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Venezuela, el cambio desde abajo

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El proceso de transición que ha puesto en marcha Juan Guaidó, el presidente juramentado de Venezuela, tiene muchos de los ingredientes necesarios para convertirse en el cambio que necesita el país. La materialización de ese cambio depende, en gran medida, de un giro del ejército en el que Cuba tiene mucho peso. Pero Guaidó lidera una reconstrucción del sujeto democrático sin el que el final del chavismo no es posible.

Venezuela ha puesto de manifiesto en los últimos días hasta qué punto el eje que separa, en el mundo, a los países sustancialmente demócratas de las potencias no demócratas o con una “democracia iliberal” sigue siendo determinante. Por eso constituye un error el retraso y el reconocimiento condicional de Guaidó que ha hecho la Unión Europea (no el presidente del Consejo ni el Parlamento que fueron contundentes). El modo en el que ha reaccionado Bruselas confirma, una vez más, la debilidad en política exterior de los europeos. Debilidad que ha sido incrementada por la falta de liderazgo del Gobierno español del socialista Pedro Sánchez. No es razonable argumentar que no se puede hacer seguidismo de Trump.

El proceso de transición que Guaidó impulsa desde el 23 de enero ha sido posible por un renacer de la oposición social y política que no puede darse por descontado. Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional (el único órgano elegido de una forma democrática), se proclama presidente interino después de que se hayan celebrado 300 cabildos. Estas asambleas ciudadanas desde la base han encendido unas cenizas en favor de la libertad que estaban muy apagadas por la represión y la falta de unidad de la oposición. Guaidó parece haber aprendido lo mejor del segundo Leopoldo López, el que fundó Voluntad Popular junto con la llamada “generación de 2007”, apoyándose en su experiencia de redes populares.

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Las manifestaciones de los últimos días han podido sumar a muchos vecinos de “los barrios”, las zonas más desfavorecidas de Caracas y de otras ciudades donde el chavismo tenía un apoyo masivo. No son los tres millones de refugiados que ha provocado Maduro, los cuatro millones de personas subalimentadas (el 12 por ciento de la población según datos de la FAO), ni el hecho de que más de la mitad de los niños sufran desnutrición o que el 87 por ciento de los venezolanos sean pobres lo que ha provocado las movilizaciones en un país donde toda la información es controlada por el oficialismo. La situación parece nueva.

Ahora Guaidó y todo lo que se mueve en torno a él ha tenido la virtud de generar esperanza. El presidente interino ha tenido el acierto de proponer una amnistía para los militares y policías. Y de difundirla en reuniones por las calles. La amnistía es un gesto muy significativo en la que durante mucho tiempo ha sido una Venezuela despiadadamente polarizada. No se entiende la llegada al poder de Hugo Chávez sin la polarización entre pobres y ricos. No se entiende Venezuela sin una polarización entre el Gobierno y los demócratas que, a su vez, han mostrado una división casi perpetua en los últimos años.

La fuerza del chavismo, su terrible poder, se ha acreditado por su capacidad para fomentar la escisión entre los que estaban por la libertad. Con grandes esfuerzos la unidad se recompuso para las elecciones legislativas de 2015 en las que la Mesa de Unidad Democrática obtuvo mayoría absoluta. Pero la respuesta de Nicolás Maduro con la creación de la Asamblea Constituyente (2017), en las elecciones regionales y en las elecciones presidenciales de mayo de 2018 (evidentemente fraudulentas), volvió a provocar la fractura entre las posiciones de Corina Machado, Leopoldo López y Henrique Capriles. No había modo de encontrar una vía que pusiera de acuerdo a los grandes líderes opositores sobre si era o no conveniente participar en los procesos electorales. La durísima represión contra los que se atrevieron a salir a las calles entre abril y septiembre del año pasado (más de 150 muertos) terminó de quitarle fuerza a los demócratas. Por eso es tan decisivo que el proyecto de Guaidó cuaje.

Las reacciones han retratado a la comunidad internacional. El reconocimiento de Guaidó como presidente por parte de Estados Unidos, de la Organización de Estados Americanos (OEA -la organización regional más relevante-) y del Grupo de Lima (países de Latinoamérica claramente democráticos) estaba preparado. El hecho de que el México de López Obrador no haya apoyado al presidente interino revela hasta qué punto su presidente cae del lado del populismo de izquierda.

No es de extrañar que Rusia y China sigan dando soporte a Maduro. Rusia, además de estar interesada en aumentar su presencia en la zona, tiene una hipoteca sobre el 50 por ciento de las acciones de Citigo (la refinería controlada por Maduro con sede en Estados Unidos con la que Venezuela vende a los norteamericanos más de 11.000 millones de dólares en petróleo). China está especialmente interesada en utilizar el país como enclave de la Nueva Ruta de la Seda. Es uno de los principales clientes petroleros a cambio de hacerse cargo de 50.000 millones de dólares de deuda.

Estas circunstancias hacen menos comprensible que Europa haya apoyado tímidamente a Guaidó. Es tibio poner la condición de la convocatoria de elecciones libres en ocho días. Maduro no va a convocar comicios. Rusia ha presionado, a través de Grecia y Austria, para impedir que la posición fuera más rotunda. Y el Gobierno socialista de España no ha querido ser más claro. Lo ha sido Francia, que tiene no pocos intereses en el Caribe. En estos juegos de poder y de ideología, el cambio, si se produce, llegará desde abajo. El protagonista será un pueblo que necesita respaldo.

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Este artículo fue publicado en primer lugar en Páginas Digital y es reproducido aquí con su autorización.

Articulista y periodista radiofónico. Director del diario Páginas Digital y codirector de La Tarde en COPE.

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