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Especial Tintín en el Atlas

Tintín en el Atlas VI: Fuego y Hojalata

En Especial Tintín en el Atlas por
Tiempo de lectura: 9 minutos

Boumalne – Ouarzazate – Marrakech – Tánger – España

Jueves 24 – Domingo 27

Otra vez en Erfoud. La misma avenida principal, los mismos cuerpos repitiendo su historia; su rumiar. Los colores y la miseria molida. Volver a estar ahí cuando el resto de participantes y organización, a esa hora, ya se encontraba en latitudes más altas era un puñado de escarcha entre las costillas. Definitivamente todo atisbo competitivo se había esfumado de nuestras ánimas. Nuestro Rally Solidario por Marruecos iba cerrando en negativo. Solo queríamos que nos arreglaran el coche para poder volver a casa cuanto antes. Sigue leyendo

Tintín en el Atlas V: Tierra y hambre (2)

En Especial Tintín en el Atlas por
Tiempo de lectura: 11 minutos

JUEVES 24 – DESIERTO DE ERFOUD

Nuestro último día en Erfoud fue definitivo en el viaje.

Salimos de madrugada del campamento ya que a las 5 de la mañana debíamos estar en el control de salida. Corríamos de noche.

Excitados por la aventura que íbamos a dibujar y por ver que estábamos peligrosamente cerca de los puestos de cabeza, salimos con determinación a hacer nuestro mejor tiempo.

Pinchamos a los pocos kilómetros de empezar a rodar. Sigue leyendo

Tintín en el Atlas IV: Tierra y hambre (1)

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Tiempo de lectura: 4 minutos

MARTES 22 Y MIÉRCOLES 23 – ERFOUD

Llevamos cuatro días en Marruecos y no siento nada.

Sé que he vivido mucho desde que salí de casa. He cumplido, a un puñado de kilómetros de Tánger -casi a la primera de cambio- con el propósito originario de mi aventura y de este escrito. He tenido ocasión de asomarme a otra persona y encontrarme a mí mismo. Pero no siento nada.

He comido un Tajín, he regateado unos fósiles, he dormido en el desierto, casi atropello a una oveja y a una madre, me he planteado comprarme una alfombra bereber. He reído las gracias de españoles que no tienen gracia y he tomado el pelo un rato largo a unos cuántos marroquíes que en ese momento aborrecía con todo mi espíritu. He cantado, bailado y reído con mis compañeros de viaje. He registrado con mi cámara el pliegue del alma de este país, a medio camino entre la miseria absoluta y una suerte de Almería a lo basto, con desierto, plástico y autopistas de peaje. Sigue leyendo

Tintín en el Atlas (III): Dunas, ruido y rojo

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Tiempo de lectura: 4 minutos

LUNES 21. MIDELT – MAR DE DUNAS – ERFOUD

A las 4:54 de la mañana suena la llamada a la oración en Midelt.

-¿Pero qué coño es esto? ¿Qué dicen?

-No lo sé. Pero es una maravilla.

Durante al menos diez minutos más, el potente canto divino  -creo que teníamos un altavoz justo encima- va revotando entre los coches, los plásticos de las tiendas de campaña y los aromáticos cuerpos del Rally, de vacaciones boca y sobaco desde Meknes. El hecho de no tener un bolsillo generoso que nos diera acceso a la pulsera negra -la del todo incluido- hizo que la mayoría de aventureros terminásemos apiñándonos en los cuatro cachos de césped que había en el camping para, de alguna forma, burlar el frío del desierto. De esta manera garantizábamos que a las 6 de la mañana, con el despertar de los motores y la recogida del campamento, nadie se quedase sin correr aquella etapa por estar rendido a los esfuerzos de la carrera. Sigue leyendo

Tintín en el Atlas (II): Brochetas, rucios y chilabas

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Tiempo de lectura: 6 minutos

DOMINGO 20 DE MARZO. MEKNES  – BOSQUE DE CEDROS – MIDELT

 

Tintín en el Atlas: Parte 1Ya disponible la primera parte de las aventuras de #TintínEnElAtlas siguiendo el recorrido del Rally Clasicos Del Atlas.Visita el episodio completo en https://democresia.es/2016/04/tintin-atlas-i-velos-corderos/

