita mirarse, pero tiene que ver algo más dentro de sí; tiene que contemplarse como poseedor. Tiene que ver un bien dentro de sí, y tiene que verlo ahora; si no, se muere. No vale ayer.

¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba.
Agustín de Hipona

Se muere si se ve solo. ¡Ah, qué mala es la soledad, qué mala! Envenena al hombre. El hombre vacío, solo en su interior, que ha perdido el bien, ése se muere. Puede huir, pero al final el tiempo vence y encorva la espalda del triste solitario para que se allegue a sí mismo y se mire. Y entonces se da profundo asco, y llora, y se queja: ya no es poseedor, ya no es feliz.

¡Ah de la vida! ¿Nadie me responde?
¡Aquí de los antaños que he vivido!
La fortuna mis tiempos ha mordido,
las horas mi locura las esconde.

¡Que sin saber cómo ni adónde
la salud y la edad se hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido,
y no hay calamidad que no me ronde.

Ayer se fue, mañana aún no ha llegado,
hoy se está yendo sin parar un punto,
soy un fue y un será y un es cansado.

En el hoy, mañana y ayer, junto
pañales y mortaja, y he quedado
presentes sucesiones de difunto.
Quevedo

El hombre es un dominguero eterno, y si un bien caduca y se acaba no es humano. Es bien para un perro que no quiere, para un caballo que no pretende tener más de lo que tiene. El hombre quiere hoy, y hoy dista mucho de ayer. Si el bien se diluye soga al cuello en manos del tiempo, será bien, pero no bien humano. Será pasado.

¿Y qué es el pasado? ¡Nada!
Nada es tampoco el porvenir que sueñas
y el instante que pasa
transición misteriosa del vacío
¡al vacío otra vez!
Es torrente que corre
de la nada a la nada.
Toda dulce esperanza
no bien la tocas
cual por magia o encanto
en recuerdo se torna,
recuerdo que se aleja
y al fin se pierde,
se pierde para siempre.
Miguel de Unamuno

Al hombre no le basta con ser dominguero: necesita un domingo eterno, continuo, jugueteando en su pecho con el bien respetado que felizmente posee. Uno que no pase, que deje huella de presente y junte en armonía continua pasado y futuro: el hito en la vida del hombre, felicidad en plenitud que asfixie su voluntad, que la sumerja en agua cálida y allí descanse.

Porque sí: estamos hechos para mirarnos y ver maravillas en nosotros, en nuestro sacrosanto ombligo.

Ensayo sobre el hombre perdido

En Pensamiento por

Es un lugar común entre los historiadores de la Filosofía afirmar que estamos en una nueva era, la postmodernidad (al menos respecto al razonamiento discursivo), caracterizada si no por un encarnizado escepticismo, o más aún el fundamentalismo nihilista, sí por una profunda desconfianza frente a toda pretensión de verdad.

No en vano dijo el afamado filósofo y psiquiatra Viktor E. Frankl, desde el campo de concentración en que fue deportado por el régimen nazi de A. Hitler, que la barbarie del S. XX traía consecuencia de las mesas de los sabios: fueron los grandes pensadores de la edad moderna, sobre todo un Hegel en que el antisemitismo tuvo su epicentro, quienes teorizaron en ese sentido sobre la verdad del hombre y la inferioridad de la raza judía. Sigue leyendo

Sobre el Laicismo y su visión del Hombre

En Asuntos sociales/Pensamiento/Religión por

Publicaba Servimedia hace un tiempo la siguiente información:

La secretaria de Igualdad del PSOE, Carmen Montón, es partidaria de “hablar de laicismo de verdad” y poner sobre la mesa acciones concretas para avanzar en esa línea. Lo dijo en una entrevista a Servimedia al hilo de los indultos concedidos cada año con motivo de la Semana Santa. “Tendremos que dar una vuelta a todo el sistema, y hablar de laicismo de verdad”, sentenció. En su opinión, es necesario “hablar de denunciar el Concordato, de sacar la religión de las aulas, de no financiar con fondos públicos la educación segregada que muchas veces está asociada a colegios religiosos”. Al hilo del reciente siniestro aéreo en Francia, subrayó que muchos ciudadanos “admiran” el laicismo que destilan sus autoridades y sus actos institucionales, y ese país “sería una buena referencia” para el avance de España.Sigue leyendo

Vieja y nueva política

En Cultura política/España/Pensamiento por

20120925191243

Los medios de comunicación nos hicimos eco la semana pasada de un suculento estudio publicado por el Centro Reina Sofía, un organismo dedicado a la realización de estudios sociológicos sobre adolescencia y juventud dependiente de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD) titulado ‘Política e Internet’.

