Revista de actualidad, cultura y pensamiento

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La filosofía de Byung-Chul Han, una aproximación

En Antropología filosófica/Pensamiento por
filosofía de byung-chul han

La filosofía quizá no está de moda, pero el filósofo surcoreano Byung-Chul Han sí. Y es que existen pocos pensadores vivos tan mediáticos, como este coreano educado y afincado en Alemania. Su éxito radica en que ha sido capaz de explicar, con una claridad que se agradece, la situación existencial del hombre del siglo XXI. Byung-Chul Han es ante todo un radiólogo de las sociedades occidentales, un pensador atípico, un romántico con alma oriental. Sus ensayos breves, con un tono divulgativo que huye del academicismo, así como su lenguaje claro y repetitivo, le convierten en un autor accesible y popular. 

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El ocaso de los ídolos

En Pensamiento por

En la adaptación cinematográfica de Luciano Visconti de Muerte en Venecia (novela homónima de Thomas Mann), podemos ver cómo el eje de la cinta gira en torno al proceso de destrucción espiritual del protagonista, Aschenbach, por su enamoramiento de un joven polaco durante su estancia en Venecia. Durante los compases finales de la película vemos cómo Aschenbach, quien para la belleza era fruto de la mesura y el equilibrio moral, queda derrotado por Tadzio que, como Dionisos, representa el éxtasis y el desorden moral. La muerte del compositor representa simbólicamente la muerte de la Europa que había reinado hegemónicamente, cultural e intelectualmente, hasta el siglo XX. Sigue leyendo

Utopismo y anacronismo

En Cultura política por

Una consecuencia colateral de las protestas raciales –o más bien revisionistas– en Estados Unidos está siendo la destrucción y el derribo de estatuas. Las efigies de héroes confederados son bajadas de sus pedestales al mismo tiempo que corren esta misma suerte descubridores como Cristóbal Colón o, lo que evidencia con más fuerza la ignorancia de los nuevos talibanes, un gran defensor de los indios como fue San Junípero Serra. Además, este aquelarre iconoclasta no se limita a Estados Unidos. También en la Mallorca natal del ilustre fraile se ha vandalizado su imagen, y en Barcelona algunos proponen derribar la efigie del que fuera almirante de la Mar Océana. Esto último me ha llamado particularmente la atención, porque refleja que el sectarismo ideológico no solamente desprecia el pasado, sino también la identidad de las poblaciones. El Colón que guarda el puerto de Barcelona desde 1888 es un símbolo de la ciudad, casi tanto como la Estatua de la Libertad lo es de Nueva York, o por lo menos así lo han visto siempre quienes han llegado por mar a la Ciudad Condal. Cuando era pequeño mi familia menorquina me contaba que el “¡tierra a la vista!” que gritaban con entusiasmo cuando navegaban desde Mahón era “¡Ja veuen a Colon!”, y yo mismo pude disfrutar esa sensación la única que vez que he tenido la posibilidad de seguir esta ruta.

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La caída de Skywalker: errores y aciertos de una franquicia cinematográfica

En Cine por

Hace medio año se estrenó El Ascenso de Skywalker, la última entrega de la saga de La Guerra de las Galaxias, una serie de películas tan popular que no es necesario presentarla. Con ella son ya nueve las cintas que integran la colección, amén de numerosas series, novelas y videojuegos que expanden su universo. Sin embargo, lo más interesante de esta última película no ha sido el cúlmen de una historia que se ha alargado por décadas, sino el haber constatado la desafección que gran parte de la comunidad de fans siente hacia lo que una vez fue el objeto de su admiración. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

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China global: comunismo, capitalismo y nacionalismo

En Economía/Mundo por

Estudia el pasado si quieres pronosticar el futuro

Kung Fu Tzu (Confucio)

Globalización china

Fueron los primeros en padecerla y los primeros en controlarla. En China nació la pandemia del Coronavirus, que superó rápida y eficazmente con supuestamente pocas victimas (en comparación con otros grandes países) y con secretos oficiales que supuestamente nunca existieron; e incluso se daban el lujo de enviar ayuda sanitaria a naciones necesitadas, a ganar dinero con las mascarillas y respiradores tan deseados, y reírse públicamente de los afectados y divididos EEUU de Donald Trump.

