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Europa retratada

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El Nuevo Mundo vuelve a ser estos días el espejo en el que se refleja el Viejo Mundo. La respuesta a la crisis de Venezuela y la posición ante Juan Guaidó retrata la situación de una Europa que está en vísperas de unas elecciones decisivas. Es muy probable que, si la “operación Guaidó” se hubiera retrasado algunos meses, con el nuevo Parlamento Europeo ya constituido, el respaldo a los venezolanos que se movilizan para recuperar su libertad no hubiera sido tan contundente como el obtenido la semana pasada (439 votos a favor –de los populares, socialistas y liberales– y 104 en contra). Antonio Tajani, presidente de la Cámara, era claro horas después de que los eurodiputados reconocieran al presidente interino: “hay países europeos a los que les falta coraje para defender la democracia”. La falta de coraje denunciada por Tajani, que ha provocado el retraso en el reconocimiento de España y la negativa de Italia, Grecia y Austria, salvo sorpresa, aumentará tras las elecciones de mayo con el incremento de representación de los populismos.

A España le ha faltado coraje hasta este lunes porque el Gobierno de Sánchez, como en casi todo, no tiene un rumbo claro. ¿La falta de audacia de Italia está más relacionada con las simpatías rusas de Salvini o con la cercanía de Di Maio al populismo de izquierdas? Rusia tiene intereses geoestratégicos y petroleros para los que la caída de Maduro sería un desastre. En el caso de Grecia la amistad con Putin y el populismo de Syriza no dejan lugar a dudas. En Austria la posición filorrusa la provoca el populismo de derechas del Partido de la Libertad (ahora en el Gobierno) y la dependencia del gas que llega de Moscú.

La falta de coraje revela la falta de una evidencia democrática que considera natural aliarse con el caballo de Troya ruso. Falta de claridad y de coraje que se convierten en respuesta clara a la pregunta que se hacía Thomas Mann en 1932: “¿Son eternos y universales los valores clásicos europeos o son temporales y están atados a un episodio de la historia de la humanidad?”. El caso de Venezuela retrata lo temporales que son/han sido los valores clásicos europeos.

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Es el mismo retrato que hace Houellebecq en Sumisión (2015) a través de su personaje principal, François. Se ha querido ver en la novela del escritor francés una denuncia de las pretensiones hegemónicas de un islam europeo que acaba destruyendo lo más propio del Viejo Continente. Puede sin duda leerse el relato en esta clave, como la denuncia de la reaparición de Dios, en este caso Alá, que viene a acabar con la libertad. Pero François es, sobre todo, víctima de sí mismo. El protagonista encarna al europeo que, con una obsesión recurrente por la autonomía personal, ha dejado de tener amigos en la universidad en la que imparte clases, vive solo e inicia cada curso una relación amorosa que se acaba con la llegada del verano. Su existencia se va haciendo cada vez más sórdida y acaba aceptando, sin alegría y sin tristeza, la conversión a una forma de religión que Houellebecq describe como la renuncia a una libertad convertida en condena. Lo interesante en este momento no es discutir si el islam real coincide con el islam descrito en la novela, sino el valor de la obra de Houellebecq para mostrar, a través de la ficción, que los valores clásicos europeos han dejado de ser universales para los propios europeos.

La política y la literatura, la vida en acto, radiografían el momento. Y el dramatismo de esa instantánea hace evidente la insuficiencia de algunas soluciones naif, que quieren resolver el reto con algunas reglas (manuales de boy scout para tiempos confusos) inspiradas supuestamente en épocas medievales. Después de la reacción a lo que ocurre en Venezuela y después de leer a Houellebecq queda claro que las soluciones basadas en “familias fuertes, educación moral, orden social, ideas claras sobre el lugar que uno ocupa en el mundo y voluntad decidida de pervivir como cultura” son absolutamente insuficientes. No hay opciones monacales posibles para recluirse del tiempo, que nunca es adversario sino aliado.

Rob Riemen, Para combatir esta era (2018), recomienda recordar que “ser europeo también significa tener que combatir por una sociedad humanista (…) en la que el alma humana sea cultivada de tal forma que las personas puedan madurar moralmente. Combatir por una sociedad guiada por el deseo de verdad y justicia”. Riemen subraya que tenemos alma y que eso nos faculta “para atisbar lo absoluto, lo eterno, lo que no es transitorio: la verdad, la belleza, el amor, la justicia”. Pero incluso la formidable invitación del fundador del Nexus Instituut, que denuncia el populismo como una vuelta del fascismo, quedaría como un buen deseo si no se indica un camino, un método, para que los europeos cultivemos el alma, para que recuperemos el coraje de reclamar libertad para nosotros y para los venezolanos.

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Este artículo fue publicado en primer lugar en Páginas Digital y es reproducido aquí con su autorización.

Articulista y periodista radiofónico. Director del diario Páginas Digital y codirector de La Tarde en COPE.

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