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O el hombre o la ley

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Negó una vez Unamuno que fueran personajes quienes tomaban tiempo y lugar en sus novelas; eran personas, vivas, de carne y hueso; seres de entidad semejante a la nuestra –a la suya–, llevadas a escenarios extremos en la pluma innovadora de su autor. De su Creador, y aquí sitúa el vasco el centro de la reflexión que iba a identificarle con Augusto Pérez, el núcleo de su “Niebla“.

Para don Miguel escribir era, antes que literatura, antropología o psicología; sus narraciones, antes que ficciones o fantasías, ensayos, análisis, métodos de conocimiento.

Víctor Hugo publica en 1862 su “ensayo psicológico” titulado “Les Misérables“. Mucho se ha escrito de esta obra de arte –desgraciadamente, más bien del musical castellano o la película de Tom Hooper–, pero pocas veces de lo que considero la esencia del relato (con tal atrevimiento avanzo mi pobre bolígrafo).

Los miserables“, antes que una novela, es una palestra. Un lugar de combate, de confrontación entre dos tradiciones morales encarnadas en sendas personas: Bienvenido Myriel, Obispo de Digne, y Javert, inspector de policía.

Jean Valjean es el objeto, Monseñor Myriel y el inspector Javert los verdaderos sujetos de la obra. Valjean es un falso protagonista: es la contradicción de dos teóricos que barruntan intuiciones sobre la humanidad y la moral. Es la prueba, la solución del conflicto intelectual donde uno ve persona y otro infractor, delincuente.

El Obispo, como buen confesor (y en el relato del autor galo, rozando lo que hoy llamaríamos progresismo), remite el pecado y redime al pecador. Es consciente de que al acoger a Valjean y convidarlo a la mesa, luciendo ante su invitado cubertería de plata, trata a un ser humano, a un individuo que rebosa dignidad. Apenas se cae de su boca el clásico “anda, y en adelante no peques más” que surca los siglos, más bien olvida que haya existido pecado; casi no advierte la historia, la oscura biografía de su huésped. Y al traicionar su confianza el bandido –le robó mientras dormía la cubertería–, opta por su salvación. “Hoy compro tu alma para Dios“, le dice el benevolente, entregando en contraprestación del contrato un par de candelabros de gran valor. Y así expiraría años más tarde el miserable, a la luz argéntea que le atraía la piedad del ya difunto monseñor, como diciendo a Dios en el lecho de muerte: si yo conservo mi parte, y sobre ella la luz de tu siervo, tu conservarás como la tuya mi alma rediviva.

Javert es realmente un buen hombre. Es un caballero demonizado por el escritor francés, del todo extremista –todo ha de decirse; los buenos son santos y los malos diabólicos en la novela–, y exagerado por las recientes dramatizaciones. Nace en una cárcel, de padres delincuentes, y aprende de la firmeza de los férreos barrotes de su ventana y de la aspereza del hormigón que lo oprimiera el respeto al orden y a la autoridad. A la ley, en resumen; al consenso parlamentario que se hubo adueñado de la sacra volonté générale, hasta el punto de producirla en lugar de descubrirla. Y advierte desde la infancia el dios ante el que rendir la vida.

La ley, el mandato de la autoridad. ¿Qué mejor oficio que el de inspector de policía, sirviendo a Dios en la represión de los malvados? Y las personas, él mismo, no son sino ocasiones; son oportunidades para que el orden resplandezca en los actos, rutile en los corazones. Se hace carne la sentencia ockhamista (“bonum quia iusum“, es bueno porque está mandado en la ley), y aún más, entona la suya: “lex expressio Dei“.

Javert es la perfección de la dejadez española, pero no es alguien distinto: es el guardiacivil que reprime la maldad antisocial, extendiendo una multa por doscientos euros por haber infringido un “stop” en el desierto; es un radar que salta a los ciento veinticinco en una recta eterna de la A-3; es el “no está bien” de tu madre –aquel argumento definitivo– o “el deber es el deber” de tu buen consejero. Está mandado, y quien infringe es, por ilegal, malvado.

Habría que ver a Javert multando a Valjean por tomar la salida, a las 03.24 am, desde el anillo interior de una rotonda desierta de gran visibilidad. Y no castigándolo a una mazmorra por robo de alimentos con fractura.

