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La paciencia de Svetlana Alexiévich

En Democultura/Literatura por
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El último premio Nobel de literatura recayó en la escritora y periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich, autora de libros tan deslumbrantes como originales, a medio camino entre el testimonio y la literatura. Libros como La guerra no tiene rostro de mujer, Voces de Chernóbil o El fin del “homo sovieticus”. Por las venas de Alexiévich, fluye el sentimiento de la gran literatura rusa en la forma de dos notas fundamentales: la amplitud de su perspectiva, que transmite la sensación de que nada de lo humano le resulta ajeno, y su implicación emocional en el paisaje que describe.

La historia y, en concreto, la historia soviética y poscomunista constituyen el trasfondo de su obra. Pero una historia que renuncia al gran relato y a los lugares comunes segregados por éste y se adentra en la experiencia humana de los acontecimientos, sean la II Guerra Mundial, la catástrofe de Chernóbil o el fin del comunismo.

Los libros de Alexiévich son libros de voces, de testimonios orales que la autora ha ido recogiendo con paciencia a lo largo de muchos años. Y siempre, como diría Elías Canetti, con “la antorcha al oído”. La autora filtra esas voces, las reelabora para quedarse con lo esencial, con la expresividad más definitoria y sencilla de un tiempo, una experiencia, un recuerdo.

La manera en que Alexiévich siente y cuenta al ser humano termina poseyendo tal carga de veracidad que podría definirse como una antifilosofía de la historia en el sentido de que elude cualquier tentativa intelectual o ideológica de sublimación del impacto afectivo de la historia sobre el hombre. Impacto del que solo la memoria desarticulada, arrítmica y discontinua de aquél puede dar cuenta. Ahí residiría la grandeza literaria de la escritora bielorrusa, en asumir el desorden sentimental de los recuerdos para espigar entre ellos el elixir de vidas y voces anónimas, silenciadas por la Historia, pero cuyas historias conforman la urdimbre secreta y luminosa de toda una época.

 

Quien, como Alexiévich, ha llegado a comprender los ritmos de la existencia es dueño de la ficción.

 

Quien, como Alexiévich, ha llegado a comprender los ritmos de la existencia es dueño de la ficción. Las historias esperan a la vuelta de los años, las voces aguardan rezagadas y oscuras, se niegan a confesar ante otro espejo que no sea el espejo de la verdad. Pero, se pregunta Alexiévich con insistencia, ¿cuál es la verdad de la vida? Hay imágenes brumosas del amor, del fuerte e indomable amor, como del sufrimiento y de la muerte. Tanto miedo da la vida como la muerte. Semejante es el vuelo de una bala en la guerra, la metralla zumbando en el aire al destino del hombre. La historia pequeña y minúscula resulta tan indeterminada e infinita como los grandes y solemnes acontecimientos.

Svetlana recoge muescas diseminadas por el tiempo con paciencia. Se parece a esos zapadores manchados de barro que se arrastran entre minas y obuses. O a esas sanitarias que acompañan al soldado y cargan con él cuando lo hieren o que extraen a los tanquistas envueltos en llamas mientras el enemigo no cesa de disparar. No pretende adivinar nada, ni construir nada sólido en el campo de minas de los cuerpos despedazados. Svetlana deja pasar el humo de la existencia por los orificios de un pensamiento sensible y estremecido.

El paisaje que se barrunta tras la oscuridad de Chernóbil, del comunismo, de la guerra es el paisaje de una Historia invertida, vuelta del revés, como si el final del túnel o la profundidad insondable del pozo cambiasen de perspectiva y fuesen la extraña luz de una primera mirada. Distinguimos a unos hombres, a unas voces que caminan desde el pasado al encuentro de sus recuerdos. Svetlana contempla una memoria en ebullición en el agujero más negro y solitario de la Historia.

Para Alexiévich, las ficciones son composiciones poéticas de voces que existen en el acto de imaginar retrospectivamente la dolorosa emoción de sus vidas. Pues recordar hace daño y ningún héroe de la Guerra de Troya vuelve al hogar siendo el mismo que, muchos años antes, cruzó la línea de sombra y salió en busca de su última juventud.

¿Y si el espejo de la vida, el misterio de la memoria, el dolor del recuerdo y la voz renacida de lo que fuimos disuelven definitivamente la Historia, sus filosofías y teodiceas, y el ser humano, libre en sus cenizas, vulnerable como el junco que piensa, asciende como una antorcha al oído de quien sabe captar el sentimiento de su ficción, el relato de sus lágrimas?

En una isla boscosa oculta entre los pantanos de la provincia del hombre, donde se levanta una cárcel para convictos eternos, una mujer que llegó desde el otro lado de la tierra vela al asesino del que se enamoró por carta.

Sevetlana Alexiévich estuvo allí.

Luis Gonzalo Díez (Madrid, 1972) se dedica a la enseñanza y a emborronar más páginas de las debidas. Sus gustos y aficiones son tan convencionales y anodinos que mejor no hablar de ellos. Le interesa, más que la política, el pensamiento político. Y ha encontrado en la literatura el placer de un largo y ensimismado paseo a ninguna parte. Ha publicado "Anatomía del intelectual reaccionario" (2007), "La barbarie de la virtud" (2014) y "El viaje de la impaciencia" (2018).

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