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Jon Snow y la dudosa caducidad del héroe clásico

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Los héroes ya no sirven para nada. El arquetipo clásico huele a cerrado y acumula polvo en viejas cintas de VHS o en sus reediciones en Blu Ray. Ya no hay héroes como los de antes, representantes de una moral intachablesino superhéroes con taras y letra pequeña. Gente que prefería hacer otra cosa o cuyos vicios los alejan de los valores de las sociedades a las que defienden. Los héroes, sí los del viaje del héroe, son dodos. Animales condenados a extinguirse por la voracidad de sus adversarios y la incapacidad de utilizar las mismas armas que utilizan sus enemigos para destruirlos. 

Juego de Tronos lo dejó claro. Cuando le cortan la cabeza a Eddard Stark delante de sus hijas se lo estaban diciendo a las niñas: “Tu padre de bueno es tonto”. Y ellas lo comprenden. Y tanto que lo comprenden.

La muerte del Señor de Invernalia lanza a sus hijos a una realidad para la que no están preparados. Unos mueren y las otras se tienen que transformar para sobrevivir a los peligros que su padre temía.

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Entonces, la muerte del héroe no es solo una tendencia cultural, sino una declaración de intenciones narrativa. 

El final del 8×03 constata lo que pensaba mucha gente. El Rey de la Noche y su ejército de escombros son solo un McGuffin. Que sí, que la serie empieza con ellos y que canción de hielo y fuego y que todo lo que tú quieras, pero a la hora de la verdad su único propósito dramático es demostrarnos que Jon es el héroe que todos debemos ser. Que mas allá de su mirada de tragedia griega y su pose shakesperiana es un tipo que mola y que si hay que hacer cosas de héroe, todos quietos, que las hace él. Aunque su recorrido en la trama (o su propia trama, más bien) no sea útil en el arco principal de la historia, aunque sus peripecias no pongan en riesgo el verdadero pastel de la serie: El Trono de Hierro. Sobre todo, tras ver “La larga noche”, en la que descubrimos con decepción que la metralleta de los muertos era en realidad un tirachinas. 

Mientras todos los demás personajes se pegaban navajazos en el barro él luchaba por la única causa que merecía la pena, y lo dejaba bastante clarito. Pero en lugar de ser un personaje motor que toma decisiones, la trama lo va arrojando a los lugares en los que mejor puede sacar a relucir su código ético: “Es que yo no quería ser Lord Comandante de la Guardia de la Noche” .“Es que yo no quería enamorarme de una salvaje” .“Es que yo no quería ser el legítimo heredero al Trono de Hierro”. “Es que yo no quería resucitar”. “No, yo no voy a tomar postre pero por si acaso trae dos cucharillas” . Pesado. 

La serie marginaba al personaje tanto narrativamente como geográficamente hasta prácticamente aislarlo en una trama sin la cuál la historia principal podría seguir funcionando. Pero claro, necesitábamos algo de épica en el Norte con tanto desgraciado en el Sur, mientras la serie iba aumentando en sexo, sangre, fuegos artificiales y cinismo, mientras se le permitía al fan especular con teorías cada vez más retorcidas con Cerseis, Daenerys, Meñiques y Enanos los guionistas le doraban píldora al guaperas de arriba, al chicarrón del Norte, para que quedase claro que todavía había algo de humanidad en la serie.

Como si nos tuviesen que pedir perdón por las violaciones, las torturas y las muertes horribles. En un mundo sucio, corrompido y sin ningún atisbo de esperanza Jon es el faro buenista ante tanta mezquindad.  La única respuesta ante algo que debería cambiar, como bien refleja Varys en el 8×04. Pero también un arquetipo caduco: ¿hubiese sobrevivido Jon en el Juego de Tronos del otro lado del muro? ¿Su heroicidad le mantendrían con vida o hubiese acabado como su padre y su hermano? ¿De verdad hacen falta tipos que salgan de su mundo ordinario, sientan la llamada de la aventura, se encuentren con un maestro etc etc?

Juego de Tronos parece empeñada en demostrar que sí, aun no sabemos si sometida a los mandamientos del género o en un empeño por dejarnos buen sabor de boca después de tanta sangre (una toallita de limón después de un atracón de gambas).  Porque en su universo, Jon es en realidad un personaje desfasado, un muñeco diseñado con manual de guión, que no encaja en un mundo tan cínico en el que la épica y la heroicidad son ingenuidades; rémoras de un pasado ñoño.

Me atrevo a adivinar que Juego de Tronos no se inmolará no poniendo a Jon en el Trono. Sobre todo después de tantas piruetas narrativas, puntos de giro que trafican con lo verosímil y una legión de espectadores ansiosos por ser testigos del último truco de los guionistas.

Porque quizá su final más iconoclasta podría ser el más conservador: Jon en el Trono y Poniente convirtiéndose en un lugar mejor. Y porque aunque la serie no lo echase de menos, Jon es el héroe que el espectador necesita. Por lo menos de momento.

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Licenciado en Comunicación Audiovisual, master en Guión, sus proyectos han sido seleccionados en Filmarket Hub, 3D Wire y actualmente es guionista de ficción en la productora Sr. Mono.

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