La vida es para el verano (II)

En La angustia de vivir por
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Decía Luis Racionero en El ansia de vagar que él podría agrupar los viajes por medios de locomoción: coche, tren, barco, avión, balsa, a caballo, a pie. Entre todos ellos, el autor no duda en concluir que el viaje más cómodo es el que puede hacerse sin cambiar de cama: “y eso solo pasa en el barco, de línea, crucero o yate, y en algunos trenes como el Transiberiano o el Orient Express, con crimen y todo”.

En esta época de reguetón y redes sociales, los septiembres están repletos de jóvenes que han inundado sus veranos con las experiencias de uno o dos viajes iniciáticos que les han cambiado para siempre. Normalmente se auto imponen un destierro exótico, como los piratas malogrados. A estas alturas ya deben saber de lo que hablo: el prestigio geográfico. Esa idea que termina poniéndoles con cara de interesantes preguntándose dónde se ven ballenas al atardecer en la ría de Pontevedra, como cuenta Manuel Jabois en Ítaca. 

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Muchos de los que me rodean en mi círculo más íntimo sienten una verdadera pasión por viajar. He de decir que en ocasiones siento cierta envidia. No es que no me guste viajar, es que simplemente me da la sensación que el día que repartieron las pasiones por vagar me debía encontrar fumando en la terraza. Sin embargo, como es evidente, disfruto mucho cuando decido hacerlo. Simplemente, al apartarlo de mi recinto personal de pasiones, suelo viajar como un saco de patatas. Para ser claros: una vez estoy en los destinos que visito, disfruto y me intereso, pero no me atrae demasiado la planificación previa (estudio de la ruta, búsqueda de alojamientos y opiniones externas, etc.).  

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Pese a todo, considero acertada la posición de Racionero sobre la comodidad y los viajes. En cierta manera se encuentra relacionada con esa concepción decimonónica del viaje que siempre me fascinó: los burgueses que emprendían el Grand Tour o se marchaban tres meses a recorrer Grecia. Para poner un ejemplo más reciente culturalmente hablando, tampoco me importaría seguir los pasos de Dickie Greenleaf en El talento de Mr. Ripley: dilapidando una fortuna en los clubes de jazz de la costa amalfitana acompañado de mi Gwyneth Paltrow particular.

El verano siempre invita al viaje y a hacer cosas que nunca hiciste antes (esto es así). Por ello decidí iniciarme en el universo del roadtrip (o viaje de carretera, como prefieran). Esta tipología de viaje va completamente en contra de lo analizado en los párrafos anteriores, pero fue una medicina efectiva contra las partes más banales de mi esnobismo incipiente y, además, me permitió sentirme un poco beat

Sin intenciones de convertir mi experiencia en algo contracultural pero siendo de esta manera finalmente, en medio de la Edad del prestigio geográfico decidí poner mi punto de mira en el norte de Portugal. Coger el coche para hacer una ruta en medio de la casposa Europa y de la temible península ibérica fue una cosa de locos. Sobre todo teniendo tan baratos los billetes a Tailandia o Perú, pero qué le vamos a hacer.

Fariña, una de mis obsesiones de este año, me hizo pensar mucho en lo olvidada que estaba Galicia para el resto de España en aquellos años. En este sentido, lo del país vecino alcanza otro nivel: caminando por sus calles destartaladas uno llega a preguntarse si a los portugueses se les ha olvidado Portugal. Sin embargo, emborrachándome junto a mi acompañante a orillas del Duero en Oporto, fumando en el Café Vianna de Braga o paseando por Aveiro obtuve mi conclusión: en esa decadencia se puede encontrar una forma muy propia de romanticismo, de belleza sin límites.

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Hace un par de años pude visitar algunos de los más frecuentes destinos de los gentlemen españoles: Cascais, Sintra y Estoril, sobre todo Estoril. La conclusión fue la misma que ahora: un enamoramiento total (además, juzgar por los síntomas,  en una de sus primeras fases todavía: la obsesión pura y dura).

El turismo es uno de los trabajos más duros. Pese a ello, a mí me gusta hacerlo a mi ritmo, parando en una terraza más de una hora a tomar un café o fumando sin parar en alguna plaza pintoresca. Esto puede resultar fácil, si se tiene el acompañante adecuado. Al fin y al cabo, siempre hay tiempo para sentirse un poco Marcello Mastroianni cuando encuentra su ángel, aunque uno esté sudando sin parar, estresado por conocer todo lo posible en un tiempo insuficiente. Pensándolo bien, lo cierto es que puede que yo también haya encontrado mi propio Ítaca.

Lee las notas que tomó Camilo Porta hace un año sobre el verano aquí

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Graduado en Derecho y Periodismo. Amante indómito. La literatura, la escritura, el cine y la música guían mis pasos. Colaboro en Radio Internacional y también he publicado una novela titulada Tormenta de verano. Actualmente busco la gran belleza en el fondo de los vasos y ceniceros.