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J.M. Cotelo: “Soy un documentalista al que nunca han gustado los documentales”

En Cine/Entrevistas por

Las próximas líneas no corresponden a una entrevista aunque la categoría de la página así lo indique.

No lo es porque el personaje evita que lo sea. Hay un número más que generoso de respuestas no acotadas con metáforas que caen con más o menos fortuna en el asunto en cuestión. No hay una línea temática prefijada y parece que el tiempo poco importa en este habitáculo de la calle Alfonso XII, en pleno centro de Madrid.

Juan Manuel Cotelo no prepara guiones, se los encuentra. Dice sentirse incómodo en los preparativos, en el papeleo, en el ir agitando la hucha para producir sus películas. También con las preguntas, con lo excesivamente elaborado, pues esto ahoga, o así lo entiende su interlocutor, la maravilla de lo espontáneo.  No tiene ni la más mínima intención de salirse de la etiqueta de “ultracatólico” -signifique eso lo que signifique- y no pretende atraer a las salas donde se pasen sus películas a cinéfilos o entendidos del séptimo arte; pues lo suyo es entretener y tocar el corazón.

Su última película, “El mayor regalo”, nos posibilita un rato con él. En esta casi hora de conversación da la sensación de que pasa de todo estando con las piernas cruzadas.

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Jair Bolsonaro y el concepto de lo político

En Mundo por

Decía Carl Schmitt, jurísta político de pasado cuestionado y siempre de radical actualidad, que “el campo de relaciones de lo político se modifica incesantemente, conforme las fuerzas y poderes se unen o separan con el fin de afirmarse”. El siglo XXI, entre globalizaciones que pretenden la uniformización de las formas de vivir y convivir y entre fenómenos identitarios aparentemente reactivos, demuestra, una vez más, esta esencia del concepto de lo político que Schmitt señalaba en la historia: “la distinción política específica, aquella a la que pueden reconducirse todas las acciones y motivos políticos es la distinción de amigo y enemigo” (Der Begriff des politischen, 1932).

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Stranger Things: La Fe de los pringados

En Series por

Se ha escrito mucho sobre Stranger Things desde que los hermanos Duffer la concibieron y Netflix la parió aquel lejano verano del 2016. Son muchos los nostálgicos que han visto en ella una suerte de revenant proveniente de una época dorada del cine y de la cultura americana, enviada para arrojar un poco de luz y de fantasía mitológica a un mundo que se marchita en su propia inmanencia.

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Fernández Mallo: “La Biblia es un producto pop”

En Entrevistas/Poesía por

El Donostia International Physics Center hospeda el programa Mestizajes, cuya finalidad es la exploración de las relaciones entre arte, ciencia y literatura.  Se antojaba un contexto propicio para conversar con el físico y poeta Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967) tras la publicación de su poesía reunida, a la que se suma el inédito Ya nadie se llamará como yo (Seix Barral, 2015).

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Reflexión estética: ¿es romántico bailar y que se te vea la hucha?

En Reminiscencias de una hormiga por

Imaginaos la siguiente escena.

Viernes. Fin de semana de San Valentín. En un pub de la ruta de la madera alicantina, una pareja baila cuando nadie baila. Un bailar inconcreto que se detiene con frecuencia: se abrazan, se tocan, se susurran, y lo hacen con un contoneo leve que persiste con la única excusa de mantener la cercanía física. Los enamorados, ya se sabe, funcionan a un ritmo diferente, más errático y bacteriano. Él es bastante más alto que ella y rondará los 50 años; ella es pequeña, de cabello rubio pajoso que parece teñido. La mujer, de hombros vagos, exhala cierta timidez o pasividad, como si viviera en continua expectación. El efecto quizás se debe a que la altura de su pareja la obliga a alzar la cabeza y a inclinarse continuamente.

Hay un perro en el bar, un perro enorme. Suena rock. Se juega a los dardos, al futbolín, se bebe. Muchos se acodan en la barra. Por algún motivo, a la camarera le cuesta sumar el precio de dos gintonics estándar: 6+6. Hay gente madura, hay jóvenes -treintañeros- y adultos recién horneados, inseguros todavía, hablando como si ensayaran cada frase y les saliera mal y se arrepintieran.

Y en medio, sin ocupar espacio en la barra ni bloquear el camino hacia la diana, se mueve la pareja. Se les ve enchochados, qué bonicos. El amor sobrevive, es una fuente inagotable de adolescencia sin importar la edad de los afectados. Contagian esperanza en quien los mira. Es verdad, sin ironías. Sin embargo, hay un detalle que les destroza el aura. Él lleva unos pantalones muy justos, ahorcados por el cinturón, la camiseta no le tapa toda la espalda y deja tres o cuatro centímetros sin cubrir, suficientes para que le asome la raja del culo. “Se le ve la hucha”, como dicen. Entonces se rompe la ternura que suscitaban, se desintegra la sonrisa del observador y, sobre todo, se transforman todas las figuraciones que uno se hacía sobre ellos: el bello y apacible amor se convierte en algo gelatinoso y sospechoso de distintas impurezas. ¿Tan adulterada tenemos la idea estética del amor o la pasión que en cuanto vemos un poco de animalidad sin adornar caemos en el rechazo? ¿Tan intervenido está el imaginario colectivo? Las películas de gordos, feos o de gente-del-montón que se enamoran siempre son comedias, o peor… El cine nos dice que la pasión legendaria, los besos en primer plano, la caída de sábanas renacentista sobre los glúteos, conforman un universo accesible sólo a los guapeados. De manera que la raja del culo lo estropea todo.

Al hombre le falla la talla, el pantalón es viejo y le queda pequeño. Lleva años en su armario, seguro, y se resiste a desecharlo porque eso supondría aceptar la edad y la lorza acomodaticia. O tal vez, y hablo por hablar, llevaba tiempo sin ponérselo y, como tenía una cita con ella, ha confundido la juventud del alma con la juventud física y ha decidido recuperar los vaqueros viejos.

