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Argentina: la campaña electoral más triste de la historia

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La rutina mata. Y no es metáfora. La continuidad absoluta en el tiempo, la repetición uniforme, acaba con individuos y sociedades. Les hacen perder las referencias y el sentido de la existencia. Por esa razón se necesitan ritos de renovación y celebraciones propiciatorias, aún en sociedades radicalmente secularizadas. Año Nuevo, fiestas religiosas y patrias, bautismos, bodas, cumpleaños, aniversarios, velatorios y sepelios. 

En política sucede lo mismo. La democracia responde a una concepción mecánica del tiempo político. Por eso necesita ritos de renovación y de actualización de los lazos y los compromisos sobre los que se funda. En su estudio sobre el simbolismo político Murray Edelman considera que la necesidad simbólica de renovación del contrato social a través de las elecciones es más importante que la de los cargos propiamente dicha.

Estos ritos poseen un carácter festivo, de esperanza por el nuevo tiempo. Por mucho que nos burlemos de la consabida expresión del día de elecciones como “fiesta de la democracia”, se trata precisamente de eso. Con el inicio de un nuevo período político hasta los más críticos se permiten la esperanza que despierta lo nuevo, esa presencia misteriosa, tan difícil de desentrañar.

Imagen de una de las fachadas más características de Buenos Aires, Argentina

Miedo y odio

Ese ánimo esperanzado y festivo parece ser ajeno a la actual campaña electoral por la presidencia. Todo lo contrario. El tono general es el de una tristeza sin esperanzas.

Incapaz de mostrar resultados en el aspecto más sensible de la vida de los argentinos, es decir, la prosperidad económica y la superación de la pobreza, el gobierno argentino se ha visto obligado a recurrir al recurso del miedo al regreso del kirchnerismo –última encarnación del peronismo, que gobernó de forma continua entre los años 2003 y 2015- para retener a sus electores. Un regreso que se ha mantenido en buena medida por una decisión del propio gobierno, que en su momento se resistió a desarticularlo por serle funcional.

El peronismo, que debió rendirse a la conducción de Cristina Fernández de Kirchner para mantener sus chances electorales, tampoco parece en condiciones de articular un discurso que ilusione a un electorado golpeado: el argumento principal de su campaña es el rechazo al Gobierno en la persona del presidente Mauricio Macri. En sectores radicalizados se potencia con el revanchismo desembozado del “Volveremos”. 

En la estrategia de minimizar en rechazo hacia sí y maximizar el rechazo hacia el adversario, Cristina parece haber acertado en la designación de su candidato a presidente. No obstante, el carisma está completamente ausente de las fórmulas.

El aura exitosa de jefe municipal de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (capital del país) y dirigente deportivo de Macri (fue presidente del Club Atlético Boca Juniors en uno de sus ciclos deportivos más rutilantes) parece haberse disipado totalmente después de asumir la más alta responsabilidad de la República.

Alberto Fernández, candidato a presidente por el kirchnerismo designado personalmente por Cristina -que se ha reservado para sí la candidatura a vicepresidente- es un operador político oportunista y acomodaticio, acostumbrado al poder en la sombra, rescatado al borde del retiro.

Roberto Lavagna, que va en una fórmula que combina sectores peronistas y del progresismo, cuenta con una larga trayectoria en la alta burocracia del Estado y un discutible protagonismo en el “milagro económico” posterior a la crisis de 2001. Entre los candidatos a vice tampoco se encuentra mucho carisma, con la excepción de Cristina, relegada por decisión propia a un discretísimo segundo plano.

Los candidatos se muestran conscientes de su debilidad y su precariedad, en particular después de la celebración de las elecciones Primarias Abiertas

Simultáneas y Obligatorias o PASO (un fallido ingenio electoral argentino, implementado en su momento con criterio oportunista y que hoy sirve como una encuesta nacional y obligatoria de intención de voto), que dieron un rotundo triunfo a la fórmula peronista Fernández-Fernández (47% versus 32% del gobierno).

El presidente Macri es presa de un entorno deprimido, vacilante y ciclotímico, que no sabe bien cómo retomar la iniciativa y sobreponerse para las elecciones de octubre. Alberto Fernández, que hoy es todo y nada a la vez, no sabe bien qué hacer con la centralidad obtenida en las PASO. Roberto Lavagna no muestra una gran voluntad política cuando insiste con ser la cabeza de un gobierno de unidad nacional. Todos entienden que el desafío que se les plantea en lo inmediato los encuentra con fuerzas insuficientes para afrontarlo.

