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Casa Anselma: una guía para salir del mundo

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Refrescaba en la madrugada de Triana. Lo suficiente como para considerar un error de bulto el haber dejado media botella de Pata Negra en el coche para un después que nunca llegaría.

Íbamos el padrino y yo siguiendo la recomendación de Google -“flamenco gratis”-, por las callejuelas húmedas y sin vida de otro jueves desapacible de cuaresma.

A mí, no sé si al padrino le pasaba igual, me daban ganas de humillar aquellos vídeos promocionales de la Andalucía soleada; de los rebujitos apretados a pie de tablao, de las luces ceñidas, de los escotes torrados entre popelina y tantos clichés turísticos con los que se espera que te acoja Sevilla en abril.

— Está al final de la calle.

— A ver -dije subiéndome la cremallera.

— Pues está chapado. ¿Preguntamos?

— Es justo ahí -confirmó el padrino, apuntando con la nariz; que la tiene grande y afilada, como la aguja de la brújula de Pizarro, a la persiana cerrada de Casa Anselma.

— Perdona, ¿en cuánto abren?

— En media hora.

— Gracias. Pues vamos a calentar, ¿no?

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El Biri

Las Golondrinas, primera estación de la noche, tenía como peculiaridad un meadero contiguo a la barra, dos camareros recios y al Biri, que al vernos tomar sitio y hablar con deje castellano, sabía que tenía la oportunidad de cenar por la patilla.

El Biri, como todo personaje nocturno con galones, no se puede permitir el lujo de una cerveza tranquila. Para él, el ocio ajeno, es su ganapán.

Después de estar un rato en compañía de esta clase de elementos, se empieza a trazar esa línea sinuosa que va del prejuicio al hecho contrastado sobre los faranduleros, que casi siempre, lo que les ha dejado la escuela de la vida, es una forma muy similar de operar.

Primero, el farandulero discrimina rápidamente el perfil de su público con la mirada, recorriendo de forma que él cree instintiva -el que lo sufre lo ve más como un descaro- el trayecto que va de los bolsillos a la liberalidad de la cuenta.

En función del número de platillos que le pongan a uno, el farandulero pondera, mide, aplica y tarifica su anecdotario.

Cuando no es capaz de catalogarte, se encoge de hombros y se resigna a los posos de su chato.

Tras unos cuantos chistes, cuando siente que ya hay un ámbito de confianza suficiente, pasa al contacto físico. Una palma, por lo general pétrea de tanta fricción adulatoria, se queda medio muerta en el omóplato pidiendo misericordia con el menesteroso.

–Biri, con nosotros has pinchado en hueso. Aquí tienes a dos tiesos. En cualquier caso, un vino y una tapa tómate a nuestro cargo a cambio de que nos cuentes tu historia.

Y así fue como conocimos a uno de los secundarios de “Bajarse al moro”, de “Atún y chocolate” y a un figurante de “Juego de Tronos“. También a un ingeniero de Tetuán que la vida le había llevado a hacer la calle cargado de chapas de Pablo Casado y Vox, de flores de temporada entremezcladas con plástico chinesco y de todos esos cachivaches que solamente admiten un pase después de cuatro copas; cuando los maleantes callan y la buena gente se siente con fuerza para cambiar el mundo.

El Biri, como los comerciantes del mercado de la perla o como los niños bereberes que han tenido que cambiar el camello y el desierto por las camisetas de CR7, lleva preparadas veinte oraciones para veinte públicos de veinte países diferentes.

Cuando no es capaz de catalogarte, cuando no encuentra un selfie como recompensa a su ingenio, se encoge de hombros y se resigna a los posos de su chato; lo que le confiere por un momento un aspecto lamentable, como de héroe caído, derrotado, apoyado sobre sus propias penas.

–¿Qué vais a hacer ahora, chicos? – irrumpió de su mutismo el Biri, como por acción de súbita responsabilidad que yo interpreté como un “tío, céntrate, que estás currando”.

–Vamos a donde Anselma. ¡Vente con nosotros, Biri!

