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Pastoral americana: rebelarse contra el vacío

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La pastoral americana es el ideal de quienes, tras la Segunda Guerra Mundial, creían que la vida en los Estados Unidos era un paseo por un prado de hierba, en el que todo es orden, paz y tranquilidad. La pastoral americana es una existencia fundada en la libertad de hacer aquello que uno desea sabiendo que, en el fondo, lo que uno quiere es aquello que todos quieren. Pero la pastoral americana se terminó con una bala en la cabeza de John F. Kennedy el 22 de noviembre de 1963. El sueño se transformó en la pesadilla real de la Guerra de Vietnam o, en las Torres Gemelas reducidas a un montón de escombros el 11 de septiembre de 2001.

Hoy en día, la pastoral americana no es más que el pavo de ‘Thanksgiving Day‘, lo único capaz de poner de acuerdo a millones de americanos durante 24 horas, capaz de suspender el malestar y las incomprensiones, cubriéndolas con aquella máscara de serenidad y seguridad que caracterizaba la vida de sus padres.

Philip Roth, autor de Pastoral Americana.

La esencia de Seymour ‘Sueco’ Levoc es esta máscara. El protagonista de Pastoral Americana de Philip Roth es el emblema del sueño americano: aquel que desde el barrio hebreo de Newark se convierte en un fuera de serie del fútbol, se casa con Miss New Jersey de 1949, se compra la mansión de piedra en Old Rimrock con la que siempre ha soñado y hace prosperar la industria de los guantes que fundó su padre, sin pisarle los pies a nadie, buscando ser amado por todos. El precio de este sueño es el vacío, una sonrisa estampada en el rostro que expresa una extrema superficialidad y una inconsciencia absoluta acerca de lo que es verdaderamente la vida. Nathan Zuckerman, una suerte de alter-ego de Philip Roth, descubre esta falta de identidad del ‘Sueco’ y queda aterrorizado. Trata de entenderle, de conocerlo, busca a alguien pero no encuentra a nadie:

“Buscas abismos que no existen. Este hombre es la encarnación de la nada”.

El ‘Sueco’ es la transposición americana del hombre sin atributos de Musil, es esa personalidad anónima que conforma las masas sin rostro que pueblan las ciudades del mundo postbélico, en el cual, para superar el horror humano, simplemente no mira hacia él, se lo olvida. El progreso, la historia del futuro, tendrá tintes luminosos si uno se limita a hacer aquello que se espera del ciudadano ejemplar. El orden, el progreso y la felicidad son la consecuencia necesaria de las leyes, del respeto del rol que la sociedad y los otros nos han reservado. La Segunda Guerra Mundial es el último capítulo de la vieja historia: ahora se abre ante el ‘Sueco’ y su generación la época de oro de la armonía, en la que todos sonríen y gozan del bien para todos.

Nadie domina más a nadie. Ese es el propósito de la guerra. Nuestros padres no están en sintonía con las posibilidades, con la realidad del mundo postbélico, en el que la gente puede vivir en armonía; personas de todo género, hombro a hombro, independientemente de sus orígenes. Esta es una nueva generación y ninguno necesita ya el resentimiento, ni ellos ni nosotros.

El ‘Sueco’ hace como todos. O, mejor, hace aquello que cree que hacen todos y piensa aquello que cree que todos piensan. En el fondo no es nadie, porque es como gusta a todos: es la envidia de todo el mundo porque logra transformarse camaleónicamente en el sueño de aquellos a quienes tiene delante. El ‘Sueco’ es el extremo en el fútbol, el pivot en el baloncesto y el primera base del béisbol; es un marine que lo da todo para defender a la patria y un pacifista en primera línea de protesta; es el estudiante modelo y el padre perfecto; el marido que todos querrían ser y el hijo que todo padre ha soñado siempre; el empleado más apasionado y el empleador más comprensivo que pueda imaginarse uno. El ‘Sueco’ es quien tú quieras ser. Y todo ello, al precio de su identidad.

Y, de golpe, todo este carnaval de máscaras salta por los aires: la historia de el ‘Sueco’ cambia radicalmente en un único instante. El sueño americano se desmorona junto con el contrabando de Hamlin y el doctor Fred Conlon, a las cinco de la mañana de un día de febrero de 1968, cuando la hija tartamuda y rolliza del ‘Sueco, Merry, detona una bomba.

“La gente suele pensar que la historia es algo que se teje a largo plazo, pero, en realidad, se te presenta delante de improviso.”

Es así, de improviso, como la historia rasga las máscaras de nuestro burguesismo, de nuestra cotidianidad, de nuestra vida simple y común, y nos desvela para nosotros mismos. Es ahora cuando el ‘Sueco’ empieza a comprender: entiende el sentido del tiempo, comprende el sentido de estar junto a los vecinos, colegas de trabajo, parientes y amigos; por primera vez se mira a sí mismo y empieza a plantearse esas preguntas insidiosas que acompañan la existencia de todo hombre que tenga el valor de estar a la altura de su humanidad.

Es conveniente un cierto tiempo para que empezase a hacerse preguntas. Y, si existe algo peor que hacerse preguntas demasiado pronto en la vida, es hacérselas demasiado tarde (…) [Seymour] no ha podido dar la espalda a aquella bomba. Aquella bomba que ha hecho explotar su vida. Su vida perfecta era finita“.

¿Por qué las cosas son como son?, ¿por qué Merry, esa hija dulce e inteligente, se transforma súbitamente en una asesina?, ¿qué sentido tiene todo esto? Estas son preguntas que explotan en la mente del ‘Sueco’ y que echan por tierra la pastoral de sus bellos ideales bien ordenados y desvelan la esencia de la existencia humana: el caos, el horror, la soledad.

