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Vice o una forma pícara de bailarle el agua a Christian Bale

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Comedia crítica de tintes macabros, el filme de Adam McKay, recorre la vida de Richard “Dick” Cheney, que ocupó varios cargos de creciente responsabilidad en la Cámara de Representantes y la Casa Blanca durante las cinco administraciones republicanas entre Nixon y George W. Bush, con el que llegó a ser el vicepresidente – doble sentido del título – que más poder ha acumulado en la historia de EE.UU. El elenco es de lujo: Christian Bale (El Caballero Oscuro, The Fighter), Amy Adams (Julie & Julia, La llegada) y Steve Carrell (The Office). Vayan al cine sin esperar un relato estricto o historicista, mucho humor negro y amargo, una crítica dura a las democracias liberales representativas, aunque pretenda limitarse solo a Cheney y a su partido, y una línea narrativa abierta a innovaciones.

El director, ex-guionista jefe de Saturday Night Live y colaborador usual de Will Ferrell (Zoolander, Anchorman), parece confirmar su deriva a un cine más ambicioso y de intenciones políticas más que humorísticas, como ya apuntaba desde La gran apuesta (2015) – que le valió el Oscar a Mejor Guion Adaptado – donde trataba los orígenes de la burbuja inmobiliaria de 2008. Esta vez el guion es original y se nota. A diferencia de aquella, en esta película la forma destaca más que el contenido y el humor termina por ser el mayor logro. No es la primera vez que McKay satiriza sobre la administración de Bush hijo -ya dirigió a Will Ferrell en un espectáculo sobre el presidente al principio de los 2000-, sin embargo, el chiste latente para el que nunca hay una punch line es muy nuevo además de mantener de una forma muy rara la tensión toda la película.

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La principal cojera del film es, efectivamente, el argumento o, más bien, la pretensión de verdad que mantiene las dos horas y cuarto que dura. McKay plantea toda la proyección como una clase amena de Historia y, aunque se ríe alguna vez de esa pretensión, no renuncia nunca a ella. Las premisas, por otro lado, son casi infantiles: la propuesta principal es la de hacer a Cheney responsable de todos los males del mundo: desde la crisis medioambiental hasta la derrota de Hillary Clinton en 2016. Al mismo tiempo, pretende demostrarnos la imbecilidad del sujeto, que no pasaría de ser un burócrata especializado; una especie de siervo de nacimiento con memoria de autómata.

Qué función cumple Hollywood hoy en el juego político no es ningún misterio. Desde la Conferencia de la ONU en El Cairo ha sido instrumental. El mismo McKay colabora públicamente con el partido demócrata. Incluso mete en la película a un votante de Trump fuera de sí, pegando a un respetuoso liberal que es el tópico de los ‘deplorable’, como los llamaba Clinton durante la campaña de 2015.

La labor de Bale, que consigue un Cheney más que satisfactorio, probablemente le valga el Oscar. Si bien parece haber tenido absoluta libertad para desarrollar el personaje como quisiera – una de las premisas iniciales y que les va a salvar de cualquier querella es que no se sabe nada sobre la labor de Cheney en la vicepresidencia –, veamos hasta qué punto es capaz de convencer a público y jurado para volver a hacerse -como ya le ocurriera en los Globos de Oro- con la estatuilla que termine por consagrarle como uno de los grandes actores de nuestro tiempo.

Educado entre el Ramiro y l'École de Cluny, realiza ahora estudios de Clásicas en la Universidad Complutense de Madrid y es director del ciclo "Oposiciones de estética y belleza" organizado en la Facultad de Filosofía y Letras. Previamente ha pasado por el Centro de Cine Internacional y la redacción de la sección cultural de "La Colina del Viento". Le gusta ver películas.

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