— No, no. Yo ahí no entro. Con esa mujer… – Y se llevó la mano a la sien en busca de un tornillo.

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La Anselma

Una treintena de los nuestros, de los que buscaban aventura a bajo coste, junto con algún autóctono con solera, se agolpan ante un improvisado escenario que no traía más aderezo que un mural de azulejos, cinco sillas vacías, una caja y una guitarra.

Hay una luz y un silencio litúrgico, habituales antes del comienzo de una rito importante, como una Misa solemne.

Algunos de los espectadores cuchichean ante los movimientos de una señora entrada en años, de figura rústica, que se mueve achacosa entre las hileras. Luce luto de cadera para arriba, lleva las ideas apretás en un moño cano y gasta una mirada rapaz, oteando por el ruedo de mesillas a algún gorrón de TripAdvisor que se haya sentado sin su consumición abonada en caja.

Anselma trae las cejas a lo Gloria Swanson en ‘El crespúsculo de los Dioses‘, lo que le confiere un aspecto de alucinada. Pienso en ese momento que existen una serie de personajes imposibilitados, físicamente, para la mundanidad.

Quién podría dar credibilidad al relato que tuviera como protagonista a Vargas Llosa sorbiendo la sustancia de una cabeza de langostino cocido o a Mariano Rajoy dando traspiés a la salida de Pachá Ibiza. La Anselma, aunque lo hiciera, no puede ser imaginada frente a la charcutería del Mercadona o en la cola de la farmacia con una receta contra la osteoporosis.

Esto se debe a que la Anselma, de tanto estar con lo más granado del flamenco español, se le ha pegado el duende y eso es como la grasa convertida en diamantina en la resistencia del horno: no hay forma de quitarla.

–Doña Anselma.

–Dime, hijo.

–¿Qué hay que hacer para acabar enmarcado entre estas paredes?

–¡Uy, mi arma! No te faltan a ti meriendas ni ná.

La ocurrencia, el disparate, la vanidad engolada; todo es el del agrado de doña Anselma que ríe el atrevimiento frente a su séquito de pelones. En la sentencia hay una sutil invitación, que nosotros aceptamos con gusto, al prodigio de ganar en una noche a mil portadas de papel couché y discos de platino.

Antes de calibrar las proezas que había que efectuar aquella noche, las palmas se arrancan al mismo tiempo que salen dos cantaores, un guitarra y una pareja de ancianos.

Se acomodan al compás de la Anselma, que ocupa la silleta de honor y da por comenzado el espectáculo con un palmeo hueco.

Al uñeo de acordes que en tres estrofas despachan los amores dolidos por patios y plazuelas de Sevilla, le sucede un tempo que nos llena los filósofos de quintos y tercios de cavilaciones sobre el sentido de la vida, sobre el precio de en un ático con vistas al Guadalquivir, sobre si esta será la experiencia definitiva que nos impulse al aforismo “aquí empiezo de nuevo con los míos y amén”.

Cuando brota el cante jondo, se explica la figura de los septuagenarios. En un soniquete que les marca el paso, se arrancan a bailar, a florear con las manos, a decirse que se aman frente a la multitud ávida de participar en la belleza que se desdobla frente a ellos en aquel despliegue de vitalismo, que va hilvanando una soleá con otra a través de piquitos colegiales que se explican solos.

Por muchas pantallas que se pongan a filmar la estampa, ninguna hará justicia a lo vivido aquella noche en Casa Anselma, que cerró con una saeta frente a una virgencita dolorosa, iluminada exclusivamente con un tubo de luz que enciende la sobrina desde la barra.

Aquella noche, como los israelitas que subían al Templo en Pésaj, nos volvimos a casa justificados, perdonados, redimidos y dotados de un único y firme propósito: “yo quiero amar así”.

(@RMoralesJimenez) Aventurero en chanclas. Periodista por empeño. Felizmente casado, felizmente padre. Director de Democresía. Cuando me pongo meloso o bruto, escribo por Espinosa Martínez.

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