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Rogue One: soy uno con la fuerza, la fuerza está conmigo

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El Imperio Galáctico ha terminado de construir el arma más poderosa de todas, la Estrella de la muerte, pero un grupo de rebeldes decide realizar una misión de muy alto riesgo: robar los planos de dicha estación antes de que entre en operaciones, mientras se enfrentan también al poderoso Lord Sith conocido como Darth Vader, discípulo del despiadado Emperador Palpatine. Rogue One: film ambientado entre los episodios III y IV de Star Wars.

¿Recordáis como era todo antes de 1977? ¡Yo no! No tengo edad para haber vivido en esos tiempos, pero desde luego que el mundo del cine era muy diferente entonces. Todo estaba hecho de otra pasta, de otra forma, antes del CGI, antes de que la mediocridad se instalase en Hollywood como un huésped permanente, antes, del Imperio.

Star Wars cambió el cine tal y cómo se veía en aquel momento. Cambió el modo de pensar, el modo de actuar y el modo de crear historias en un medio artístico que andaba buscando un baluarte sobre el que hacer girar todo su mecanismo. La célebre saga galáctica fue el punto de inflexión que marcó un antes y un después. Ya nada sería igual en el cine, ni en el merchandising. Ese concepto tan americano que Lucasfilms ha sabido explotar hasta el ridículo y que tuvo su primer gran despegue dos años antes con la película Tiburón, de un tal Steven Spielberg que, en el futuro, se convertiría en el Rey Midas de Hollywood.

Star Wars es un fenómeno que nunca ha conocido límites, y, ahora, en manos de Disney, preveé ser la razón de mover a toda la familia a los cines todas las navidades, pues el plan de la casa del ratón no se limita a 2019 cuando estrene el Episodio IX de la saga, ya que su ambición tampoco conoce límites (se habla incluso de llevar alguna cámara al espacio para obtener imágenes que incluir posteriormente en la película) y, personalmente, como fan incondicional de estas historias, es algo que agradezco.

Pero el tema que hoy nos ocupa no es otro que el análisis de Rogue One, el último engranaje de la maquinaria warsie que este año ha aterrizado en los cines con las siempre estimables disputas entre fans, aficionados y entusiastas del séptimo arte. ¿Es mejor que el Episodio V? ¿Es mejor que la película del año pasado? Conflictos lógicos de un público exigente con su entretenimiento de 35 mm que desean conocer si merece la pena gastar su dinero por acercarse a su cine más cercano a contemplar la última peripecia galáctica del mundo que creó George Lucas.

Pues aquí estamos para responder genuinamente y sin reservas que sí, ¡Merece la pena ver Rogue One! Merece la pena gastar el precio actual de una entrada en fin de semana (casi 10 euros de media) para disfrutar de una de las mejores entregas de la franquicia.

Pero vayamos al grano, ¿porqué es Rogue One una cinta a considerar? Estudiemos la cinta punto por punto.

Gareth Edwards será, con total seguridad, un desconocido para la gran mayoría de lectores de estas líneas. Fue él quien nos trajo hace 2 años Godzilla, un reboot del famoso monstruo que surgió de las pruebas atómicas en el pacífico y que aterrorizaba ciudades ya en los años 50, y Monsters, en 2010, un intenso trabajo de esfuerzo por parte del director británico, en el que, además de dirigir, escribió el guión, realizó la fotografía de la película y estuvo encerrado en su casa durante casi 2 años para realizar él mismo los efectos digitales de la película. Chapó.

Su primer acercamiento al cine fue realmente interesante, más aún sabiendo el tremendo esfuerzo que desempeñó en tantas áreas de la producción. Su segundo trabajo, Godzilla, fue un auténtico desastre narrativo. Por eso, había que tomar con pinzas su implicación en la saga de Star Wars, porque podríamos tener al Edwards más entregado o al más despreocupado. Por suerte, Rogue One es su mejor trabajo hasta la fecha, una cinta hermosa, vibrante, cautivadora y bien dirigida. Adolece nuevamente de ciertos problemas que tuvo con Godzilla, como alguna que otra incoherencia narrativa, pero son fallos menores ante el espectáculo tan lujoso que se muestra en pantalla a cada minuto que pasa.

 

 

La dirección de Edwards se mueve acorde con el ritmo de la película, un in crescendo sostenido que va tomando forma después de un inicio algo tibio, que ciertos momentos parece presa de un montaje acelerado y convulso para pasar cuanto antes a la acción. Son esos momentos, los instantes iniciales de la película, los puntos más bajos de la misma, en donde el espectador puede sentirse en otra película, alejada completamente del universo Star Wars salvo por las naves, las armas o los trajes. Unos compases iniciales que adolecen de una profunda necesidad de tomar un tono oscuro, diferente a lo antes visto en la saga, pero que fracasan en su intento, convirtiéndolos en momentos inconexos, que piden a gritos un hilo conductor más lógico para moverse entre diferentes planetas, y no unos textos explicativos del lugar, una forma torpe y vaga de crear un contexto.

