Revista de actualidad, cultura y pensamiento

Kusturica: la Identidad entre la fantasía y realidad

En Cine/Democultura por
Tiempo de lectura: 4 minutos

En 1991 Emir Nemanja Kusturica perdió su país, y su Identidad. Hijo de padre serbio ortodoxo y madre bosnia musulmana, asistió perplejo a como desaparecía la vieja Yugoslavia, la “unión de los eslavos de sur”.

Su obra y su vida aparecen como ejemplo historiográfico, desde el cine, de la creación y destrucción de la Identidad, personal y colectivamente en nuestro devenir contemporáneo; y sobre todo de cómo ésta afecta a los hombres y mujeres en una vida cotidiana donde lo real (lo que supuestamente vivimos) y lo mágico (lo que hubiéramos deseado que pasara) se conectan indisolublemente.

Director galardonado, guionista y actor puntual, y músico experimental. A veces excepcional, en ocasiones excesivo, Kusturica creó una obra cinematográfica con una identidad marcada: seres humanos perseguidos por su pasado, marcados por sus raíces, con una forma de ser siempre curiosa persiguiendo, a través del amor y de la comunidad, de “lo identitario” que nos une o nos separa. Y siempre con la música de fondo del magistral Goran Bregovic en las escenas dramáticas, y con la irrepetible música étnica de voces búlgaras y bandas populares de bodas, bautizos y funerales. El retrato antropológico de una generación a inicios de la Mundialización, y el repertorio etnográfico de pueblos que se niegan a desaparecer.

 

El director serbio Emir Kusturica.

Personaje público, ideólogo antiliberal y nacionalista serbio. A veces coherente en ocasiones incoherente, pero siempre buscando los orígenes de su Identidad. Su vida nos muestra a un nuevo fiel ortodoxo (desde su conversión en 2005, bautizado el día nacional de Đurđevdan) tras desentrañar las raíces de su familia en la islamización turca de Montenegro; a un Bosnio (nacido en Sarajevo) con nacionalidad serbia y al último “yugoslavo” que añoraba la paz y la fraternidad que recordaba de su niñez en el antiguo país comunista. Un creador alternativo en su juventud atraído por las modas liberales, y un doctrinario antiglobalización en su madurez, declaradamente prorruso (galardonado por el mismo Putin en 2016) y amigo de “populistas” latinoamericanos, capaz de realizar un documental hagiográfico sobre el inefable Maradona (2008) y recoger con orgullo la sagrada Orden de San Sava (2012).

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR  Literatura, poesía y cine. La verdad en un juego de mentiras

Larga y polémica búsqueda, propia de una persona libre para hacer y para errar, como lo ha sido siempre Emir Kusturica; un cineasta que un día perdió su Identidad.

El sueño americano

Alumno destacado en la prestigiosa Academia de Artes Interpretativas (FAMU) de Praga, comenzó una meteórica carrera con su amigo y guionista Abdulah Sidrán. Sus primeras y galardonadas películas, ¿Te acuerdas de Dolly Bell? (Sjecas li se, Dolly Bell, 1981), León de Oro en Venecia, y Papá está en viaje de negocios (Otac na službenom putu, 1985), Palma de Oro en Cannes, mostraban las claves de su singular universo cinematográfico, tanto visual como discursivo: la fantasía entrelazada con la realidad, en los sueños y miserias de personajes que se interrogan, muchas veces patéticamente, de su lugar en el mundo.

Seguidor reconocido de Renoir y Fellini, alcanzó la cima, la experiencia norteamericana. En la meca del cine creó Arizona dreams (1993), donde un neoyorkino (Johnny Deep) regresaba a su originario y árido mundo rural (como ese pez que recorre el desierto a lo largo de la película), habitado por personajes que hacen cosas no tan surrealistas en situaciones no tan normales, buscando la esperanza y encontrando la tragedia (perseguido por “el coche de la muerte” narrado por Iggy Pop).

Faye Dunaway y Johnny Depp en Arizona Dreams

La leyenda de un pueblo

En Tiempo de Gitanos (Dom za vesanje, 1989) contaba la leyenda de un pueblo proscrito. Mostraba las miserias y los mitos de los gitanos de Europa de Este, zíngaros caricaturizados bajo etiquetas de crimen y leyendas de superstición, y migrantes despreciados y explotados sexualmente en la próspera Italia; pero con un alma colectiva que los unía, desde sus raíces ancestrales, bajo la estremecedora canción Erdelezi (reinterpretada por Bregovic) en la magia de la noche de San Esteban.

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR  Cine, superhéroes y democracia (I): El mito

Tragedia convertida en alegría en Gato Negro, Gato blanco (Crna mačka, beli mačor, 1998), donde los gitanos serbios, representados en un circo vital bajo un inmenso campo de Girasoles y la emotiva sinfonía Dinje rinji bubamara, soñaban con el matrimonio y la riqueza, entre “simpáticas” bandas criminales y estereotipos no tan inverosímiles. Y en Prométeme (2007), con las idílicas comarcas de Zlatibor de escenario, Kusturica concluía, a modo de trilogía, su perspectiva folclórica del mundo rural balcánico, donde las lealtades familiares y los vínculos mafiosos convivían en imperfecta armonía con la fe en lo divino y las bodas por amor (con esas trompetas zíngaras acompañando cada cortejo).

Fotograma de Gato blanco, gato negro

Los mitos de la guerra

En un viejo sótano yugoslavo se mantuvieron vivas la identidades olvidadas y los conflictos eternos. Underground (1995). Engañados por un líder sin escrúpulos, cientos de ciudadanos de Belgrado asediados por los bombardeos alemanes durante la II Guerra Mundial, se refugiaron bajo tierra, viviendo y muriendo en él durante décadas. Y en 1991, por azar del destino, volvieron a la superficie, y volvieron a la Guerra. Palma de Oro en plena lucha en las aldeas de Bosnia, la polémica le llevo a ser censurado, acusado de proserbio por una película donde los actores del presente se insertaban en las imágenes del pasado (al modo de Forrest Gump).

La Historia se repetía, como “un eterno retorno”, y los actores eran los mismos; aquellos que hicieron imposible una Yugoslavia multiétnica y multiconfesional, el sueño de su  infancia. Años después, con la singular música de su renacida banda The no Smoking Orchestra, en La vida es un milagro (Život je čudo, 2004) un serbio y una bosnia ansiaban unirse en tiempos de matanza entre antiguos hermanos (“la Guerra de Bosnia”) y soñaban huir en una cama voladora de la incomprensión general. Y un último amor imposible, casi en el ocaso vital y también en periodo bélico, pretendía En el curso de la vía lactea (Na mliječnom putu, 2016) unir para siempre al actor Kusturica y la mítica Belucci, como un Adán y una Eva contemporáneos, entre la supervivencia y las bombas, entre las palabras de Pasión y las palabras de Dios.

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR  Cuando el silencio narra la historia
Belluci y Kusturica en una escena de En el curso de la Vía Láctea

 

Profesor de la Universidad de Murcia, es historiador, doctor en política social e investigador acreditado en análisis historiográfico y social a nivel nacional e internacional.

Lo último de Cine

Ir al inicio
A %d blogueros les gusta esto: