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Tiburones almibarados

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Hay un momento crítico en la historia del arte. Un lugar, un día, y una hora en la que cambió  de manera definitiva  el concepto de obra artística y que se hace imprescindible conocer, para tratar de entender la dinámica actual de un mundo en el que se venden tiburones en formol esculturas con forma globo por millones de  euros.

Son las seis de la tarde, es 2 de abril de 1917. Marcel Duchamp se detiene en el 118 de la Quinta avenida. Frente a él una tienda de objetos de fontanería.  Lo acompañan  dos amigos, Joseph Stella  y Walter Arensberg, que hacen las veces de huéspedes del joven artista francés en Nueva York.

Es en este punto en el que se produce el momento crucial. No fue espontáneo, Duchamp sabía lo que buscaba y para qué. Así, entra en la tienda, señala un urinario de la pared y lo compra. No hará más que ir a su estudio , dar la vuelta al urinario y firmar en un lateral, no con su nombre, sino con el seudónimo <<R. Mutt.>>

Entiendo las dudas, ¿es este hecho, tan  trivial en apariencia,  decisivo en el devenir del mundo del arte?¿cómo puede explicar  una realidad tan aparentemente  indescifrable como la del arte contemporáneo?.  No es, desde luego, la única razón que ha influido en el cambio de las artes plásticas hasta llevarlas  a un punto en el que muchos tenemos una sensación de absoluto desconcierto, y en ocasiones de estar siendo burdamente engañados, cuando vemos lo que se expone no sólo en ferias como ARCO, la Bienal de Venecia o el Art Basel de Miami, sino también en los grandes museos  de las capitales europeas como  el Reina Sofía ,el Pompidou ,  la Tate Gallery  o el Guggenheim. Pero volvamos a Duchamp.

La obra se tituló <<La Fuente>> y con esta aparente provocación quiso, y consiguió, dar un giro copernicano al concepto de obra artística: a partir de este momento una obra de arte no lo sería por sus cualidades  objetivas, ya no habría parámetros preestablecidos a los que ajustarse a la hora de juzgar su valor.

Obra de arte es aquello que un artista dijese que lo es.

 

El planteamiento es revolucionario  y trae causa del desprecio que no muchos años antes los impresionistas franceses sufrieron de la Academia y que los obligó a inaugurar una nueva corriente al margen de los cánones.  Este rechazo, a todas luces injustificado tuvo consecuencias absolutamente devastadoras: a partir de entonces dejaron de ser válidas las reglas, criterios y parámetros que habían guiado tanto al que creaba una obra de arte como al que la observaba y  se inicia una etapa caracterizada por la ruptura con el orden anterior; el modernismo.

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Hablar de consecuencias devastadoras puede parecer exagerado. En los primeros treinta años del siglo anterior se da una efervescencia creativa única. Surgen valiosísimos movimientos artísticos, se publican incontables manifiestos, proliferan las galerías, exposiciones y se instituye de manera definitiva la figura del marchante de arte. Pero ahí también estaban germinando muchos de los males de los que adolece el arte actual. Detengámonos a analizarlos.

Consecuencia lógica de la conclusión de los esfuerzos rupturistas por parte de Duchamp ha sido la desaparición de la crítica.

En un tiempo de plena efervescencia creativa donde proliferan sin control artistas y embaucadores,  genios y farsantes, se hace imprescindible la intervención del crítico que ayude a separar el grano de la paja, calibrando la valía de las obras creadas. Así, la labor del crítico no es sino establecer  en qué medida una creación artística se ajusta a la norma. De la misma manera que los jueces en un campeonato de gimnasia rítmica interpretan el nivel de adecuación en los ejercicios de la gimnasta a los criterios del reglamento, puntuando la ejecución y la dificultad del ejercicio, del mismo modo los críticos han de valorar la calidad de la obra en función de su adecuación a unos criterios que por la propia naturaleza de la obra artística no son estáticos sino dinámicos (no puede compararse a Giotto con Degas  porque en ambos  las pretensiones artísticas difieren).  Sin embargo, esto se vuelve imposible en el momento en que la obra pasa a justificarse por sí misma.  Si el criterio  definidor de lo artístico es simplemente que una persona considerada, por sí o por el resto, artista diga que lo es, cualquier otro juicio posterior carece de fundamento creándose el caldo de cultivo idóneo para que estafadores de toda índole se dediquen a hacer negocios millonarios a costa , en muchos casos, del dinero de todos.

Otro problema destacable es la desnaturalización de la obra de arte, cuestión ya intuida por Ortega es su “Ensayo de estética”.  La  función del artista es transmitir una emoción. Así, la realidad provoca en el individuo un sentimiento que éste transformará en  una creación artística que provocará en quien la vea, lea y escuche la misma emoción que la vida o la realidad han provocado en el autor.  La angustia sentida por Goya, el “amor constante mas allá de la muerte” de Quevedo o la alegría consustancial a Mozart, traspasan tiempo y espacio para llegar a todo el que se acerca a sus creaciones.  Este elemento parece haberse perdido. Desde los movimientos mecanicistas, dadaistas, constructivistas -el arte previo a la Europa de los totalitarismos- hasta el racionalismo arquitectónico; nos encontramos como elemento esencial la falta de emoción.

El arte se ve despojado de su esencia volviéndose frío e inhóspito.

Así,  se ha ido consolidando una tendencia que prima el elemento puramente estético sobre cualquier otro y que ha tenido como consecuencia necesaria la implantación, como decía Ortega, de un arte puramente decorativo y carente de toda solemnidad.

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La figura del artista también se ha visto afectada. Conviene llamar la atención sobre el hecho de que artista y artesano tengan una raíz común. El artista ha de tener, aunque no solo, una cierta habilidad técnica. Esta destreza técnica puesta al servicio de la transmisión de una emoción es lo que define al artista. A nadie se le escapa que Miguel Ángel  tenía con el cincel una habilidad muy superior a la de la mayoría de sus coetáneos, como sucede con Tolstoi en escritura, o  con Velázquez o Monet en la pintura. Pero esto parece haberse perdido. No se sabe qué habilidad  especial tienen muchos de los grandes nombres de las artes plásticas actuales. Nada dicen sobre ella sus obras. Ni los animales disecados en formol de Damien Hirst, ni los globos y colchonetas de Jeff Koons, ni las tiendas de campaña de Tracey Emin o las performance de Marina Abramovic nos dicen absolutamente nada del talento esfuerzo y tiempo dedicado en la realización de la obra.

 

La  función histórica de la obra, lo que podríamos llamar la responsabilidad del artista también parece haber sido dejada de lado. Las obras de arte han de permitir un conocimiento, aun cuando sea  por vía refleja del momento histórico en que se realizan. Si analizamos de manera conjunta la historia del arte vemos que, desde las pinturas rupestres de Atapuerca ,el arte ha cumplido una función esencial: ha recogido los anhelos, aspiraciones, deseos y frustraciones de las sociedades en que se creaban, anticipando cambios sociales,  políticos o religiosos.  Esto se percibe con especial intensidad en los cambios artísticos que se dan en el periodo previo e inmediatamente posterior a  la caída del antiguo régimen. La toma de conciencia por la persona de su propia individualidad  desemboca en el romanticismo. Los protagonistas de las obras ya no son motivos religiosos o mitológicos, reyes, nobles o gestas militares, sino el hombre , el individuo solo ante la inmensidad del mundo.

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Friedrich. ‘Monje a la orilla del mar’

 

Con la caída del antiguo régimen se derrumba una idea de orden, de cosmos en el que el individuo es un engranaje más.  Esta idea de soledad ante la inmensidad, la apreciamos en las obras de David Caspar Friedrich o en las ultimas pinturas de Goya. Las revoluciones liberales durante el siglo XIX , en las que la burguesía protagoniza la vida social vuelve a manifestarse en el mundo del arte de manera clara y nítida:los impresionistas salen de sus estudios para pintar en  la calle, a la gente en los cafés o descansando bajo el sol en las orillas de los ríos. Flaubert, Víctor Hugo o Dickens novelizan sobre ese nuevo mundo en el que el individuo es protagonista absoluto de la historia y por lo tanto su suerte particular ha de ser objeto de la mayor atención por parte del artista.

No soy capaz de adivinar que dirá a los que nos sucedan nuestro arte de nosotros. No sé que conclusiones sacarán de los graffiti de Banksy o de las latas de sopa Campbell de Warhol. En el mejor de los casos lo considerarán frívolo y superficial. Esto será bueno porque implicará que el proceso de desnaturalización del arte se habrá revertido, volviendo a criterios que identifiquen el merito y el talento y nos permitan evacuar, por el desagüe del inodoro, a tanto tiburón almibarado.

Manuel García-Castellón Álvarez

 

Nací en Valladolid pero pronto vine a Madrid. Estudié en el Liceo Europeo y en la Universidad Pontificia de Comillas me hice abogado. Por lo tanto, entre los principios de la Institución Libre de Enseñanza y los Jesuitas ha transcurrido mi formación. Lector. Liberal. Orgulloso de poder formar parte de este proyecto.

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