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Madrid era una fiesta

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Cuando llegaba la primavera, incluso si era una primavera falsa, la única cuestión era encontrar el lugar donde uno pudiera ser más feliz. Si estábamos solos, ningún día podía estropeársenos, y bastaba esquivar toda cita para que cada día se abriera sin límites. Sólo la gente ponía límites a la felicidad, salvo las poquísimas personas que eran tan buenas como la misma primavera”, Ernest Hemingway, París era una fiesta.

No muchos pueden presumir de una biografía tan repleta de aventuras, encantos y desencantos como la de Hemingway, un hombre de acción bendecido por el don de la sensibilidad artística. Fue combatiente en la Primera Guerra Mundial, corresponsal en África y en la Guerra Civil española. Su experiencia le granjeó fama y la típica imagen de tipo pasado de vueltas que no se amilana ante cualquier cosa.

Vivió con intensidad, siempre buscando una nueva meta, nuevo domicilio, nuevos amigos y conquistas. Visitó España con frecuencia, amante de su gente, sus tradiciones y sus españoles (que diría Rajoy). Estos viajes a la península le inspiraron para escribir obras como Fiesta o Por quién doblan las campanas.

A pesar de todas las experiencias excitantes e historias que el escritor americano pudo haber vivido en tantos lugares del mundo, eligió contar sólo una determinada época en primera persona, sin ambages literarios: París. En París era una fiesta, la autobiografía de Hemingway (si se puede llamar así), el autor cuenta cómo tomaba café, cómo parlamentaba con unos y con otros, su afición a las carreras o las copas que tomaba en cafés distinguidos de la ciudad.

No hay sangre, asesinatos, ni detalles sexuales. Es la pura cotidianidad de un hombre que disfruta de su día a día en la ciudad del amor. París fue una de las épocas más especiales en la vida del escritor. Repleta de calamidades y de momentos de profunda tranquilidad y desarrollo creativo. De esta lectura de la novela (hay muchas otras) se desliga una importante lección, y es que por muy ambiciosos que seamos, la felicidad está en las pequeñas cosas.

Hoy en día, más que nunca tal vez, vivimos inmersos en la ansiedad del Instagram stories, en la implacable necesidad de firmar una vida repleta de experiencias inolvidables que además todos deben conocer, porque si no la conocen la experiencia no existe. Se acerca un concierto esperado y cuando llega el día pensamos en el siguiente. Comemos en un restaurante y pensamos en el postre. Tomamos una copa en un bar y nos acordamos de cómo será la discoteca de después.

Esta dictadura del ‘luego’ encierra una ambición desmedida por vivir al límite, que no es reprochable en absoluto, porque vida sólo hay una. El problema reside, precisamente, en que esta es la peor forma de vivirla. Muchas veces disfrutas más de una tarde de cañas con amigos, debatiendo sobre política, amor y desamor, que en la mejor discoteca de la ciudad. O engullendo unas Cheeseburguer con tu mejor amigo en el McDonalds que en un restaurante de 100 euros de menú.

Hemingway deja entrever una profunda nostalgia por las sencillas vivencias que tuvo en la capital francesa. Cada pasaje evoca a uno de esos momentos cotidianos. Refleja un sentimiento de añoranza revestido en su prosa tosca, estilo único y una disimulada melancolía. Tras su apariencia de John Wayne impávido se ocultaba un corazón triste:

“…Almacenar cosas, como un baúl, o un talego con los efectos personales… Mapas marcados o incluso armas que no hubo tiempo de entregar a las autoridades competentes, y este libro contiene material de las ‘remises’ de mi memoria y mi corazón. Aunque la una se haya visto alterada y el otro no exista”.

Mantuvo su imagen de tipo duro con amigos como Scott Fitzgerald, a quien calificaba de blandengue y llorón. Pero no es oro todo lo que reluce, ni todas las sonrisas de Facebook rezuman verdadera alegría.

Hemingway se suicidó metiéndose un tiro. Las circunstancias siguen siendo una incógnita a día de hoy. Tal vez nuestro modus vivendi actual no nos conduzca al suicidio. Pero sí puede que cerca de nuestros últimos días, nos acordemos de los churros de Madrid, del perro obeso del vecino o de abrazar a tu pareja cada mañana. Podremos haber viajado, contemplado el Gran Cañón, subido las pirámides de Teotihuacán, disfrutado de una fiesta en un rooftop de Nueva York o de puénting desde el sitio más alto. Pero Madrid … Madrid era una fiesta.

Escribo sobre empresas y política en Redacción Médica. También escribo columnas y artículos sobre cine y literatura en A la Contra y Democresía. Anteriormente pasé por el diario El Mundo, Radio Internacional, la agencia de comunicación 121PR y el consulado de España en Nueva York. Aprendiz de Humphrey Bogart y Han Solo y padre de dos hijos: 'Cresta, cazadora de cuero y la ausencia de ti' y 'El cine que cambió mi suerte'.

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