Pensándolo bien, tal vez la pareja no es nueva. No, no es nueva. Llevan años casados y él es de esos que mantienen la cachondez de la relación a base de adulteración y fetichismo. Camina por los sexshop (y sigo hablando por hablar), revisa los estantes, muy experimentado, asiente, duda, palpa un picardías o la caja de un anillo vibrador y va cebando su imaginación. Compone escenas que vayan más allá, siempre un gramo más allá como en la cuchara de un personaje de The Wire. En este punto, es de suponer que la hucha se le alegra.

De momento, ahí están esta noche: bailan y se paran. Vamos a dejarlos. Son felices, no lo negaría nadie. Y si no fuera por Hollywood -y por los remilgos que nos contagia- representarían la capacidad humana de vivir.

Este artículo fue publicado originariamente en “Manjar de Hormiga“. Lo rescatamos para “gozadera” pública con el permiso y sorpresa de su autor. 

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El arte de coleccionar postales

En Asuntos sociales por

Lo prometido es deuda. Me estoy acordando mucho de ti y de tu familia.  La ciudad está tan espectacular como siempre… Ojalá paseemos juntos por aquí. Si no, me conformo con que nuestra amistad dure toda la vida.

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Me gusta coleccionar postales. Es una de esas cosas que me recuerdan a ir a casa de mi abuela de pequeño en las tardes de domingo. Como las tardes de toros, las películas en blanco y negro, los cromos de Panini o los trajes de Cary Grant. Recuerdos de una infancia feliz.

Decía Chesterton que todos los recuerdos de la infancia son maravillosos, porque en ellos se ve una luz viva, un deseo de vivir y una impresión de los sentidos que va más allá de lo cotidiano por lo que se está por descubrir. Ese deseo vivo es lo que hace que todo sea visto por los ojos de un niño como algo nuevo con independencia de que realmente lo sea.

La primera postal que tuve me la enviaron mis padres desde Roma. Tuve un romance un par de años con la filatelia que no llegó a florecer. Los sellos son muy bonitos pero el llegar a formar una buena colección requiere tiempo y dinero. Factores que llevan a que un niño no esté en disposición de cultivar tan elevado pasatiempo, al no ver mucho cambio a corto plazo en sus ahorros, normalmente conformados por chicles, trozos de alambre y cristalinas, canicas, cromos de fútbol especiales y otros tesoros de igual o dudosa reputación.

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Le tengo especial cariño a esta postal que me enviaron mis padres desde Roma en la que sale un guardia suizo ante la tumba de San Pedro. Ese fin de semana nos quedábamos con mi abuela, y mis padres me escribían en la postal que le habían dicho al guardia que yo tenía un uniforme del Real Madrid. Todo esto lo leí después claro, pero no deja de ser curioso lo que estaba pasando mientras. Lo cierto es que el uniforme tenía un par de meses y aún no había podido estrenarlo en la capital. Lo llevaba puesto en ese instante, aprovechando la ausencia de mis padres.  Tras toda la mañana debatiéndome, finalmente había conseguido armarme de valor y, enfundado en la elástica de siemens mobile, dirigí mis pasos hacia la misa dominical. Era un hecho de rebeldía sin precedente y constituía una alteración del orden en mi casa. El uniforme del Madrid era únicamente para jugar al fútbol. Nada más. Para mí, que nunca había tenido camiseta de equipo alguno, suponía un placer demasiado grande como para dejar pasar la oportunidad de poder lucir la indumentaria de mi equipo de futbol y no pude resistirme. Llevé la camiseta de O´Fenómeno todo el fin de semana.  Por supuesto me cayó bronca, pero mereció la pena la travesura.

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Hay postales especiales que tienen una especie de bonustrack. Principalmente son de amigos que se han molestado en garabatear algo al dorso que se salga de lo cotidiano. Muy pocas cosas están a la altura del placer indescriptible que supone recibir la imagen de algún sitio muy lejano y diez o quince líneas recogidas por algún amigo que cuenta que lo está pasando muy bien, que se acuerda de ti y que el próximo viaje lo haréis juntos.

Las normas básicas a la hora de escribir una postal son:

1. Elegir una imagen bonita y original. Qué se salga de lo cotidiano. Qué también se salga de lo ordinario. Las postales son como los detalles, inesperados y de buen gusto.

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2. Comprar el sello y asegurarnos de que el precio de los portes es suficiente y que no nos han vendido uno de menor coste -o de otro país- y que no llegará la postal. Si la postal no llega, habremos fracasado en nuestra misión. Un recurso de emergencia puede ser enviarlas al llegar al sitio de origen con el sello del país, pero indudablemente perderán carácter. No, no es lo mismo.

Una costumbre al alza en estos tiempos oscuros que corren para los amantes de las postales es el comprarlas y darlas en mano sin firmar ni nada.  Es como dar un regalo sin envolver, rompiendo el sagrado ritual. ¿Para qué sirve la postal entonces? No esperas el momento en el que llegara la postal de tu amigo al buzón, no podrás leerla en la intimidad de tu cuarto o subiendo las escaleras de casa. En esos momentos incómodos en los que te dan las postales en mano suelo farfullar algo dando a entender que las leeré después y las meto rápido entre algún libro o las echo al bolsillo sin mucho miramiento. Resulta muy violento leer una postal delante de la persona que la acaba de escribir.

Hay amigos que prometen el oro y el moro y no te envían nada, o chicas que después de mirarte a los ojos, te mienten descaradamente y te dicen que por supuesto que se acordarán de ti, que todo va bien,  y te escribirán aunque lo cierto es que no lo hacen.

Hay una venganza aun peor que mentir y no llegar a escribir una postal: Escribirla y no enviarla. Suelen terminar perdiéndose por los cajones o lugares recónditos de la casa, arrugada en la maleta, en la habitación del hotel… Con el tiempo da pereza enviarlas y así terminan enterradas, sabiendo que no nos pertenecen, condenadas a vagar sin destino. Hagamos un momento de silencio por esas postales que nunca vieron la luz, que nunca llegó a poseer su legítimo dueño,  ajenas a esperar un momento que nunca llegó. Supongo que cuando muera podré ir un día a visitar el cielo de las postales y leer todas aquellas postales que nunca me llegaron a enviar o se perdieron por el camino.

