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“¡Marcos! Ven a echar aceitunas a los nazis muertos”

En Columnas/El astigmatismo de Chesterton por
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Dieciséis horas después de la matanza de París, después de la rebelión de los hashtag, un amigo de toda la vida y yo nos encontrábamos en el Monasterio de Yuste.

Era una gran mañana para un paseo despreocupado. Nada en el ambiente; ni los naranjos, ni los turistas, ni los eucaliptos, ni el busto de Carlos V, parecían saber cosa alguna del maniqueísmo que entonces bullía en tertulias y telediarios.

 “¿Cómo es esto posible? ¿A qué clase de Dios macabro se le ocurre un día tan sublime después de Bataclan?”.

Después de pensar esta ocurrencia, supuse que algo parecido escribirían los más valientes de Twitter y Facebook si vieran la foto de un hombre contento pasear tras las huellas del Rey Emperador.

“¿Cómo se le ocurre andar por ahí en lugar de estar en casa; velando ruidos y furias con la Marsellesa a todo trapo?”.

Hojas muertas, aroma de las montañas de Gredos, pisadas en el barro y charcos tiernos con reflejos turbios.  Esta era la imagen que tenía frente a mí. Toda ella aderezada con la hoguera de la noche anterior donde la ceniza, el mezcal, su gusano y el alcohol de quemar se iban dando codazos para ver quien ganaba en el sabor de lo expuesto.

Recuerdo la tenue embriaguez propia de los sanos excesos -si es que esto existiese-, que me acompañaba mientras caminábamos entre los jardines contiguos al Monasterio. Recuerdo como aquel “mareillo” me echó una mano a la hora de quitarle hierro a los disparates históricos que los turistas iban soltando ante cada piedra que se encontraban. Parecía como si allí tuvieran la misión redentora de decir alguna tontería que les redimiese de otras tonterías de mayor envergadura pronunciadas ante piedras  de mayor tamaño.

Mientras pensaba en este postureo cultureta, en aquella deliciosa realidad a la piedra, caí en la trampa que yo mismo preparaba con mis prejuicios.

“Oye tío. ¿Y la cerveza? ¿No se supone que “La Legado” es de aquí?”.

Llevaba un rato largo buscando alguna fuente donde el giste saliese a borbotones de las fuentes y canales. Ilustre ignorante. Aquello, a pesar de los umpa lumpas que estaban de paseo con la familia, no era la Fábrica de Chocolate de Johny Depp.

El apellido Yuste me la había jugado.

La cosa es que una vez repasados los pocos rincones que permitía la entrada gratuita, decidimos hacer una parada improvisada antes del almuerzo.

El cementerio alemán de Cuacos de Yuste.

Tras la verja de hierro, las escaleras para acceder al camposanto.  Blanco sobre el granito de las tumbas, cercado por olivos y cerezos en flor. Ahí hay una placa conmemorativa.

 “En este cementerio descansan 28 soldados de la Primera Guerra Mundial y 154 de la Segunda Guerra Mundial. Pertenecieron a tripulaciones de aviones que cayeron sobre España, submarinos y otros navíos de la armada hundidos. Algunos de ellos murieron en hospitales españoles a causa de sus heridas. Sus tumbas estaban repartidas por toda España, allí donde el mar los arrojó a tierra, donde cayeron sus aviones o donde murieron. El Volksbund en los años 1980–1983 los reunió en esta última morada inaugurada en presencia del embajador de la República Federal de Alemania en un acto conmemorativo hispano-alemán el 1 de junio de 1983. Recordad a los muertos con profundo respeto y humildad”.

Nos movemos. Con el andar y el semblante torpe por no acostumbrar a caminar entre muertos, vamos repasando los nombres de los caídos. Lo que más nos llamó la atención  en  un primer momento fue que los treintañeros no cabían en el suelo. 16, 21, 23, 17 años… Después, hecho más increíble que las edades grabadas en las lápidas, fue descubrir que en el cementerio nos estábamos solos. No sé cómo habíamos pasado por alto todo aquel circo de colores y algarabía.

Junto al murito de piedra que marca el fin del recinto, cuatro familias, con sus respectivos muñecos de carne; se reían y gritaban correcciones. Los pequeños hombrecitos, como si no hubiera mañana, serpenteaban entre las tumbas a una velocidad que ya le hubiera gustado a Fernando Alonso haber podido tener la pasada temporada. Parecía un teaser del spin off de la master shot del cementerio de “Harry Potter y el Cáliz de Fuego”.

Todos ellos, niños y adultos, estaban a juego con el día. ¡Menudos colores! ¡Qué maravilla!    

