Un siglo en busca de Marcel Proust

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Este 19 de noviembre se cumplieron 95 años del fallecimiento del autor de una de las obras más monumentales de la literatura, y particularmente del siglo XX: Marcel Proust. Su obra, generalmente adscrita a los movimientos modernista y vanguardista, así como al pensamiento existencialista, influyó notablemente en los escritores posteriores, al grado de considerársele, junto a James Joyce, como el creador de la novela contemporánea.

Nacido el 10 de julio de 1871 en Auteuil, uno de los conocidos barrios residenciales de París, Proust perteneció a una familia burguesa propia de la Belle époque. De constitución frágil y enfermiza, Marcel padecerá constantes ataques de asma, especialmente en época primaveral. Entre 1891 y 1895 estudió tanto Derecho como Letras, aunque sin llegar a ejercer ninguna de ellas, habiendo pasado por una mala experiencia durante quince días como pasante en el bufete jurídico de Gustave Brunet, consiguió luego un empleo bajo presiones paternas, como bibliotecario sin paga en la Bibliothèque Mazarine y posteriormente en el servicio del Depósito Legal, en el Ministerio de Instrucción Pública, abandonando tiempo después el trabajo, convencido de que dedicaría su vida a escribir.

En 1890 había conocido a Guy de Maupassant, escritor que no resultó de su agrado, y tres años más tarde al poeta y aristócrata Robert de Montesquiou, de gran influencia en su vida, y quien le introdujo en el ambiente aristocrático de los grandes salones en los últimos años del siglo. En 1894 conoció también a Reynaldo Hahn, compositor venezolano de ascendencia alemana, y una de las personalidades más importantes de su vida. Ambos personajes sirvieron como fuente de inspiración para el Barón de Charlus y el músico Vintelli, respectivamente, en la obra más representativa de Proust.

En 1896 publicó su primera obra, Los placeres y los días (Les Plaisirs et les Jours), una recopilación de poemas en prosa y relatos que no llamó mucho la atención, aunque sí lo suficiente para considerarle un diletante. Un año antes había comenzado a escribir una novela, Jean Santeuil, una obra que de alguna manera refleja el estilo que más adelante desarrollará en su obra maestra. Jean Santeuil, que en un principio se encargaría de publicar la última novela de un escritor llamado C., describe sus recuerdos a lo largo de la novela, relatando memorias de su infancia y juventud. Esta novela no llegaría a satisfacer al autor, dejándola inconclusa, y siendo publicada póstumamente en 1952, luego de hallarse y ordenarse los fragmentos que conformaban el manuscrito, al que incluso tuvo que ponérsele el título con que hoy lo conocemos.

Leyendo el libro de Robert de la Sizeranne Ruskin et la religión de la beauté y diversos artículos, Proust descubrió en 1897 al escritor británico John Ruskin, cuya obra y pensamiento influyeron en él de manera notable, fascinándole al grado de dedicarse durante unos años a traducir su obra del inglés: The Bible of Amiens entre 1899 y 1904 y dedicada a su padre, recién fallecido el año anterior, y Sesame and lilies entre 1904 y 1906, labor para la cual contó con el apoyo de su madre.

El fallecimiento de su madre en 1905 sumió a Proust en una profunda depresión, recluyéndose en el 102 del Boulevard Haussman, donde permanecerá encerrado en una habitación hasta 1919, alternando su enclaustramiento con veranos en Cabourg (hasta 1914) y cenas en el Hotel Ritz, casi sin comer, bebiendo café y dedicándose a escribir la que será su gran obra: En busca del tiempo perdido (À la recherche du temps perdu).

En busca del tiempo perdido

Originalmente titulada Les intermittences du cœur, le temps perdu, 1ère partie), hacia 1907, Proust escribió la primera parte de la novela, titulándola Por la parte de Swann (Du côté de chez Swann). En 1912 publicó algunos fragmentos de este primer volumen en Le Figaro, poniéndolo a consideración de la conocida revista Nouvelle Revue Française (tras las negativas de Fasquelle y Le Mercure de France), rechazándolo a través de André Gide, quien se basó en los prejuicios que tenía sobre la imagen de Proust para negarse a publicarlo. Este rechazo hizo que Proust, tras la también negativa de Ollendorf, llevara el volumen a Bernard Grasset, quien decidió publicarlo aceptando la oferta del propio autor de cubrir los gastos. Tras la publicación, Gide reconocerá el error y la NRF publicará el resto de la obra.

En 1919 publica Parodias y miscelánea (Pastiches et mélanges) y adquiere notoriedad al recibir el Premio Goncourt, otorgado por la Academia del mismo nombre al mejor volumen de imaginación en prosa de ese año, al que Proust se hizo acreedor por A la sombra de las muchachas en flor (À l’ombre des jeunes filles en fleurs), segundo volumen de En busca del tiempo perdido. Al finalizar ese año, se muda al 44 de la calle Hamelin, en cuyo amueblado del quinto piso tendrá su último domicilio.