La República popular de China quería, y quiere, ser la primera potencia global y esta pandemia global era otra oportunidad. Porque durante el siglo XXI ha lanzado un gran proyecto económico, político, tecnológico y propagandístico para conseguirlo. El tercer país más grande del mundo por territorio, y el segundo por población, quiere sustituir a los EEUU como líder internacional, demostrando que una nación aún definida como comunista puede ser fortaleza capitalista (desde su peculiar versión) y referente nacionalista a nivel geopolítico (frente al hegemónico eje euroatlántico y sus miembros liberal-progresistas)

La Globalización parece que le ha venido como anillo al dedo. Al contrario de sus “hermanos soviéticos”, la China comunista sobrevivió a la caída del Muro del Berlín (como su vecina Vietnam), pero no como país colectivista subdesarrollado (de Cuba a Corea del Norte) sino como peculiar artefacto comunista-capitalista-nacionalista, capaz de adaptarse a un entorno aparentemente hostil no solo para subsistir, sino para vencer, e incluso convencer, ante la simple necesidad de usar y tirar (de bienes a relaciones, de valores a lealtades) en la que parece haberse convertido el mundo globalizado.

Existen tres claves interrelacionadas que harían obsoletos los manuales clásicos de ciencia política: comunismo, capitalismo y nacionalismo. Pero, ¿puede ser un Estado que apela al socialismo de partido único tener un sistema productivo más o menos capitalista?, ¿pueden capitalismo y comunismo encontrar puntos de encuentro sin desafiar a la lógica?, ¿y un régimen de supuesta naturaleza proletaria e internacionalista puede ser orgullosamente nacionalista o realmente no es ni verdadero comunismo ni auténtico capitalismo, sino solo un nacionalismo autoritario de élite restringida que se aprovecha del pasado y del presente para mantenerse?.

Posiblemente la respuesta a estas preguntas sea que no interesa una respuesta: pese a las diferencias ideológicas o a los distintos derechos humanos defendidos, da igual lo que sea o pueda ser quién nos fabrica nuestros artilugios, quién nos vende nuestras necesidades o quien nos enriquece con sus costos. Ahora y casi siempre.

Comunismo

“La vía china al socialismo”. Este es el lema de un régimen doctrinal, simbólica e institucionalmente comunista desde su fundación, que en el art. 1 de la Constitución se autodefinía, ni más ni menos con los ojos de hoy, de la siguiente manera: “la  República Popular China (RPCh) es un Estado socialista bajo la dictadura democrática popular, dirigido por la clase obrera y basado en la alianza obrero-campesina”.

El 1 de octubre de 1949, el líder comunista Mao Zedong proclamó el nacimiento de la RPCh. Tras la mítica “Larga Marcha” y la victoria de su Ejercito popular de Salvación en la Guerra civil china (1927-1949) frente al Kuomintang (o Partido Nacionalista Chino), se implantó una variante del comunismo estalinista en boga en las tierras del legendario Imperio (Zhōnghuá dìguó).

Hasta 1976 el país estuvo bajo el férreo control del “fundador” Mao y sus sueños de una total, revolucionaria y utópica transformación colectivista de la China rural, tradicional y atrasada. Llamado como el “gran timonel”, Mao aplicó una ingeniería político-social sin ningún tipo de escrúpulo moral, entre la colectivización a gran escala y la depuración sistemática de todo real o posible disidente, como se demostró en sus grandes campañas represivas: la primera estrategia “para suprimir contrarrevolucionarios”, el posterior programa “Tres Anti y Cinco Anti”, el sistemático “Movimiento antiderechista”, el tremendo “Gran Salto Adelante”, y la final y dramática “Revolución Cultural”.