Posted by Democresía.es on Domingo, 10 de abril de 2016

 

Tras retorcer mil pueblos, de los que jamás llegaríamos a aprendernos sus nombres, extrajimos nuestra primera idea en nuestra primera tarde sobre Marruecos. Daba la sensación  que este país en el momento en el que todo estaba a medio hacer, habían decidido darlo por terminado. Era como si siguieran al pie de la letra las escrituras apócrifas de un libro extraño, donde un dios macabro no hubiera llegado al séptimo día, por estar de no sé qué resaca, y se hubiera conformado con una tierra repleta de pedruscos y bestias, sin hombre ordenado que contemplase y diera nombres a lo que miraba.

Los sacos de yeso reventado,  los escombros ardientes en la cuneta, la excesiva ventilación de las casas -con todos los ladrillos despuntando en los tejados con la misma irregularidad que la boca de un párvulo-. El adobe apretando sueños contra el suelo… Todo este caos, propio de quién está a diez cosas a la vez  y ninguna en particular, es una de las antesalas de la locura, que en este caso lleva el matiz de la miseria -que no de la pobreza- lo que le da al relato un toque ocre y crea similitudes arriesgadas entre las ficciones del San Petersburgo de Dostoievski con la realidad de tres españoles de poca barba en algún lugar del Magreb. A propósito de la referencia, recuerdo sentir una aprensión similar por el perpetuo plano secuencia que era Marruecos y cuando me tocaba leer un soliloquio del enfermo Raskólnikov o las siempre febriles y morbosas exhortaciones de Fiódor Pávlovich ; el padrísimo en “Los Hermanos Karamazov”.  Todo, ficciones y periplos; venían a parar al mismo desagüe existencial.

Todo aquel espectáculo distópico lo observábamos desde fuera sin poder ni querer ser partícipes de los asuntos de aquellos miserables, de aquellos deambuladores, que vagaban, como si de extras de “The Walking Dead” se tratase, por las calles de los pueblos. No paseaban. No caminaban. Todo era una cavilación perpetua de las distintas moradas oscuras que ataban las entrañas a la tierra. Y ese discurrir tenía un impacto palpable en el vaivén de las personas por las calles.  Lo vimos. Lo comprobamos. Avanzaban unos pasos y se acomodaban en un sitio sin más, mientras se hurgaban los bolsillos o afilaban los zapatos de cuero con el bordillo. Después miraban el suelo un rato, donde pudiera haber algún dátil espachurrado. Intercambiaban un par de palabras en un corro de cuatro o cinco chilabas y así dibujaban la portada de algún relato nocivo de los padres de la sospecha. Y después de un rato largo, vuelta al deambule.  Había miles de ellos por las calles. Muchísima gente sin ningún propósito claro, ninguna sugerencia para el espectador, más que el rumiar.

Esta observación que sacamos y que animamos al lector a que vaya a las comunidades rurales del desierto y del Atlas a contrastarla, fue el postre con el que nos despedíamos de cada repostaje, después de comer o cuando simplemente nos parábamos para averiguar en qué momento nos habíamos perdido.

Las carreteras de Marruecos están llenas de burros.

Olvidaos de los camellos y dromedarios que os hemos mostrado en nuestro engañoso tráiler. Estos  no fueron más que tres pinceladas entre las dunas. Acompañando nuestra expedición por el Atlas y sus faldas largas, nos vimos en un buen puñado de ocasiones cercados por ovejas, burros y perros del desierto. Pero sobre todo burros.

La mayoría de ellos portando carga humana o viniendo de un negocio provechoso, al ir desnudas las alforjas. Alguno que otro ya de costado, con sonrisas parecidas a las del equino de “La Pasión”, con las moscas celebrando su particular festín después del ayuno impuesto el último viernes de cuaresma.

Un par de frenadas suaves  después, para medir bien la distancia entre el camión de delante y los pollinos, llegamos  ya sin luz a Meknes. Nuestra primera noche en Marruecos. Allí conocimos los principios del Rally Solidario en el primer briefing del viaje.

Intercambiamos impresiones con su siempre alegre y liviana organización. Buscamos comodidades con personas afines en aquel caldo de anhelos que eran los más de 120 participantes venidos de toda España, Portugal y Alemania.

