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Tintín en el Atlas (II): Brochetas, rucios y chilabas

En Diario compartido/Especial Tintín en el Atlas por

DOMINGO 20 DE MARZO. MEKNES  – BOSQUE DE CEDROS – MIDELT

 

Tintín en el Atlas: Parte 1Ya disponible la primera parte de las aventuras de #TintínEnElAtlas siguiendo el recorrido del Rally Clasicos Del Atlas.Visita el episodio completo en https://democresia.es/2016/04/tintin-atlas-i-velos-corderos/

Posted by Democresía.es on Domingo, 10 de abril de 2016

 

Tras retorcer mil pueblos, de los que jamás llegaríamos a aprendernos sus nombres, extrajimos nuestra primera idea en nuestra primera tarde sobre Marruecos. Daba la sensación  que este país en el momento en el que todo estaba a medio hacer, habían decidido darlo por terminado. Era como si siguieran al pie de la letra las escrituras apócrifas de un libro extraño, donde un dios macabro no hubiera llegado al séptimo día, por estar de no sé qué resaca, y se hubiera conformado con una tierra repleta de pedruscos y bestias, sin hombre ordenado que contemplase y diera nombres a lo que miraba.

Los sacos de yeso reventado,  los escombros ardientes en la cuneta, la excesiva ventilación de las casas -con todos los ladrillos despuntando en los tejados con la misma irregularidad que la boca de un párvulo-. El adobe apretando sueños contra el suelo… Todo este caos, propio de quién está a diez cosas a la vez  y ninguna en particular, es una de las antesalas de la locura, que en este caso lleva el matiz de la miseria -que no de la pobreza- lo que le da al relato un toque ocre y crea similitudes arriesgadas entre las ficciones del San Petersburgo de Dostoievski con la realidad de tres españoles de poca barba en algún lugar del Magreb. A propósito de la referencia, recuerdo sentir una aprensión similar por el perpetuo plano secuencia que era Marruecos y cuando me tocaba leer un soliloquio del enfermo Raskólnikov o las siempre febriles y morbosas exhortaciones de Fiódor Pávlovich ; el padrísimo en “Los Hermanos Karamazov”.  Todo, ficciones y periplos; venían a parar al mismo desagüe existencial.

Todo aquel espectáculo distópico lo observábamos desde fuera sin poder ni querer ser partícipes de los asuntos de aquellos miserables, de aquellos deambuladores, que vagaban, como si de extras de “The Walking Dead” se tratase, por las calles de los pueblos. No paseaban. No caminaban. Todo era una cavilación perpetua de las distintas moradas oscuras que ataban las entrañas a la tierra. Y ese discurrir tenía un impacto palpable en el vaivén de las personas por las calles.  Lo vimos. Lo comprobamos. Avanzaban unos pasos y se acomodaban en un sitio sin más, mientras se hurgaban los bolsillos o afilaban los zapatos de cuero con el bordillo. Después miraban el suelo un rato, donde pudiera haber algún dátil espachurrado. Intercambiaban un par de palabras en un corro de cuatro o cinco chilabas y así dibujaban la portada de algún relato nocivo de los padres de la sospecha. Y después de un rato largo, vuelta al deambule.  Había miles de ellos por las calles. Muchísima gente sin ningún propósito claro, ninguna sugerencia para el espectador, más que el rumiar.

Esta observación que sacamos y que animamos al lector a que vaya a las comunidades rurales del desierto y del Atlas a contrastarla, fue el postre con el que nos despedíamos de cada repostaje, después de comer o cuando simplemente nos parábamos para averiguar en qué momento nos habíamos perdido.

Las carreteras de Marruecos están llenas de burros.

Olvidaos de los camellos y dromedarios que os hemos mostrado en nuestro engañoso tráiler. Estos  no fueron más que tres pinceladas entre las dunas. Acompañando nuestra expedición por el Atlas y sus faldas largas, nos vimos en un buen puñado de ocasiones cercados por ovejas, burros y perros del desierto. Pero sobre todo burros.

La mayoría de ellos portando carga humana o viniendo de un negocio provechoso, al ir desnudas las alforjas. Alguno que otro ya de costado, con sonrisas parecidas a las del equino de “La Pasión”, con las moscas celebrando su particular festín después del ayuno impuesto el último viernes de cuaresma.

Un par de frenadas suaves  después, para medir bien la distancia entre el camión de delante y los pollinos, llegamos  ya sin luz a Meknes. Nuestra primera noche en Marruecos. Allí conocimos los principios del Rally Solidario en el primer briefing del viaje.

Intercambiamos impresiones con su siempre alegre y liviana organización. Buscamos comodidades con personas afines en aquel caldo de anhelos que eran los más de 120 participantes venidos de toda España, Portugal y Alemania.

Al día siguiente, al escuchar el rugir de los monstruos y chatarras que nos acompañaban en la salida de la primera etapa,  y después de mil gritos entre los integrantes del equipo Newjamii -nuestro equipo- por ver que el 4 x 4 tenía horrorosas dificultades para subir la primera cuesta y porque a los tres kilómetros ya estaba apagado por sobrecalentamiento del motor,  definimos que nuestro objetivo definitivo para el apartado competitivo del Rally era terminar y llevar el coche, de una pieza a ser posible, de vuelta a Madrid.

