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El mito de Chile (II): La ilusión de los cambios

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Un acontecimiento con luces coloridas de ventana de templo gótico, una fiesta sin igual para la Iglesia católica, que abrazaba también a los hermanos separados e irradiaba para el entero mundo. Todo era prometedor, primaveral y fresco. Perfume de optimismo. Esta era la sensación que se tenía al final del último concilio ecuménico. Sobre lo que ha ocurrido después, aquí basta con señalar —o recordar— que los precedentes anuncios de cálidos celestes futuros quizás exageraban un poco

Así nos gusta movernos. Y no está mal. Enfrentar una causa besándola como a la esposa que nos hará feliz por el resto de la vida, como a la montaña que se nos ofrece en ríos y auroras. ¿Quién luchará hasta la sangre y arrastrará a otros por una empresa en la que no cree? Pero es que casi todas las veces —excepto una— ponemos la esperanza donde no debemos.

“Chile, la alegría ya viene” era la consigna para que el retorno a la democracia fuese sin Pinochet como presidente, era el lema de la campaña del “NO”. Y Chile dijo “no” a Pinochet y “sí” a la alegría que, ciertamente fue grande en un primer instante (o al menos pareció). Lo de querer o no a Pinochet como presidente era una cosa, lo de creerse lo de la alegría era otra. Y muchos se lo creyeron. Es la misma desmesura mencionada arriba.

La palabra “revolución” se ha sobregirado y gastado. Hasta las pataletas más pueriles quieren gloriarse del título, provocando grima a un bolchevique auténtico. Ante las filas de este tipo, el proceso que está viviendo Chile en estos últimos meses encuentra ciertamente mejor posicionado para el galardón. No hay temor de llamarlo “revolución”. El problema es que no se está calculando hasta qué punto lo será de veras, hasta qué punto será “Revolución”, así, con mayúscula. Puede parecer una hipótesis exagerada, pero esto es algo que no se sabrá sino a posteriori, como ha sido en hechos precedentes.

El mito de Chile (I): Sueño de inmigrantes

Cuando fueron convocados los Estados Generales y comenzaron las revueltas, en la Francia de 1789, ¿quién no habría considerado una hipótesis exagerada El Terror? Cuando las clases dirigentes alemanas fueron concediendo espacio a los nacionalsocialistas, ¿no creían poder controlarlos? Cuando, en la década de 1950, algunos jóvenes se organizaban para derrocar la dictadura de Batista, en Cuba, ¿quién habría pensado que… en fin, hasta hoy?

Si alguno me dice que eran consecuencias previsibles, le digo que después de la guerra, todos somos generales. Si pensar la posibilidad para Chile es exagerado, ¡cómo deseo que lo sea! Pero el que no se diere, no implicará que no sea posible.

La esperanza de ahora es la nueva Constitución, un nuevo comienzo. Para algunos, los más extremistas, partir de cero. ¿Es necesaria tanta radicalidad para un país que, en la integridad de su breve historia, es de tradición republicana-democrática (porque hasta los dictadores dejan democráticamente el poder)?

Indiscutiblemente debemos afrontar el futuro con el optimismo del novato que se enfrenta al primer desafío. Pero ya no somos novatos y, si la ilusión de una nueva Constitución constituye toda nuestra esperanza, aconsejo mesura en nuestros sueños, porque aquélla no los satisfará —ni aquélla, ni ninguna otra— y el descontento, en algunos, produce grandes ataques de nervios y ataques de otros tipos, porque las ilusiones no son más que ilusiones, porque los mitos se desvanecen.

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De profesión: inquieto. Aspirante a ciudadano romano, gusta de caminar por algún templo con Sagrario habitado. Sobre pentagramas arroja manchas de sonidos que nadie ha escuchado. Después de haber buscado en la filosofía el sentido de las cosas, ahora se distrae unas cuarenta horas semanales buscando sentido a la filosofía. Come lo que le den y duerme donde lo reciban.

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