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Nueve películas que deberías haber visto en navidades

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Una lista de películas que deberían haber sido vistas en Navidad. Bien. Empecemos mal. Obviaré el criterio de la temática navideña para elegir los filmes. Me guiaré por el siguiente mantra: películas que pueden acompañarnos en lo que queda de estas fiestas.

Para ello, he escogido algunas ideas que puede suscitar el misterio de la Natividad y he acudido a películas en las que ese aspecto tenga cierta importancia. Desde diversos puntos de vista podemos afirmar que el acontecimiento de la Navidad es: histórico, surrealista, tierno, sobrecogedor, inesperado, alegre, sanador, salvífico y revelador. Seguro que me dejo algo. Ya me perdonaréis.

Disculpad también si el discurso no es muy lógico-filosófico. Aviso: spoilers antropológicos. Comienza el experimento.

 

Hotel Ruanda, histórico

La dimensión histórica de la persona de Jesús de Nazaret es imprescindible para la fe cristiana. Si su vida no ocurrió el cristianismo estaría vacío. El evangelio da noticias de sucesos extraordinarios.

Muchas veces suceden cosas que nos parecen asombrosas, increíbles, pero no por ello dejaron de ocurrir. Por ello he elegido Hotel Ruanda (Terry George, 2004).

La película da cuenta de hechos aterradores. En la comodidad de la butaca o el sofá nos puede parecer incomprensible que se llegase hasta esa situación, pero ocurrió y la historicidad del hecho es fundamental. Esa gente, e incuso nosotros, ya no podemos vivir como si aquello no hubiera ocurrido, por mucho que queramos alejarlo de nuestras conciencias.

Los acontecimientos trastocan nuestra vida, reorientan el rumbo de las naciones y, como en el caso de Jesús de Nazaret, cambian el signo de la historia entera.

Que los límites de nuestra razón no nos impidan abrirnos a una realidad que es mucho más grande que nuestras capacidades y prejuicios. A parte de esto, descubro una cierta afinidad entre el momento del nacimiento de Jesús y la guerra de Ruanda en Hotel Ruanda: genocidio y matanza sistemática, ambos por cuestiones “políticas”; lugares de refugio, ya sean hoteles, establos (por ausencia de hoteles) o Egipto; una nación pequeña “intervenida” por una organización internacional de naciones; un censo; la figura del salvador de un pueblo perseguido; etc.

 

Le Havre, lo surrealista

 

Judíos y gentiles debieron pensar que eso de que Dios se hiciera hombre de aquella forma era absolutamente surrealista. La mala calidad de esta invención sólo podía tener por autor a algún hortera de provincia (romana).

El mito es tan mediocre que ni siquiera la fagocitosis crónica de la religiosidad imperial podría asimilarla. Surrealista.

También a día de hoy existen datos prácticamente desterrados de nuestras historias y nuestras explicaciones del mundo. En la actualidad es la bondad auténtica, el bien por el bien, lo que no se tolera con facilidad a no ser que esté revestido de animación (2D o 3D) cierta superheroicidad o surrealismo. Le Havre (Aki Kaurismäki, 2011), fundamentalmente, es surrealista.

Por ello, hasta las cosas más extrañas, como la bondad en estado puro, están permitidas en este filme y en su género. Inclúyase bondad verdadera y genuina en una serie actual, en una película “realista”, en una recreación histórica que cuenta la verdad de cierto hecho; no tardará mucho en venir un productor con las tijeras. Los casos de lo contrario son pocos en proporción al volumen de producción global. La bondad auténtica es surrealista. Este tipo de relatos, como Le Havre, parecen ser tan pretendidamente fantásticos, tan falsos históricamente, que todo está permitido, incluso la bondad.

Pero, oiga, no mezclemos mitos y sucesos, no pretenda que esa historia mala de Jesús sea una realidad tangible como lo es el impuesto al César. Realidad, ante todo realidad.

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La legión invencible, la ternura

 

¿Puede ser tierna una película sobre un convoy de la caballería de los EEUU que cruza unas tierras atestadas de indios “multitribu”?

En el caso de La legión invencible (John Ford, 1949) sí. Las relaciones que se establecen en esta película están transidas de una ternura auténtica y nada moñas, cosa muy difícil de conseguir en imagen fílmica.

Pienso que este aspecto de la cinta conecta muy bien con la situación de la familia de José, el carpintero, que narra el Evangelio según san Lucas. Pintores y creadores de todo tiempo han intentado plasmar aquellas situaciones que debieron suceder en el acontecimiento de la Navidad pero que por razones históricas no son registradas notarialmente en el texto neotestamentario.

