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Un mamífero excelente

En El astigmatismo de Chesterton por
Tiempo de lectura: 4 minutos

De las diatribas que nos podemos encontrar en los escritos de Chesterton, seguramente, una de las más divertidas, se encuentra en “La paradoja de Mr.Pond”.

En ella, el propio Mr. Pond, con elocuencia victoriana y algo de mirada alucinada —como todos los genios que se asombran del vuelo de un diente de león— argumentaba con un jurista de tres al cuarto un intrincado caso policial.

Mientras iba aumentando la temperatura de la conversación, Mr. Pond más plácidamente se explayaba en sus argumentaciones y más se maravillaba de la estupidez de su contrincante.

Llega un momento, mientras la magnífica conversación sigue y sigue sin tregua con el pasar de las páginas, que el lector se posiciona ante la posibilidad de abandonar la lectura por lo exasperante de dicha conversación. Pero ¿cómo es esto posible?, ¿qué diablo dejaría a media lectura aquello que recomienda en un inicio?

Bueno. Hablamos de un mamífero excelente.

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Porque en definitiva eso somos. Mamíferos, bípedos, con un intestino delgado más grande que la mayoría de lofts para universitarios.

Animales que deambulan en búsqueda de algún vientre sobre el que estrellarse cada noche, algún lugar donde agitar los gins al son del nuevo refrito de “la macarena”.  Cuerpos que aceptan en el sudor de un sofá de terciopelo a ese mismo humano que, tres horas después, en el vagón de un metro atascado rumbo al trabajo, es y será un desconocido emocional.

Somos criaturas con poca tolerancia al frío, al calor y a las chorradas ajenas. Poco predispuestas  a la misericordia con el otro si el otro sale en tu timeline de facebook en forma de meme.

En definitiva, un mamífero excelente. 

El acuño conceptual tuvo lugar en la última feria del libro en Madrid.

Mientras me abría paso entre Perez-Reverte, Eduardo Mendoza, Espido Freire, Prada y el parche de Esparza, una mujer (otro mamífero sobresaliente) me dio un folleto que me interpelaba con tal contundencia que no pude hacer otra cosa al llegar a casa que garabatear cuatro líneas para resucitarlas ahora. Porque de verdad, su mirada y su texto fue pura revelación de vida moderna.

El tríptico me lo dejaba bien claro: usted, mamífero lector, es un animal; igual que un caballo. Es por esto que tiene que cuidar al caballo. Porque es igual que usted.

Igual – que – usted.

Seguramente jamás me habría tomado la molestia de hablar de este colectivo de humanos que equipara al hombre con el escarabajo mientras se pone antimosquitos en verano.

No considero que tenga mucho sentido enfrentar a aquellos que en algún momento de su vida, en un momento muy chungo y de mucha angustia vital (probablemente frente a las coletas de Pipi Calzaslargas), determinaron que su vocación, su batalla en esta tierra, iba a ser convencer a los hombres de que no eran hombres, sino mamíferos excelentes; y dentro de su excelencia, igual que un caballo.

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Sin embargo, resulta que he sido padre de dos fetos que cada semana me sorprendían con una verdadera revolución biológica.

Mientras para mí las semanas son un cúmulo de sensaciones fantásticas apretujadas en la rutina, a mis hijas les crecían en el vientre de su madre los brazos, se le desarrollaban los pulmones o se emocionaban al escuchar a su padre tararear una canción.

Sin duda, un par de mamíferos excelente. Pero hete aquí que decidimos llamarlas Jimena y Teresa. Y en ese momento, en el máximo reconocimiento de sus condiciones mamíferas, se nos revelaron como auténticas personas. Personas únicas e inigualables. Muy alejadas de la propuesta equina de aquella mentecata. Porque estas niñas, antes de ser en la maduración corpórea, ya eran pensadas, queridas y amadas. Dos proyectos de estupendas anarquistas que podrán dejar sus libros de Chesterton a medio leer para darse un paseo o tomarse una siesta. Personas que empiezan escupiendo, babeando y “descomiendo” por doquier mientras se preparan para ser alguien que algún día dirá “te quiero” o “te odio” o irán a la feria del libro de Madrid a perturbar a extraños con sus creencias.

Sea como sea, persona y no caballo; lo quieran o no.

Pero en cualquier caso, si algún día se asoma al extremismo de la vacuidad humana, les hablaré de la primera conversación que mantuvieron conmigo en la primera ecografía, donde en medio de un manchurrón, donde yo solo veía un garbanzo gelatinoso y sin forma aparente, me topé con un corazón latiendo a 150 pulsaciones por minuto. En el centro de una fotografía cutrona mis hijas, con los pocos recursos de los que disponían, me interpelaban a dar autoría (nombre y apellido) al dueño de los astros, los ríos, los montes y los caballos.

Ver la ecografía de un bebé de 20 semanas abre la boca hasta al más necio

Ver la ecografía de un bebé de 20 semanas abre la boca hasta al más necio, permitiendo que cobre sentido el sinsentido y que sea abrazado y comprendido desde una óptica de trascendentalidad que invita a impulsar y gritar contra las estupideces que construimos para ir acumulando “noes” a la vida, al salto al vacío del compromiso con el otro, a aceptar con dignidad la decrepitud del tiempo sobre nuestro rostro.

Creernos humanos, únicos e irrepetibles, nos da la oportunidad de enfrentar la vida con conocimiento de dignidad propia.

Y cuando uno se sabe humano, afirma con entusiasmo que su apellido puede ser el de “mamífero excelente”, pero que primero se llama Jimena o Teresa.  Y que algún día podrá dejar a medio leer un libro fantástico para escribir en el diario -o tal vez aquí, que todo se puede dar- las razones por las que odian o quieren a su padre.

(@RMoralesJimenez) Aventurero en chanclas. Periodista por empeño. Felizmente casado, felizmente padre. Director de Democresía. Cuando me pongo meloso o bruto, escribo por Espinosa Martínez.

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