Ya harto lejano habían quedado las risas, podios, trofeos e insulas que dibujaban nuestros espíritus la noche anterior.

Mientras se repartían las raciones de culpas, aproveché para tirar unos cuantos planos en aquel singular paraje. Arena roja, cedros, barrancos y  nieve.

David Mesa, uno de los aventureros, iba echándole en pequeñas dosis hielo del suelo al líquido refrigerante mientras negaba con la cabeza. Pablo Martínez, se lamentaba, como fue y seguirá siendo habitual, por el deber ser y la realidad del ser. Por el “deberíamos haber hecho” y “hemos hecho”.

Y en esto, cuando pareciera  por el amargor de las primeras líneas del relato, que el Otro en el otro se escapaba de los primeros vistazos que sacábamos, apareció un pastor con su rebaño.

Un centenar de ovejas peludas con sus perros guardianes se apretujaron, en la inmensidad de la montaña, junto al calor del metal que desprendía el coche.

Mirando inquisitivamente a la cámara que le atrapaba, hizo varios ademanes con la mano a David, por lo que entendimos que filmar aquella experiencia estética tenía un coste ridículo. Desembolsamos nuestro primer donativo, 10 dirhams, y nos deleitamos con aquel silencio interrumpido de vez en vez por el balar, el burbujeo del agua del motor y el viento entre los árboles.

Después de media hora apareció el coche de la organización que nos dijo que aquella primera etapa había sido cancelada debido a la nieve que obstaculizaba el camino.

Creyendo más en la providencia que en las inclemencias del clima, brindamos con zumos tropicales y nos pusimos a tirar fotos mientras hablábamos del pastor y sus ovejas.

Salimos  de la montaña después de un rato  de gambiteo.

Sabíamos que a Midelt, el punto de encuentro de aquella etapa fallida, quedaba un buen saco de horas y no llevábamos más referencias que los carteles marroquíes, al no disponer de conexión ni de mapa físico con el que menearnos por los nudos nacionales.

Paramos a comer unas cuántas brochetas de algo que se debía parecer al cordero en una gasolinera de la mala muerte.  Alguien la noche anterior había sacado una audaz observación.

¿Os habéis fijado que no hay burros viejos?

Asenté con omeprazol mi busaca y me atreví a todo lo que el presupuesto y la cocina iba ofreciendo.

De este modo y con algunos retortijones de más, hicimos nuestra primera parada solidarias.

Esta experiencia, repetida a diario y de forma constante, siempre fue el punto radical cada día. Por encima de la velocidad, los ríos secos y el polvo.

Esta zona de Marruecos tiene una gran afluencia de eventos deportivos con apellido solidario. Y hablamos de bereberes y tuaregs convertidos a la mendicidad. Gente que lleva milenios perfeccionando, porque le va la vida en ello, sus artimañas comerciales. Antaño se intercambiaban las distintas comunidades leche de camello con pieles, mujeres por dinero, ropas por turbantes. Ahora, a excepción de contadas tienditas y puestos, todo lo que tienen para ofrecerte es su tiempo y sus rostros comidos por la piedra.

FOTO: Democresía/Ricardo Morales
FOTO: Democresía/Ricardo Morales

Un montón de uñas partidas iban rebuscando por el maletero. Los niños son los que más presión ejercen, aupados por los padres, que les empujan a la primera línea para  que señalen las necesidades de la despensa, aunque a ellos se les escape entre legumbres y lentejas “¡Stylo! ¡Stylo!”, que significa un rotulador de cualquier color que no sea negro. No hablaron más francés que este durante nuestra parada. Con el hambre les bastaba. Y pusieron mucho empeño en explicarnos cómo hay que entenderlo.

Esta experiencia no fue gratificante de ninguna manera. Y no lo fue en todo el viaje.

Fue torpe, duro y llegué a tener sentimientos de ruindad por mi parte, pues era plenamente consciente de que estaba pagando con comida el grabar sus rostros demacrados. Asumieron que ese era el trueque. Y les parecía un precio justo, aunque no les agradase en absoluto.  No me paré a contemplarlos aquella vez más allá que por la pantalla de la cámara. No hubo Otro en el otro en esta ocasión… O sí. Porque ahora rezo por ellos.

Llegando ya a Midelt, con el cerebro embotado de una jornada tan repleta de contrastes, a las afueras de la ciudad, dos chicos y un burro, uno encima y otro tirando de las riendas, volvían a casa. Los vimos de frente. Llevaban hojas de palma colgando.

¡Anda! Es domingo de Ramos.

 

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(@CroquetaXborda) Hasta la noche del 25 de septiembre de 2019, director de nadie en Democresía. Ahora, parado con los suficientes escrúpulos para solo mentir al médico en eso de que fuma poco y hace ejercicio. Odio a Espinosa Martínez.

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