Ante las evidentes dificultades económicas del sistema y la represión masiva insostenible, su sucesor Deng Xiaoping (1978-1989) encabezó un gobierno limitadamente aperturista (especialmente en lo económico, como veremos) que mostró sus contradicciones tras la persecución de las revueltas estudiantiles de Tiananmen. Por ello Jiang Zemin (1989-2002), Hu Jintao (2002-2012) y Xi Jinping (desde 2012) buscaron mantener la supervivencia del sistema acrecentando el contenido capitalista (bajo especial control del Estado) y nacionalista (sobre la mayoritaria etnia Han) del mismo. Desde el crecimiento económico como legitimación popular, la propaganda pública masiva como adoctrinamiento, la cooptación de elites empresariales en el seno del PCCh, la influencia geopolítica en el pretendido mundo multipolar, y una represión más selectiva apoyada en los comités vecinales y la censura oficial (especialmente desde 1996 con el llamado “Gran cortafuegos” de internet).

Capitalismo

La gran fábrica del mundo. Bajos salarios, escasas condiciones laborales, pocos controles medioambientales, disciplina productiva férrea, imitación a gran escala o uso intensivo de recursos naturales; condiciones que hacían de China el productor bueno, bonito y barato que inundaba de productos nuestras estanterías.

Todo comenzó en 1979, con un programa radical de reformas económicas ante la crisis casi terminal a la que abocó el sueño de Mao. Programa inscrito dentro del plan del periodo llamado como “Boluan Fanzheng” (o “eliminar el caos y volver a la normalidad”), impulsado por la facción reformista del PCCh, con el objetivo de superar los errores brutales de la “revolución cultural” de Mao y dar bienestar a la ciudadanía empobrecida a cambio de renovada lealtad. De la mano de Deng Xiaoping se aprobó el nuevo programa definido bajo el ideal de “socialismo con características chinas”, buscando transitar progresivamente de la estricta planificación colectivista (que hundía todos los indicadores) a una peculiar economía socialista de mercado (que garantizase primero el suministro básico, y después cierta expansión). Las hambrunas masivas y los problemas de financiación de esa época permitieron a esta nueva generación impulsar la inevitable aunque restringida transformación: inicialmente mediante la descolectivización urgente de la agricultura, la búsqueda de inversores extranjeros y el primer permiso para abrir pequeñas empresas privadas; y años más tarde con la privatización un notable porcentaje de la industria estatal, la eliminación del control de precios, y la exigida apertura de las políticas proteccionistas. Un proceso siempre dirigido por el PCCh que, entre avances y retrocesos (como tras la represión de Tiananmen, o bajo la etapa más estatista de la administración “Hu-Wen” de Jintao y Jiabao), entre 1978 y 2010 llevó a un crecimiento histórico de la economía china con una media del 9,5% anual, y al país desde 2014 al primer puesto como potencia industrial y exportadora y al segundo puesto de la lista mundial de PIB nominal. Un proverbio chino podría ser claro al respecto: “cuando el dinero habla, la verdad calla”.

Pero ésta fábrica comenzó a tener tiendas. Ya no solo fabricaban para las empresas occidentales a bajo costo, sino que sus negocios eran parte de nuestra vida, desde el ya muy habitual restaurante chino de menú económico y estándar, al bazar chino de horarios imposibles y amplísima oferta o al polígono de almacenes chinos donde se puede comprar de casi todo; e incluso sus marcas empezaban a ser referentes de nuestra elección por sus precios supuestamente baratos: móviles de Xioami o Huawei, electrónica de Lenovo o Anker, electrodomésticos de Haier o Hisense, videojuegos de Cheetah o Elex, y comercio en las aplicaciones de AliBaba. Y fábrica que se usaba también, al estar bajo supervisión o bajo capital estatal, como herramienta de influencia geopolítica mundial, especialmente bajo la presidencia de Xi Jinping; a ello respondían las impresionantes inversiones en África en búsqueda de recursos naturales (como las “tierras raras”), o el sueño de la “Nueva ruta de la Seda” para interconectar, más económica y rápidamente, Europa y Asía.

