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¿En qué quedó lo de los chalecos amarillos?

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Hay prendas de ropa para todos los estilos y para todos los momentos, y ahora más que nunca para todos los precios y gustos. Existen modelos (y complementos) para “estar a la moda”, para ser parte del grupo, para no caer en la depresión postmoderna, o para demostrar orgulloso la ideología propia; incluso podemos comprar fácilmente camisetas reivindicativas para denunciar el mismo sistema que te la he llevado a tu casa a bajo coste y a la hora que te venga en gana. Pero hay otras prendas fuera del mundo de la moda, simplemente funcionales o indisolubles a la profesión ejercida, y que casi siempre conllevan alguna obligación o denota algún problema. Y una de ellas, un simple chaleco amarillo, utilizado habitualmente en sectores fabriles o logísticos, en grandes obras o situaciones de emergencias, y especialmente cuando el coche nos deja tirados o tenemos un accidente, de repente se ha convertido en el símbolo de una movilización que ha sacudido, en muy poco tiempo, a la nación francesa.

Miles de ciudadanos, sin apoyo político ni sindical, sin una organización definida y sin grandes medios de comunicación a sus espaldas, han tomado las carreteras (y rotondas) del país ataviados con tan singular, funcional y automovilística prenda durante meses. Nacía espontáneamente frente a una medida concreta, y también muy automovilística: el aumento gubernamental de los impuestos, y por ende, del precio de los carburantes (dentro el programa de impuestos al carbono o TICPE anunciando por el gobierno galo para 2019). La Francia provincial, y automovilística (en la patria de las enormes Renault o Peugeot), orgullosa de su pasado fabril y ahora en clara decadencia económica y demográfica (del Loira al Somme) se rebelaba contra la Francia de la gran ciudad y las élites liberal-progresistas globalistas. La periferia, que necesitaba el coche para trabajar y para consumir, se rebelaba contra el centro que exigía esa ecología necesaria para limpiar de contaminación sus núcleos urbanos, y quizás, su conciencia.

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A esta reivindicación inicial el movimiento añadió, también, su rechazo a otras serie de medidas anunciadas en el paquete legislativo, también automovilísticas: el crecimiento del precio de las ITV o los peajes, la reducción de velocidad a 80km/n en carreteras secundarias, o el aumento de radares. Medidas que, para sus portavoces improvisados en las carreteras y en las redes, suponía otro desprecio más del poder central del Héxagono parisino: los ciudadanos de las zonas periféricas, de las provincias alejadas, de las pequeñas ciudades, del paisajístico campo francés iban a volver a perder aún más poder adquisitivo, verían empeorarse sus condiciones de trabajo y  reducirse su nivel de vida. Era la gota que colmaba el vaso para una población autoconsiderada como “perdedora” de la Globalizacion urbana, tecnológica e hiperconsumista en el país, y que tendría que asumir aún más los costes de competitividad y sostenibilidad exigidos en este tiempo histórico. Nacían los Gilet Jaunes.

Y tuvieron rápido eco. Las primeras protestas en las redes sociales se hicieron virales desde mayo de 2018, continuando con amplias movilizaciones en la zona noreste y con cortes en las principales carreteras  desde octubre de ese mismo año (imitados en la vecina Valonia belga); protestas que culminaron el 17 de noviembre con su primera gran manifestación en París, a la que siguieron posteriores concentraciones en la capital presididas por incidentes violentos y una auténtica batalla campal a los pies del mismísimo Arco del triunfo. El impacto nacional e internacional de las protestas provocó la marcha atrás de gobierno, suspendiéndose sine die la carga impositiva en la Ley fiscal de 2019 (pese a los intentos del primer ministro Edouard Philippe de conceder solo una moratoria), y aprobándose además el aumento del salario mínimo en 100 euros y la exención de impuestos a las horas extra; todo ello dentro de un programa medidas presidenciales urgentes para el crecimiento económico y social (especialmente en la reducción del gasto público y la reducción del impuesto de sociedades), permitido gracias a la vista gorda de la UE sobre el aumento del díficit presupuestado, y necesario para estas acciones (mientras a Italia se le negó tal posibilidad).