INFOGRAFIA CRS POLITICA E INTERNETDicho estudio arrojaba dos conclusiones interesantes: la primera, que el interés por la política entre los jóvenes de 18 a 25 años  ha aumentado del 26% en 2008 (entonces, ese porcentaje declaraba estar muy o bastante interesado por la política) al 72,6% a finales de 2014. Cerca de un 50% más en seis años de crisis económica. De hecho, el 80% asegura que votará en las próximas elecciones.

La segunda de las conclusiones era que una mayoría amplia de este colectivo no siente prácticamente ningún apego o confianza por la mayoría de las instituciones y organismos en los que se desarrolla la vida política y social española, a excepción de los clubs deportivos, las ONG y poco más.

Ni los partidos políticos, ni el Parlamento, ni el Ejército o las fuerzas de seguridad, ni la Iglesia, ni la patronal de empresarios o los sindicatos, ni otros actores económicos como empresas o bancos son para esta generación actores de los que se pueda esperar algún tipo de avance en las cuestiones que les preocupan.

Las causas de esta aparente contradicción son del todo conocidas. El informe no aporta ninguna sorpresa en este sentido: corrupción, ausencia de opciones que les representen, desengaño, desánimo sobre la utilidad del voto, decepción tras las últimas elecciones…

Para el director general de la FAD (y del Centro Reina Sofía) el desapego de la juventud hacia los organismos en los que se desarrolla la vida política del país es un signo “preocupante” porque, a su juicio, “ningún país del mundo puede gestionar su convivencia interna sin unas instituciones fuertes“.

En otras palabras, integrar el descontento y las reclamaciones de los jóvenes en un marco político común se presenta como una tarea en la que debe implicarse toda la sociedad, a fin de que estas puedan articularse en un diálogo que beneficie a todos. La alternativa, a todas luces, es el riesgo de una ruptura de la vida política, no para ser sustituida por una nueva fórmula sino para romper todo cauce de diálogo y, por ende, de convivencia.

Decíamos hace unas líneas que la consulta a los jóvenes (un total de 808) fue realizada los últimos meses de 2014. Precisamente ese año se cumplía un siglo desde que uno de nuestros grandes (o de nuestros pocos) pensadores políticos, José Ortega y Gasset, se lamentaba en su discurso ‘Vieja y nueva política‘ del desinterés de la juventud (hoy igualmente pretendida) acerca de las cuestiones políticas y del estatus caduco de las instituciones de la “política oficial“. Decía así:

Todos esos organismos de nuestra sociedad — que van del Parlamento al periódico y de la escuela rural a la Universidad —, todo eso que, aunándolo en un nombre, llamaremos la España oficial, es el inmenso esqueleto de un organismo evaporado, desvanecido, que queda en pie por el equilibrio material de su mole, como dicen que después de muertos continúan en pie los elefantes“.

Ortega y Gasset, por F. Vicente

Como curiosidad, el filósofo y periodista señalaba a un tal Pablo Iglesias (no el nuestro, sino el fundador del PSOE)  como uno de los pocos que no representaban los “odres caducos” de la política de 1875, la de la restauración monárquica.

Aún así, afirmaba que la novedad que suponían los sindicatos y el Partido Socialista de aquel momento (léase hoy como Podemos) “le confundirían si no se limitaran, sobre todo el socialismo, a credos dogmáticos con todos los inconvenientes para la libertad que tiene una religión doctrinal“.