John Ford revela que en la fría historia del convoy de la caballería de los EEUU que cruza unas tierras atestadas de indios “multitribu” hay una riqueza asombrosa en las relaciones de sus protagonistas, que, no por estar sujetas al respeto militar de la caballería, dejan de ser profundamente tiernas. Quizá así podemos pensar en lo que no se cuenta pero realmente sucedió en torno al misterio de la Navidad. En cualquier caso, la ternura presente en La legión invencible nos sitúa en un eje de coordenadas afín a los sentimientos navideños.

 

Prisioneros, sobrecogedor

Algunos acontecimientos, quizá por su naturaleza discreta y sencilla, a pesar de ser portadores de gran bondad y belleza, pasan desapercibidos. Este tipo de realidades sólo nos sobrecogen cuando tomamos conciencia de su trascendencia y, por qué no, de nuestra vinculación personal con ellas. Existen otros hechos que nos sobrecogen de manera bestial, tienen una fuerza imponente incluso en sus capas más superficiales, nos sacuden con violencia.

Este es el caso de Prisioneros (Denis Villeneuve, 2013). Una de las claves de lectura de esta cinta es el Padrenuestro, que se reza en momentos relevantes de la película. Podría decirse que es la historia de un padre que busca a su hija desaparecida, pero quizá es más justo afirmar que se trata de la historia de una tortura o, mejor todavía, de la tortura. El padre encuentra a un sospechoso realmente sospechoso y le aplica el mismo procedimiento criminal que seguramente ha sufrido su hija: el secuestro.

Una vez encerrado, el joven sospechoso, que tiene discapacidad intelectual, es sometido a tortura durante varios días con el objeto de averiguar qué ha ocurrido con la niña en cuestión. El padre torturador también sufre su tortura particular a manos de la incertidumbre, el temor atroz por el estado de la niña y sus propias acciones y pensamientos, que no consiguen otra cosas que aumentar su sufrimiento.

En tercer lugar, el espectador también es torturado. Hasta el mínimo detalle de la película hace pensar al espectador “Ojalá nunca hubiera comenzado a ver esta película porque ahora no puedo dejar de verla a pesar del sufrimiento”. Esta sensación está tan presente que incluso el tronco de un árbol retratado en un sinuoso travelling nos hace sentir como si el acontecimiento más trágico de nuestra existencia estuviera pronto.

¿Para qué tanta gaita con Prisioneros? Para mostrar el contraste entre lo que puede llegar a hacer un padre para recuperar a su hija y lo que puede llegar a hacer el Padre para entregar a su Hijo. Tanto aman ambos padres y de formas muy diferentes nos sobrecogen sus modos personales de amar.

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Operación Pacífico, lo inesperado

En la mente judía, las diversas posibilidades de la hipotética-profética forma “Mesías” distaban mucho de lo que finalmente resultó ser. Jesús de Nazaret es el gran esperado pero Él, en sí mismo, es inesperado. “Esperábamos otra cosa, la verdaz”, cuentan las crónicas del tiempo.

Tantas veces esperamos y recibimos lo que no esperamos, aunque ello nos convenga. Me parece que es uno de los argumentos más fantásticos que existen. Nos ponen en nuestro sitio.

Un ejemplo de los muchos que ofrece el cine es Operación Pacífico (Blake Edwards, 1959). Prácticamente todo lo que le sucede al submarino en el que se desarrolla la acción y a su tripulación es tan inesperado como necesario. Esas tres mujeres hacen más hombres a estos marinos, incluso los hacen más marinos. Ya digo, es un ejemplo de muchos para reflexionar sobre lo necesario que es en nuestra vida que nuestras conjeturas no sean la norma, que lo que planificamos desaparezca en virtud de otro plan mejor; no distinto: mejor. Que el Mesías no echa fuego por los ojos, como Cíclope, sino que se entrega voluntariamente. Que el submarino no pasará inadvertido, sino que lo vamos a pintar de rosa. Al final ambos vencerán.

 

Wall-E, la alegría

 

Wall-E (Andrew Stanton, 2008) es la alegría de y en el otro. El encuentro cambia la vida robótica de Wall-E por completo.

Solos, gestionamos maulas y cagarrutas; y poco más. ¡Ah! ¡Sí! También nos enganchamos a series; y, ahora sí, poco más. Con el otro despegamos de esta situación gestora y somos conducidos a un mundo de posibilidades que son tales precisamente por el vínculo con el otro. Esta experiencia, profundamente humana, se presenta en la vida de Wall-E como el acontecimiento fundamental que cambia el signo de su existencia.

El máximo exponente de esta pretensión transfiguradora en la historia de los terrícolas es Jesús de Nazaret. La alegría a la que quiere conducirnos el Niño pasa por un cambio total en la narrativa de nuestra biografía.

Se acabó eso de procesar ñordos en un planeta decrépito. Nos vamos de romería más allá de la estratosfera con una amiga y, juntos, seremos testigos y protagonistas de la resurrección de nuestro mundo. Lo que empezó con una gran alegría terminará con otra aún mayor, definitiva, perpetua y, por el momento, desconocida.

