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Churchill, Schuman y Adenauer: tres discursos sobre Europa

En Internacional/Mundo por
Tiempo de lectura: 16 minutos

Reino Unido ha dicho que ya no juega más, que no se fía del resto y que quiere que le devuelvan su soberanía. Lo hace en un contexto bastante difícil, animada en parte por los populismos internos y en parte por los populismos externos, por la crisis económica, por la llegada de refugiados y por ese sentimiento de descontrol generalizado que sobreviene a los pueblos cuando se afrontan retos verdaderamente graves (ese que tan bien ilustra Mafalda: “Que paren el mundo que me quiero bajar”).

Todos sabíamos (y, si no, ya lo sabemos), que el proyecto europeo depende enteramente de que los pueblos que lo conformamos seamos, además, capaces de sostenerlo, tarea tanto más difícil cuando, a los tiempos de crisis, se suman inevitablemente los errores y vicios asociados al paso de los años. La pregunta tras el referéndum británico es: ¿Y, ahora, qué?

Es una dinámica natural de todo proyecto colectivo (desde un matrimonio hasta una organización supranacional o una tradición) el ser revalidado continuamente, certificado constantemente, para no perder su sentido con el paso de los años y las generaciones. Si bien eso no quiere decir someter cualquier institución a un referéndum de forma periódica, sí supone necesariamente purificar su sentido, su objetivo, las razones que dieron lugar a su nacimiento y las amenazas de que nos protegían.

 

Es una dinámica natural de todo proyecto colectivo el ser revalidado continuamente, para purificar su sentido.

 

Por eso me ha parecido interesante acudir a las fuentes y rumiar (volver a digerir) parte de las palabras, los motivos y los ideales que movieron a los hombres que nos legaron el proyecto de una Europa unida.

Más allá de las particularidades históricas que dieron lugar al nacimiento del proyecto europeo y de la altura de los ideales que perseguían los “padres fundadores” es importante tener en cuenta los peligros y amenazas que fueron capaces de superar. No olvidemos que,  como demuestran los nuevos vientos que arrecian sobre Occidente y el referéndum británico de este jueves,  la historia no es siempre un relato de progreso.

Los tres discursos que traemos hablan de los sueños volcados sobre Europa de tres gigantes de la política de postguerra: el primer ministro británico Winston Churchill, el ministro de Asuntos Exteriores Francés Robert Schuman y el canciller alemán Konrad Adenauer.

En la alocución de Churchill, tan solo uno año después del fin de la II Guerra Mundial, se habla ya de un proyecto de “Estados Unidos de Europa” (ver discurso completo) capaz de “reunificar a la familia europea” y dotarla de “una estructura bajo la cual pueda vivir en paz, seguridad y libertad“.

El primer ministro británico señala la similitud de la iniciativa con la entonces ya fracasada Sociedad de Naciones (germen de la ONU) y advierte de que aquel proyecto falló porque “los Estados que la crearon no acataron los principios” con que la diseñaron. “Fracasó porque los Gobiernos de aquellos días temieron enfrentarse a los hechos y no se atrevieron a actuar cuando aún estaban a tiempo“, subraya Churchill –¿profetizando el futuro de la UE?–.

Pese a todo, no estaba en la mente de Churchill la plena integración de Reino Unido en el proyecto Europeo, pues afirma: “Gran Bretaña, la Commonwealth británica de naciones, la poderosa América y confío que la Rusia soviética —y entonces todo sería perfecto— deben ser los amigos y padrinos de la nueva Europa y deben defender su derecho a vivir y brillar. Por eso os digo ¡Levantemos Europa!”. No en balde, en otra de sus manifestaciones aseguró: “Estamos con vosotros, pero no somos uno de los vuestros”.

En el segundo de los discursos que traemos a colación, la célebre Declaración Schuman (ver texto completo) que dio comienzo a los primeros pasos de la integración europea, arranca con una potente afirmación: “La paz mundial no puede salvaguardarse sin unos esfuerzos creadores equiparables a los peligros que la amenazan.