Al año siguiente recibe el nombramiento de caballero de la Legión de Honor y continúa con la redacción de los siguientes volúmenes de su obra, así como con la corrección de los ya publicados. Fruto de este esfuerzo será la publicación entre 1921 y 1922 de La parte de Guermantes (Le Côté de Guermantes) y de Sodoma y Gomorra (Sodome et Gomorrhe), tercer y cuarto volumen de En busca del tiempo perdido.

Deteriorada su frágil salud, en septiembre de 1922 sufre varios accesos de asma, contrayendo bronquitis semanas más tarde. Aunque acudió al médico, no atiende las recomendaciones, incluyendo las de su hermano Robert, y contrae neumonía. Todavía a finales de octubre se encontraba trabajando: Concluye La prisionera (La prisonnière) y revisa La fugitiva (Albertine disparue), quinto y sexto volumen de su gran obra. Finalmente, Marcel Proust fallece el 19 de noviembre a los 51 años de edad, siendo enterrado el día 22 en el cementerio parisino de Père-Lachaise.

Fue su hermano Robert quien se encargó de que en 1923 apareciera póstumamente publicada La prisionera y dos años más tarde, La fugitiva. No fue hasta 1927, mismo año en que se publicó Crónicas (Chroniques), cuando se publicó finalmente El tiempo recobrado (Le temps retrouvé), séptimo y último volumen de En busca del tiempo perdido.

Para 1954 se publicaron diversos ensayos críticos escritos entre 1895 y 1900 en una recopilación llamada Contra Sainte-Beuve (Contre Saint-Beuve) y, entre 1971 y 1993, sus cartas en más de veinte tomos de epistolario. Hace unos años, en 2009, apareció publicada otra obra crítica, Chardin y Rembrandt, y en 2012 la obra inagotable de Proust continuó con una colección de once textos inéditos de crítica literaria, vida social y cultural y comentarios sobre exposiciones, titulada Le Mensuel retrouvé.

El estilo proustiano: Una magdalena en el té y la memoria involuntaria

En Por la parte de Swann somos atrapados por el Narrador, quien relata su niñez y las visitas que hacía al campo durante el verano en la ficticia Combray. Se centra después en Charles Swann, amigo de sus padres, quien se enamora de una mujer perteneciente a una clase social inferior a la suya, Odette de Crécy, describiéndonos sus intentos de conquistarla, su posterior relación, los celos y el enfrentamiento que significó para él con su círculo social.

El segundo volumen, A la sombra de las muchachas en flor, describe la adolescencia del Narrador y el noviazgo breve que sostuvo con Gilberte, hija de Swann y Odette. Tras la ruptura, el Narrador se retira con su abuela y su criada a Balbec, separándose de su madre, y es aquí cuando aparecen Robert de Saint-Loup, quien será el mejor amigo del Narrador, y su tío Palamède Guermantes, Barón de Charlus, personajes que adquirirán relevancia en los siguientes volúmenes, al igual que Albertine Simonet, sobrina de Mme. Bontemps y personaje de suma relevancia en la obra.

En La parte de Guermantes se describe a los integrantes de la familia Guermantes, de la que el Narrador anhelaba formar parte tras su regreso de Balbec, enamorándose de Oriana, duquesa de Guermantes, cuyo amor no es correspondido. En Sodoma y Gomorra, se narran las relaciones sentimentales del Barón de Charlus con otros hombres, abordándose ampliamente el tema de la sexualidad.

Para La prisionera, la historia principal es la relación del Narrador con Albertine, que ya había aparecido en volúmenes anteriores. En este volumen se describen los celos que despierta Albertine en el Narrador por sus mentiras, la sospecha de infidelidad, y la vigilancia que sobre ella ordena en París y Touraine, hasta que ella escapa. Este es el punto de partida en La fugitiva, en que el Narrador suplica a Albertine que regrese con él, enviando a Saint-Loup para convencerla. Tras la muerte accidental de Albertine, el Narrador descubre las relaciones que ésta había tenido con otras mujeres, incluyendo a Andreé, una joven con la que el Narrador pensaba casarse. Se reencontrará con Gilberte, quien está por casarse con Saint-Loup.

En El tiempo recobrado, varios años después de lo ocurrido en el volumen anterior, reaparecen varios personajes ya envejecidos, entre ellos Saint-Loup, el Barón de Charlus, Gilberte, Odette y la duquesa de Guermantes, cuyos reencuentros con el Narrador son lo que le hacen reflexionar sobre el tiempo y sus efectos. La última parte de la gran obra proustiana involucra un análisis del arte y la función de la literatura. Los efectos del tiempo no sólo sobre las personas, sino también sobre los hechos, son lo que nos hace entenderlos desde una perspectiva diferente, precisamente modificada por su inexorable paso.

