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Érase una vez el BBK Live 2018

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Hace poco más de una semana las tiendas de campaña de Quechua empezaron a poblar el monte de Kobetamendi, en Bilbao.

Aquel mar de plástico pintoresco y de promoción marcaba el inicio de una nueva edición del festival de música BBK Live 2018.

Gorillaz, The XX, Florence and the Machine, David Byrne, Benjamin Clementine, Bomba Estereo y el que le atizó con un palo de cricket en la cabeza a Liam Gallagher (o sea: su propio hermano). Una apuesta la de este año menos resultona que en otras ediciones pero que sin embargo ha gozado de una puesta en escena de talento musical -que no hits veraniegos o propuestas de Spotify- que hacía tiempo que no se escuchaba por estas latitudes.

Como ya hiciéramos en su momento con el Mad Cool del 2016, proponemos un alto en nuestro story veraniego de Instagram y nos detenemos en el que seguramente sea una de las experiencias musicales más completas e interesantes (desde un punto de vista sociológico y antropológico) dentro del panorama nacional.

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Primero, la música

Es un hecho. El BBK de este año sacó fuera de juego a muchos amantes de los 40 Principales del indie-pop. Los que gastan pasta a mansalva por ese tema que han trillado en YouTube decidieron quedarse en Madrid. E hicieron bien. Porque seguramente el BBK no habría sido de su agrado.

The XX bajó medio tempo sus canciones, adecuándose al sirimiri – después tormenta- que mojó a su público absolutamente entregado al baile de elementos. Pero no a todo el mundo le gusta la lluvia. Noel estuvo sólido y algo soso en su actuación. Solamente agitaba el público cuando fusilaba los temas de Oasis. Pero no a todo el mundo le gusta el britpop. David Byrne se cargó los convencionalismos del escenario Heineken, se descalzó y toda su banda, cada cual con el instrumento que le tocaba, iba contorsionándose al ritmo de las extravagancias de su líder, haciendo una performance más que un directo “a secas”, propio del timing que fijan los festivales. Pero no a todo el mundo le gustan los cantantes viejunos.

Florencia, por otro lado, desplegó sus brazos, se dejó tocar, permitió que un arpa le cogiera el ánimo a un público entusiasta que estaba reviviendo en aquel momento, con Dogs days are over, otros muchos recovecos de su vida.

Gorillaz, una vez más, se subió al carro de su historia y ofreció una actuación soberbia, insertando casi a mitad del repertorio la carcajada más reconocible del rock alternativo. Animaciones a toda pantalla, bailes imposibles, un espectáculo musical con todas las letras. Una vez más, el cincuentañero de Damon Albarn ha demostrado que la creatividad y el talento no se maceran con la edad sino que se van robusteciendo, pudiendo sorprender a tres generaciones por igual, haciéndoles vibrar y elevar alguna plegaria -las menos, por ser del todo francos- a los dioses antiguos y nuevos por este milagro que es la música.

Y por último, Jungle y Meute demostraron que a las orquestas todavía les queda cuerda y viento para reinventarse una y mil veces y seguir en activo en este extraño, rico y confuso panorama musical.

Después, las personas

Tras tres ediciones de trote por el camping de Kobetamendi puedo confirmar que es allí donde ocurre una parte nuclear de lo que a posteriori será el recuerdo que nos quede del BBK. Doce mil personas transpirando, riendo, comiendo, orinando en el monte, bebiendo y brindando por las causas más inverosímiles. En definitiva, un pedazo de humanidad juvenil. El tesoro más valioso y vigoroso de la vida. La reivindicación final de que seguimos vivos y que, a pesar de todo, está mereciendo la pena. Es esculpir en las pisadas chancleteras camino a la ducha, entre el griterío de #Antonio, la sentencia de Camus hacia el final de “La Peste”, “en el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio”.

Siguiendo la cronología de los hechos, del camping del miércoles a la recogida de los restos del domingo, podemos decir que un festival, como  los campamentos de nuestra infancia, es un pequeño reducto de la vida que emula a las tres categorías esenciales/estadios biológicos de nuestra condición humana. A convenir de la siguiente manera.