Nacionalismo

Comunismo y capitalismo necesitan de una Nación a la que dominar y representar, y a la que poner a trabajar y a consumir. Una Nación que debía ser la continuación de una civilización milenaria, que tenía que ser uniforme internamente (en su lengua y sus símbolos), que debía ser diferenciada de vecinos y adversarios, y que tenía que proteger su “espacio vital”.

En primer lugar mediante una identidad uniforme, construida y difundida a través de la lengua común y oficial, como el “mandarín” (frente al chino yue o cantonés, y a dialectos variados y minoritarios), y con una etnia mayoritaria, como los “han” (con la que “repoblar” tierras uigures o tibetanas, y asimilar a los manchúes, miao o zhuang). Y en segundo lugar, dominando el llamado “espacio vital chino”, que comprendía la integridad territorial de un vasto país y sus zonas tradicionales de influencia. Controlando por ello, y directamente, las lejanas y diferenciadas regiones, como la montañosa zona del Tibet o Xīzàng (de originaria etnia budista) y la fronteriza provincia del Turquestán o Xīnjiāng (de originaria población uigur y musulmana); regiones sin autonomía propia y sometidas a un profundo proceso de aculturación (demográfica, lingüística y religiosa). Integrando paulatinamente a las supercapitalistas ciudades-estado de Macao y Hong-Kong, antiguas colonias europeas recuperadas como “regiones administrativas especiales” (bajo el lema “un país, dos sistemas”); tomando el control del llamado Mar de China meridional, creando islas artificiales para ampliar y delimitar su zona de control (pese a las quejas de Brunei, Filipinas, Malasia, Singapur o Vietnam); e intentando aislar a la independiente República china de Taiwán (isla de Formosa) de reconocimiento internacional al reclamar que de iure es parte integral de la China continental (separada, de facto, tras el triunfo de la revolución comunista y el exilio a la isla del gobierno nacionalista en 1949).

China sabe vender y sabe venderse. Nacionalismo difundido dentro y fuera de sus fronteras como no expansivo y muy equilibrado entre la tradición y la modernidad, en un ejercicio que puede parecer imposible, o cuando menos curioso, para la mentalidad liberal-progresista occidental. Una fusión sin paragón, y con interpretaciones diversas, que aspira a conectar la herencia territorial imperial con la dominación actual comunista, cierta espiritualidad milenaria con la pretendida ética socialista patria, los valores familiares de siempre con un capitalismo superproductivo e hiperconsumista, la soberanía de las naciones con la represión de las autonomías internas, los derechos de propiedad individual con la tutela pública final (como recoge el primer Código civil unificado de 2020).

Y en esta venta son unos maestros: un país friendly en tiempos de conflicto, que no molesta y que no quiere molestar. Para que no le molesten; no participa en guerras externas (por ahora) y no quiere cambiar los valores morales ni las realidades culturales de sus clientes (por ahora), es un socio económico confiable (sin muchas preguntas) y un proveedor masivo (con menos preguntas), y defiende su modelo político-social (lógicamente) sin cuestionar el de otros (como es lógico). Su propaganda crea, así, esa imagen necesaria con la que legitimarse internamente y justificarse externamente. Y para ello despliega ,medios y recursos propagandísticos que se han convertido, por tanto, en instrumento esencial de la política del régimen (como la de cualquiera, pero en registros evidentemente diferentes) y que debían estar a la altura de la empresa de la “Gran China”. Los Juegos Olímpicos de Pekín de 2008 fueron ese escenario mundial adecuado para enseñar a propios y extraños esa imagen actual: el poder y la modernidad de la nueva China. Una inversión faraónica, una puesta en escena brillante, y una victoria final y necesaria en el medallero deportivo (por primera vez en la Historia), para la que se fabricaron campeones con ingentes horas y gastos. Y propaganda oficial y masiva que, entre ayuda a países africanos y obras majestuosas (como la increíble presa de las Tres Gargantas del rio Yangtse, el larguísimo Gran Puente de Danyang-Kunshan, la nueva y casi fantasma ciudad de Kangbashi en la lejana Mongolia interior, o el impresionante Aeropuerto Internacional Beijing Daxing), culminó con la publicidad de su éxito frente a la misma crisis del Coronavirus.