Víctor Hugo, después de repasar la biografía del forajido, coloca un episodio completamente ajeno al ritmo novelístico –la única vez en toda la obra–: un hombre ha caído al mar desde una gran nave que atravesaba, en la noche, la inmensidad del océano. Una elocuente imagen de la sociedad dejando atrás a los ciudadanos caídos, que pierden su estatus y dignidad para abrazar los grilletes y un pasaporte amarillo. Mientras el tropel se aleja indiferente, el exciudadano se afana, lucha por la vida –la esencia de todos los seres, según Spinoza–, hasta que desfallece y se deja atrapar por la muerte acuosa, que lo liquida. Pasto, más que de tiburones, de anémonas y posidonias. Y como colofón de la sección, este párrafo que transcribo:

¡Oh destino implacable de las sociedades humanas, que perdéis los hombres y las almas en vuestro camino! ¡Océano en que cae todo lo que deja caer la ley! ¡Siniestra desaparición de todo auxilio! ¡Muerte moral! La mar es la inexorable noche social en que la penalidad arroja a sus condenados. La mar es la inmensa miseria. El alma, naufragando en este abismo, puede convertirse en un cadáver. ¿Quién lo resucitará?“.

Queda claro que aquel náufrago, Jean Valjean, es el objeto de la obra, no el sujeto. Es la gran prueba de monseiur Hugo; los sujetos son el Obispo –el autor mismo– y Javert, Ockham, el iuspositivismo que asolaba el XIX con su pérfido culto a la norma jurídica. Valjean es una excusa para la humillación de los adoradores de la Ley, odiadores de los infractores, para la humillación hasta el suicidio.

Y es que se ha querido ver el suicidio de Javert como un acto romántico. El musical castellano, magnífico, ha pecado no obstante de superficial mostrando al público un inspector vencido por un forajido en un acto de piedad; un policía que no puede soportar el perdón de un delincuente.

No fue la intención de Víctor Hugo: tras el perdón del bandido, Javert da caza por culpa de Thenardier al reo –tampoco persigue Javert a un expresidiario, sino a un prófugo que cumplía condena por ulteriores delitos de robo cometidos contra un Obispo (un gran fallo narrativo del autor) y Gervais, un crío–. Bajo sus garras la presa que le conservó la vida, le ruega unos minutos para salvar a Marius Pontmercy, moribundo, y llevarlo a la casa de su abuelo, el señor Gillenormand. Javert da las instrucciones al cochero. Y un último ruego compadece el corazón del inspector, ese buen hombre: el de ver a Cosette, explicarle lo ocurrido, revelarle quién es en verdad para no romperle el alma al corderito con el abandono del padre. Ordenó aparcar frente a la casa Javert, y le concedió con un silencio unos minutos. Cuando vuelve Valjean su mirada a la acera, Javert se había ido.

Y es esta tentación diabólica lo que llevó a Javert a la profundidad del Sena, a aquel remolino inmisericorde. Javert sucumbe a la piedad, la compasión le acomete una tierna herida en el alma. Sufre la bondad del ladrón, y no es capaz de aplicar la justicia. El inspector ilegal, pecador, que incumple la ley exonerando al infractor; el cónyuge del juez, el sumo sacerdote de la norma. Y esta nueva realidad de malvado, el demérito, la falta, le perdería. Se juzga, y para cumplir por última vez su sino, la reprensión de la ilegalidad, se da muerte en razón de castigo.

Toda la obra es una eterna elección inmutable e incomunicable: o hacer el bien a la persona, la “benevolentia“, o hacer el bien las personas. O el hombre o la ley, propone Víctor Hugo, y Jean Valjean es un puñetazo del Obispo de Digne en el escritorio de Guillermo de Ockham, incluso de Kant si me lo permiten ustedes. “Los miserables” es un divino escupitajo de Víctor Hugo en el Parlamento.

(@ChemaMedRiv) (Chema en Facebook) Grados en Filosofía y en Derecho; a un año de acabar el grado en Teología. Muy aficionado a la buena literatura (esa que se escribe con mayúscula). Me encanta escribir. Culé incorregible. Español.

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