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Coronas, bailes y pantalones de pitillo

En La angustia de vivir por
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El verano ha llegado, una vez más.  Algunos se habrán dado cuenta gracias a  los termómetros de las paradas de autobús, o los encierros de San Fermín, quién sabe.  Otros vemos en la llegada de Wimbledon el síntoma inequívoco de la entrada de la temporada estival. La llegada del baile, las vistas, el champán y las fresas. También es época para fumar en exceso y enamorarse, pero bueno en eso ya  entraremos en otro momento.

Este año, el torneo de tenis más prestigioso y antiguo del mundo ha coincidido con la visita del Rey Felipe VI a Londres. Fue recibido por la Reina Isabel II, el duque de Edimburgo y la monarquía británica al completo. El Rey tuvo la oportunidad de dar un discurso en el Parlamento, visitó la tumba de Leonor de Castilla en Westminster y mantuvo un encuentro con empresarios, entre otras muchas cosas. La Guardia de Gales les recibió en Buckingham. Allí se quedaron a pasar unos días, acompañados de distintas personalidades, de pompa y cenas exclusivas.

Debió de parecerle extraño. Acostumbrado a su copeteo ligero por la Latina en chupa de cuero. Acostumbrado a que la it (z) girl tape a las Infantas de España con gafas de sol para ir a por una hamburguesa, debió parecerle muy extraño. Paseaba por el centro de Londres en el barroco carruaje de la reina junto a Isabel II y nadie le estaba gritando groserías. Ni siquiera había algún descarriado proclamando el fin del mundo. Saludó atravesando The Mall, la avenida Real, engalanada hasta los topes con banderas británicas y españolas. Nadie intentaba arrancarlas. La vida seguía su curso. Seguro que, por costumbre, Felipe VI debió preguntarle a Isabel II: oye, y lo de Camden Town ¿queda muy lejos de palacio?

En la final de Wimbledon del 2015 se le negó la entrada al recinto a Lewis Hamilton. Al parecer se había presentado con una camisa de flores y un sombrero de paja, sin chaqueta, corbata ni zapatos. No le valió ser inglés y campeón mundial de Fórmula 1. Pisando el mismo suelo británico, Felipe VI llegó a una conclusión: allí no tenía que pedir perdón por ser Rey de España.

Graduado en Derecho y Periodismo. Amante indómito. La literatura, la escritura, el cine y la música guían mis pasos. Colaboro en Radio Internacional y también he publicado una novela titulada Tormenta de verano. Actualmente busco la gran belleza en el fondo de los vasos y ceniceros.

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