Como enseñó el sabio chino Kung Fu Tzu (Confucio), “por tres métodos podemos adquirir la sabiduría: primero por la reflexión, la más noble; segundo, por la imaginación, la más sencilla; y tercero por la experiencia, la más amarga”.

Roma capoccia

En Mundo por

Roma, domingo ocho de marzo de 2020, por la noche, vísperas del decreto de cuarentena. El miedo ya ha empezado a apoderarse de la gente. Camino por los alrededores de Castel Sant’Angelo que, desde hace quién sabe cuántos años y hasta hace pocos días —o quizás horas— eran un continuo hervidero de turistas. Ahora lo encuentro vacío. Bueno, casi: uno de los guitarristas del puente —el que siempre toca y canta canciones italianas— sigue fiel a su compromiso de tocar y cantar, aunque no hubiera quién le diese una moneda. Tocaba para la ciudad que se iba a dormir por casi dos meses, para Roma capoccia.

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Nuestra virtualidad latina

En Distopía por

Súbitamente, lo que era ocasional se volvió habitual. Lo que antes servía para hablarse y verse con relaciones distantes -familiares, amicales o profesionales- pasó a ser el vehículo imprescindible de comunicación con los más cercanos. A partir del distanciamiento social obligado por la pandemia, el espacio cotidiano se hizo grueso, aumentó su espesor hasta hacerse difícil de atravesar.

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Cuando todo esto pase

En Cuarentena/Distopía por

Habrá un momento, puede ser dentro de meses o de años, en el que toda esta crisis quede lejana en el retrovisor de la memoria. Los familiares de fallecidos seguirán extrañando los abrazos que no pudieron dar en velatorios y funerales, en la retina perdurará el dolor de ver lugares de entretenimiento convertidos en morgues y las calles de las nuevas metrópolis convertidas en un escenario cualquiera esperando a los actores. Los afectados por los Expedientes de Regulación Temporal de Empleo serán, en muchos casos, parados de larga duración. Personas trabajadoras convertidas en vulnerables e imposibles de reincorporar al sistema laboral por múltiples causas de índole económica o formativa que no serán más que excusas y eufemismos muy prácticos para abaratar costes. En resumen, sanará la herida pero perdurará la cicatriz de la brecha social.

Cuando este momento pase de ser rabiosa actualidad a un hecho histórico, el espacio de análisis de los gobiernos se limitará drásticamente: ¿cuánto se tardó en decidir que se prefería una sociedad más pobre pero con menos bajas?, ¿hubo decisiones valientes o tibias?, ¿había comunicación y coordinación o primaron otros factores? Entre una infinitud de preguntas que difícilmente serán respondidas porque, en la nueva normalidad, la nueva política ya estará embadurnada del barro que tanto le afeó a la antigua.

El romanticismo del aislamiento en el que todo el mundo hablaba de un “cambio significativo” quedará eclipsado por una vuelta a la carretera de miles de coches que lucharán contra la descontaminación, empresas que no entenderán qué pueden mejorar, sociedades precozmente olvidadizas. Volverá el ritmo frenético, si es que alguna vez se ha ido, y la falta de espacios y tiempos para una reflexión activa que lleve a conclusiones prácticas.