Tras el deleite, vemos como uno de los padres: moreno, alto y por encima de los treinta, se separa del grupo de los mayores y se acerca a un olivo. Se pone a arrancar aceitunas. Está sonriendo. Llama a su presunto hijo, a quien por lo delicado de esta memoria, llamaremos Marcos.

– ¡Marcos! ¡Marcos! Ven aquí.

Viendo que Marcos se protegía de una lluvia de hechizos, encarriló él solo una fila de tumbas y vino a decir algo parecido a esto:

– Möller. Olivica.

– Habermas. Olivica.

– Möller de nuevo. Dos olivicas.

– Linne…

Levanta la mirada. Sonríe. Saca dientes. Dos bocas abiertas y ojos de zorro viejo le dan la réplica. Se achanta.

– Mayerhoffer

– Krebs. Bueno…

Tira al suelo el puñado de olivas. Vuelve a sonreír.  Se mete las manos a los bolsillos y regresa con el grupo de adultos.

Yo, corrupto

Me parece que aquel día caí en un espantoso error. Ese error cobró forma ya una vez en el coche. Fue un contundente: “cabrón”.

La actitud de este tipo fue despreciable. Pisó por encima de las tumbas de “sus enemigos” y cabalgando sobre su ignorancia, al más puro estilo de Atila el Huno, fue regando con olivas, lástima que no sal, lo que quedaba de memoria de aquellos soldados.

Lo de las olivas solo fue un detalle escabroso en el conjunto de la escena. Lo perverso, la perla negra, fue que en aquella sonrisa había una justificación de su comportamiento, un cortocircuito con su conciencia. Primero en la hazaña, celebrada con sonrisa. Luego en la huida, aliviada con la misma sonrisa.

Este señor se había llegado a creer que aquel sitio, lo del suelo lleno de nazis muertos,  era una victoria que le otorgaba licencias para salirse del tiesto de los convencionalismos y moralinas a las que estamos sometidos por la izquierda, por la derecha, por el centro o por la iglesia de todos los santos. Se sintió con poder para sacudirse lo políticamente correcto y pagó con el hastío que llevaba encima. Y lo hizo porque lo que había en el suelo eran nazis muertos. Y, seamos francos, ¿A quién le importa un puñado de huesos de esos tipejos?

Mi error fue que en aquel entonces y ahora al reescribirlo insulté al padre de Marcos. Le condené por no leerse lo que rezaba aquella placa y por no haber hecho uso del sentido común. En realidad, lo que me hubiera salvado de escribir estas penosas líneas, habría sido exclamar: “¡Anda! Otro como yo”.

Porque nadie, que yo conozca, está exento de cagarla.

El mirlo blanco, transfiguración de lo inmaculado, lo cazaron  Adán y Eva para llevarse  algo a la boca tras ser expulsados del Paraíso.

¡Cuántas veces me he visto riéndome ante un graciosísimo vídeo de un enfermo mental o criticando a ese muchacho por dejar excesivamente clara su tendencia sexual!

¡Cuántas veces he dicho con la tripa llena que la culpa de los que pasan hambre es que permiten gobiernos salvajes!

¡Con cuántas palabras me he atrevido a dibujar, distorsionar, los problemas ajenos, las idas y vueltas de la corrupción humana, cuando yo arropo a los monstruos, a cada uno de ellos por las noches y les aconsejo que sigan asustando!

¡Cuántas veces he querido apoyar la doctrina última con un retweet! ¡O querer sostener mis pobres defensas con argumentos extraídos de fuentes menos fiables que una entrada en Wikipedia sobre Wikileaks!

¡Se puede acaso mencionar las veces en las que en una conversación casual, he querido morder el cuello de mi allegado por el simple hecho de pensar en una cuestión esencial diferente a mí!

En esta época de Fariseos sin Ley,  nos partimos la cara por la amoralidad.

No parece que haya descanso ante la paja ajena. Hay que buscar cada foro en internet y cada ingenio en la red para descargar nuestra diarrea más enferma.

Las probabilidades de Laplace indican que la posibilidad de que la cagues con un meme desafortunado, con un comentario estúpido o con una cita imprecisa, se escapan de lo medible. Sí o sí, la cagarás una vez más en tu vida. Así que relájate, disfruta de tu cerveza “Legado de Yuste”.  Charla con tus amigos de lo que desconoces y exponte a pifiarla. Porque este será un momento hermoso. Porque necesitarás más que nunca, del perdón del otro. Y este te puede llevar a leer la próxima vez la placa conmemorativa de un cementerio nazi.

Imágenes de: elsecadero.com y la sabrosa Wikipedia

(@RMoralesJimenez) Aventurero en chanclas. Periodista por empeño. Felizmente casado, felizmente padre. Director de Democresía. Cuando me pongo meloso o bruto, escribo por Espinosa Martínez.

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