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¡Que baje Dios y lo vea!

En Democultura/Teatro por

Sería pretencioso por mi parte escribir estas líneas en pleno subidón, después del último salto con palma, del último estribillo entonando el pegadizo “step by step, bit by bit…” de Whitney Houston. Sería poco objetiva si, tras la exaltación experimentada en el patio de butacas del teatro Lara, quiero contar algo de lo que he visto; pero “La Llamada” es así. Te invita al aplauso enérgico y descompasado, a cantar desentonando ese himno del amor que es la banda sonora de “El Guardaespaldas”, te levanta de la silla, te arranca una carcajada y a la vez un hipo de decoro. Y al final, te pregunta.

Con guion y producción de los “Javieres”, Javier Ambrossi y Javier Calvo, “La llamada” abarrota cada fin de semana la corredera baja de San Pablo, en Malasaña, con su cola para entrar al campamento La Brújula. Se estrenó en mayo de 2013 en el hall del Teatro Lara: no les dieron nada más por sus atrevidos chascarrillos, ocurrencias desternillantes. Lo petaban y en su segunda temporada pasaron al escenario principal, donde vuelven cada fin de semana. Si esto no es un exitazo, ¡que baje Dios y lo vea!

En su primer cartel estaba Macarena García, ganadora del Goya a actriz revelación por Blancanieves y hermana pequeña de uno de los directores. Se Lallamadatuvo que ir a otros papeles y la llamada ha seguido con llenos protagonizados por Andrea Ros, Gracia Olayo, Belén Cuesta, entre otras. Sin olvidar al todoportentoso Richard Collins-Moore como el dios donairoso vestido de Elvis con deje británico. Todos bien dotados al micrófono, interpretando versiones de Whitney Houston o Presuntos Implicados, algunos temas compuestos por Alberto Jiménez, de Miss Caffeina y tocadas en directo por una banda con músicos de The Parrots o Plutonic. Juan Magán y Henry Méndez también tienen su hueco, pero en la megafonía. Si todo esto no es una receta explosiva, un reclamo para todos los públicos, ¡que baje Dios y lo vea!

Lo que ocurre en ese campamento de verano es lo que en cualquier alma de adolescente: que se excita, se rebela, se exalta, se encapricha, se decepciona, se enamora, desobedece, baila, bebe, duerme, reza, ¿reza?, sí. Y todo en un fin de semana. ¡Una montaña rusa de emociones! Se acentúa porque es un campamento católico, con su madre Bernarda de los Arcos y la hermana Milagros, y cómo no, con una Cruz que preside luminosa el escenario. En La brújula no faltan las tirolinas y ratos para meditación. Su disciplina y sus “favorcillos” para fugas nocturnas a la juerga.

Hay de todo en poco más de dos horas de guion cuya base son recuerdos de cualquier español estudiante de privado (o concertado) reclutado para pasar parte del verano en la sierra. Y ese cóctel es tan universal que ya ha llegado a México, Argentina, Perú y Uruguay. Porque habla de adolescentes y madurez, de fe: en uno mismo y en Alguien-o-algo, de personalidad, de elección y de preguntas sobre lo importante: ¿por qué? ¿para qué? Y ¿por qué yo? Si esto no es un asunto de vocación, ¡que baje Dios y lo vea!

Porque en la invocación no hay un destinatario concreto, sino todos. Y esa es su virtud. Tan simple y provocadora como una llamada del mismísimo Dios mediante canciones de Whitney Houston, o tan polemista como añorar tu vestido de flores después de diez años con un hábito… Quién soy y quién quiero ser. Vocación permanente revisable. Si no es una propuesta arrebatadora, ¡que baje Dios y la vea!

 

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