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El mito de Chile (I): Sueño de inmigrantes

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“Seremos chilenos honrados y laboriosos como el que más lo fuere, defenderemos a nuestro país adoptivo uniéndonos a las filas de nuestros nuevos compatriotas, contra toda opresión extranjera y con la decisión y firmeza del hombre que defiende a su patria, a su familia y a sus intereses. Nunca tendrá el país que nos adopta por hijos, motivos de arrepentirse de su proceder ilustrado, humano y generoso”. Timbres de trompetas, como románticos, pronunciados por los colonos alemanes a través de Carlos Anwandter, el 18 de noviembre de 1851. No muy distintas fueron las palabras de otro romántico: Maximiliano, de la casa de Habsburgo, que llegó a México en plan de mexicano y de emperador. Era un modo, una actitud, de partir y de llegar, construir donde no había, adoptar a quienes los adoptaban.

En la mitad del siglo XVIII era la promesa de tierras semejantes a las de Europa central, además de las libertades que se ofrecían desde el Nuevo Mundo. (Algún Nicolás Palacios querría ver también el hervor de la sangre aventurera, osada, de los pueblos germanos.)

En la década de los noventa, del siglo pasado, fueron peruanos los que se sintieron atraídos hacia el más austral de los países, siendo posible, a momentos, encontrarse en la Plaza de armas de la capital, más llegados que nacidos. En la década que está concluyendo, las puertas han visto pasar a numerosos haitianos (quizás atraídos inconscientemente por una mayor destreza ante los terremotos), venezolanos y otras nacionalidades varias de desafortunados. Es otra actitud de partir y de llegar, de buscar trabajo, refugio y paz.

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Era el mito del Chile próspero que crecía exponencialmente, el Chile democrático, el país más estable de Latinoamérica. Los testimonios son armonizables con pericia de relojero: los militares dejaron un país injusto y los gobiernos democráticos arreglaron la situación en treinta años, haciendo un país nuevo y boyante —se decía. Los militares dejaron un sistema injusto y por eso el país, en la miseria, se desmembra —se dice. Responsables no hay, excepto quienes se encuentran en alguno de los dos extremos temporales del estallido.

El hecho es que se difundían maravillas, como que los estudiantes chilenos, ya desde sus años escolares, comenzaban a ahorrar para crear cada uno su propia empresa (¿con empleados extranjeros? Porque si cada chileno era emprendedor propietario…), o que Chile era “el país más europeo de Latinoamérica” (cosa que para algunos nada tendría de loable). En todo caso, para muchos bastaba con que se pudiera trabajar y vivir en paz, sin temor a que un Estado casi omnipotente o una banda de narcoterroristas —o ambos unidos— se hicieran cargo de lo procreado, de lo sudado, de lo llorado.

Siempre los hay que quieren hacer del país de llegada una copia del país de partida, los que, más radicales, están a las bases de las no-go zones, o los que simplemente prefieren permanecer más o menos aislados en el gueto, sin mayor esfuerzo de integración. Pero, al fin, son un gran número de desfavorecidos los que, por algún motivo, real o imaginario, ven que en la nueva patria estarán mejor que en la que los parió. Y esos motivos, en el caso de Chile, o no son vistos o son insuficientes o inaceptables para quienes insisten en métodos de manifestación violentos y, en alguna medida, también para el resto de la población.

El mito cayó. Si no era fundado, alguno se atrevió a decir que el rey andaba desnudo y los que habían llegado, con los ojos bien abiertos, deberán reconocer la verdad. Si era fundado, ahora el fundamento se está pulverizando y aquéllos, siempre con los ojos bien abiertos, deberán tomar decisiones (también). Y ahora ¿qué ofreceremos a quienes dimos acogida cuando los apremiaba la necesidad? ¿Qué sucederá con ellos? ¿Cómo ven a Chile? ¿Cómo ayudarán a levantarlo? ¿Se irán, desencantados, a probar suerte a otro lugar? Así como hay actitudes distintas de partir y de llegar, hay distintas actitudes para quedarse.

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De profesión: inquieto. Aspirante a ciudadano romano, gusta de caminar por algún templo con Sagrario habitado. Sobre pentagramas arroja manchas de sonidos que nadie ha escuchado. Después de haber buscado en la filosofía el sentido de las cosas, ahora se distrae unas cuarenta horas semanales buscando sentido a la filosofía. Come lo que le den y duerme donde lo reciban.

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