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Dostoyevski para el siglo XXI

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“A primeros de julio, después de un calor sofocante…” No es la crónica del tiempo de este verano sino que así inicia uno de los libros más famosos de Dostoyevski y de la literatura mundial, Crimen y Castigo.

La situación es la siguiente: tenemos un estudiante en verano, ocioso, que deambula por su cuarto y por la ciudad buscando algo que quizás ni él mismo sabe identificar. Creo que hay más de uno en esa situación.Y continúa hablando de su protagonista Raskolnikov:

Estaba a tal punto encerrado en sí mismo y apartado de todo el mundo que recelaba de cualquier encuentro…

Vaya, parece que la coincidencia con el presente ya no es solo estacional parece que está hablando de nuestros políticos, o quién sabe, quizás de nosotros mismos encerrados en nuestra caverna platónica a fuerza de vagar y no encontrar.

El resto de la novela es de sobras conocido: fruto de su ambición y su orgullo, e inicialmente para solucionar sus problemas económicos, nuestro protagonista agarra un hacha y se carga una vieja usurera nociva para la sociedad. Y con esto tenía que solucionarse todo, una utopía que reclamaba la sangre ajena (las malas utopías se suelen reconocer por eso) y la cuestión será que es ahí donde empezarán todos sus problemas y una de las novelas más maravillosas que nos ha dado la literatura.

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Por razones de trabajo (y por deseo explícito, digámoslo todo) este año he tenido la oportunidad de leer y releer a Dostoyevski junto a otras personas semanalmente. Y qué sorpresa ha sido ver como el genio ruso reflejaba una a una mis inquietudes, mis límites, mis pecados y qué gran sorpresa ha sido que lo mismo sucedía con los problemas que veía en la sociedad. Sintetizaré en tres ideas lo que quiero decir:

El punto de partida

La primera tiene que ver con las utopías, los sueños que buscan colmar nuestro deseo inagotable de felicidad. Lo ejemplifica un diálogo de un gran admirador de Dostoyevski, Albert Camus en Calígula. El emperador parece haberse vuelto loco, ya que constata dos evidencias: la primera es que los hombres viven y mueren y no son felices; la segunda es que necesitan la luna, la inmortalidad, lo imposible.

La realidad tal como se nos presenta no nos satisface. Y ante esta constatación el hombre empieza a decidir cuál será su destino a través de sus actos y de su deseo.

Cómo no reconocerse en Raskolnikov: el problema no soy yo, son los otros. Si esa persona cambiara, o aún mejor, si desapareciese todo iría bien. Sacrificamos a los otros a nuestros ídolos de barro.

¡Cuántas utopías fracasadas que nos acusan en el siglo XX y XXI! Sacrificamos a los otros por nuestra comodidad, nuestros deseos de grandeza, de riqueza, de poder, a fuerza de crear “sistemas tan perfectos que nadie necesitará ser bueno” como diría T.S. Elliott.

La felicidad que surge “del suelo”

La segunda tiene que ver con una propuesta para encauzar esta pregunta que nos lanzaba Camus sobre la felicidad y el deseo. Porque de la crítica no se vive, solo es interesante si nos pone en una mejor actitud ante la realidad. Dostoyevski viene a nuestro encuentro para decirnos que nuestra felicidad se encuentra en la profundidad de la tierra, no fuera de ella ni en mundos inventados:

“¿Entiende usted, entiende honorable señor, lo que significa no tener a dónde ir? (…) Porque todo el mundo necesita un lugar donde ir”, recuerda Raskolnikov que le había dicho Marmeladov.

Imaginemos si nos mirásemos los unos a los otros con esta conciencia. De necesidad. De fragilidad. De deseo compartido. Cuántos problemas nos ahorraríamos. Nacionales, económicos, religiosos, ¡internacionales!

En otra de sus grandes novelas, Los hermanos Karamazov, Mitia (uno de los hermanos) recuerda un poema de Schiller sobre Ceres y la fecundación de la tierra para transformarla. Y ese es otro de nuestros grandes problemas. La tierra no entiende de abstracciones, solo de trabajo, de humildad, de cuidado.

Nuestras teorías pueden ser muy bonitas, pero solo seremos felices en la realidad si tenemos la humildad suficiente de bajar de nuestro orgullo y comprometernos con la tierra. Porque ella nos va a devolver lo que nosotros le demos. Solo así podemos empezar un camino humano.

Mitia nos habla desde un tiempo inmemorial:

Solo que ahí está el problema: ¿cómo pactar esta alianza eterna con la tierra? Yo no beso la tierra, no le abro el seno (…) Y cuando me sumía en la vergüenza siempre leía este poema sobre Ceres y el hombre (…) Y desde el fondo de esta vergüenza de pronto empiezo un himno.  Sí, soy un maldito, miserable y vil, pero también puedo besar el borde de esa túnica con la que se envuelve mi Dios”.