La Declaración Schuman pone las bases (económicas) para poner en marcha “la primera etapa de la federación europea”, un proyecto capaz de “cambiar el destino” de las naciones que la integrarían.

Además, tanto Churchill como Schuman sitúan el corazón de la UE en el eje francoalemán: de la superación de su oposición histórica depende la viabilidad del proyecto. “No puede haber un renacimiento de Europa sin una Francia grande espiritualmente y una Alemania grande espiritualmente”, asegura Churchill.

En línea con el “impulso creador” de Schuman y el “deseo del corazón” del primer ministro británico, Adenauer asegura en su discurso (ver texto completo ) que “no es ninguna utopía” el proyecto de una Federación Europea si se mantiene “un corazón firme” y resuelto a soportar las dificultades.

Debemos dejar que el pensamiento de una Europa unida nazca de nuestros corazones si se ha de materializar. No porque la unidad de Europa sea una cuestión de emociones, de sentimiento, sino en el sentido de que solo un corazón firme, dedicado a una gran tarea, puede darnos la fuerza de cargar con las dificultades que nuestra razón reconoce. Si encontramos esta fuerza, entonces deberemos hacer justicia a todas las necesidades que he mencionado. Deberemos, entonces, completar el gran proyecto de unificación que necesitan cada una de nuestras naciones, Europa y el mundo entero.

Adenauer propone una Europa “flexible”, que si bien esté unida no necesariamente tenga que tener un carácter supranacional en todas sus facetas y que, mediante la unidad y el mutuo apoyo, restituya a Europa a su natural posición de liderazgo cultural e industrial menguado por el crecimiento de otras potencias mundiales.

Además, sobre el papel de Reino Unido, celebra la adhesión al proyecto Europeo y se muestra convencido de que tanto los países europeos como Gran Bretaña tienen intereses que “corren en paralelo” y hacen posible que las potencias continentales y los países británicos caminen de la mano.

 

***

Winston Churchill: sobre los Estados Unidos de Europa

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Universidad de Zurich, 19 de septiembre de 1946

Deseo hablarles hoy sobre la tragedia de Europa. Este noble continente, que abarca las regiones más privilegiadas y cultivadas de la tierra, que disfruta de un clima templado y uniforme, es la cuna de todas las razas originarias del mundo. Es la cuna de la fe y la ética cristianas. Es el origen de casi todas las culturas, artes, filosofía y ciencias, tanto de los tiempos modernos como de los antiguos. Si Europa se uniera, compartiendo su herencia común, la felicidad, prosperidad y la gloria que disfrutarían sus tres o cuatrocientos millones de habitantes no tendría límites. Y sin embargo, es desde Europa de donde han surgido y se han desarrollado esta serie de horribles guerras nacionales, originadas por las naciones teutonas, que hemos conocido durante este siglo XX, e incluso durante nuestra existencia, que ha arruinado la paz y destruido las perspectivas de toda la humanidad.

¿Y cuál es la situación a la que ha sido reducida Europa? Es cierto que algunos pequeños Estados se han recuperado rápidamente, pero en grandes áreas, una masa trémula de atormentados, hambrientos, desposeídos y aturdidos seres humanos se encuentran ante las ruinas de sus ciudades y de sus casas y escudriñan los oscuros horizontes, temiendo un nuevo peligro, tiranía y terror. Entre los vencedores hay una gran confusión de voces agitadas; entre los vencidos, el sombrío silencio de la desesperación. Eso es lo que han conseguido los europeos, agrupados en tantos antiguos Estados y naciones, eso es todo lo que ha obtenido el poder germano, destrozándose unos a otros en pedazos, y propagando estragos por todas partes. De no ser porque la gran República del otro lado del océano Atlántico se ha dado cuenta finalmente de que el caos o la esclavitud de Europa, acabarían comprometiendo su propio destino, y nos ha tendido las manos para socorro y guía, los malos tiempos hubieran vuelto con toda su crueldad. Y todavía puede volver.