Pero que este desaliento inicial no turbe vuestras mentes, como he comentado antes, la película sólo asciende, como si de una función logarítmica se tratase, presentado nuevos personajes, dándoles un peso en la trama y un modo lógico de actuar. Soltando escenas de acción aquí y allí para mantener al espectador interesado mientras la trama avanza lenta pero inexorablemente hacia un climax portentoso. El mejor tal vez de los que podemos encontrar en las ocho películas que ahora forman parte de este universo.

Pero hablar en exceso de estos puntos podría hacer caer la crítica en el spoiler, ofreciendo al espectador que aún no ha disfrutado de la película de una visión adulterada de la misma, por eso es necesario trasladarnos a otros frentes, como los interpretativos.

 

La elección de casting es claramente un intento por contentar a todo el mundo. Un reparto multicultural que, está ahí para ofrecer variedad en una saga, por lo demás lineal en estos aspectos. Un actor musulmán, un chino, un japonés, un hispano, un hombre afroamericano, una mujer como protagonista y hasta un androide con intenciones de hacernos olvidar a C3PO, lo que se dice básicamente como ‘ir a la moda en las tendencias actuales de formalidad’.

Pero que estas palabras no os engañen, no importa quién realice cada papel si posteriormente su personaje está bien construido y la actuación es notable. Y esto sucede en Rogue One con prácticamente la totalidad de los miembros de ese grupo rebelde en busca de los planos de la Estrella de la Muerte. Tan sólo Forest Whitaker desentona en el que es con total seguridad el personaje más flojo de toda la película, un personaje que los más avispados conseguirán reconocer de la serie Star Wars Rebels, pero, para el resto de aficionados, un intento fallido de otorgar un peso dramático a un nuevo modelo de guía para los protagonistas.

Visualmente la película es apoteósica. Las batallas espaciales, las explosiones, los disparos, las deformaciones terrestres y los personajes (ya veréis a que me refiero), son de un realismo impactante. Una mezcla perfecta de efectos digitales y efectos especiales, una necesidad importante de las precuelas, un equilibrio entre estos dos puntos que George Lucas desechó completamente, guiándose más por las pantallas verdes que por la artesanía o la pirotecnia (de hecho el Episodio III fue el primero grabado en su totalidad en un estudio de cine, sin tomas de exteriores).

El nivel de los efectos en esta película plantea serios interrogantes sobre lo que las grandes empresas de producción de CGI serán capaces de conseguir en 15 o 20 años, y si, llegado el momento, los estudios invertirán todo el presupuesto en técnicos de efectos digitales.

Y es que la belleza plástica de Rogue One es verdaderamente incomparable, en muchos momentos los planos escogidos y el tono de los mismos son algo casi poético, digno de obras de arte pictóricas expuestas en los mejores museos del mundo. Pero, por una de cal, otra de arena, en el inicio encontramos nuevamente lo peor en el campo de la fotografía de Greig Fraser, con las tomas más oscuras, apagadas y tenebrosas de toda la película, momentos en los que el espectador puede llegar a preguntarse si realmente era necesaria tal escasez de luz o por el contrario no hubieran venido mal otros retoques en post-producción.

Una post-producción en la que tuvo un gran peso la banda sonora de Michael Giacchino.

Alexander Desplat iba a ser el encargado de la misma, pero las regrabaciones que tuvieron lugar en verano y que, sin duda cambiaron el último tercio de la cinta gracias a los retoques en el guión de Tony Gilroy, hicieron mella en las aspiraciones de Desplat, que tuvo que aparcar su participación en la película debido a compromisos con otras cintas. Fue entonces cuando Disney recurrió in-extremis a Michael Giacchino, otro laureado compositor que en Rogue One realiza un trabajo efectivo pero sin florituras. John Williams es muy grande, y sustituirle sin duda son palabras mayores. Sin embargo, Giacchino realiza, como digo, un trabajo correcto, con tan sólo 4 semanas disponibles para componer la banda sonora de la película más esperada del año, pero que adolece de ciertos momentos de caída en algunos momentos de la película, en donde la banda sonora no acompaña correctamente lo que se ve en pantalla.

En definitiva, Rogue One es una de las mejores cintas de la saga, la primera que realmente dispone de una trama autoconclusiva que impide la realización de secuelas, y que conecta (con mayor o menor acierto) esta entrega con su inminente sucesora, Una Nueva Esperanza. La valoración personal de la cinta es de un 7.5/10.

Podría escribir cientos de lineas más sobre la película, explicando en profundidad aspectos de la trama y del resto de apartados técnicos de la misma, como los protésicos, el maquillaje y las marionetas empleadas en la película, en contraposición con los personajes digitales de películas previas, pero sería arrancar la posibilidad de emoción de todos aquellos que leen estas líneas sin haber disfrutado de la película.

  • Lo mejor: El clímax final.
  • Lo peor: Un inicio torpe, mal ejecutado y peor montado. Los textos representando los planetas sobran.

Soy un enamorado del cine desde hace años, estudiante de Ingeniería Electrónica de Comunicaciones y aficionado al deporte, especialmente al ciclismo.

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