  1. Nacimiento: en este tipo de evento, de manifestación masiva de nuestras particularidades, se produce un parto social. Nos creamos un estereotipo para ser reconocidos por el ingente número de cuerpos que deambulan de un lado para otro. Aquí tenemos a los guiris salvajes, a los disfrazados sin remedio, a los genitales andantes, a los de torso hercúleo apabullando y haciendo pequeños a los gordinflones oprimidos por su vanidad, a las chicas reshulonas, a las vociferadoras de buenas o malas noticias, a los cansados… En fin. Creo que en este aspecto los de Pantomima Full han hecho un gran trabajo en el proceso de clasificación. Decir que en estas circunstancias festivaleras cada cual se fuerza un poco la maquinaria del ego para exponerse y ser juzgado, para, en consecuencia, establecer un primer nivel de encuentro y relación con el otro.
  2. Desarrollo: si felizmente decidimos hablar con un desconocido, cosa enriquecedora donde las haya, desplegaremos toda nuestra artillería narrativa, más o menos basada en hechos reales, para gustar, agasajar, maravillar e incluso; sí, sí, puede ocurrir, enamorar al otro. También se puede dar la posibilidad de que el tiro salga por la culata y que alguien acabe detectando antes de tiempo nuestras miserias. Bueno, en ese caso. ¡Feliz vida y buena suerte! Esta etapa es la más fructífera, la más añorada y suele situarse entre el viernes por la tarde y el sábado de madrugada. Es un salto en aquel concierto brutal, el brindis de un último chupito, un fuet arremangándose su camisa de plástico en el silencio de la noche…
  3. Muerte: el domingo hacia mediodía, el camping hace las veces de cementerio marino. El monte se convierte en una espuma blanca de neveras de poliespán, de velas olvidadas por los opulentos con sus cremalleras abiertas para cualquier saqueador burgués. De un cóctel de inmundicias donde las gaviotas que remontan la ría del Nervión se preparan para su propio festival de despojos. Mientras el aire corre donde antes estaban las tiendas, se filtra un rumor nostálgico que nos aprieta contra el suelo porque mañana seguirán las vacaciones, o no. El romance se habrá terminado, o no. Los amigos se quedarán en Facebook, o no. En el rumor tranquilo del que solo disfrutan los servicios municipales y los más rezagados, se puede contemplar un monte recuperando su dignidad, “excusándose” de este modo la ausencia al Santo Oficio porque hay cierta revelación en toda aquella miseria que ha albergado durante cuatro días tanta alegría.  La densidad histórico-ontológica que se transpira en la cola para subir al bus es tremenda. Entonces, la conclusión de este BBK 2018: además de por tus amigos y la farra, te lo has pasado bien porque muchos antes que tú se lo han pasado bien. Y si hemos creado una cosa rara llamada Wi-Fi, que nos une casi hasta tocarnos, por qué vamos a negar la posibilidad de que este prado pueda almacenar, como un disco duro ecológico gigantesco, un sinfín de emociones y razonamientos.

Por último, el amor

Para los que regresamos de esta aventura serenos, tranquilos, sin nostalgias melodramáticas, nos queda la reafirmación en la intuición primera, la más vieja y constante en la vida del hombre preocupado por sí mismo y los demás. Que el amor vence siempre. Siempre. Sin aceptar ningún género de debate posible.

Lo gritó un viejo delante de una juventud doliente. Lo han plasmado los poetas, físicos, filósofos, matemáticos y fontaneros. El amor, siempre, salva, perdona y explica el sentido de la vida. El amor por convivir con los viejos y nuevos amigos, que estarán el día de mañana, o no, pero que al menos se empeñaron durante cuatro días en trazar un anecdotario común. Es posible que algún día una cara más o menos dentada recoja como un anhelo tu vivencia y la oriente a un querer ser en el futuro. O sea, que se prepare él o ella y te responsabilice a ti para enseñarle los entresijos del oficio de aventurero. Y es a esto, exclusivamente, a lo que nos conviene consagrar nuestra vida. ¿El resto? Nuestras carreras, másteres, ocios y fatuidades que plagan las conversaciones entre las sillas de tela y las latas de latón con macarrones solo son condiciones para hacer favorable y sana nuestra relación con el amor y con el otro.

Así que ¡Viva Grande Marlaska! y que suene por siempre ¡This is Ibérica!

(@RMoralesJimenez) Aventurero en chanclas. Periodista por empeño. Felizmente casado, felizmente padre. Director de Democresía. Cuando me pongo meloso o bruto, escribo por Espinosa Martínez.

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