Al día siguiente, al escuchar el rugir de los monstruos y chatarras que nos acompañaban en la salida de la primera etapa,  y después de mil gritos entre los integrantes del equipo Newjamii -nuestro equipo- por ver que el 4 x 4 tenía horrorosas dificultades para subir la primera cuesta y porque a los tres kilómetros ya estaba apagado por sobrecalentamiento del motor,  definimos que nuestro objetivo definitivo para el apartado competitivo del Rally era terminar y llevar el coche, de una pieza a ser posible, de vuelta a Madrid.

Ya harto lejano habían quedado las risas, podios, trofeos e insulas que dibujaban nuestros espíritus la noche anterior.

Mientras se repartían las raciones de culpas, aproveché para tirar unos cuantos planos en aquel singular paraje. Arena roja, cedros, barrancos y  nieve.

David Mesa, uno de los aventureros, iba echándole en pequeñas dosis hielo del suelo al líquido refrigerante mientras negaba con la cabeza. Pablo Martínez, se lamentaba, como fue y seguirá siendo habitual, por el deber ser y la realidad del ser. Por el “deberíamos haber hecho” y “hemos hecho”.

Y en esto, cuando pareciera  por el amargor de las primeras líneas del relato, que el Otro en el otro se escapaba de los primeros vistazos que sacábamos, apareció un pastor con su rebaño.

Un centenar de ovejas peludas con sus perros guardianes se apretujaron, en la inmensidad de la montaña, junto al calor del metal que desprendía el coche.

Mirando inquisitivamente a la cámara que le atrapaba, hizo varios ademanes con la mano a David, por lo que entendimos que filmar aquella experiencia estética tenía un coste ridículo. Desembolsamos nuestro primer donativo, 10 dirhams, y nos deleitamos con aquel silencio interrumpido de vez en vez por el balar, el burbujeo del agua del motor y el viento entre los árboles.

Después de media hora apareció el coche de la organización que nos dijo que aquella primera etapa había sido cancelada debido a la nieve que obstaculizaba el camino.

Creyendo más en la providencia que en las inclemencias del clima, brindamos con zumos tropicales y nos pusimos a tirar fotos mientras hablábamos del pastor y sus ovejas.

Salimos  de la montaña después de un rato  de gambiteo.

Sabíamos que a Midelt, el punto de encuentro de aquella etapa fallida, quedaba un buen saco de horas y no llevábamos más referencias que los carteles marroquíes, al no disponer de conexión ni de mapa físico con el que menearnos por los nudos nacionales.

Paramos a comer unas cuántas brochetas de algo que se debía parecer al cordero en una gasolinera de la mala muerte.  Alguien la noche anterior había sacado una audaz observación.

¿Os habéis fijado que no hay burros viejos?

Asenté con omeprazol mi busaca y me atreví a todo lo que el presupuesto y la cocina iba ofreciendo.

De este modo y con algunos retortijones de más, hicimos nuestra primera parada solidarias.

Esta experiencia, repetida a diario y de forma constante, siempre fue el punto radical cada día. Por encima de la velocidad, los ríos secos y el polvo.

Esta zona de Marruecos tiene una gran afluencia de eventos deportivos con apellido solidario. Y hablamos de bereberes y tuaregs convertidos a la mendicidad. Gente que lleva milenios perfeccionando, porque le va la vida en ello, sus artimañas comerciales. Antaño se intercambiaban las distintas comunidades leche de camello con pieles, mujeres por dinero, ropas por turbantes. Ahora, a excepción de contadas tienditas y puestos, todo lo que tienen para ofrecerte es su tiempo y sus rostros comidos por la piedra.

FOTO: Democresía/Ricardo Morales
FOTO: Democresía/Ricardo Morales

Un montón de uñas partidas iban rebuscando por el maletero. Los niños son los que más presión ejercen, aupados por los padres, que les empujan a la primera línea para  que señalen las necesidades de la despensa, aunque a ellos se les escape entre legumbres y lentejas “¡Stylo! ¡Stylo!”, que significa un rotulador de cualquier color que no sea negro. No hablaron más francés que este durante nuestra parada. Con el hambre les bastaba. Y pusieron mucho empeño en explicarnos cómo hay que entenderlo.