Este cambio significativo lo viven, lo vivirán muchas familias que partieron de una situación triste y llegarán a una situación desoladora; que tendrán que educar a sus hijos en la precariedad, que tendrán que agachar la mirada al llegar las facturas, que tendrán que trabajar en B para poder comer y una gran lista de ‘tendrán que’ porque les quedará poca elección. A no ser que nos pongamos de acuerdo en que todo esto no suceda, que no se queden solos.

Durante esta crisis he visto con mis ojos, los mismos que ven a algunos políticos polarizar el ambiente, a una madre de familia llorar al ver que en el paquete de alimentos que una ONG le entregaba iba un puñado de pañales. Pregúntate: ¿cuándo fue la última vez que lloraste? E inmediatamente después piensa que para muchas madres hoy -no ayer, ni mañana- la ausencia de un saco de pañales es un verdadero drama vital.

He escuchado, con los mismos oídos con los que oigo las caceroladas contra unos u otros desde mi casa, cómo se le quebraba la voz a una chica de no más de 25 años explicando que no le quedaba nada para comer. Ella, brillante en los estudios, ha visto paralizada la beca internacional con la que se costeaba alojamiento y manutención mientras su familiar más cercano está a más de siete mil kilómetros de distancia.

Quiero no olvidar nada de esto, ni cómo un amigo me hablaba del último día que estuvo con su madre, horas antes de que falleciese. Cómo su abrazo fue cuidar de ella, una última caricia que se desprendía a través de un gesto sin contacto y una gran carencia, no de algo material, sino de una despedida arrebatada.

Cuando todo esto pase, no quiero una sociedad más rica, la quiero más solidaria; no la quiero libre de mala conciencia, la quiero cargada de gestos tangibles que nos recuerden que, lejos de los telediarios, el mundo era otro; que tan cerca del ruido pudo haber un silencio estremecedor como el llanto contenido por la necesidad de un plato de comida o de un abrazo y un “no te vayas todavía, por favor, todavía no”.

El ser humano y su condición indigente: una interpretación de la Pandemia

En Distopía/Pensamiento por

Todas las crisis de la Historia –ya sean políticas, económicas, sociales o ecológicas– han tenido repercusiones inesperadas, tan difíciles de prever y lidiar como sus propios orígenes. Sin embargo, podemos decir con Ortega y Gasset que siempre han tenido algo en común: el pertenecer a uno de dos tipos. O bien han sido crisis “vespertinas”, es decir, momentos oscuros que han sido el preludio de noches todavía más largas; o por el contrario, crisis “matutinas”, que como la muerte de Jesucristo –esta comparación es mía, no del agnóstico filósofo – han permitido el desarrollo de oportunidades más fecundas para la humanidad. La crisis generada por el Covid-19 no será diferente: también sus efectos serán imprevistos, y podrán ser totalmente nocivos o generar una nueva esperanza.

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Sanchismo kitsch: breve historia de la cursilería política

En España por

Resulta conocido por todos que los cursis han formado parte del imaginario colectivo de los españoles desde hace generaciones. Algunos estudiosos del tema como Noël Valis, profesora de literatura española en Yale, en su libro La cultura de la cursilería, mal gusto, clase y kitsch en la España moderna define el surgimiento del “señorito” español de mediados del S. XIX como el momento fundacional de la cursilería en nuestro país.

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Nostalgia de los jardines

En Cuarentena por

He de admitir que, confinado como estoy en un piso del centro de Madrid, envidio a las personas que viven a las afueras, en casas ajardinadas. Tal vez idealice su cotidianidad, pero las imagino leyendo Crimen y castigo bajo el agradable sol primaveral, paladeando una copa de vino tinto mientras un jilguero canturrea a su lado o incluso jugando al tute sobre el césped recién cortado. Y, en el preciso momento en que tales fantasías me asedian, cruza mi mente, como un espectro ágil y sombrío, la idea de que el mundo es un lugar de injusticias y de que yo estoy en el nutrido bando de quienes las padecen.