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3. La tercera norma y más importante es el lugar donde escribir las postales. Habrá que buscar un sitio que nos estimule, un remanso de paz, un sitio donde nos encontremos a gusto. El bullicio de una calle ajetreada un día laborable, una terraza o una plaza, el abrigo de una taberna o el silencio de nuestra habitación. Lo siguiente será por qué escribimos y para quien, qué significado tiene el viaje que estamos haciendo, qué relación tenemos con la persona a la que escribimos y qué le queremos transmitir. Resulta de vital importancia poner la fecha. Conviene saber en qué año fue escrita para poder ordenarla después dentro de los álbumes. Es recomendable firmar a fin de saber quién la envía. Hasta una persona como yo hace un especial esfuerzo por que se entienda su letra, al menos en las líneas destinadas a la dirección postal. Un mínimo de decencia por nuestros amigos que esperan nuestras postales. Nos necesitan.

Desde pequeño, tomé la costumbre de enviar postales a mi familia durante los viajes. Costumbre que no sé por qué mantengo. En el fondo supongo que me hace ilusión saber que están en casa y que al menos tienen un recuerdo mío, que saben que los tengo presentes. Son postales que por regla general suelen terminar en un cajón o pasan unos días en la nevera para volver después a ocupar cualquier cajón de la casa. No les culpo. Lo cierto es que tengo una letra pésima, los que me conocen lo atestiguan y todo intento de descifrar cualquiera de mis caracteres es vano. Como decía un compañero del colegio, mi letra solamente la entendemos Dios y yo. Y media hora después solamente Él.  Era algo que ya intuía de pequeño. No era normal que mientras mis primos y hermanas bajaran a la playa temprano yo tuviera que hacer tres o cuatro planas de los cuadernillos Rubio. El recuerdo es vago pero permanece. Algunas noches sueño con una especie de fantasía en la que me encuentro por fin con mi archienemigo el Sr. Rubio y le espeto algo así como ” Me llamo Iñigo Montoya, mataste mis veranos. Prepárate a morir”. Tengo el férreo convencimiento de que la editorial de cuadernillos sobrevivió tantos años gracias a las inversiones que hacían mis padres.

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Cuando uno recibe una postal ocurren tres cosas:

1. Una sensación de agradecimiento a la persona que la envía. Se alaba su buen gusto eligiendo la postal, y se disfruta viendo la fotografía e imaginando las aventuras por las que discurre, se observa el trazo de su letra y se razona sobre lo que dice y expresa.

2. Un deseo de que ese amigo que la envía lo esté pasando bien y ganas de acompañarle en su viaje, de emprender nuevas aventuras. Por espacio de esos cinco minutos que se tarda en leer la postal, conectas con la persona que la envía, como en la película de Frecuency, y eres participe de sus andanzas.

3. Acontece un breve repaso de los mejores momentos de esa relación de amistad y un renovado efecto de mantenerla y un deseo de acrecentarla cuando el amigo en cuestión vuelva de su viaje.

Fotografías hay demasiadas, fotografías de buena calidad, pocas. La tendencia actual es a sobreexponernos a whatsapps de imágenes movidas, de mala calidad hechas sin detenimiento ni delicadeza. Un aquí te pillo, aquí te mato. Una postal invita a la reflexión, a la pausa. A la contemplación. A detenerse durante unos instantes a leer lo que otra persona ha querido recoger tras esa imagen que conecta a los dos durante su vivencia en tierra extranjera. Es una estampa, una ventana a compartir aventuras.

Constituyen una costumbre en desuso que comienza a diluirse como los hielos en un vaso de whisky. Es uno de los últimos vestigios que quedan de la civilización en Europa, como el uso de las corbatas, los cómics de Tíntín o fumar en pipa.

No escribamos postales para quedar bien ni por cumplir con una obligación, impuesta como si fuera un juramento. Escribamos postales porque tenemos algo que expresar, algo que sentir. Porque como cuando eramos niños, nos recuerdan que todavía quedan muchos momentos por vivir y que como en la infancia, la vida es maravillosa.

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Este artículo fue publicado originalmente en el blog de su autor y es reproducido aquí con su permiso.

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Abuelos

En Asuntos sociales por

Una escena se repite constantemente con mis abuelos. Salimos a la calle tras haberlos despedido, enfilamos rumbo al coche, y al girarme allí están, en el cuarto piso, dos figuras sonrientes diciendo adiós con las manos. Es una imagen cotidiana, como calzarse las zapatillas nada más salir de la cama, o apagar la luz antes de acostarse. Pero, en el fondo, no tiene nada de irrelevante o mecánico, al contrario que estos otros episodios.

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Aguachirle popular

En El astigmatismo de Chesterton/España por

El aguachirri o aguachirle es un coloquialismo muy propio de la temporada estival. Las malas terrazas, o sea, las que viven a base de braguetazos estacionales, suelen convivir con este calificativo despectivo año tras año. Los turistas regulares, confiando en el calado que durante todo el ejercicio ha tenido que causar el espíritu emprendedor anunciado a toda pastilla por televisión, ven desolados que otro verano más los hosteleros no han puesto ningún tipo de remedio a la mala calidad de sus productos. Sigue leyendo

Caso Miguelianos (III): Ángeles y demonios

En Asuntos sociales/Religión por

 

«Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba, 
que compartía mi pan, 
es el primero en traicionarme».

Salmo 40.

 

Confusión es esa sensación incómoda que provoca en nosotros la arbitraria mezcolanza de incoherencias. Inconexiones a lo menos. Cuando tales elementos, además, son antitéticos —se excluyen unos a otros—, evoluciona en perplejidad. Imagínese usted la estupefacción al contemplar el descenso de la nieve a treinta y cinco grados en un mes de julio.