A pesar de todo, aún hay un remedio que si se adoptara de una manera general y espontánea, podría cambiar todo el panorama como por ensalmo, y en pocos años podría convertir a Europa, o a la mayor parte de ella, en algo tan libre y feliz como es Suiza hoy en día. ¿Cuál es ese eficaz remedio? Es volver a crear la familia europea, o al menos todo lo que se pueda de ella, y dotarla de una estructura bajo la cual pueda vivir en paz, seguridad y libertad. Tenemos que construir una especie de Estados Unidos de Europa, y sólo de esta manera cientos de millones de trabajadores serán capaces de recuperar las sencillas alegrías y esperanzas que hacen que la vida merezca la pena. El proceso es sencillo. Todo lo que se necesita es el propósito de cientos de millones de hombres y mujeres, de hacer el bien en lugar de hacer el mal y obtener como recompensa bendiciones en lugar de maldiciones.

 

La Sociedad de Naciones no fracasó por sus principios, falló porque no fueron acatados por los Estados que la crearon.

 

Mucho se ha trabajado en este sentido a través de las gestiones de la Unión Paneuropea, que tanto debe al conde Coudenhove-Kalergi y que recurrió a los servicios del famoso patriota y hombre de Estado francés Aristide Briand. Existe también ese inmenso cuerpo de doctrina y procedimiento, construido para servir a las grandes esperanzas después de la Primera Guerra Mundial, que es la Sociedad de Naciones. La Sociedad de Naciones no fracasó debido a sus principios o concepciones, sino que los habían creado. Falló porque estos principios no fueron acatados por los mismos Estados que los habían creado. Fracasó porque los Gobiernos de aquellos días temieron enfrentarse a los hechos y no se atrevieron a actuar cuando aún era tiempo. Este desastre no debe repetirse. Hay, pues, muchos conocimientos y material con que construir, y también la amarga y cara experiencia de las vidas que ha costado.

Me agradó mucho leer en los periódicos hace dos días que mi amigo el presidente Truman ha expresado su interés y simpatía por este gran proyecto. No hay razón para que una organización regional europea deba enfrentarse de ninguna forma con la organización mundial de las Naciones Unidas. Todo lo contrario, creo que las mayores síntesis sólo sobrevivirán si se fundamentan sobre agrupaciones coherentes y naturales. Ya hay una agrupación natural en el Hemisferio Occidental. Los británicos tenemos nuestra propia Comunidad de Naciones, Estas organizaciones no debilitan, sino que por el contrario fortalecen a la organización mundial. De hecho, por su principal apoyo. ¿Y por qué no podría haber un grupo europeo que diera un sentido de amplio patriotismo y común ciudadanía a las perturbadas gentes de este turbulento y poderoso continente, y por qué no podía ocupar su adecuada posición con otras agrupaciones, para perfilar los destinos de los hombres? Para que esto se realice, debe darse un acto de fe en el que participen conscientemente millones de familias que hablan muchas lenguas.

Todos sabemos que las dos guerras mundiales que hemos pasado, surgieron por la vana pasión de una Alemania recién unida, que quería actuar como parte dominante del mundo. En esta última contienda se han cometido crímenes y masacres sin igual desde la invasión de los mongoles en el siglo XV. Los culpables deben ser castigados. Alemania debe ser privada del poder de volver a armarse y hacer otra guerra agresiva. Pero cuando se haya realizado todo esto, y se realizará, y se está haciendo, debe haber un final para la retribución. Tiene que haber lo que Mr. Gladstone llamó hace muchos años «un bendito acto de olvido». Tenemos que volver la espalda a los horrores del pasado. Debemos mirar hacia el futuro. No podemos permitirnos el arrastrar a través de los años aquello que puede traer de nuevo los odios y las venganzas que se desprenden de las injurias del pasado. Si hay que salvar a Europa de la infinita miseria, y por supuesto de la condena final, tiene que darse un acto de fe en la familia europea y un acto de olvido hacia los crímenes y locuras del pasado.