Esta experiencia no fue gratificante de ninguna manera. Y no lo fue en todo el viaje.

Fue torpe, duro y llegué a tener sentimientos de ruindad por mi parte, pues era plenamente consciente de que estaba pagando con comida el grabar sus rostros demacrados. Asumieron que ese era el trueque. Y les parecía un precio justo, aunque no les agradase en absoluto.  No me paré a contemplarlos aquella vez más allá que por la pantalla de la cámara. No hubo Otro en el otro en esta ocasión… O sí. Porque ahora rezo por ellos.

Llegando ya a Midelt, con el cerebro embotado de una jornada tan repleta de contrastes, a las afueras de la ciudad, dos chicos y un burro, uno encima y otro tirando de las riendas, volvían a casa. Los vimos de frente. Llevaban hojas de palma colgando.

¡Anda! Es domingo de Ramos.

 

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Tintín en el Atlas (I): Velos y corderos

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Tiempo de lectura: 4 minutos

SÁBADO 19 DE MARZO. MADRID – TARIFA – TANGER – MEKNES

 

La espuma de afeitar de las hélices; las gaviotas en los bloques de hormigón.

El tráfico apelotonando los pitos de las rotondas; los corderos desollados colgando junto a la carretera, atrapando humores que volverán a ser devorados por su emisor.

Miradas negras y maquilladas rasgan el velo y apuntan a los barcos que vienen del vendaval de Tarifa. Entre aquel festín de lo humano, la bandera con el Sello de Salomón -verde forjado sobre los hijos de Mahoma- ondea a media altura sobre un extraño cielo nublado. Y empieza a llover. Y fabulosa sorpresa. En mi idea construida por Viajes Marsans sobre Marruecos solo había dunas, chilabas y mujeres con el vientre descubierto. Nada de agua. Nada de ruido retorcido. Nada de fósiles a espuertas esperando que cualquier coche con matrícula de azul y estrellas, símbolo inequívoco de la Europa dormida, baje la ventanilla y afloje la cartera.

Estamos en Tánger. Y no estamos preparados.

Acabábamos de salir con nuestro Land Rover de la rampa del Ferry cuando nos dimos cuenta de ello. La causa principal de esta primera conclusión fue motivada, principalmente, por el lance que sucedió con un agente de aduanas que iba abordo.

Nos obligaron a formarnos en una fila donde debíamos entregar nuestra “hoja verde”, una suerte de visado de andar por casa para que los europeos accedan a Marruecos. Al final de un par de puntos de datos personales pedían rellenar, resaltado y por partida doble, el espacio que rezaba: “profesión”. Tras someter mi sentido común a la siguiente dicotomía: hostelero o periodista; por tener medio pié entre cocinas y grasa de pato y lo que queda de uña escribiendo articulillos y hurgando historias, aposté, ¡Oh, yo; desdichado romántico! por lo segundo.

¿Periodista? ¿Qué medio?
– Freelance.
Quoi?
Freelance.

Me miró. Hizo como una arruga en el morro y mi tarjeta verde estrenó un montón nuevo sobre la mesa. Durante unos minutos aquella imagen, la del papel solitario, estuvo rotulada con un cartel  debajo que ponía “estúpido”, que por alguna razón ahora lo imagino como un constante latido fluorescente.

La verdad es que, por ahora, aquella historia no ha quedado en más anécdota que desgastar la vista al lector.

Sea como fuere, después de dos horas en las aduanas , salimos a la ciudad portuaria al tiempo que llamaban a oración a aquella masa deforme de bullicio, tubos de escape y vocerío.

Ahora que reescribo estas líneas en la amabilidad de mi desordenado escritorio, suena el jaleo propio de la obra junto a mi ventana. Una grúa trata de levantar unas pesadas vigas de hierro. Y el sonido de este intento me recuerda a las suras cascadas -por la calidad de los altavoces- que nos dieron la bienvenida a Marruecos.