Cuando la antítesis enfrenta lo más sublime a lo más abyecto, lo más santo a lo más demoníaco, lo ínclito a lo deleznable, el espectador enmudece; cáense los brazos, flaquean las piernas, resbala la barbilla, el corazón se hiela.

Es el aturdimiento de los videntes del insólito abrazo de Dios y Satanás.

(Lo que se expone en el artículo procede de información facilitada por las partes defensoras de Miguel y otras pruebas documentales a las que ha tenido acceso Democresía. No hemos tenido oportunidad de contrastar la versión con los acusadores).

 

No hubo visto demonios Gabriel cuando decidió involucrarse en una naciente asociación católica, que lo conquistó con su celo apostólico y su anhelo proselitista. Con el tiempo daría en llamarse «Orden y mandato de san Miguel».

Recibió el sacramento de la Confirmación allá por el año 2001, ha diecisiete años. Al poco conoce a un hombre, Miguel Rosendo da Silva, y comienza a cambiarle la vida. Se interesa por las cosas de Dios, por la verdad del hombre y la vocación a algo mayor, veraz, superior a cuanto hubo conocido. Tras un breve lapso algo más alejado de la vida sacramental, retorna a la celebración de la Eucaristía, vuelve a rezar, se involucra más y más en la misión apostólica de la Iglesia, colaborando en la catequesis y en otras actividades misionales.

Tampoco advierte rastros infernales, misas negras o posesiones diabólicas en adelante, y en 2009 —tras ocho años en contacto con el grupo— decide consagrarse en el ámbito de la nueva realidad eclesiástica, que caminaba en curso a su aprobación en cuanto orden religiosa. Estudiaba Ingeniería de Telecomunicaciones.

Su madre, sin embargo, descontenta con la vocación de su hijo, trata de apartarlo. Gabriel no accede a sus pretensiones, por lo que decide acudir a una instancia superior; en 2006 escribe una misiva a José Diéguez, entonces Obispo de la diócesis de Tui-Vigo: que «le están comiendo el coco» y se llevan a mi hijo.

Don José contacta con Juan Diz, presbítero de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz —entidad estrechamente vinculada al «Opus Dei»— y primer consiliario de la asociación, y le ruega que investigue y le informe. Tras un tiempo prudencial, Juan responde al Obispo que todo lo aprecia bueno y sano, y así se lo comunica este a la madre, que no se da por vencida y escribe a la Nunciatura eclesiástica, con idénticos resultados.

Es la primera acusación de sectarismo contra «Orden y mandato de san Miguel». Ahí quedó la cosa, pero con el tiempo resurgirá la verdad para unos, la burda calumnia para otros.

Gabriel, a marzo de 2018, sigue alabando ante esta revista la labor de la asociación disuelta, a la que sigue espiritualmente vinculado, con gran dolor y mayor esperanza.

En nuestra entrevista he juzgado absurdo preguntarle si alguna vez ha visto a Belcebú escurrirse tras una esquina, en la oscuridad de la casa madre.

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El poder de convocatoria de la agrupación de fieles es asombroso; en los noventa comienza a organizarse un círculo con inquietudes, y en 2003 se dotan de estatutos y reciben la bendición de don José Diéguez, cabeza de la diócesis, que ya ha aparecido antes en esta historia.

Ya son asociación privada de fieles.

En 2005 hay quienes advierten una vocación divina, y deciden consagrarse en el seno de «Orden y mandato». Y, finalmente, en 2009 festejan la aprobación de unos nuevos estatutos, con los cuales el nuevo Obispo Luis Quinteiro la constituye como asociación pública de fieles, siguiendo un proceso natural ordenado a convertirse en orden religiosa.

Llega a aglutinar en su derredor a unas doscientas personas.

De izquierda a derecha, Isaac de Vega, Luis Quinteiro (actual Obispo de Tui-Vigo) y Miguel Rosendo.

Hubo un cambio de consiliario en el año 2006: aparece en escena una figura emblemática y de indudable importancia en el devenir de la asociación, de su presidente Miguel y de los fieles ligados a ellos. Se trata de Isaac de Vega, sacerdote asimismo de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz —ligada al Opus Dei—.

Es capellán en la cárcel de La Lama; dedicado principalmente a la pastoral penitenciaria, recurre a la asociación buscando ayuda en su misión. La obtiene. Entonces comienza la relación, que va estrechándose más y más, entre el presbítero y «Orden y mandato de san Miguel».

Llega, decíamos, a ser muy estrecha; en 2007 celebra su cumpleaños con ellos, y con ellos convive durante un mes. Los partidos de fútbol —él, acérrimo madridista— se ven en la casa madre, con la familia de Miguel y el resto de fieles, ocasiones en que (a decir de algunos de ellos) comienzan a experimentar el genio explosivo del nuevo consiliario.

Poco a poco, Isaac va acumulando las tareas propias de un asistente eclesiástico, con gran implicación personal en la entidad religiosa. El cargo, canónicamente, lo recibe del Obispo en 2009 —cuando la asociación, recordamos, adquiere el estatus de «pública de fieles»—. Pero más de un año antes su integración en la estructura del grupo ya era completa: tenía plena conciencia del recorrido tanto del grupo como de cada uno de sus constituyentes; pasaba cuatro días a la semana con ellos y se unía a los viajes que organizaban.

Paralelamente, parece que Isaac desarrolla negocios contrarios al ordenamiento jurídico y a la moral cristiana más elemental. Lorena, consagrada, hija del portavoz de la ilegítima acusación popular en el proceso penal, fue una de las encargadas de colaborar con el cura en la pastoral penitenciaria. Recurrentemente comunicaba sus dudas al capellán: qué hacemos aquí, Isaac; por qué solo tratamos con los convictos por narcotráfico; nunca he advertido un atisbo de arrepentimiento en ninguno de ellos; me siento idiota hablando de Dios a quien se deleita decididamente en el pecado, y otras del estilo. Por respuesta, que el celo por las almas no hace acepción entre pecadores; que mientras haya posibilidades de salvación para uno de ellos, su labor merece la pena; que Dios ha venido a redimir también a los narcotraficantes.