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En el arca del General Hospital de Southampton

En Diario compartido por

Cuando entré en el General Hospital de Southampton, lo primero que hice fue perderme. Llegaba desde una ciudad de provincias española, con varios títulos universitarios de dudosa utilidad y un inglés de jelou y jau arr you. Desde entonces han pasado más de cuatro años, cuando todavía se decía: «¡Salid, formaos mientras dure la crisis y volved con experiencia!» Confiando en aquella promesa  tan difusa, y dispuesto a trabajar en lo que fuera, comencé limpiando los suelos y recogiendo las basuras de este hospital. Así, cada día en una planta distinta, no tuve más remedio que  aprenderme cada rincón de esta mole como la palma de mi mano. Tanto, que cuando me convertí en auxiliar de enfermería -aquí no se requiere ninguna formación específica- pude recitar de memoria cada una de sus unidades. Aunque, por muy grande que sea, lo que más impresionaba era su ritmo, como una ciudad dentro de la propia ciudad. Ahora, desde que ha estallado la crisis del Coronavirus, todo es muy distinto.

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Para qué sirve un Gobierno

En Cuarentena/España por

Un Gobierno no es un “think tank”. Es un Gobierno. Para hacer las funciones de un “think tank” ya están los “think tank”. El razonamiento, digno de Groucho Marx, resulta pertinente cuando se piensa en el ejecutivo de Pedro Sánchez. La presente crisis pone en cuestión las prioridades que han marcado el debate público en los últimos tiempos. Se acuerda ahora uno del “pin parental” y se le dibuja en el rostro la sonrisa condescendiente de quién evoca alguna gansada juvenil. ¡Éramos tan tontos! Abundan las bolas de cristal con prolijas predicciones del futuro. Aquí no vamos a llegar tan lejos. Pero sí dejaremos constancia de un pálpito: los grises gestores, pendientes de antemano de aquello que su ciudadano todavía no puede saber que le preocupa, cotizarán al alza frente a líderes carismáticos construidos a base de markéting político e ideas-fuerza paradójicamente débiles. Los acuerdos prácticos para el conjunto de la sociedad deberían imponerse al enfrentamiento prefabricado que busca del votante la adhesión propia de un hincha futbolístico.

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Vecinos chivatos

En Cuarentena/El astigmatismo de Chesterton por

Esta cuarentena nos ha traído una nueva subespecie urbana. Se trata de los vecinos chivatos.

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Jimina y el Rey: crónicas de la imaginación paranoica

En Distopía/Periodismo por

Decía Milan Kundera que las personas entendemos nuestras vidas con la forma de un relato, que imponemos al recuerdo una presentación, un nudo y un desenlace, y que según estos vivimos siguiendo un guión y  una simbología concreta. Son los relatos más que la verdad en crudo los que dan un sentido operativo a la vida. Si ciertamente el hombre es un ser narrativo, antes aun que social, el género de la humanidad en su conjunto debe de ser el satírico; y es que a estas fechas de cuarentena ya cuecen las redes sociales y los pucheros del esperpento están que echan humo.

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Johnny Cash: poeta de los oprimidos

En Democultura/Música por

Entre las fuerzas de la naturaleza, mi preferida es Johnny Cash. No me cabe duda de que el magnetismo que ejerce sobre nosotros resulta, en buena parte, de su credibilidad. Una credibilidad que brota de la honestidad del mensaje que comunica, de su música simple, directa y diáfana, sostenida por una voz que parece provenir del centro de la tierra.

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[ENCUENTROS]: Hubo una vez que pasé un rato con David Gistau

En Entrevistas/Periodismo por

Había quedado con él cerca del mediodía. A la salida de la cadena COPE. Es una zona de Madrid que me encanta. Mi madre tenía su despacho allí y de pequeño solía acompañar a mi padre a recogerla. La esperábamos en un bar que se situaba en la acera izquierda, justo antes de llegar a la calle Alcalá. Mi madre y sus compañeras de trabajo lo habían bautizado como los Monster, por la evidente apariencia estrafalaria de los camareros.

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