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¿Por qué no estamos en Siria?

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Hace ya semanas que, bajo la indignación y la tristeza por las imágenes y noticias de refugiados que llegan a las fronteras de la UE, subyace una pregunta: ¿Por qué nadie interviene Siria?

Parece claro que la acogida de refugiados es un mal necesario, pero sigue siendo un mal. Lo justo, lo lógico, lo conveniente, sería que nadie tuviera que abandonar su hogar y dejarlo atrás todo, y que, por otra parte, el resto de países no tuvieran que cargar sobre sus hombros con las desgracias de quienes han huido a la desesperada de sus casas.

Este razonamiento, que no deja de ser cierto, ha incrementado el apoyo social a la posibilidad de que España y el resto de países occidentales accedan a participar en una guerra dirigida a estabilizar la región, terminar con el terrorismo de Daesh y deponer a Al-Assad para instaurar un gobierno democrático.

Al fin y al cabo, para quienes defienden la posibilidad de intervenir en Siria, parece que, puestos a gastar cientos de millones en acoger e integrar a quienes acuden a nuestro país en busca de auxilio, cuesta poco más solucionar el problema de una vez por todas.

Para estos, resulta evidente que, a diferencia de la guerra de Irak, en el 2004 (de cuyos motivos no sé ni me pronunciaré), ahora existen criterios humanitarios que justificarían la participación internacional en el conflicto para pacificar la región y permitir que las millones de personas que han tenido que huir vuelvan a sus casas.

Ahora bien, fueran o no legítimos los criterios que empujaron a varias de las potencias de la OTAN a participar en la segunda guerra del golfo para derrocar a Sadam Hussein, resulta evidente que, pese a que ganaron la guerra, no se consiguieron los objetivos políticos que se buscaban: pacificar la región y establecer un gobierno democrático estable y soberano.

De hecho, la debilidad del gobierno constituido y su incapacidad para conservar y defender el territorio ha permitido al Daesh apropiarse de buena parte del norte del país a modo de contagio del conflicto sirio, de modo que lo que comenzó como una rebelión contra el gobierno de al Assad se ha convertido en una guerra que involucra directamente a dos países e indirectamente a Turquía, Jordania, Líbano e Israel, principalmente.

Si, en lugar de tomar como ejemplo Irak, miramos a Libia, veremos que la caída de Muamar el Gadafi (2011) ha conducido a una situación de Estado fallido de facto, y a la conversión del país en un enclave fundamental para el terrorismo internacional, ante la incapacidad del gobierno constituido de controlar la región.

[pullquote align=”right” cite=”” link=”” color=”#770000″ class=”” size=””]”Sólo resulta viable intervenir si existe una base social-política-militar capaz de rellenar el vacío de poder”[/pullquote]

Así, resulta evidente que únicamente resulta viable intervenir en un país y deponer un régimen cuando existe previamente una base social-política-militar que vaya a ser capaz de rellenar el vacío de poder dejado por el dictador depuesto.

En el caso de Siria, la revolución que comenzó como un movimiento político contra el régimen de al Assad rápidamente fue controlada por grupos más asociados al terrorismo islamista que a la democracia secular (pese a que hubo seguramente grupos partidarios de la segunda) y, acto seguido, la escisión del Daesh del bando de los rebeldes y su imponente auge hizo que los rebeldes al régimen quedaran aplastados como en una pinza compuesta por el gobierno de Damasco y el autodenominado Estado Islámico.

Esto, a su vez, contribuyó enormemente a dar legitimidad a al Assad, dado que, al dejar de existir una alternativa política moderada, los únicos bandos posibles en el país son el tirano que sufrió un importante golpe en su popularidad cuando se descubrió que empleaba armas químicas contra la población rebelde o el caos de quienes se dedican a distribuir por el mundo las ejecuciones más retorcidas en alta definición a modo de amenaza.

Tanto es así que, mientras las potencias occidentales se han limitado a respaldar a los nacionalistas kurdos y a combatir posiciones del Daesh, Rusia se ha adelantado ya a prestar apoyo armamentístico abiertamente al régimen de Bashar al Assad. También es cierto que Rusia ha sido siempre el aliado histórico del dictador, y este, su pasaporte a la región de Oriente Próximo.

Por todo ello, y para no alargarnos más, concluimos que, tras las experiencias anteriores, los países occidentales únicamente se atreverán a intervenir directamente en la guerra (pese a que ya lo hacen a pequeña escala) cuando exista una opción clara de establecer un gobierno legítimo en el país y con capacidad de perdurar. Mientras tanto, o se apoya a Bashar al Assad y se hace borrón y cuenta nueva con el dictador o parece que lo único que se puede hacer es dejar que Siria decida su suerte por sí misma.

Por último, es necesario tener en cuenta que buena parte de los refugiados que acuden a Europa en busca de refugio no huyen solamente del Daesh. Muchos de ellos están perseguidos también por el gobierno sirio, debido a que ellos mismos o sus familiares han combatido en las filas de grupos rebeldes y/o terroristas que han sido aplastados por la “pinza” de al Assad y el Daesh. Así que un hipotético apoyo a al Assad tampoco solucionaría el exilio de buena parte de los refugiados.

(@IgnacioPou) Fundador de Democresía. Soy un catalán felizmente afincado en Madrid. Agnóstico futbolístico (para mi tranquilidad) pero católico. Periodista. Máster y doctorando en Filosofía. Amante de la filosofía, la antropología y la política, todo ello enmarcado en una vocación por comprender y comunicar más y mejor. En ello consiste la misión de mi vida.

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