¿Pueden los pueblos de Europa elevarse a la altura de estas resoluciones del alma e instintos del espíritu humano? Si pueden hacerlo, los errores y las injurias que se han infringido se lavarán en todas partes por las miserias que se han tenido que soportar. ¿Hay alguna necesidad de que haya más abundancia de agonías? ¿Acaso la única lección de la historia es que la humanidad es imposible de educar? Que haya justicia y libertad. Los pueblos sólo tienen que quererlo, y todos alcanzarán el deseo de su corazón.

Ahora voy a decir algo que les sorprenderá. El primer paso en la recreación de la familia europea debe ser una asociación entre Francia y Alemana. Sólo de este modo puede Francia recuperar la primacía moral de Europa. No puede haber un renacimiento de Europa sin una Francia grande espiritualmente y una Alemania grande espiritualmente. La estructura de los Estados Unidos de Europa, si se construyen bien y de verdad, será de tal manera que haga menos importante la fuerza material de un Estado. Las pequeñas naciones contarán tanto como las grandes y ganarán su honor por su contribución a la causa común. Los estados y principados de Alemania, unidos libremente por conveniencia mutua en un sistema federal, ocuparán cada uno su lugar entre los Estados Unidos de Europa. No trataré de hacer un programa detalla do para cientos de millones de personas que quieren ser felices y libres, prósperos y seguras, que desean disfrutar de las cuatro libertades de las que habló el Presidente Roosevelt, y vivir de acuerdo con los principios incorporados en la Carta del Atlántico. Si este es su deseo, no tiene más que decirlo, con la seguridad de que se encontrarán los medios y se establecerán los instrumentos necesarios para llevar este deseo a su plena realización.

Pero tengo que hacerles una advertencia: el tiempo se nos puede echar encima. Actualmente contamos sólo con un espacio de respiro. Los cañones han dejado de disparar, la lucha ha cesado, pero no se han detenido los peligros. Si queremos construir los Estados Unidos de Europa, cualquiera que sean el nombre y la forma que tomen, debemos empezar ahora.

En nuestros días vivimos extraña y precariamente bajo el escudo y protección de la bomba atómica. La bomba atómica está aún en manos de un Estado y nación que sabemos que nunca la usará, excepto a favor del derecho y la libertad. Pero puede ser que dentro de unos años este terrible agente de destrucción se extienda ampliamente y la catástrofe que provocaría su uso por varias naciones guerreras no sólo acabaría con todo lo que llamamos civilización, sino que posiblemente desintegraría el mismo globo.

Debo ahora resumir las propuestas que tienen ante ustedes. Nuestro constante propósito debe ser fortificar la fuerza de la Organización de Naciones Unidas. Bajo, y en el seno de este concepto del mundo, debemos volver a crear la familia europea con una estructura regional llamada, quizás, los Estados Unidos de Europa. El primer paso en crear un Consejo de Europa. Si al principio no todos los Estados de Europa están dispuestos o capacitados para integrase en la Unión, debemos proceder, no obstante, a unir y combinar a aquellos que quieren y pueden. La salvación de la gente normal de cada raza y de cada país, del peligro de la guerra o esclavitud, tiene que establecerse sobre sólidos fundamentos deben estar protegidos por la voluntad de todos los hombres y mujeres de morir, antes de someterse a la tiranía. En todo este urgente trabajo, Francia y Alemania deben tomar juntas la cabeza. Gran Bretaña, la Commonwealth británica de naciones, la poderosa América y confío que la Rusia soviética —y entonces todo sería perfecto— deben ser los amigos y padrinos de la nueva Europa y deben defender su derecho a vivir y brillar. Por eso os digo ¡Levantemos Europa!

 

Robert Schuman: Declaración Schuman (1950)

 

La paz mundial no puede salvaguardarse sin unos esfuerzos creadores equiparables a los peligros que la amenazan.

La contribución que una Europa organizada y viva puede aportar a la civilización es indispensable para el mantenimiento de unas relaciones pacíficas. Francia, defensora desde hace más de veinte años de una Europa unida, ha tenido siempre como objetivo esencial servir a la paz. Europa no se construyó y hubo la guerra.

