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Trump and the Lucky Sperm Club

En El astigmatismo de Chesterton/Mundo por
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Igual que existen los Razzie para galardonar las peores películas y actores del año, Hollywood o Washington -que lo mismo da a estas alturas de legislatura- debiera plantearse la creación del algún tipo de academia o institución para ponderar las goriladas de Donald Trump.

Al malpapeado dirigente de los Estados Unidos no le paran de crecer los enanos. Consigue con ese “piquito” mestizo, que combina lo peor de una mala melopea a la escocesa con la fanfanorrería del multimillonario animado hecho presidente, colarse, por activa y por pasiva, en todos los titulares y memes del globo. La publicación de “Fire and Fury”, el recién estrenado colegueo con Kim Jong-un o la filtración por parte de algunos senadores en la reunión sobre el DACA (Deferred Action for Childhood Arrivals — Acción Diferida para los Llegados en la Infancia) a propósito del lenguaje utilizado en referencia a los haitianos, salvadoreños y demás “países de mierda”.

Lo que cabe reconocerle al inquilino de la Casa Blanca es que en poco más de un año de mandato, por encima de cualquier medida política o cualquier tweet explosivo, se ha afianzado a la cabeza del Lucky Sperm Club.

En este club se entra por traer el apellido pegado a un tipo de esperma en particular

Hablamos de ese coloquialismo anglosajón que el sociólogo británico Michael Young acuñó a mitad del siglo XX  como respuesta antagónica a la“meritocracia”. The “Lucky Sperm Club” define a sus socios por ser “hijo de”, por abrirse paso gracias a “hablar con” y, sobre todo, por considerarse “mejor que”. Todo ello como respuesta a una cuestión de la especie, de su propia especie.

En este club se entra por traer el apellido pegado a un tipo de esperma en particular que de partida, no tiene ningún tipo de sustancia microbiológica que deba hacer de la persona que viene después un altanero, glorificado en la supremacía de su propia ignorancia y que trata con indiferencia exquisita la historia del otro.  Se da la casuística que Donald Trump lleva toda su vida en este club y como consecuencia lógica y previsible, ha terminado por convertirse en un perfecto mal educado, tal y como vino a confirmar hace unos días Paul Altibor, embajador de Haití en EE.UU. 

Creo que a estas alturas del personaje, pues ya son 71 inviernos los que lleva a cuestas, será difícil convencerle que en su país existe una forma de ganarse la vida basada en la siguiente premisa: el esfuerzo de los anónimos.

Un esfuerzo callado, sufrido, quebrado de cargas impositivas y segregado permanentemente por su presidente. Panaderías, talleres, despachos de abogados… Toda clase de negocios sufragados por un Martínez, García o Pérez -lástima que no Alexandersen- a los que una desgracia en sus países orígen, ya sea la guerrilla o un desastre natural, les dio la oportunidad de empezar de nuevo en la “tierra de las oportunidades”.

Pueden existir argumentos de orden político y electoral para que Trump quiera poner fin al Estatus de Protección Temporal (TPS). Incluso se pueden buscar los resquicios legales para dar por concluido el programa de acogida a los centroamericanos que llegaron hace casi treinta años al país. Pero si el contexto lo es todo, la historia de cada cual también tiene su incidencia en la parte por el todo.  Y eso es algo que, independientemente de la altura icariana a la que se esté volando, cualquier líder político debe tener en cuenta.

Además, por cumplir con la entrañable seña de identidad de esta revista; la del diálogo y el encuentro, nadie elige nacer en una cuna de oro desprovista de calor humano. Las goriladas de Trump, además de causarnos la lógica repulsa publicada, debiera movernos a la misericordia con el prójimo.

Quizás así… Quién sabe. Aunque sea por lo económico se le pueda entrar con algo de humanidad, motivándole a no llamar al 12% de su PIB  como gente nacida en “agujeros de mierda”.

Donald Trump – pixabay

 

Personaje enclenque, perteneciente al lustrado con grasa de pato sector de la hostelería, trato de avivar, a la luz de un mal estudiado Chesterton, las paradojas que salpican las alegrías y penas de lo cotidiano. Cuando me pongo serio escribo como Ricardo Morales Jiménez.

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