Y es que la obra proustiana en su conjunto nos ofrece una reflexión sobre las relaciones y las pasiones humanas, el amor, los celos, el arte, el tiempo y la memoria, la existencia y las clases sociales, a partir de la técnica denominada memoria involuntaria, que vincula sucesos presentes con acontecimientos pasados a través de los sentidos.

Esto lo podemos encontrar en el conocido episodio de la magdalena en el té:

Hacía ya muchos años que, de Combray, cuanto no fuera el teatro y el drama de acostarme había dejado de existir para mí, cuando un día de invierno, al volver a casa, mi madre, viendo que yo tenía frío, me propuso tomar, contra mi costumbre, un poco de té. Me negué al principio pero, no sé por qué, cambié de idea. Mandó a buscar uno de esos bollos cortos y rollizos llamados pequeñas magdalenas que parecen haber sido moldeados dentro de la valva acanalada de una vieira. Y acto seguido, maquinalmente, abrumado por aquella jornada sombría y la perspectiva de un triste día siguiente, me llevé a los labios una cucharilla de té donde había dejado empaparse un trozo de magdalena. Pero en el instante mismo en que el trago mezclado con migas del bollo tocó mi paladar, me estremecí, atento a algo extraordinario que dentro de mí se producía. Un placer delicioso me había invadido, aislado, sin que tuviese la noción de su causa. De improvisto se me habían vuelto indiferentes las vicisitudes de la vida, inofensivos sus desastres, ilusoria su brevedad, de la misma forma que opera el amor, colmándome de una esencia preciosa; o mejor dicho, aquella esencia no estaba en mí, era yo mismo. Había dejado de sentirme mediocre, contingente, mortal. ¿De dónde había podido venirme aquel gozo tan potente?

El sabor de la magdalena provoca en el Narrador el recuerdo de las magdalenas que la tía Léonie le daba cada domingo en la mañana en Combray, y es ese instante el que traerá de vuelta una serie de recuerdos que creía enterrados en su memoria, de ahí que por su marcado simbolismo, se considere a Proust un autor modernista.

El modernismo, que se considera un movimiento mayormente hispanoamericano, se extendió en los últimos años del siglo XIX y en los primeros del XX como respuesta al realismo y al naturalismo de las décadas previas. Los autores modernistas aluden a un mundo bello y expresivo, contrastante con la realidad pesimista y miserable que describían los naturalistas, en contraposición a estos, los modernistas consideran al ser humano como un ser libre, dotado de sentimientos y emociones que llegan a ser idealizados.

El estilo de Proust implica hacer uso del tiempo, pero no comprendiéndolo como una línea continua de sucesos encadenados, sino como una sucesión de sentimientos que aceleran o dilatan la memoria. Por consiguiente, el Narrador en la obra, omnisciente, nos conduce a través de una estructura que no es lineal, sino analéptica, esto es, atravesando instantes y momentos no conectados de forma consecutiva, sino como resultado de los recuerdos.

Esta técnica narrativa es lo que hace que algunos consideren que Proust, más que un modernista, haya sido un vanguardista, puesto que su obra no se centra en la sucesión de escenas y acontecimientos, sino en la remembranza que trae consigo la reflexión y el abordar recuerdos que involucran necesariamente sentimientos, conflictos internos, pasiones y miedos, más que la simple descripción de hechos. La consideración del tiempo anímico por encima del cronológico, a la par del uso constante de símbolos y el interés por la interioridad de los personajes, son rasgos característicos de las vanguardias que surgieron en las artes en las primeras décadas del siglo XX, incluso como reacción al modernismo.

Marcel Proust dedicó su vida a la construcción de uno de los mayores monumentos literarios de los últimos cien años, una obra que sin duda invita a la introspección a través de la crítica de una sociedad frívola, y aunque esta sociedad aristocrática entró en crisis con la Primera Guerra Mundial, lo cierto es que Proust supo dibujar con su estética la realidad no sólo de comienzos del siglo XX, sino de las pasiones, debilidades, obsesiones y sentimientos que son comunes a toda la humanidad.

Orgulloso nativo de la Ciudad de México. Abogado de profesión, burócrata por ocupación, luterano, estudioso de la Filosofía, la Teología y la Psicología. Apasionado de las letras, la narrativa histórica, el terror y el horror cósmico, lector asiduo de Nietzsche, Kafka y Lovecraft. Combino la docencia universitaria con la política, atento a Octavio Paz, guardando distancia con el príncipe. Seguidor de Schopenhauer, pero creyente en Facundo Cabral.