 

Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto.

 

Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho. La agrupación de las naciones europeas exige que la oposición secular entre Francia y Alemania quede superada, por lo que la acción emprendida debe afectar en primer lugar a Francia y Alemania.

Con este fin, el Gobierno francés propone actuar de inmediato sobre un punto limitado, pero decisivo.

El Gobierno francés propone que se someta el conjunto de la producción franco-alemana de carbón y de acero a una Alta Autoridad común, en una organización abierta a los demás países de Europa.

La puesta en común de las producciones de carbón y de acero garantizará inmediatamente la creación de bases comunes de desarrollo económico, primera etapa de la federación europea, y cambiará el destino de esas regiones, que durante tanto tiempo se han dedicado a la fabricación de armas, de las que ellas mismas han sido las primeras víctimas.

La solidaridad de producción que así se cree pondrá de manifiesto que cualquier guerra entre Francia y Alemania no sólo resulta impensable, sino materialmente imposible. La creación de esa potente unidad de producción, abierta a todos los países que deseen participar en ella, proporcionará a todos los países a los que agrupe los elementos fundamentales de la producción industrial en las mismas condiciones y sentará los cimientos reales de su unificación económica.

Dicha producción se ofrecerá a todo el mundo sin distinción ni exclusión, para contribuir al aumento del nivel de vida y al progreso de las obras de paz. Europa podrá, con mayores medios, proseguir la realización de una de sus tareas esenciales: el desarrollo del continente africano. De este modo, se llevará a cabo la fusión de intereses indispensables para la creación de una comunidad económica y se introducirá el fermento de una comunidad más amplia y más profunda entre países que durante tanto tiempo se han enfrentado en divisiones sangrientas.

Mediante la puesta en común de las producciones básicas y la creación de una Alta Autoridad de nuevo cuño, cuyas decisiones obligarán a Francia, Alemania y los países que se adhieran, esta propuesta sentará las primeras bases concretas de una federación europea indispensable para la preservación de la paz.

Para proseguir la realización de tales objetivos, el Gobierno francés está dispuesto a iniciar negociaciones según las siguientes bases.

La misión encomendada a la Alta Autoridad común consistirá en garantizar, en el plazo más breve posible, la modernización de la producción y la mejora de su calidad; el suministro, en condiciones idénticas, del carbón y del acero en el mercado francés y en el mercado alemán, así como en los de los países adherentes; el desarrollo de la exportación común hacia los demás países; la equiparación y mejora de las condiciones de vida de los trabajadores de esas industrias.

Para alcanzar estos objetivos a partir de las dispares condiciones en que se encuentran actualmente las producciones de los países adherentes, deberán aplicarse con carácter transitorio determinadas disposiciones que establezcan la aplicación de un plan de producción y de inversiones, la creación de mecanismos de estabilidad de los precios y la creación de un fondo de reconversión que facilite la racionalización de la producción. La circulación del carbón y del acero entre los países adherentes quedará liberada inmediatamente de cualquier derecho de aduanas y no podrá verse afectada por tarifas de transporte diferenciales. Progresivamente se irán estableciendo las condiciones que garanticen espontáneamente una distribución más racional de la producción y el nivel de productividad más elevado.

La organización proyectada, al contrario que un cártel internacional tendente a la distribución y a la explotación de los mercados mediante prácticas restrictivas y el mantenimiento de grandes beneficios, garantizará la fusión de los mercados y la expansión de la producción.

Los principios y compromisos esenciales anteriormente expuestos serán objeto de un tratado firmado entre los Estados. Las negociaciones indispensables para precisar las normas de aplicación se llevarán a cabo con ayuda de un árbitro designado de común acuerdo, cuya misión consistirá en velar por que los acuerdos se ajusten a los principios y, en caso de desacuerdo insalvable, decidirá la solución que deba adoptarse.