Pero el movimiento, aparentemente desactivado tras el logro del objetivo inicial y con un descenso significativo en el número de concentraciones y de asistentes, siguió con vida a inicios de 2019 (con amplio apoyo en las encuestas ciudadanas, e incluso con la ayuda del peculiar Movimiento Cinco Estrellas, en el poder en Italia). Y comenzó a plantear nuevas reivindicaciones que cuestionaban directamente algunos de los fundamentos de la V República: desde el rechazo a la firma por parte del Elíseo del Pacto Mundial de las migraciones de la ONU o la mejora de la eficiencia del sistema sanitario, hasta llegar a promover la dimisión del mismo presidente Emmanuele Macron (caricaturizado con un “Rey sin corona” alejado del pueblo), exigir una representación proporcional en el sistema electoral (y no la mayoritaria actual) o plantear abiertamente una nueva “democracia directa” (con la obligación de referéndum ciudadanos vinculantes). Ante el nuevo órdago y con sondeos públicos con valoraciones muy bajas para el presidente, Macron publicó en las redes sociales su Carta al pueblo francés (Lettre aux Français) el 13 de enero de 2019. Un texto, una llamada para abrir el debate sobre el futuro nacional desde cuatro ejes (impuestos y gasto público, la organización estatal, la transición ecológica y la democracia ciudadana) y en 32 cuestiones de reflexión y negociación (de la fiscalidad a la inmigración).

Evolución que, a nivel sociológico y politológico, parece demostrar que esta movilización no respondía, como se pensaba en sus inicios, a otra tradicional y puntual jacquerie francesa; esas revueltas gremiales (y campesinas)  en un país tan jacobino (centralista e igualitarista) que apenas las corporaciones profesionales (y hasta intelectuales) aparecen como hecho diferencial y reivindicativo. Otro fenómeno episódico, otra demanda proteccionista, decían numerosos expertos, como el de los agricultores rebeldes liderados por el antiguo anarco-ruralista Jose Bove, o los violentos grupos de resistencia vitivinícola o lechera (famosos por sus actos cuasiterroristas contra camiones españoles).

Pero es y era algo más que todo eso. Resultaba ser otra dimensión, historiográficamente hablando, de la crisis identitaria que nos afecta, de la reacción organizada de sectores sociales otrora protegidos, real o simbólicamente por un Estado que percibían como propio, bien en homogeneidad étnica-cultural bien en sus sistemas de protección socioeconómica. Siempre el mismo dilema, siempre el mismo debate. Para unos observadores eran simples comunidades opuestas ciegamente a los inevitables avances de la posmodernidad, incapaces por acción u omisión de adaptarse a las oportunidades casi infinitas del modelo liberal-progresista, anacrónicos en sus formas de vivir y de pensar, atrasados en sus aficiones y en sus creencias, defensores a ultranza de sus privilegios  laborales, de sus monopolios productivos, de sus banderas identitarias. Para otros eran un plural universo de “perjudicados” del nuevo Orden globalista, defensores de puestos de trabajo dignos y asegurados ante las exigencias y recursos de las multinacionales (como las presiones de los estibadores o los taxistas en España) y la presión migratoria, que exigían la legítima seguridad en las calles y en el empleo, que respetaban las viejas tradiciones en los pueblos o los comercios de cercanía en los barrios, que sufrían la corrupción política y los tejemanejes de la partitocracia.

Uno se puede vestir para la ocasión con la bandera de su país, con el chaleco amarillo ahora reivindicativo, e incluso usar ciertos complementos de la indumentaria obrera sin haber trabajado nunca.

Y en el escenario francés se confrontaban estas dos interpretaciones generales, estas dos formas heurísticas de entender la Identidad y sus procesos de socialización en la era de la Globalización. Bien esa Francia “profunda”, supuestamente enemiga de las urgentes necesidades de modernización socioeconómica y de transición ecológica nacional, opuesta a la apertura al mundo y defensora de privilegios incompatibles con los inevitables principios de libertad, competencia, reforma y progreso encarnados en el proyecto político En Marche del presidente Macron. Bien esa Francia “soberana”, nacida frente a la deslocalización y la despoblación en sus regiones o la precarización laboral y el recorte social, y al margen de partidos considerados inservibles y sindicatos considerados inútiles; y ahora movilizada, y visibilizada, a partir de otra “tasa ecológica” para frenar el cambio climático; una tasa que tendrían que pagar los hombres y mujeres anónimos de las clases medias y populares de esas zonas periféricas del país, las mismas que tenían obligatoriamente que usar ese ahora casi demoniaco (ecologistamente hablando) automóvil de combustión y de uso particular para ir trabajar o comprar, o para que su pueblo todavía apareciese en el mapa de carreteras.

Uno se puede vestir para la ocasión con la bandera de su país, con el chaleco amarillo ahora reivindicativo, e incluso usar ciertos complementos de la indumentaria obrera sin haber trabajado nunca; ponerse el traje regional el día festivo pertinente sin haber labrado la tierra o un traje que perece reciclado pero que por su precio resulta bastante exclusivo; o simplemente vestirse cada mañana con lo que te prepara tu madre o con lo que aún no huele brutalmente a tigre. Pero como dijo Coco Chanel “la moda desvanece, solo el estilo sigue siendo el mismo”.

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Profesor de la Universidad de Murcia, es historiador, doctor en política social e investigador acreditado en análisis historiográfico y social a nivel nacional e internacional.

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