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La objetividad de la obra de arte

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Democultura da a luz a su madre y te enseña cómo invertir tu tiempo

Esta película, para mí, es una obra maestra”.

Esta frase, esquiva de cines de verano, al llegar el manto de castañas coge fuerza entre naifs, brights y kookers (me he inventado esto último. Perdón).

Recuerdo el frío que hacía aquella noche, cuando subiendo por la Calle Princesa intentaba encajar La vida de Adele, hace ya, entre mis prejuicios, mis lagunas y mis sueños más bizarros.

Ver dos mujeres buscándose la una a la otra donde cae el mundo con tanto ahínco durante ocho minutos de reloj fue una penetración visual violentísima a todos los espectadores de aquella noche en los cines Renoir.

Meses más tarde, leyendo a Manuel de Lorenzo en Jot Down sobre la genialidad/despropósito de Lou Reed con sus treinta minutos de parto en Metal Machine Music  y la  hoja, literal, que le tocó comerse a secas  a precio de oro en un amago de tres estrellas Michelín, me devolvió a mí ya perturbado presente a esas preciosidades aporreándose las perlas.

La línea que separa la genialidad de la tomadura de pelo es tan fina que a veces es interesante aproximarse a esa frontera para echar un vistazo a lo que sucede en sus inmediaciones y comprobar cómo las cosas a uno y otro lado son casi idénticas”. Esto decía Manuel de Lorenzo en su artículo y esto otro, hace un puñado de siglos, los maestros de la sátira Samaniego e Iriarte: “Nunca una obra se acredita tanto de mala como cuando la aplauden los necios (…). Si el genio desaprueba, malo. Si el necio aplaude, peor”.

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La sección de cultura de este proyecto, que aspira a ser una revista y quizás de pensamiento,  va a estar desprovista de analogías esquizofrénicas, de plumas desgastadas o de espíritus que adolezcan contratos millonarios, por ahora, por culpa de pociones, varitas o espadas de Alatriste.

Aquí seres humanos van a escribir sobre la obra, sobre cómo sus carnes se han ido removiendo con la propuesta artística y el valor añadido que ésta puede generar para los lectores, videntes o escuchantes. Si lo hay, todos estaremos contentos porque alguien se habrá esforzado en guiarnos, en insistirnos, para arrojar luz acerca de dónde colocar nuestro tiempo y nuestros enjutos bolsillos. Si no hay nada que contar más que se trata de “una película entre cuatro amigos que tenían demasiadas tardes libres y muchos tercios en el cuerpo”, mueva su capital y su tiempo a destinos más suculentos y mate con ternura su propia vida.

Advertencias de última hora. Por ende y por Michael, absténgase de leernos si cree que nuestro desértico muro de comentarios es el basurero de Beppo, donde puede arrojar toda la mierda que sus pasos han ido recopilando.

Si quiere meterse con nosotros, no use por favor nuestro muro de comentarios y póngase a escribir en Democresía.

(@RMoralesJimenez) Aventurero en chanclas. Periodista por empeño. Felizmente casado, felizmente padre. Codirector de Democresía. Cuando me pongo meloso o bruto, escribo por Espinosa Martínez.

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