De hecho, y pese a reconocer la “utilidad” de algunos “radicales” que “han ejercido una función necesaria” consistente en “producir una primera estructura histórica en las masas” –lo que hoy viene a ser el clamor por la “regeneración“– acusaba a los responsables de estas fórmulas de ser “buenos demagogos” que “van gritando por esas reuniones de Dios” (pongan aquí “círculos” y tendrán la analogía perfecta).

Sobre las consignas que entonces –y hoy de forma parecida– movían la reivindicación contra la vieja política afirmaba que “son los tópicos recibidos y ambientes, son las fórmulas de uso mostrenco que flotan en el aire público y que se van depositando sobre el haz de nuestra personalidad como una costra de opiniones muertas y sin dinamismo“. “Nuestra política es todo lo contrario que el grito, todo lo contrario que el simplismo –advertía el filósofo– Si las cosas son complejas, nuestra conducta tendrá que ser compleja”.

Por ello, en su discurso, pronunciado en el teatro de La Comedia el 23 de marzo de 1914, abogaba por la recuperación de la “sustancia nacional“, concepto algo vago que no mucho más tarde se emplearía en el auge de los movimientos fascistas, pero que, para Ortega, significaba que “la política no es la solución suficiente del problema nacional“, tal como hemos defendido en este blog anteriormente.

La ruptura de la tradición política –que no el interés político, tal como se aprecia en la encuesta– y, por lo tanto, del derrumbe de la legitimidad o utilidad de sus instituciones a ojos de la nueva generación, proviene del vaciamiento del significado que estas tienen como legado de una convivencia común y articulada (formal y legalmente) como producto de esta.

Es cierto que, como decía el director general de la FAD durante la presentación del estudio, la semana pasada, “es tarea de todos” el reunir a la sociedad y reforzar las instituciones de modo que estos se conviertan en cauces efectivos de comunicación y gobierno para todos. Pero, para ello, es necesario que exista una voluntad mutua de convivir y una preocupación compartida hacia la comunidad.

Es una ilusión pueril creer que está garantizada en alguna parte la eternidad de los pueblos; de la historia, que es una arena toda de ferocidades, han desaparecido muchas razas como entidades independientes –advertía Ortega– En historia, vivir no es dejarse vivir; en historia, vivir es ocuparse muy seriamente, muy conscientemente del vivir, como si fuera un oficio. Por esto es menester que nuestra generación se preocupe con toda consciencia, premeditadamente, orgánicamente, del porvenir nacional.”

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“L’aplec de la protesta” a lo europeo

En Asuntos sociales/Cataluña/Mundo por

Viñeta en apoyo de Charlie Hebdo

Comprende el pasado para predecir el futuro“.

Recuerdo esta sentencia como si me la hubieran dicho ayer. Fue mi profesor de Historia de segundo de Bachillerato el que me la enunció, y en su momento pensé que estaba desquiciado. Hoy sé que se encuadra en una corriente de pensamiento que se suele denominar teoría cíclica de la Historia, planteamiento que no comparto, aunque tiene sus evidentes aspectos de verdad.

Es una concepción que se vincula a F. Nietzsche y su eterno retorno, pero que ya formuló en su día la escuela estoica: no hay novaciones reales en el tiempo de los hombres, la Historia no es lineal sino circular; todo hoy fue ayer y será mañana otra vez. Sigue leyendo

Posmodernos y anti científicos (o la noche oscura de la Razón)

En Ciencia y tecnología/Pensamiento por

Desde las razones para la elaboración de las políticas gubernamentales hasta la elaboración de los currículos educativos, todo pasa por la decisión soberana de la ciencia, que aprueba o desaprueba en último término cada una de las decisiones de la vida del Estado. Incluso para obtener el carné de conducir, uno ha de someterse al examen científico de las propias capacidades físicas antes de poder demostrar que sabe conducir.

Pese a que no considero un error aplicar el raciocinio a todo aquello que es susceptible de ser sometido a su juicio para ser conocido con mayor verdad, lo cierto es que –como casi todo– al convertirse en la “panacea” de una sociedad la ciencia empírica termina por romperse.

Así, más allá del ámbito de la física, la medicina, la estadística o la matemática, el argumento científico se ha convertido en la meretriz de cualquier discusión social entre colectivos y sujetos, arrojándose datos y cifras a la cabeza con independencia de que tengan la autoridad o el compromiso necesarios (o el más mínimo interés) para esgrimir con verdad sus argumentos.