Un día, Lorena descubre en su cuarto una bola de hachís del tamaño de su cabeza. Isaac, que siempre fue muy celoso de sus espacios y su intimidad, le asegura que era de un preso, que lo hubo descubierto y se lo confiscó.

Otras fuentes, cercanas a Isaac de Vega, ajenas al entorno de «Orden y mandato de san Miguel», y cuya identidad nos exigen que no se revele —se sienten amenazados—, aseguran que Isaac hacía negocio con los narcotraficantes del clan de los charlines y que solo trataba con presos por tráfico de drogas, que se lucraba con dinero de tal origen ilícito —nos hablan de «grandes cantidades»—, y que recibía de ellos no pocos favores de índole sexual.

Muchos de los miembros del clan que han cumplido condena lo hicieron en la cárcel de La Lama, cuya pastoral penitenciaria estaba a cargo del sacerdote.

Las irregularidades en esta prisión alcanzaron extremos asombrosos: Isaac conseguía favores para los narcotraficantes y hasta llegó a gestionar para ellos permisos penitenciarios, con resultados en ocasiones más que sospechosos, como aquellos de 2008 de que se hizo eco la prensa (entre otros casos, Interviú), en que cuatro presos de la misma banda, con sus respectivos permisos gestionados por el capellán, escapan de prisión en el espacio de cuatro meses. Cuatro. Los informes de la Junta de Tratamiento de la prisión, y los de la policía, fueron decididamente contrarios: existía un elevado riesgo de fuga y se trataba de presos peligrosos —condenados por introducir 124 kilos de cocaína y tenencia de armas de fuego—.

Desde el entorno de la asociación pública de fieles aseguran que el consiliario realizó gastos destacables en favor de aquella, que les parecían inalcanzables para un presbítero, y que llevaba un alto nivel de vida.

¿TODAVÍA NO SABES DE QUÉ VA ESTE ESCÁNDALO JUDICIAL? LEE EL PRIMER ARTÍCULO DEL “CASO MIGUELIANOS”. POR CHEMA MEDINA

Con tal integración en la asociación, es llamativo que Isaac no hubiera advertido ningún desorden hasta unos cinco años más tarde —según su propia dicción, denuncia al Obispo los excesos de los «miguelianos» en diciembre de 2012—.

Comienza una serie de movimientos para reunir un grupo de víctimas o, a lo menos, de atacantes. Miembros de «Orden y mandato de san Miguel» nos aseguran que Isaac comienza a llamar casa por casa a los padres de los integrantes, y consigue apoyos para su denuncia. Apoyos que se verán reflejados en un informe cuestionable de un investigador privado (del que nos ocuparemos en ulteriores artículos), que sirve de fundamento al subsiguiente proceso penal. Apoyos entre los cuales figura el de un párroco de Madrid.

Otro escándalo eclesial, de menor entidad y a cientos de kilómetros al sur, consumaría el proceso. Nos situamos en la archidiócesis de Madrid; dos sacerdotes en ella incardinados —Eduardo Lostao y Juan Luis Castón— e Ignacio Oriol son simpatizantes muy cercanos a la asociación.

Coinciden en su primer destino en la diócesis: Juan Luis llega de Getafe en el año 2011, y el entonces Obispo Antonio María Rouco Varela le destina como vicario a una parroquia del entorno de Moratalaz. Ignacio acaba allí también —habiendo abandonado recientemente la Legión de Cristo—, así como Eduardo, que entonces aún era seminarista. Y surgen determinados conflictos con los catequistas y con el párroco: con los unos, de índole dogmática e ideológica; con el otro, por evidencias de hurto.

Robaba. Juan Luis le descubre y le denuncia al Obispado, cuyo regente decide resolver la situación destituyendo al párroco y separando a Juan Luis.

Antonio M. Rouco Varela se lo lleva a otra parroquia, en otro lugar relativamente lejano al anterior, y lo acompaña Eduardo —a Ignacio lo mandan a Aravaca—. Miguel Rosendo, desde Galicia, les ruega que atiendan también un grupo de matrimonios del entorno que residen en la capital.

Juan Luis habla con el Obispo auxiliar, Fidel Herráiz —que volverá a salir en esta historia (actualmente es Arzobispo de Burgos)—, pidiéndole permiso para acceder a las peticiones de Miguel, que se lo concede. Procede de la misma forma con su nuevo párroco, JML. Así queda configurada la pastoral de los tres curas.

Ocurre que JML también robaba. «Pero muchísimo», matiza Juan Luis para esta revista. Juan Luis, que ya conoce la cantinela episcopal, reúne en esta ocasión pruebas económicas fehacientes, con la colaboración de algunos feligreses —Juan Luis trabajó para «JP Morgan», y uno de tales fieles era un general de brigada retirado que había trabajado como interventor de la Armada. No les resultó especialmente complicado—. Acreditan un mínimo de 25.000 € anuales que JML se embolsaba de los fondos de la parroquia.

Acuden de nuevo al Arzobispo. Nos situamos en la transición entre A. M. Rouco Varela y C. Osoro. Ninguno quiso escucharlos: el primero los despacha con frases como «aquí haya café para todos», o «ni vencedores ni vencidos», y el segundo continúa la misma línea de su predecesor, en ocasiones con formas coléricas y prepotentes. Juan Luis insiste.

Paralelamente, JML estalla. Llega a gritarles en la parroquia que fue secretario de uno de los Vicarios episcopales de Madrid, y que si él caía, caerían muchos. De hecho, acude en numerosas ocasiones al Obispo durante este proceso.