La Alta Autoridad común, encargada del funcionamiento de todo el sistema, estará compuesta por personalidades independientes designadas sobre bases paritarias por los Gobiernos, quienes elegirán de común acuerdo un presidente. Las decisiones de la Alta Autoridad serán ejecutivas en Francia, en Alemania y en los demás países adherentes. Se adoptarán las disposiciones adecuadas para garantizar las vías de recurso necesarias contra las decisiones de la Alta Autoridad.

Un representante de las Naciones Unidas ante dicha autoridad se encargará de hacer, dos veces al año, un informe público a la ONU sobre el funcionamiento del nuevo organismo, en particular por lo que se refiere a la salvaguardia de sus fines pacíficos.

La creación de la Alta Autoridad no prejuzga en absoluto el régimen de propiedad de las empresas. En el ejercicio de su misión, la Alta Autoridad común tendrá en cuenta las facultades otorgadas a la autoridad internacional del Ruhr y las obligaciones de todo tipo impuestas a Alemania, mientras éstas subsistan.

 

Konrad Adenauer: Sobre las posibilidades de la integración europea

 

 

Bruselas, 25 de septiembre de 1956

(…) Ahora dejen que les hable concretamente de la integración europea. Espero que entiendan que no puedo entrar en detalle sino abordar únicamente principios.

En primer lugar, me parece un imperativo que los europeos deberían reconocer claramente las siguientes realidades: desde la última guerra, se han producido cambios y desarrollos como los que acabo de resumir. Estos nos empujan a mirar hacia la integración europea principalmente desde una perspectiva que la contemple en su contexto global más que desde un punto de vista exclusivamente europeo. Si hacemos esto, muchos de los obstáculos que han tenido valor por razones nacionalistas empiezan a parecer tan minúsculas como son realmente.

No hay alternativa, ante el reto de los desarrollos globales debemos trabajar sin descanso para arrojar por la borda las objeciones derivadas de conceptos nacionalistas y tradiciones y, sobre todo, debemos actuar. Otros actúan también.

 

De no actuar, los eventos en que los europeos no seamos capaces de influir nos superarán.

 

De no hacerlo, aquellos eventos en los que los europeos no seamos capaces de influir nos superarán, Creo que, como europeos, nos sentimos demasiado seguros. El liderazgo político y económico mundial, que permaneció incuestionado hasta principios de siglo, hace tiempo que dejó de ser verdad. ¿Se mantendrá la influencia cultural dominante de Europa? No lo creo, a menos que la defendamos y nos ajustemos a la nueva situación; la historia demuestra que todas las civilizaciones son perecederas.

Hay otra cuestión que tendríamos que aprender de la experiencia de la última década. La integración europea no debe verse obstaculizada por el desproporcionado perfeccionismo que parece caracterizar a nuestro tiempo. La integración europea no debería ser rígida, sino tan flexible como podamos hacerla. No debería ser una camisa de fuerza para las gentes de Europa, sino su pilar común, un apoyo compartido para el desarrollo saludable e individual de cada uno.

Las instituciones que tengo en mente no necesitan en todos los casos un carácter supranacional; dejen que escojamos formas de integración que no desalienten a otras naciones con intención de unirse. Por otra parte, las funciones y la eficacia de una federación de este tipo no deberían estar sujetas a la voluntad o los intereses de uno solo de sus miembros. Estoy convencido de que es posible encontrar una vía intermedia entre estos extremos.

Sobre el alcance de la Federación Europea. Dejen que aborde dos cuestiones más en este contexto: ¿Qué pueblos deberían ser admitidos y cuál sería una posible demarcación práctica del alcance funcional de una federación así?

En mi opinión, los estados miembros de una Federación Europea no deberían estar numéricamente limitados. El destino de Europa es el destino de cada nación europea. El alcance funcional debería ser tan amplio como sea posible. Sin embargo, en los primeros pasos de planificación, estaría bien ejercitar algunas restricciones tanto al número de miembros como al alcance, pues en caso contrario se podría caer en un punto muerto nada más comenzar por el excesivo trabajo de compilación en los preparativos.

