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Musas rotas, camas negras y pastores felices

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Hacer un par de días tuve el raro placer de disfrutar del último trabajo de José Luís Guerín, La Academia de las Musas. Digo “raro” para calificar tanto el tipo placer, como el hecho de disfrutar de una producción cinematográfica española. El largometraje acompaña al profesor Raffaele Pinto y a sus alumnas en un seminario sobre la centralidad del papel de la musa en los temas del amor y de la belleza en la poesía occidental, especialmente en Dante. Pero lo que aparece a primera vista como una inocente discusión filológica, más superficial y aburrida que menos, se troca de pronto en un regocijante experimento humano que le da un sabor fascinante y un sentido profundamente trágico.

Y es que detrás de las bambalinas (o detrás del pizarrón) se cuece algo mucho más gordo, mucho más turbio: el profesor Raffaele ha creado una escuela de musas como metodología de estudio y profundización de la belleza y del amor humano. No suena tan mal. Hasta que la película te sumerge en la concepción pagana del amor y de la mujer: la musa aparece como la mujer que no debe permitir ser atrapada en los lazos convencionales de una familia patriarcal (echemos aquí mano del mito de Apolo y Dafne) y el amor es esa construcción orquestada por los poetas románticos y explícitamente separada de la sexualidad y la genitalidad. Es ella la que debe dar el primer beso, como Francesca y Paolo, los amantes del infierno que leyeron mal el amor prohibido de Lanzarote y Ginebra.

En la primera parte de la película se va dibujando poco a poco el escenario: un Sócrates italiano, rodeado de alumnas convenientemente adoctrinadas, que pone en práctica sus teorías fuera del vínculo matrimonial con una promiscuidad alarmante; y su mujer, de pocas luces, que acude también a su seminario y que se dedica una y otra vez a enfrentarse a su marido porque no lo entiende. Por supuesto, no hay nada que entender.

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Si el amor es sólo un recurso estético creado por los poetas como fuente de inspiración y de belleza, no hay espacio para el compromiso con otra persona.

Raffaele insiste una y otra vez en que el amor es un plato que lo cuece cada uno en su mollera. No se tiene en cuenta realmente la libertad y la responsabilidad del otro. El otro o mejor dicho “la otra”, “la Musa”, aparece como fuente de inspiración ideal. La carne, el sujeto con ojos y orejas que no soy yo, aparece sólo en el sexo o en el ejercicio de la genitalidad, como distingue el ilustre maestro con fineza.

La historia no acaba bien. La belleza construida por unos choca con la de los otros. O, mejor dicho, la escueta belleza de la que se habla –unilateral, de seres caducos, monotemática– resulta del todo insatisfactoria. El amor no tiene sentido sin la persona amada, sin la armonía de dos notas que son acordes entre sí. E incluso la belleza trascendente reclama poderosamente al bien y a la verdad. La estética precisa de ética y de metafísica. Y no por ello está mancillada. Al contrario, en ellas encuentra el sentido y un esplendor mucho mayor. Algo que Dante –un realista de pies a cabeza– nunca pierde de vista.

La Divina Comedia, antes que un ejercicio estético, es un camino moral hacia una verdad que da sentido a la propia existencia.

A fin de cuentas los idealismos terminan chocando con la realidad. Y el choque es duro. Me refiero a los últimos compases de la película. Este Sócrates golfo de la Universidad de Barcelona se enfrenta a la furia de su Xantipa particular. Las musas quedan envueltas en un ciclo de envidias y celos bastante vergonzoso. El ejercicio queda inutilizado por su falta de realismo, por su falta de humanidad. Y es que el Creador lo dijo en los primeros días de esta gran historia de la existencia humana: “no es bueno que el hombre esté solo”.

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Si algo rescato de la película, –además de las muchas joyitas que nos regala Guerín sobre el arte y la poesía moderna (la soledad del arte que abandona la armonía de la forma), y sobre el “amor de las inteligencias, que es mejor que el de las apariencias”– es la parte sobre los pastores de Córcega, creadores de armonía. Es un contraste casi ridículo: la sofisticación intelectualoide de unos personajillos que se ponen a hablar de ser arquitectos del amor, y la sencillez de esos espíritus grandes que componen elegías a la muerte de sus padres, cantan en armonía con la creación, y dedican sus vidas a apreciar la belleza que está ahí, fuera, que no hace falta construirla: la belleza del cantar de los pájaros, del cantar del viento, la belleza del amor sencillo y real de sus familias.

 


Título: “La academia de las musas”

Año: 2015 

Duración: 92 min.302071

Producción: España

Director: José Luis Guerín

Género: Drama

Reparto: Raffaele PintoEmanuela ForgettaRosa Delor MunsMireia IniestaPatricia Gil,Carolina LLacherJuan RubiñoGiulia FedrigoGiovanni MasiaGavino Arca

Doctor en Filosofía en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma. Me considero, ante todo, un gran lector. Inclinado por naturaleza hacia las humanidades clásicas y la literatura inglesa, y por vocación a la metafísica y a la lógica. Católico tras las huellas de Newman, Chesterton y Benedicto XVI. Filósofo tras las huellas de Santo Tomás de Aquino y de Aristóteles. Y gran aficionado al mundo de Tolkien.

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