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Brexit, populismo y austeridad

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La decisión del pueblo británico de abandonar la Unión Europea ha supuesto el más duro golpe sufrido por el gran proyecto de paz, libertad y prosperidad que surgió en el continente años después de la Segunda Guerra Mundial.

“Estamos con vosotros, pero no somos uno de los vuestros” afirmaba Winston Churchill cuando se le preguntaba por la relación entre las dos partes. Una frase que cobra todo el sentido en estos momentos convulsos que exigen respuestas que llevamos esperando demasiado tiempo. Hace 46 años que el Reino Unido decidió ingresar en la entonces CEE, siempre con poco entusiasmo, manteniendo ciertas distancias y con un estatus especial que le permitió hasta el último momento ser un socio a la carta. El Brexit del pasado 23 de junio acabó con más de cuatro décadas de pertenencia a un selecto grupo de países entre los que Gran Bretaña ha sido pieza fundamental por su papel como primera potencia política y militar, y por tratarse de la segunda economía europea. Es el momento de preguntarse por las razones que han causado este gran terremoto europeo y mundial cuyas consecuencias a corto y medio plazo no son fáciles de determinar.

El primer ministro ha resultado ser un incompetente al programar un referéndum que no debería haberse celebrado.

Algunos de los nuevos movimientos políticos y sociales surgidos en los últimos años en toda Europa han logrado su primer gran triunfo. La extensión del populismo, de los extremismos de todo signo y de posiciones rupturistas y xenófobas han puesto contra las cuerdas el proyecto europeo. Un proyecto en crisis desde hace ocho años, tanto en lo institucional como en lo económico o en materia de seguridad. La UE no ofrece respuestas colectivas a casi nada, más allá de un compromiso verbal, con foto de por medio, que luego no se traduce en políticas efectivas respaldadas por los 28. Nuevas opciones políticas vienen presentando recetas que parecen cuajar en gran parte de una ciudadanía desanimada y desencantada con las políticas de los partidos tradicionales que parece que ya no tienen nada nuevo que enseñar. El UKIP de Nigel Farage resultó vencedor en las últimas elecciones europeas de 2014 con un mensaje antieuropeo y el escepticismo ante la UE ha ido in crescendo en paralelo a las cuestionadas políticas de Bruselas. Pero lo más importante es que encontraron al aliado perfecto: David Cameron.

El primer ministro ha resultado ser un incompetente al programar un referéndum que no debería haberse celebrado. Tendría que saber que en tiempos turbulentos y con una sociedad británica siempre dudosa hacia lo europeo, el riesgo era muy alto. Y lo peor puede estar por llegar porque las posibilidades de que Escocia e Irlanda del Norte celebren en poco tiempo consultas para separarse de Inglaterra y seguir en Europa son hoy más reales que nunca; en un caso para independizarse y en el otro, quizá, para integrarse en la República de Irlanda. La convocatoria de un referéndum que puede tumbar décadas o siglos de Historia no puede realizarse por motivos de partido o por una cuestión coyuntural porque el giro inesperado que provoca el voto del corazón frente al voto de la cabeza no tiene marcha atrás. Es una lección que debe aprender el Reino Unido y  Europa entera, en estos momentos en los que parece que todo debe someterse a consulta. Pues si así fuera no estaríamos lejos de una anarquía total con uniones y separaciones difíciles de articular con sentido; es decir, justo lo contrario de lo que viene queriendo construir la UE: una Europa unida y sin fronteras en un tiempo nuevo de paz y concordia.

Las instituciones europeas han quedado definitivamente en entredicho. Bruselas, Berlín y París tienen que reaccionar de una vez por todas e impulsar una redefinición del proyecto comunitario antes de que sea demasiado tarde. No se puede ignorar que las medidas de austeridad son insuficientes si no van acompañadas de otras que garanticen una Europa justa y solidaria. Si se sigue por ese camino no es de extrañar que lo ocurrido con el Brexit y con la petición de referéndums por la ultraderecha holandesa o francesa, no sea sino el inicio de una crisis de consecuencias impredecibles. Aún estamos a tiempo pero es urgente que los responsables comunitarios tomen nota para actuar de manera inmediata. No valen los plazos ni los grupos de trabajo que eternizan sus reuniones, la adopción de acuerdos y, sobre todo, la aplicación de los mismos.

David Cameron pasará a la Historia como el nefasto político que facilitó la salida del Reino Unido de Europa, y quizá también por hacer que su país esté menos unido de lo que ha estado en los últimos tres siglos. Las consecuencias para los británicos serán duras ya que tendrán que hacer una difícil travesía por el desierto de lo económico con un nuevo panorama sin las ventajas fiscales o de carácter social de las que venían disfrutando. Pero también los 27 habrán de reorientar buena parte de sus políticas y reajustar el mercado al perder un socio tan relevante. O todos aprendemos de lo ocurrido y actuamos o el magnífico proyecto de convivencia y prosperidad, bien diseñado pero mal ejecutado, puede tener los días contados.

Artículo de: Isidoro Jiménez Zamora, Coordinador del Grado de Relaciones Internacionales de la UFV.

Periodista, profesor y doctor en Historia Moderna. Como periodista ha trabajado en medios como la cadena SER y Telemadrid (subdirector de los servicios informativos). En la actualidad ejerce la docencia en la Universidad Francisco de Vitoria como profesor de Periodismo, Comunicación y Relaciones Internacionales.

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