Pongamos un par de ejemplos: la ciencia sirve igual para condenarnos (todavía por razones desconocidas) a los que nos llamamos cristianos que para construir un puente o diseñar un ‘smartphone’. Eso sí, dada su condición de ramera, se la puede abandonar sin remilgos en favor de la conveniencia cuando se trata de abordar la humanidad o no humanidad de un feto o asumir que, simplemente, debe ceder a la legitimidad de los “sentimientos” si se trata de dirimir el “género” de un sujeto.

Feyerabend se equivocó. No es la ciencia la que guía los destinos de nuestra sociedad. En lugar de su “tiranía”, vivimos el auge de la tecnología, la aplicación práctica de la ciencia, cuyo desempeño no exige ningún tipo de compromiso intelectual o moral con la realidad más allá del pragmatismo a cambio del poder de transformar la realidad de acuerdo a nuestros propios intereses, sean estos legítimos o no.

No es que tenga nada contra los ingenieros, cuya labor y aportación a la sociedad es encomiable, pero la preferencia de nuestra sociedad por la “tecnología” frente a la “ciencia” puede servirnos como imagen de la degradación moral que sufrimos consciente o inconscientemente como pueblo.

¿Qué tienen que ver ciencia y moral?

La pregunta que alguno podría haber formulado llegado este punto es: ¿Qué tienen que ver ciencia y moral?

Tanto para alcanzar el descubrimiento como a consecuencia de él, el hombre de ciencia (a partir de este punto abrimos la ciencia también a las disciplinas no empíricas) desarrolla la humildad absoluta ante la realidad que investiga. Ya sea mediante la resignación o a través de la aceptación voluntaria, quien quiere obtener el fruto de la investigación se ve obligado a jugar con las reglas del juego que el universo le impone con su modo de ser y de actuar.

El investigador no inventa, reconoce. No es un proceder creativo en tanto que no consiste de la modificación de aquello en lo que centra su atención y solo por amor a la realidad (sin el cual no es posible mantener en el tiempo el enorme esfuerzo y desgaste personal que supone investigar) desarrolla la creatividad necesaria para encontrar los escalones que hacen falta hasta llegar a la contemplación de aquello que apenas se vislumbra.

La lista de valores, virtudes y actitudes que derivan del ejercicio de la ciencia es larga. No pensaba detenerme en ella para no alargarme más de lo necesario (su tiempo es valioso) pero, si les interesa, les recomiendo vivamente la lectura de un buen libro que me prestó un buen amigo : ‘Solo el asombro conoce‘.

Humildad, creatividad y amor, el punto de partida

La civilización occidental, desde sus primeros estadios hasta el día de hoy, se ha caracterizado por ser la única capaz de desarrollar una cultura “científica”. Es decir, por fundar su modo de vivir y su cosmovisión en la búsqueda y el descubrimiento de lo que las cosas son realmente, en lugar de apoyarse sobre el mito y cerrarse a la crítica.

¿Verdad contra convivencia?

Hoy en día, como ocurrió también en la historia reciente, cometemos la imprudencia de abandonar el espíritu científico para echarnos en brazos de la “realidad particular” afirmada por encima de la realidad completa. En el pasado fueron las ideologías comunitaristas (nacionalismo, socialismo o nacionalsocialismo son algunos ejemplos) y en la actualidad el fenómeno se ha reducido al ámbito y a los intereses del yo.

Esta afirmación suprema del nosotros o del yo supone renunciar al orden natural del mundo en que vivimos para ordenar el valor de las cosas de forma que el interés de quien sostiene esta posición se vea inmediatamente beneficiado. No es ya la realidad que es la que impone la ruta a seguir de nuestras sociedades sino que la hemos sometido al cómo debería ser para que nuestros deseos queden saciados (cosa que nunca llega a ocurrir).

De este modo, redefinimos el género, la persona y la familia, destruimos el medio ambiente, separamos la sociedad en castas o identidades “nacionales” contrapuestas (por poner algunos ejemplos de actualidad) como justificación ideológica para ejercer la violencia sobre aquella parte de la realidad que, a nuestro juicio, nos impide alcanzar la satisfacción de nuestras aspiraciones.