En esta situación, muy tensa, JML tiene noticia de lo que empieza a labrarse en Galicia, en relación con Isaac de Vega, Miguel Rosendo y «Orden y mandato de san Miguel». Advierte asimismo los vínculos entre la asociación pública de fieles y Juan Luis y Eduardo, y decide viajar al norte. Estos dos últimos —junto con José Ignacio Martín Sánchez, un tercer presbítero muy ligado a «Orden y mandato», y de quien hablaremos en futuros artículos— nos aseguran que JML se entrevista con Isaac y colabora en la hechura.

 

LEE EL SEGUNDO ARTÍCULO DEL “CASO MIGUELIANOS”. POR CHEMA MEDINA

Es JML quien aporta el ingrediente final; en el contexto de fuertes presiones en el ámbito interno eclesiástico —también en próximos capítulos—, fabrican la guinda del pastel: satanismo.

Después de más de cinco años de estrecha relación entre Isaac y Miguel Rosendo da Silva y la asociación que promoviera, no solo aparecen supuestos abusos y agresiones sexuales, coacciones, delitos contra la integridad moral, contra la Hacienda Pública o blanqueo de grandes capitales de orígenes antijurídicos, sino que ahora también se realizaban prácticas satánicas. Se llega a asegurar que Miguel decía ser la encarnación de san Miguel, el arcángel —a veces, del mismo Dios—; que entraba en posesión padeciendo convulsiones y balbuciendo lenguas extrañas, al tiempo que practicaba, dicen, exorcismos y rituales dudosos sobre miembros de la entidad religiosa.

Y JML erige como ministros del infierno a Juan Luis, a Eduardo y a Ignacio; con el tiempo se les conocerá en los medios de comunicación como «la Trinidad satánica». Consigue una fenomenal bomba de humo, desquitándose contra sus colegas —sus hermanos en el presbiterado—, y atrayendo sobre ellos la atención que se hubo posado sobre él, y que tan poco le convenía. La campaña de desprestigio continúa y se intensifica, hasta marginar a unos en Galicia y a otros en Madrid: don Carlos Osoro llega a retirar a sus sacerdotes el sueldo durante cuatro meses —hasta que don Fidel, Obispo auxiliar, interviene en su favor—. Pasan más de dos años en tinieblas, sin saber de su Obispo, sin dignarse este a escucharles, sin interesarse por ellos lo más mínimo. Ni una sola llamada de tantísimos sacerdotes amigos, cuando no se tornan beligerantes.

Mientras, el proceso se desarrolla. Los defensores de Miguel y «Orden y mandato» enmudecen, por obediencia filial a su nuevo Obispo Luis Quinteiro, cómplice en la trama por circunstancias que posteriormente se expondrán, que les exhorta a guardar silencio. Durante dos años. Años que se aprovechan, evolucionando las acusaciones y adquiriendo forma hasta dar con Miguel en prisión, en diciembre de 2014. Y disolverse la asociación.

Hasta aquí este capítulo de la novelesca pero realísima historia de los ángeles que son demonios.

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Un país con mucha moral y sin ninguna ética

En Asuntos sociales/Educación por

Ya lo decía, en frase genial, el gran sociólogo español Esteban Pinilla de las Heras refiriéndose a la atmósfera del Franquismo: “un país con mucha moral y sin ninguna ética”. Por ello, entendía una sociedad grandilocuente y exagerada, siempre dispuesta a escenificar su adhesión al bien y su aversión al mal, una sociedad, en el fondo, destrozada, deshecha, entregada a la hipocresía y profundamente cínica.

El Franquismo, según Pinilla, se relacionaría con la hegemonía de un lenguaje apodíctico, concluyente e incuestionable en sus máximas, eslóganes, fórmulas coloquiales y frases hechas. El lenguaje ominoso de una sociedad sin pensamiento propio, poseída por el miedo y el egoísmo más voraz, por la pereza y la cobardía, que se limitaba a repetir la retahíla de los tópicos ideológicos puestos en circulación por políticos, burócratas, periodistas e intelectuales, todos ellos expertos en el arte de saber decir lo que debe ser dicho. Tópicos convertidos en usos lingüísticos que establecían la frontera entre lo decible y lo indecible, lo legítimo y lo ilegítimo, el bien y el mal, con el aviso subliminal de que cualquier matización o leve impugnación de tales lugares comunes podía traerle a uno serios problemas con la autoridad.

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Pentecostés deportivo

En Cuero por

Los amantes del deporte, que no fanáticos, no deberíamos olvidar en unos cuantos lustros este 20 de mayo de 2018.

Pocas veces a lo largo de la historia se han podido reunir tantos hechos noticiables, con tal calado de humanidad y emotividad, concentrados en un solo día. En un domingo de Pentecostés para más inri.

Que disculpen los fánaticos, que no amantes del deporte, el orden de los factores, pero para que quede constancia conviene enumerar lo acontecido.

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Lo que opine el personal

En Periodismo por

 

Al “yo he venido aquí a hablar de mi libro”, de Francisco Umbral, le pasa lo mismo que al “siempre nos quedará París”, de Casablanca. Lo más interesante se dice justo después de la frase que ha pasado a la historia. “Lo habíamos perdido hasta que viniste a Casablanca, pero lo recuperamos anoche”, se viene a decir en la película de Michael Curtiz. “(…) y no a hablar de lo que opine el personal, que me da lo mismo. Porque para eso tengo mi columna y mi opinión diaria”, prosigue el escritor tras una sentencia de cuyo triunfo da fe de la manera en que ha pasado a formar parte del habla popular. Es irresistible como chascarrillo para cualquier autor en promoción. Y aún más, se usa no pocas veces para reorientar una conversación cuando uno de los participantes percibe que ésta se ha desviado de su cuestión fundamental.

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Las cremas de Cifuentes o el anillo de Woody Allen

En España por

En Match Point, Woody Allen desarrolla con maestría una secuencia clave dentro de su filmografía.