Quizás por ser ignotos en el árabe, el bereber y no tener más conocimientos del francés que saber leer adecuadamente las cajitas de galletas Petit Écolier, nos vinimos arriba en aquel momento. Y pensamos, cada uno de los tres integrantes de esta aventura para sus adentros. “¿Y si están anunciando nuestra llegada?”. Por el entusiasmo de sus gentes, que se apelotonaban en cada semáforo contra nuestras ventanillas, con el fin de colocarnos sus negocios -usando al pequeño Nicolás, Paquirrín y El Corte Inglés de calzador- bien podríamos decir que así era.

Esta historia tomó el cariz de tener que ser contada algún día allá sobre el mes de octubre del año pasado. Entre pizzas, anhelos de sal y carretera tomamos una decisión que bien mellaría nuestros dientes.

Rally Solidario “Clásicos del Atlas”.

Compramos el coche más destrozado que cabía imaginar; un destronado Discovery del 93 que hacía al menos una década que se estaba carcomiendo y oxidando en alguna esquina de alguna finca toledana. Juntamos euros inexistentes de fuentes improbables para sellar la inscripción y guardar la suciedad del dorsal 712 hasta hoy. Y dejando el tiempo pasar, comprando repuestos que no sabíamos dónde poner, forzando llamadas a esperar y dinero al que echar de menos, llegó el inoportuno momento de despedirse de los pasos y tambores de Semana Santa. Poníamos rumbo hacia tierra de moros sin más expectativas que no tener que volvernos antes de tiempo.

Alguno de nosotros dijo, mientras bajábamos por la A-4, dejando al Toro de Osborne en la cuneta, que estaría bien volver de una pieza y sin grandes cambios. ¡Menudo blasfemo! ¿Acaso es posible volver de una aventura siendo el mismo? ¿Alguna vez ha empezado una aventura con el consentimiento total y el ánimo presto de quienes la conforman? ¿Qué me decís de Frodo, Sam o el propio Sancho y Don Quijote? ¿No estuvieron los primeros movidos por el destino de la Tierra Media a abandonar la hierba de “La Comarca” y los segundos a abandonar algún lugar de “La Mancha” por la desmesura de la locura del Hidalgo y el afán de ínsulas, gobiernos y vino de su escudero?

No cabía volver igual. No era deseable, en modo alguno, volver igual.

De nuestra precipitada estancia en Tánger no hay mucho que decir. Nada que pudiéramos criticar o reseñar a golpe de turista. A fin de cuentas el mismo mar acuna los mismos lamentos y anhelos a un lado y a otro. Los mismos ojos se asoman entre ventanales, terrazas y miretes. Unos, esperando noches de jaima en el Sáhara occidental, donde poder decir al volver – porque siempre hay vuelta- la “impagable” sensación de ser especial en la nada del desierto, contemplando las estrellas entre el perfil de la sombra de un camello. Otros, buscando la oportunidad de perderse entre las hileras de recolectores de fresones en Huelva – sin intención de vuelta- y con el ánimo enjugado de lágrimas al poder llenar una bolsa de Mercadona hasta arriba.

Salimos de las calles de Tánger sin haber aterrizado todavía el espíritu en África y nos dirigimos hacia Méknes. Durante las más de cuatro horas de trayecto hacia el centro de Marruecos, estuvimos cercados por un verde andaluz, por los páramos castellanos y por una hilera de árboles muertos a ambos lados de la carretera. El país crece, prospera, y hay que comerse el aire para dejar hueco al asfalto.

Recuerdo estar de copiloto, grabando todo lo que me caía en el ojo, cuando abrí la ventana para ver a qué olía este país. Y no olí nada, salvo la mala combustión de un Tuc Tuc que teníamos frente al coche. Daba bandazos. Y fijé la cámara en aquella escena entre la sorna de nuestro conductor, que dudaba, no sin razón, sobre el rigor para consumir alcohol en Marruecos.

Es ahí cuando me encontré con el primer Otro en el otro. Apoyado sobre bolsas y leños. Mirándome. Atravesando la luna del coche, mi objetivo, carnes, huesos y órganos.

Y lo primero que me dijo el Otro en el otro es “¿Qué haces? ¿Quién eres? ¿Yo soy cómo tú? ¿Tú eres cómo yo? ¡Olvídate de mí!”.

FOTO: Ricardo Morales/Democresía
FOTO: Ricardo Morales/Democresía

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