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No solo el terrorismo: el verdadero desafío es la libertad

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Tiempo de lectura: 4 minutos

Por Martino Díez y Michele Brignone

Todavía nos quedan muchos años que seguir oyendo hablar de yihadismo, pero no está mal echar la vista de vez en cuando un poco más allá, hacia un Oriente Medio que después de décadas de hegemonía cultural islamista trata de dar un giro, cuando hasta en Arabia Saudí el príncipe heredero Mohamed Bin Salman anuncia que quiere abrir una nueva etapa a nivel económico y político, pero también cultural y religioso.

Aparte de las valoraciones sobre la viabilidad de esta proclama saudí, es difícil que la reforma religiosa que tantos invocan pueda llevarse a cabo realmente si no se toma en serio la insistente demanda que resuena desde 2011: libertad. Después de años de violencia yihadista, sectarismos, derivas neo-autoritarias, volvemos a partir de aquí. De lo contrario, nos adentraremos cada vez más en una guerra total.

Esta pregunta acompaña realmente todo el último siglo y medio de la historia árabe islámica, desde que a mediados del XIX el pensamiento reformista pusiera en el centro de su reflexión la limitación del arbitrio político. El texto más significativo de ese periodo, el libro-manifiesto del sirio Abd al-Rahman al-Kawakibi sobre el despotismo, sigue siendo una referencia para las generaciones futuras, y nutre la teoría política de toda una generación de ideólogos e intelectuales islamistas.

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Sin embargo, el antídoto que estos últimos proponen contra la tiranía, un sistema vinculado a la ley divina, considerada como la garantía más sólida para la libertad humana, termina en el callejón sin salida de la teocracia.

Así, como reacción a la presión islamista, el pensamiento sobre la libertad busca hoy nuevos caminos. Uno es el que propone Emran El-Badawi, director ejecutivo de IQSA (International Qur’anic Studies Association): la apertura de los estudios coránicos y en general de la producción científica islámica a los instrumentos de investigación crítica modernos que, bloqueados por las instituciones oficiales, han encontrado un canal de expresión en internet, las redes sociales y vía satélite.

Luego está la solución “laica” de quien no adelanta necesariamente lecturas nuevas del islam, pero confía la tutela de las libertades civiles y políticas a los instrumentos que ofrece la tradición jurídica moderna. Es lo que hizo hace poco el presidente tunecino Beji Caid Essebsi, modificando las normas del derecho matrimonial y abriendo la paridad sucesoria entre hombre y mujer, con una decisión, que ha pillado a contrapié al partido islámico Ennahda.

El tema de la libertad es también especialmente querido para los cristianos del mundo árabe, que desde hace más de dos siglos lo enarbolan. Comprensiblemente, puesto que su futuro está en juego. La necesidad de contrarrestar el paso del pseudo-califato ha llevado a las instituciones religiosas oficiales, con Egipto y Marruecos a la cabeza, a volver a hablar, tal vez con un plus de convicción inducido por las ondas de choque de Al-Baghdadi y sus socios, de ciudadanía e igualdad de derechos entre musulmanes y no musulmanes.

Musulmanes forman una cadena humana alrededor de una iglesia en protesta por los ataques contra los cristianos en Pakistán. 2017. Malik Shafiq

El debate por tanto existe, pero cuesta avanzar. No solo por las complicadas condiciones económicas y políticas, sino también porque sigue faltando una perspectiva cultural capaz de resolver con una nueva fórmula la alienante alternativa entre tradición y modernidad.

Ya lo percibió hace décadas Mohamed Jabir al-Ansari, uno de los filósofos árabes contemporáneos más famosos, y al mismo tiempo uno de los menos conocidos en Occidente. Ya en los años 70, Ansari identificó en la cultura árabe islámica una fuerte propensión a superar contradicciones y laceraciones a través de un proceso de conciliación entre extremos. Si en la época clásica esta tensión hacia la unificación armónica permitió la asimilación de la aportación griega, y especialmente aristotélica, el pensamiento islámico moderno aún no ha llegado a confrontarse hasta el fondo con la revolución producida en la razón occidental que, abandonando el objetivismo aristotélico, privilegia la dialéctica entre opuestos.

Por lo demás, en esta búsqueda de una nueva fórmula a los musulmanes nos les faltan instrumentos ni recursos. En los primeros siglos, teólogos y filósofos realizaron una profunda reflexión sobre el libre arbitrio del ser humano y sobre la relación entre la libertad del hombre y la libertad de Dios.

Los actos del hombre, ¿son libres o están predestinados? ¿Existe una justicia que vincula incluso a Dios o el hombre está fatalmente sometido a una voluntad insondable y arbitraria? Fiel a la tendencia de la concordia indicada por Ansari, el islam suní elaboró una solución de compromiso que intentaba salvaguardar la libertad humana y la omnipotencia divina, pero terminó por decretar la prevalencia de la segunda sobre la primera.

En la época moderna, el debate se reabrió, pero para saltar directamente a las consecuencias prácticas: la recuperación, contra un fatalismo paralizante, de una libre iniciativa y un dinamismo capaces de contrarrestar desde dentro el avance de los regímenes despóticos, y desde fuera hacer frente a la presión colonial. Sin embargo, no hay una verdadera liberación política sin una adecuada fundación antropológica, que piense en el hombre como sujeto libre en relación con Dios y con el mundo. Esta también es una lección, aunque esencialmente negativa, que las primaveras árabes nos enseñaron.

Con una nota final que no es poco. La reflexión sobre la libertad en el islam clásico, donde la carta atribuida a Hasan al-Basri y traducida en los clásicos es un ejemplo particularmente feliz, surgió y se desarrolló en contacto estrecho con la teología cristiana, que a su vez se vio influenciada por ella, como muestra el breve tratado Sobre la Libertad del obispo Teodoro Abu Qurra en el siglo IX. Esa conversación luego se agotó, para dejar espacio a otros temas.

Parece que ha llegado el momento de retomar este “sendero interrumpido” y lo primero que hay que hacer es desbrozar el campo de los malentendidos mutuos. Es un camino que vale la pena volver a empezar a recorrer.

Este artículo fue publicado en primer lugar en Páginas Digital y es reproducido aquí con su autorización.

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