Ocurre después de que un desesperado Chris Wilton, al ver que su estatus de vida pende de una bola de mentiras insostenible, decida dar matarile a su amante, al bebé que hay en sus entrañas y a la vieja que, cosas de la caprichosa rueda de la fortuna, tenía que morir para servirle de coartada. Sigue leyendo

¿Cultura o ideología? La vía del encuentro a través del juego

En Pensamiento por

Ofrezco un relato sobre el valor “experiencial” del juego para crear cultura y  evitar el enfrentamiento que nace de  la ideología o, mejor dicho, de una visión ideológica de la realidad.

Sucedió hace algún tiempo. Hacia el final de una clase de historia terminamos hablando de los movimientos postmodernos. Como parte del temario, traté de explicar la diferencia entre cultura e ideología. No recuerdo muy bien el discurso exacto, pero los márgenes eran más o menos los que siguen: Sigue leyendo

La ruina y el reino

En Asuntos sociales/Mujer y género por

 

En el corazón de Madrid, cerca del Rastro, hay un pequeño solar dedicado a actividades sociales. Suele estar ocupado por niños que juegan al fútbol en un campo de tierra con dos porterías oxidadas. Cuando, subiendo por Embajadores, el paseante ensimismado se aproxima al solar, descubre un mercadillo callejero bastante desarrapado donde se venden marcos para cuadros y otros objetos de chamarilería que tienen la apariencia del oro viejo de alguna época olvidada. En la acera de enfrente del solar, se levantan los muros de la iglesia de San Millán y San Cayetano, realmente imponente por su altura y en la que siempre algún pobre con las uñas ennegrecidas de las manos y de los pies extiende su mano al paseante por si, por ventura, este se apiada de su miserable condición.

Iglesia de San Millán y San Cayetano.

El muro lateral de una casa de renta de alquiler antigua da al solar donde juegan los niños bajo el amparo de un barrio en el que el arte urbano, la igualdad de género y el multiculturalismo despiertan fervor y rechazo. En ese muro que, como una divinidad benigna y protectora, vela por los buenos usos del solar, un grafitero famoso por sus corazones de estética pop y al que se conoce como “El Rey de la Ruina” ha dibujado tres iconos ideológicamente reivindicativos: el de una espada rota, el de una mujer joven, guapa, de larga melena negra y en camiseta que mira, segura y tranquila, a un punto indeterminado del horizonte y el de un corazón. El grafiti es poderoso, posee un ligero aire cubista y los diferentes colores que lo ilustran magnifican su carácter lúdico y, al mismo tiempo, solemne. “El Rey de la Ruina” quiere decirnos algo y lo dice con palabras de la comunista de origen polaco-judío Rosa Luxemburgo, detenida, encarcelada y asesinada por los freikorps que, con el apoyo del gobierno, sofocaron la revolución alemana de 1919. La frase de Luxemburgo escogida por el artista reza “socialmente iguales, humanamente diferentes, totalmente libres” y está dividida en tres partes: el socialmente iguales se representa con el icono de la espada rota, el humanamente diferentes, con el de la mujer y el totalmente libres, con el del corazón. El reino de Rosa Luxemburgo se transfigura en la ruina iconográfica de un solar y un muro reinventados por la colorista creación de un grafitero que ha querido expresar simbólicamente el latido más íntimo y secreto de Lavapiés.

Tras haber esquivado una vez más, con esa arrogancia vergonzosa del paseante cansado de pedigüeños, a uno de los mendigos de San Cayetano, me detuve asombrado ante la obra de “El Rey de la Ruina” en mi último peregrinaje al corazón de la ciudad. Había pasado por allí en incontables ocasiones pero nunca había prestado demasiada atención a lo que consideraba superficialmente una mera manifestación de la tribu progre y multicultural. “Ah, ese bodrio luxemburgués, qué bien quedaría si le diésemos la vuelta y dijésemos socialmente insociables, humanamente contingentes, ambiguamente libres“. Esto pensaba yo con la misma solemnidad y suficiencia de aquellos que me indignaban por su pamplinería, demagogia y superioridad moral.

No sé qué me sucedió en mi último peregrinaje, que tantas otras veces había rematado en una librería del centro de la que salía orgullosísimo después de haber despachado casi sin mirar una docena de títulos que me parecían infames por su mezcla de subversión y corrección política, pero quizá debido al rumor del oro barato y gastado de la chamarilería, a las pantorrillas de los minúsculos futbolistas que se divisaban entre el polvo del solar, y que me recordaron a un partido de mi infancia en el solar que hay enfrente del edificio donde vivían los trabajadores de la Casa de la Moneda, o a la uña negra y acusadora del mendigo me encontré a mí mismo contemplando con arrobo los iconos de un mundo soñado por el que merecería la pena luchar. Y en tal trance ideológico, con el riesgo de que las ruinas de la historia y la historia de perdición de tantas utopías volviesen a cobrar vida alumbrando un reino promisorio, vino a mi cabeza la gran novela visionaria, triste y esperanzada como las más evocadoras quimeras del corazón, de Andréi Platónov, Chevengur.

El destino terrible de Platónov en el estalinismo no le impidió escribir una obra que conmemora la utopía con los acentos elegiacos de su infausto final, de esa memoria del porvenir que nunca llegó a ser lo que auguraba. El protagonista de Chevengur, Dvánov, un huérfano que terminará sumergiéndose en las aguas para encontrarse con su padre muerto, tiene por fiel compañero y paladín a un Quijote de la estepa, el inmortal Kopionkin, que, con su caballo y su espada, en vibrante metamorfosis del caballero de la triste figura, defiende a los humillados y a los ofendidos y ofrenda sus obras de justicia a la memoria de su madre-amante Rosa Luxemburgo. ¿Cómo lo anhelado por el Quijote de la estepa, lo que hizo refulgir su alma piadosa y bondadosa podrá nunca soslayarse como el tesoro perdido del mundo de los hombres? Posiblemente, las ruinas sean eso, ruinas, y los reinos que una vez las cobijaron no sean más que satélites fuera de órbita que flotan en un universo sin oídos para el espíritu. Platónov sabía que así era y, pese a ello, se tragó su desgracia, que incluía la muerte de su hijo tras una detención arbitraria, y pudo vislumbrar el sentido más puro e irrenunciable de los viajes que se emprenden con el corazón propicio.