 

El capítulo sexto de Hermanos de sangre, sanador

El capítulo sexto (David Leland) de la serie Hermanos de sangre (Steven Spielberg, Tom Hanks, 2001) tiene como punto de referencia las peripecias del sanitario de un grupo de soldados estadounidenses que combaten en Europa durante la Segunda Guerra Mundial.

A través de los ojos de este muchacho, Eugene Roe, contemplamos la miseria, la necesidad que el hombre tiene de ser sanado, la dimensión bélica de toda realidad (que está presente metafóricamente) la urgencia de una compañía adecuada en el dolor.

No es un capítulo alegre. No puede serlo. La figura del sanitario está marcada por la tristeza y su propia limitación para ayudar realmente a quienes lo precisan. La dimensión religiosa está especialmente presente en este episodio. De forma algo extraordinaria, contemplamos al mencionado miembro del ejército estadounidense muy alejado de su tropa y muy cercano al hospital de campaña que una organización católica ha montado en medio del caos.

La presencia de las enfermeras y religiosas nos habla del único que puede sanarnos. La maternidad que irradian estas mujeres nos recuerda a María, y a la Iglesia, que en el misterio de Navidad alumbra a Cristo y prefigura la imagen del Pueblo de Dios que recibe la revelación plena del Padre. La Navidad es la posibilidad real de ser sanados.

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El último hombre sobre la tierra (Soy leyenda), salvífico


La experiencia nos dice que no podemos salvarnos a nosotros mismos. Nos salva otro. No en vano, es habitual que el villano de la película diga aquello de “cuando quieres que algo salga bien debes hacerlo tú mismo”. Poco después de esta declaración los planes del antagonista se frustran.

La autosuficiencia, la autonomía anabolizada, el individualismo (rampante en los ideales a pesar de su imposibilidad ontológica) son signos de corrupción de la naturaleza humana. El último hombre sobre la tierra (Ubaldo Ragona, Sidney Salkow, 1964) juega con la polisémica figura del protagonista, que es humano y, a la vez, redentor. Su aspecto humano queda intacto, pero su aspecto redentor se reduce a la dimensión de víctima; tampoco pretende otra cosa.

Ficciones como esta ponen de relieve la necesidad de que haya por lo menos una víctima que sea capaz de sobreponerse al sacrificio; más allá de su legado, me refiero. Jesús de Nazaret se presenta como el totalmente hombre sobre la tierra desde el principio. Su humanidad no ofrece duda. De momento (en tiempos del emperador César Augusto) está por ver si será el Salvador o será un mero último hombre sobre la tierra que, a pesar de su carácter heroico, sigue reclamando una digievolución cualitativa.

 

Apocalypto, revelación 

El nacimiento de Jesús de Nazaret es un momento de especial trascendencia en la historia de la salvación. Cristo es la revelación plena y definitiva de Dios en la historia. La revelación consiste en un auténtico diálogo en el que Dios se automanifiesta y el hombre responde.

A su modo, en Apocalypto (2006) Mel Gibson reflexiona sobre lo que puede suponer la llegada de la fe a la vida de unas comunidades que viven la cara más salvaje de las culturas precolombinas. Los yanquis suelen llamar Libro de la Revelación al mismo texto que nosotros conocemos por Libro del Apocalipsis, el último testimonio de la revelación divina en la Sagrada Escritura. Un apocalipsis es una revelación, un descorrimiento del velo.

Eso muestra el filme de Gibson. En el caso del texto neotestamentario se habla del descubrimiento del sentido profundo de la historia del mundo, sólo comprensible desde Jesucristo. Las tinieblas en las que se mueve el hombre antes de la revelación están elocuentemente plasmadas en la cinta, a la vez que nos muestra que la revelación es imposible sin otro que nos la comunique.

En contra de lo que se pueda pensar, Apocalypto es una película especialmente recomendable para ver en Navidad porque nos recuerda la necesidad de la revelación plena y definitiva de Cristo para orientar la propia vida a la plenitud.

 

  • NOTA: Lejos, muy lejos de mi intención hacer una lectura pastoral de estas películas. Sólo he pretendido mostrar la afinidad que –en diversos niveles– se da entre estas historias y algunos aspectos de la Historia más grande jamás conta

Responsable del Área Audiovisual y ejecutivo de cuentas en Apóstrofe Comunicación desde 2011. Profesor en los grados de Comunicación Audiovisual y Creación y Narración de videojuegos. Cursó estudios de Humanidades, Comunicación, Cine y Matrimonio y Familia. Coautor de "El antifaz transparente. Antropología en el cine de superhéroes" (Ediciones Encuentro, 2016).

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