Dostoyevski no tiene miedo al pecado, porque sabe que empuja al abismo, y en las profundidades del abismo el pecador, en su dolor y humildad, encuentra la gracia, a Dios, el milagro sobre el cual es posible transfigurar (no ya solo transformar) la tierra.

En las novelas de Dostoyevski aparecen personajes luminosos que ayudan a los otros a mirarse a sí mismos y a mirar el mundo con esperanza, descubriendo esa verdad esencial de la cual todos participamos. No son personajes invasivos, poderosos o incluso evidentes. Justamente a los poderosos les suelen pasar desapercibidos este tipo de personajes, ya que no entienden su lógica de humildad y esfuerzo, de abandono al amor, de esperanza en el bien.

Dice Dostoyevski:

Al que es realista, los milagros no lo inclinan a la fe. El verdadero realista, si no es creyente, siempre encuentra en su interior la fuerza y la capacidad para no creer en el milagro. Pero si admite la fe, admitirá el milagro como un hecho natural aunque desconocido. En el realista la fe no nace del milagro, sino el milagro de la fe

O, como dijo Einstein, quién le reconoce en una carta a su hermano que tenía Los hermanos Karamázov siempre en su mesita de noche:

Hay dos modos de vivir la vida: cómo si nada fuese un milagro o hacer como si todo fuese un milagro”.

Una belleza que irrumpe en lo cotidiano

Y aquí llegamos al último punto, la belleza. Porque los milagros son un don que se puede cuidar o se puede destrozar; se puede alimentar o puede dejarse marchitar. Y nuestra vida será el resultado de lo que hagamos con lo que se nos ha dado. En las novelas de Dostoyevski tenemos ejemplos de ambas cosas.

La belleza, como decía antes, que no surge ante la instintividad, sino ante la toma de conciencia del milagro que es el otro para mí y la voluntad de que emerja el bien que se oculta en cada cosa. La experiencia nos dice con qué facilidad a menudo tratamos al otro de modo instintivo, para aprovecharnos de él o ella, y cómo nuestro corazón se reduce, se marchita cuando hacemos así, desde una comprensión de la belleza reducida, como un consumible.

Una belleza así reducida es cómoda, pero no basta a nuestro corazón. El corazón nos reclama a un esfuerzo no encaminado a alcanzar utopías imposibles sino orientado al compromiso con la realidad concreta para que adquiramos un rostro nuevo y verdadero y podamos hacer lo mismo con la realidad que tenemos delante hasta llegar a reconocer el milagro que son el otro y la realidad.

Cuando hemos sido mirados así hemos empezado a caminar. El esfuerzo que la sociedad justamente nos reclama, entonces, no ha sido simplemente por obtener cosas, sino para poder cuidar el bien, el milagro que es un mundo que con todos sus límites alberga alguien que nos mira así. Un mundo en el cual irrumpe de modo imprevisto una belleza que despierta nuestros anhelos más íntimos.

En una de sus novelas más oscuras, y por tanto más necesitadas de luz, Los Demonios, declara uno de sus protagonistas:

¿Es que no sabéis, no sabéis que la humanidad puede seguir viviendo sin los ingleses, sin Alemania y, por supuesto, sin los rusos? ¿Que es posible vivir sin ciencia pero en cambio es imposible vivir sin belleza, pues entonces no habría nada que hacer en el mundo?¡Ahí está todo el secreto, toda la historia!”.

Y esta belleza emerge en ciertas relaciones, amistades verdaderas; citando de nuevo Los demonios:

Supo tocar las fibras más sensibles en el corazón de su amigo y despertar en él, por primera vez, ese sentimiento, aún indefinido, de sagrado y eterno anhelo que, una vez que lo han conocido y lo han degustado, los espíritus selectos ya no están dispuestos a cambiar por una satisfacción vulgar.

Imaginad cada semana leer estos párrafos teniendo en mente la realidad cotidiana y social. Los problemas políticos, económicos, sociales, de relaciones entre las personas…

Sinceramente no sé si soy mejor persona después de haber leído estos libros, ojalá. Pero ha valido la pena. Aunque fuese solo por ese día que no era tu mejor día. Habías dormido mal, el tiempo no acompañaba y lo que sucede en tu trabajo tampoco. Y esa tarde te toca hablar de Crimen y Castigo a los alumnos y de repente dejas entrar a Dostoyevski allí. Justo allí.

No hay otro momento mejor, sabe moverse en situaciones complicadas. Y te pone delante el dolor, el sufrimiento, el mal, pero también la esperanza, el milagro, el amor, la felicidad… y por un momento te olvidas de tus problemas y te encuentras presente. Delante de una presencia delante de la cual todo, absolutamente todo, puede volver a empezar. Gracias Dostoyevski.

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Profesor de historia y gaudinista. Empecé el doctorado sobre la relación entre la naturaleza, la cultura y la liturgia en Gaudí pero lo dejé (aunque me sigue interesando) para dar clases de historia contemporánea en un colegio.

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