Sería demasiado fácil decir que, gracias a la rememoración de Chevengur, experimenté una catarsis ideológica, crucé a la otra orilla y me dejé llevar por la sugerencia del grafiti al mundo de los “socialmente iguales, humanamente diferentes, totalmente libres”. Pero sí es cierto que, ante el reino simbolizado por aquella ruina iconográfica que flotaba a la deriva en el Madrid de siempre, sentí que, al gran Kopionkin, le debía un reconocimiento luxemburgués porque alguien que fue amada por el guerrero rojo no pudo equivocarse en lo esencial. Del mismo modo que los libros de caballería que llenan de luz los viejos solares del tiempo no pueden despacharse con suficiencia dado que fueron capaces de engendrar la bienhechora locura del mejor de los hombres. Lo cual quizá sirva para entender que la literatura, que la perspectiva abierta por la literatura en lo más profundo de nuestra alma, trasciende la batalla ideológica y ofrece sobre esta una visión que no es de blancos y negros. Y ello debido a que, en la literatura, las ideas se encarnan en personajes cuya grandeza espiritual derriba y sobrepasa los diques de una empobrecedora lectura ideológica. Por eso, la cita de Luxemburgo, que tanto me repelía en mis paseos madrileños al quedar ilustrada por un grafiti que reúne los tics característicos de la tribu progre y multicultural, asumió un nuevo significado cuando la verdad novelesca personificada por el Quijote de la estepa me permitió situarla en el espacio imaginario de las utopías literarias.

No pretendo decir otra cosa que la realidad es algo complejo y ambiguo, que tiene muchas capas y dimensiones y que la ficción forma parte de los instrumentos de que disponemos para abordar su conocimiento. Causa definitiva, a mi parecer, de que un esmerado paseante de los barrios madrileños que rodean el centro del universo deba, si quiere tocar el cielo de la embriaguez callejera, ser capaz de alumbrar en su cabeza dos ideas contradictorias al mismo tiempo. Como, por ejemplo, la ruina ideológica representada por ideales que no pasan de ser un brindis al sol, bellas e inanes palabras, y el reino literario configurado, de una vez y para siempre, gracias al impulso que aquellos mismos ideales dieron a corazones propicios.

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De refugiados a aporofobia: esto cuenta la palabra del año

En Asuntos sociales/Pobreza e inmigración por

La Fundación del Español Urgente (Fundéu) selecciona anualmente desde 2013 una ‘palabra del año’ entre todos los términos de la lengua española. No es una palabra nueva, o no tiene que serlo, sino que debe ser una que suscite un interés lingüístico “por su origen, formación o uso” y, enfatiza la organización, “haber tenido un papel protagonista en el año de su elección”. En este caso, la palabra que más ha cumplido estos requisitos ha sido aporofobia.

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5 verdades sobre emprendedores e influencers

En Asuntos sociales por

Empecemos sin más:

1 – Son jóvenes

Algunos sí son jóvenes, pero otros rondan los cuarenta palos. Esos últimos no son jóvenes y afirmarlo con rotundidad no es ofensivo para nadie. No hace mucho tiempo, serían contados entre los ancianos de sus comunidades. Son adultos en toda regla, personas que perfectamente podrían tener un buen puñado de hijos adolescentes, haber enterrado a sus padres y contar con cerca de dos décadas de experiencia laboral a sus espaldas. Sigue leyendo

Navidad: reflexiones de una festividad ancestral

En Religión por

En occidente existen diversas tradiciones que son características de los últimos meses del año y que llegan incluso a traspasar fronteras.  Desde el Halloween anglosajón, pasando por el Día de Todos los Santos, el Día de Muertos en México, o el Thanksgiving Day en Estados Unidos, hasta las festividades propias del mes de diciembre, que nos son comunes en esta parte del hemisferio.

Es acercándonos al final del año cuando, inevitablemente, los medios de comunicación, los establecimientos comerciales y la familia, nos recuerdan que se acerca la Navidad, festividad que pareciera que se prepara con mayor antelación cada año. Ya no es extraño comenzar a ver árboles, luces o decoraciones navideñas en venta desde antes de que pase Halloween. Sigue leyendo

Dignidad en bandeja de plata

En Asuntos sociales por

Judit Comabasosa parece frágil como el último pétalo a punto de desprenderse de la copa de un árbol en otoño.  Parece que tirita pero permanece recia. Cuenta sin atisbo de duda o nervio cómo pasó siete meses de su vida en un hospital residencial 24 horas para personas con anorexia en Barcelona. Siete meses sin más contacto con el exterior que unas cuantas visitas de familiares y amigos. Mientras tanto, dentro del centro, el combate con uno mismo sigue su curso. Sigue leyendo

Jorge Bustos: “Lo que está haciendo Puigdemont es una españolada”

En Entrevistas/Periodismo por

Llevo un par de días enfangándome de artículos, recortes y exabruptos varios en Twitter; donde mi próximo entrevistado se desfoga mejor al estilo clásico, con los 140 caracteres que le dieron hechuras de polemista relamido de pluma ligera.

Me he masticado su última publicación, “Crónicas biliares”. Una suerte de apéndice literario de la RAE impregnado de excreciones de vesícula. Un placer de lectura para los que tienen cuatrocientas cosas por delante que leer. Sigue leyendo

Contra Querido Antonio y el humor irreverente

En El astigmatismo de Chesterton/Literatura por

Pocas cosas hay peores que un mal prólogo. Solo se me ocurre, por extensión, la obra a prologar.

Hay una  pedantería, una retórica, un embaucamiento cutrón de baratija del mercado de Volantis  en las primeras páginas de algunos escritos contemporáneos que me supera. Adjetivaciones imposibles, palabras muy sabrosas y afinadas en la nada defendiendo el arrojo de determinado autor para enfrentar con estrepitoso fracaso este o aquel tema.

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