Había aprendido la peor lección que la vida puede enseñar: que no tiene sentido.

Como Job, el ‘Sueco’ lo tenía todo. Y, como Job, el destino lo priva de todo.  “Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo me iré. El señor ha dado, el señor ha quitado” (Job 1,21). Pero, a diferencia del patriarca, el ‘Sueco’ no puede bendecir el nombre del Señor. El mal y el bien no tienen un sentido, no hay una lógica, una explicación, y mucho menos una fe, que pueda justificar lo que ocurre. El hombre está pendiente de un destino trágico que permanecerá hasta el final incomprensible.

¿Quién está preparado para afrontar el imposible que está por verificarse?, ¿quién, listo para enfrentar la tragedia yel dolor incomprensible? Nadie. La tragedia del hombre desprotegido ante la tragedia: esa es la tragedia de cada uno.

Si algo o alguien guía a los hijos de este destino, su rostro y su nombre permanecerán ocultos por toda la eternidad. Mientras su padre ordenaba el caos de la existencia inclinándose en la sinagoga, el ‘Sueco no alcanza a entender qué tiene que ver todo “eso” con ser humano (“Nunca he entendido que tiene que ver todo esto con el hecho de ser hombre”). Y así, la antigua ley deja libre el camino para la ley moderna, aquella reflejaba el orden de Dios y esta refleja el orden de los hombres: el cordero cede su lugar al pavo. Pero cuando explota la bomba, cuando la historia revela su curso dramático, todos estos órdenes –el humano y el divino– revelan su abstracción e ineficacia: los Levov –padre, madre e hijo– se desesperan todos del mismo modo.

Dentro de la aparente tranquilidad pastoral del sueño americano, bullen el caos y la rabia de una vida sin sentido. Quien todavía no ha caído en la cuenta, continúa recitando su parte como un bufón en esta inmensa pantomima que es la vida de las buenas costumbres y del sentido común. He aquí la hipocresía burguesa: Seymour (el bravo marido), Dawn (la mujer fiel), Orcutt (el vecino servicial) y tantos otros ‘amigos’ que se reúnen por la tarde en torno a la mesa el día de Acción de Gracias, se escandalizan de la vulgaridad de Garganta profunda, sin darse cuenta de que sus vidas son aún más confusas:

Lo que bullía bajo Garganta profunda era el argumento, mucho más desagradable y transgresor, de Merry, de Sheila, de Shelly, de Orcutt y de Dawn, de la inmoralidad, de la traición y del engaño, de la infidelidad y de la desunión entre los amigos y vecinos, el argumento de la crueldad. La parodia de la integridad humana, la destrucción de todo deber moral: ¡he aquí el verdadero tema de la tarde!

La alternativa a esta mascarada es la rebelión de Merry: el “gran no” a todo aquello que el sueño americano había predispuesto para ella. Un nihilismo profundo que mata sin siquiera mirar a la cara, porque tras la apariencia de las personas de bien como el doctor Conlon no ve otra cosa que mentiras. Los otros no se conocen. No conocemos nunca a nadie. Y mucho menos nos conocemos a nosotros mismos, porque seguimos escondidos en el rol que cada día nos esforzamos por representar. De nuevo: ¿por qué las cosas son como son?, ¿qué diferencia hay entre construir y destruir?, ¿entre traicionar o ser fiel?, ¿qué vale más?, ¿por qué?

Si no hay un sentido, entonces todo está permitido y Merry trata de revolucionarlo todo con las bombas, trata de sujetar el mundo.

Pero tampoco esto tiene sentido y termina dominada por aquello que pretendía domar: si no llegas a sujetar el mundo, átate a ti mismo al mundo. De rebelde indómita a esclava de todos, incluso de los más pequeños insectos y de las plantas: Merry se convierte al jainismo, que en el fondo es solamente otra forma de contrapastoral, un modo de desfogar la rabia que late en el interior de la tranquilidad de nuestros días.

Esclavos del mundo, de la historia y de sus caprichos: este parece ser el único destino que nos espera. Mientras las cosas nos van vayan bien, como a Jerry Levov, el hermano del ‘Sueco’ , podremos gozar y tratar de cabalgar sobre la cresta de la ola. Si, en cambio, nos van mal o si de golpe el hechizo se rompe, es inútil tratar de rebelarse, tratar de entender: no servirá para más que para aumentar el dolor, como el prisionero que, al intentar liberarse, acaba estrechando todavía más los nudos que le presionan el pulso. Cuando el sueño se convierte en una pesadilla, la única manera de huir es reírse, reírse de todo, de la vida, de nuestra testarudez en querer comprenderla y en pretender desvelar su sentido, como Marcia Umanoff al final de la novela:

Marcia se dejó caer en la silla que Jessie había dejado libre, ante el vaso lleno de leche hasta el borde, y, cubriéndose la cara con las manos, empezó a reírse porque eran tan obtusos que no veían la endeblez de todo el mecanismo; se rió como una loca de todos ellos, pilares de una sociedad que, para su mayor deleite, estaba hundiéndose con rapidez; se rió y gozó, como parecen hacer siempre, históricamente, ciertas personas, por la amplitud de las que había alcanzado el desorden galopante; gozó enormemente del debilitamiento, la fragilidad, el debilitamiento y la vulnerabilidad de las cosas que eran supuestamente robustas”.

 

  •  Artículo publicado originalmente en italiano en el blog personal de su autor, Margini.org, y traducido por Ignacio Pou para ser publicado aquí.

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