Así, convertimos el odio en herramienta transformadora de la realidad bajo la premisa de que la naturaleza está mal hecha, en lugar de buscar en los fenómenos del hombre, la sociedad y el mundo la forma correcta de mirar y tratar lo ajeno a nosotros mismos. ¿Cabe esperar que no sea así?

El hombre occidental está llamado a ser científico, no desde el laboratorio sino en su relación con los otros y con el mundo. Todo lo que hemos alcanzado lo hemos hecho desde la observación atenta y la comprensión de aquello que nos rodea, de forma que, respetando el mundo, hemos obtenido de él el mejor modo de convivencia. La tecnología de que disfrutamos es buena muestra de ello.

Ahora bien, desde el momento en que hemos dejado de mirar asombrados a cuanto y quienes nos rodean, de estudiar con pasión, pero también con humildad, amor y creatividad, nos hemos condenado a pelear, unos con otros, por los restos de la civilización y del mundo. Hemos convertido al mundo y a los otros en instrumento para nuestro beneficio (o enemigo de él) en lugar de hogar y compañía de nuestras vidas, respectivamente.

Son muchos y muy complejos los problemas por los que pasa España en estos momentos. Desde la difícil comprensión de las causas y de la salida de la crisis económica (obviando reduccionismos ideológicos que se enmarcan en la visión dialéctica que acabamos de describir) hasta la convivencia entre los distintos, ya sea por el nacionalismo o por la integración de la inmigración; pasando por el conflicto entre dignidad humana e interés personal (aborto, eutanasia, desahucios, precariedad laboral…), los retos a que nos enfrentamos requieren de lo mejor que nos ha dado nuestra civilización.

De no poner todo nuestro empeño, toda nuestra ciencia, y de no empuñar nuestros mejores dones (humildad, creatividad y amor) para reconocer y comprender los conflictos y corregir el rumbo de nuestra sociedad, nos veremos abocados de forma inevitable a la guerra, ya no entre comunidades ideológicas, sino del yo contra el otro. Será el fin de nuestra civilización.

Queremos votar

En Cataluña/España por

En 1936, durante el régimen la Segunda República, el Ateneo de Madrid se erigió en juez supremo para decidir –democráticamente, por supuesto– la existencia o inexistencia de Dios. Todo un hito de la historia de la democracia y de la estupidez humana.

Desconozco si la pretensión de los que aquel día ejercieron tal acto de soberanía particular –el voto– esperaban que su decisión se hiciera extensiva al conjunto de la Humanidad, a la nación española o simplemente encontraron en el voto una herramienta adecuada para solventar sus discusiones de puro y salón. Parece claro que ni la Humanidad, ni España, ni Dios se tomaron muy en serio el resultado. Sigue leyendo

#Diada2014

En Cataluña/España por

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Txema Gerardo. Flickr

Es una pena abrir Facebook tal día como hoy y ver que amigos, conocidos e incluso algún pariente (afortunadamente pocos) han colgado orgullosos sus fotos, estelada sobre los hombros, en la manifestación de esta tarde, pidiendo la independencia de mi tierra, Cataluña.

No es una pena porque crea que se equivocan, que me parezca injusto o que sospeche que la propaganda del régimen les ha podido: que se han dejado llevar por la masa y por el corazón. Si se limitase a eso no sería tan grave.

Al final, el rechazo y el insulto a España y a lo español, tan pronto trasciende de los discursos políticos y las patrañas de los pseudointelectuales hasta alcanzar la calle, es el rechazo y el insulto a amigos, conocidos, primos, familia y a mi mismo, como catalán, en tanto que no nos ajustamos a lo que otros han decidido que debemos ser Cataluña y nosotros (aquellos que son como yo), como catalanes.

Nunca he conocido a alguien que por sincero y saludable amor a su tierra desprecie a los suyos. Solo el nacionalismo es capaz de envenenar los corazones y embotar las mentes hasta conseguir que los que siempre han sido uno se enzarcen ahora en una disputa cainita.

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