Sin embargo, una vez empezado, no deberíamos temer al crecimiento y la expansión. Este proyecto exige coraje y altura de miras, tanto en lo político como en lo económico.Las ventajas políticas pronto se harán evidentes, las económicas puede que tarden más en aparecer. Pero, una vez superadas las dificultades iniciales de todas las economías de los Estados miembros, habrá grandes beneficios. Solo entonces, seremos capaces de competir con las mayores áreas industriales del mundo o las que vendrán.

Creo que una Federación Europea de esta naturaleza no debería obstaculizar o ir en contra del trabajo de la OTAN, cuyo ámbito de trabajo es mayor que el de una Federación Europea tanto geográficamente como funcionalmente. Allí donde sus trabajos se toquen o se solapen, debería ser sencillo conseguir ajustarlos.

El propósito de la OTAN es proteger ciertos intereses de la comunidad atlántica y no intereses comunes europeos.

Me gustaría decir algo sobre la participación de Gran Bretaña. Al unirse a la Unión Europea Occidental en 1954, Gran Bretaña manifestó su convicción de que algunos de sus intereses esenciales corrían en paralelo con los de las naciones continentales. Desde entonces, especialmente tras la crisis de Suez, los acontecimientos han probado que su convicción era correcta.

 

La actitud de Gran Bretaña tiene una importancia inmensa para el futuro de Europa.

 

La actitud de Gran Bretaña tiene una importancia inmensa para el futuro de Europa. Deseo con todo mi corazón que su política continúe en la dirección que ha tomado en los últimos años. Estoy convencido de que no es una utopía creer en la posibilidad de establecer una Federación Europea próximamente. Tenemos ya tantas regulaciones separadas que podrían ser combinadas y hay tantos ámbitos que esperan soluciones comunes que creo que una institución viable podría asentarse en un futuro próximo.

(…) Me parece que en este trabajo de la integración europea, los europeos católicos deberían tener en cuenta que hay Estados que comprenden un total de 1.000 millones de habitantes que están siendo gobernados y dirigidos según principios deliberadamente ateos y que pretenden que la libertad del individuo, que está fuertemente enraizada en el espíritu del Cristianismo, no tiene relevancia en comparación con la omnipotencia del Estado.

Esta dominación sobre 1.000 millones de personas constituye un peligro extremo y real para el pensamiento y los sentimientos cristianos. Que deberíamos unirnos frente a las amenazas es un precepto no solamente de autoconservación sino del sentido común.

 

Solo un corazón firme, dedicado a una gran tarea, podrá cargar con las dificultades que la razón reconoce.

 

Voy terminando: he intentado poner de relieve mi noción sobre los requisitos y posibilidades de la unificación europea. He intentado describir no solamente la seriedad de la situación sino también su lado esperanzador. De nosotros depende extraer las conclusiones necesarias. El poder de la razón por sí mismo no basta. Dice un conocido refrán: “los pensamientos más grandes nacen del corazón”. Nosotros también debemos dejar que el pensamiento de una Europa unida nazca de nuestros corazones si se ha de materializar. No porque la unidad de Europa sea una cuestión de emociones, de sentimiento, sino en el sentido de que solo un corazón firme, dedicado a una gran tarea, puede darnos la fuerza de cargar con las dificultades que nuestra razón reconoce. Si encontramos esta fuerza, entonces deberemos hacer justicia a todas las necesidades que he mencionado. Deberemos, entonces, completar el gran proyecto de unificación que necesitan cada una de nuestras naciones, Europa y el mundo entero.

(Leer versión inglesa)

(@IgnacioPou) Fundador de Democresía. Soy un catalán felizmente afincado en Madrid. Agnóstico futbolístico (para mi tranquilidad) pero católico. Periodista. Máster y doctorando en Filosofía. Amante de la filosofía, la antropología y la política, todo ello enmarcado en una vocación por comprender y comunicar más y mejor. En ello consiste la misión de mi vida.

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