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Bill Fay: la música que me gustaría que sonase en mi funeral

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Hace unas semanas recibí un correo electrónico de un amigo. El asunto del correo era este: “La música que me gustaría que sonara en mi funeral”.

Una vez superado el segundo durante el que pensé con terror que estaba ante una forma melodramática (nunca mejor dicho por la propia etimología de la palabra)  de despedida, y siendo consciente de que el emisor del mensaje no frivoliza así como así con “el tema”, pude continuar: “Te envío un par de enlaces a canciones de Bill Fay”.

Bill Fay. No había oído hablar antes de este tipo. Herido en mi orgullo de lector de Rockdelux y oyente de Radio 3, tecleé en Google. En pequeñas biografías descubro que el tipo en los primeros 70 del siglo pasado publicó un par de discos. La crítica los valoró muy bien, todo señalaba a que se fraguaba la carrera de una estrella, pero las ventas no fueron las esperadas. La discográfica, fiel a su naturaleza, le enseñó la puerta de salida. “¡Adiós, Bill! ¡Vuelve con un hit! O mejor ¡No vuelvas!”.

Comienza para nuestro personaje cuatro décadas de una sucesión de trabajos, cada cual más duro, y totalmente alejado de los focos del escenario y las portadas de Rolling Stone. La promesa se esfumaba. Los sueños ideales se rompían en añicos.

Hace unos años algunos músicos empiezan a reivindicar su obra. Entre ellos Jeff Tweedy, de Wilco (que tiene una versión de Fay: Be not so fairful) o Nick Drake. Le animan a volver a un estudio y publica un disco con canciones nuevas, Life is people (2012), y un par de años después le sigue Who is the sender (2015) (¿Quién es el remitente?, se pregunta el autor, y continua  “Allá a lo lejos./ A mí realmente me gustaría saberlo./ Quisiera decirle gracias”). Los discos tuvieron críticas excelentes, incluso Metrópoli (El Mundo) incluye uno de ellos entre lo mejor del año 2012.

Pero la sorpresa viene al leer las nuevas composiciones. Mi naturaleza revanchista, esa que me grita que se ponga en orden el mundo (claro, un orden a mi medida), esperaba una buena venganza musical, un repasito a los buitres de la industria musical, esos “miopes” que no ven más allá de la cuenta de resultados.

El email de mi amigo estaba acompañado de algunos enlaces a Youtube. El primero a una canción titulada Never ending happening del disco Life is people.

Bien, me dije, bonito recordatorio a Bob Dylan por el Neverending tour (ya saben, sigo padeciendo el síndrome zimmerman). La canción es una bellísima balada con piano y unos arreglos sutiles de cuerda:

El acontecimiento interminable /  de lo que está siendo / y lo que ha sido / Sólo formar parte de ello / me deja atónito.

La primera estrofa me descoloca. ¿Cómo es posible? Nada de amargura, nada de reproches. Al  contrario. Declaraciones de gratitud hacia la vida, de sincera religiosidad.

Todo ello se hace mucho más explícito en la siguiente canción: Thank you Lord. Así, sin tapujos. Pero gracias ¿por qué?

 

No pido mucho para mí / pero para aquellos a los que amo,/ guárdalos y protégelos,/ sostenlos cerca de tu corazón. / Gracias, Señor / por el perdón y la misericordia.

Apunto la petición de mi amigo. Música para sonar en un funeral.

(@pavelaquin) Soy editor (¡uhmmm!) de una editorial académica (¡buuuaah!). Acabo de defender una tesis sobre patrimonio cultural inmaterial (lo que hace dudar de la existencia de la misma). Fundador del Tea Party Dylaniano. Aporreo cualquier cosa con cuerdas con mis compinches en The Free Folking. Junto con mi Tercio español persigo ese minuto donde lo Eterno viva, y a veces lo cuento a cuatro manos en Raíz y Copa.

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