Propuestas y promesas

La crisis económica, que combina una prolongada recesión, un fuerte endeudamiento y una alta inflación, no permite márgenes para la fantasía: ni por el lado de la expansión del gasto público, ni por el de su reducción. Ninguno se prodiga en grandes promesas o propuestas.

El mensaje fuerte de la campaña es claramente negativo: voto en contra. ¿Cuál es entonces la campaña positiva?

El Gobierno promueve un discurso de austeridad y exaltación de los valores republicanos, además de publicidad sobre obras públicas. La consigna se resume en un fuertemente abstracto “no volver nunca más al pasado”, en el que se representa el largo ciclo del populismo demagógico y corrupto del kirchnerismo.

La oposición -fuera de las demagogias “de nicho” con corporaciones sensibles a los gestos simbólicos, como los sectores de la cultura, la ciencia y técnica, la salud pública, apela básicamente a la recuperación de hábitos elementales de consumo y bienestar perdidos o reducidos: “volver al asado” y a “llenar la heladera”.

El contraste resulta muy interesante. Son los supuestos neoliberales los que han conseguido imponer un discurso comunitario aunque fuertemente abstracto, mientras que el peronismo se hace fuerte en un discurso muy concreto pero evidentemente individualista.

Mientras que resulta difícil explicar la penetración del mensaje de austeridad y republicanismo en sectores medios, el peronismo la vuelve a tener fácil al apoyarse en su lógica electoral tradicional de la compensación material inmediata. En cualquier caso, exceptuando las curiosas elaboraciones legitimantes de las élites intelectuales, la adhesión a uno u otro discurso parece derivarse del diverso grado de cultura política que poseen. 

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Lo que viene

No habrá ritos de renovación ni de fecundidad en las próximas elecciones presidenciales: el tedio de una continuidad problemática enfrenta a los argentinos a un horizonte magro de esperanzas.

La Argentina enfrenta un futuro próximo complicado: una dura y compleja renegociación de la deuda contraída con el Fondo Monetario Internacional en un contexto de contracción económica, una de las inflaciones más altas del mundo, un gasto público excesivo y una condición social en franco deterioro.

Macri solo puede anticipar más sufrimiento en pos de una recuperación a mediano-largo plazo. Una larga marcha por el desierto hasta la tierra prometida. Alberto Fernández no da siquiera esa certeza y solo aporta incertidumbre y contradicciones permanentes. Parece al menos ser consciente de que la respuesta más adecuada a la compleja situación económica, y que será necesariamente dolorosa, no tiene nada que ver con la matriz ideológica de la fuerza política que lo sustenta.

La campaña, mientras tanto, transcurre por un páramo lúgubre y deprimente. Esto no es necesariamente malo. Quizá es la manifestación de un ajuste imprescindible de expectativas, de la declinación de un pensamiento mágico al que tradicionalmente le ha costado poner en relación causas y consecuencias, decisiones y resultados. Eso supondría un notorio incremento en la densidad y la solidez de la cultura política.

Pero también puede ser la expresión embrionaria de un hastío irreversible, de la renuncia definitiva a abrigar esperanzas en torno a las promesas no cumplidas de la democracia. En este caso supondría una grave declinación de dicha cultura. 

Es probable que la diferencia entre uno y otro derrotero dependa de la celeridad  del próximo gobierno en reabrir para los argentinos una ventana de esperanzas y de proyección de futuro. “Fracasar cansa”, dice Alejandro Rossi en su exquisito Manual del distraído. El tiempo será un factor decisivo.

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Héctor Ghiretti es doctor en Filosofía por la Universidad de Navarra, investigador adjunto del CONICET (área de Derecho, Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales) y profesor en diversas universidades latinoamericanas. Es autor de los libros "La izquierda. Usos, abusos, precisiones y confusiones" (2002) y "Siniestra. Sobre la izquierda política en España" (2004). Y cerca de 300 publicaciones, contando "papers" en revistas científicas, reseñas bibliográficas, artículos en revistas culturales y periódicos. Columnista habitual de los periódicos argentinos "La Voz del interior" y "Los Andes" y comentarista de Cadena 3.

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