Escombros: entre la esperanza y la mezquindad

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Dispone el azar y sus desgracias de una agenda un tanto mezquina y peliaguda.

El 19 de septiembre a las 11 de la mañana; comercios, escuelas y grandes empresas de Ciudad de México conmemoraban el terremoto del 85 con un simulacro. Dos horas después, terminado el ensayo, empezó la siniestra función.

Como toda dificultad imbuida en la sencillez de la vida; fue cuestión de segundos la toma de decisiones que ha separado a los que pudieron ponerse a salvo de los que no. Temblores, gritos, alarmas, cámaras de móvil en mano, escombros y silencio.

El plano desde uno de los edificios de la zona financiera del antiguo Distrito Federal era sobrecogedor. Torbellinos de polvo en un día despejado. Ni siquiera se apreciaba desde los rascacielos la polución sempiterna del D.F.

325 (hasta la fecha), entre ellos 30 niños, son los que han fallecido en este nuevo episodio sísmico. Todo ello, tan solo  dos semanas después del mayor terremoto registrado en los últimos 80 años que salpicó los estados de Oaxaca y Chiapas y que se cobró la vida de 100 personas.

Ante este tipo de situaciones se pone de manifiesto la calidad humana de un pueblo. La reacción de los vecinos ha sido masiva y ejemplar en la mayoría de los casos. Gente ofreciendo sus viviendas; sus esfuerzos para ayudar a los que estaban atrapados. Negocios que han puesto a disposición de la Policía Federal todo su stock para atender a los damnificados. Permisos laborales en pequeñas empresas, multinacionales y en algunas secretarías de gobierno para que los trabajadores pudieran acudir a retirar los escombros y ayudar al ejército a seguir buscando gente con vida entre los edificios derrumbados.

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Y en la misma línea, como claro elemento diferenciador respecto a las catástrofes de antaño, tenemos la comunicación digital.

Las redes sociales han puesto en su justa medida las proporciones del desastre natural por la cantidad de testimonios que se han podido recoger, por los servicios de alertas y avisos que señalan que tus familiares y amigos están bien. A más información concentrada sobre un hecho objetivo y verificable, más capacidad de afrontar desde distintos planos la verdad que se desprende del mismo.

El aluvión de vídeos e imágenes ha puesto en orden cuestiones que antes resultaban ser las más perniciosas en este caso de desastres naturales: el no saber dónde están las personas que quieres. La exigencia “mimética” de la sociedad hiperconectada ha hecho que todo organismo con vocación de servicio público disponga de una cuenta de Twitter o de Facebook. Con ello, se ha limado toda opacidad o falta de información por parte de fuentes oficiales, que andaban en este tipo de situaciones con demasiado plomo en los zapatos en favor de ganar tiempo para declaraciones poco apetecibles o a la hora de aportar datos buscando cuotas de pantalla y efectos sociales más propios del marketing político que de lógica ética en lo político.

 

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También es cierto que este tipo de sucesos son una ocasión manifiesta para un antiquísimo género de demencia, quizás más palpable hoy en día con la cantidad de canales desde los que recibimos las historias de terremotos, desplazamientos forzosos y otras tragedias. Se trata de los embusteros sociales. De aquellos que ven en el sufrimiento ajeno una oportunidad única para recibir un cariño extra que por estos sucesos, al menos, no les corresponde.

En España recordamos el caso de Enric Marco, quién vivió una vida de falso victimismo a propósito de los campos de concentración alemanes. O de Alicia Esteve, autodenominada Tania Head, quien llegó a convertirse en cofundadora de una de las asociaciones que trataba de recuperar la memoria de los fallecidos en los atentados de las Torres Gemelas.

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Gente, en definitiva, que ante la contundencia y crudeza de los hechos, o se inventa vínculos con la tragedia o maximiza los daños y el trauma sufrido en un afán protagónico desmedido. En México, por lo reciente de los hechos, está por llegar este nuevo personaje que haga de la verdad un juego para su mentira.

Sin embargo, estas personas, peculiares cuanto menos, no requieren de una sesión de escarnio público. O al menos no debe quedar solamente en eso. Debe haber una actitud de acogida y acompañamiento.

De  idéntica manera cabe proceder con aquellos que no necesitan hacer embustes para estar en el centro de la polémica por su insensibilidad e insolidaridad. Patricia Gosálvez, señalaba en El País, algunas de las manifestaciones más miserables a propósito del Huracán Irma. Comercios que buscaron sacar rédito económico a una situación catastrófica con precios abusivos en productos de primera necesidad, falta de tacto político ante la realidad que toca ir a acompañar haciendo declaraciones desafortunadas, un derroche de fanfarronería y frivolidad de quien presume dejar atrás la catástrofe en su Jet privado.

México -en este caso ya tenemos datos que lamentar- ha vivido un episodio de mezquindad similar a lo acontecido tras el paso de Irma.  A través de redes sociales y medios de comunicación se han reportado varias denuncias donde delincuentes que se hacían pasar por miembros de Protección Civil  entraban en edificios dañados con el único fin de saquear las viviendas. Los chismes siguen circulando con entusiasmo, entorpeciendo la comunicación y la verdadera acción que se lleva a cabo para reconstruir la ciudad. Hay declaraciones graves contra la policía por parte de un movimiento feminista, el cual acusa a las fuerzas de seguridad de entorpecer el paso de voluntarios a una fábrica de textiles en la Colonia Obrera. Todo, presuntamente, por encubrir a los inmigrantes ilegales que trabajan allí.  De la misma, hubo hace unos días en redes un elogio exacerbado hacia Frida, la perra de la unidad naval a la que se le atribullen 55 rescates con vida después del terremoto cuando en realidad, según recogen medios oficiales, han sido 12 personas las rescatadas gracias al olfato del can.

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La comunicación digital, por tanto, vuelve a ser espacio de confluencia, contemplación y confrontación. Las redes sociales pueden convertirse en una ocasión más para maravillarse de la condición humana por su actitud heroica y desinteresada en pos del otro. Estoy seguro que seguiremos viendo, leyendo y escuchando historias ejemplares en los próximos días. Al mismo tiempo que se siguen poniendo al descubierto embustes, manipulaciones, falsedades, rumores o actos desdeñables. Hecho que, como viene siendo habitual, no quedará al margen en todo lo referente a Irma, Santa María, el Tsunami de Japón o los dos terremotos de México. Al final, la cosmovisión de estos sucesos en la conciencia digital se resume a la interpretación que muchos miles de likes y retuits hagan sobre los hechos y las mentiras y lo dilatado, o no, que esté su filtro moral para aumentar la rumorología o arrojar algo de luz para el respeto a la verdad de los que ya no están.

 

 

(@RMoralesJimenez) Aventurero en chanclas. Periodista por empeño. Felizmente casado, felizmente padre. Codirector de Democresía. Cuando me pongo meloso o bruto, escribo por Espinosa Martínez.