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La bajada del burro y el barril de ron que no llega

En El astigmatismo de Chesterton por
Tiempo de lectura: 5 minutos

-Hola, buenas tardes.

-Qué tal buenas tardes, amigo. ¿Desea tomar algo?

-No, no. Gracias. Soy el técnico. Vengo a ver el lavavajillas.

-Ah, vale. Espera que te acompaño.

Avanzaron por un par de pasillos enclenques de pladur hasta llegar a la parte del office. Cada centímetro de espacio estaba ocupado con muebles viejos repletos de platos, copas,  servilletas y manteles. Pegado a la cocina, un viejo y enorme lavavajillas industrial gemía y  convulsionaba con terrible entusiasmo, amenazando con lanzar a cualquier lado sus tripas de porcelana y cristal.

-Así lleva desde ayer por la tarde. Les he dicho que te lo arranquen para que veas que le pasa.

-Vale… Pero ya de primeras te digo que tiene mala pinta y que seguramente sea una polea del motor.

-Joder. ¿Y eso cuesta mucho?

-Hombre… Teniendo en cuenta la mano de obra que le voy a tener que meter y pedir las piezas de un modelo tan antiguo. Quizás te compense comprarte uno nuevo.

-Nada, nada. No tengo ni un duro. Mira a ver qué le podemos hacer para que vibre menos y ya está.

El técnico se puso a ello. Estuvo un buen rato hurgando entre cables ya trampeados repletos de cinta aislante negra.

De pronto alguien, con una violencia conocida, le dio un palmazo en la pierna.

-Me cago en la leche. ¡Jesús!

-Venga ya. Joder macho. ¿Cómo estás tío? ¿Cuánto tiempo?

Un abrazo húmedo por ambas partes. El olor del desagüe abierto era fuerte.

-Bien, bien. ¿Y tú qué?

-Pues bien también. Tirando como se puede.

-¿Qué haces aquí macho? ¿Pero tú no estabas en Siemens?

-Sí, sí. Estaba. Hace dos años que me echaron. Me puse a buscar y buscar y no encontré nada de nada.

-No fastidies… Si es que está todo el mundo  igual.

-Este país… Estuve a punto de irme a Alemania pero al final nada.

-¿Y cómo es qué has terminado aquí?

-Mi hermano trabajaba de camarero aquí, que conocía de antes a los dueños y tal, y  bueno probé mientras salía otra cosa pero ya ves. Al final me he quedado de encargado y llevando también cosas de administración, proveedores y demás.

-¡Joder! Qué bien tío. Me alegro de que al menos tengas trabajo y que se te vea bien. Vi que te casaste y todo ¿no? He visto fotos de la boda y de tu chiquillo en Facebook.

-Ya ves. Ya tengo dos, amigo. Y el tercero en camino.

-Joder macho. Sí que te has puesto  las pilas en un par de años ¿eh?

-Ya ves. Pero bueno. Y tú qué. ¿No te estabas preparando las oposiciones para currar de informático en el ayuntamiento?

-Si, estaba. Pero al final me tuve que poner a currar, tío. En casa echaron a mis viejos y no me renovaron la beca así que me metí con los ahorrillos que tenía para la casa con Elena en el negocio de mi vecino y aquí estoy.

-¿Qué pasó con ella?

-Nada. Lo dejamos hace ya un par de años. Se fue a Estados Unidos que una prima suya le había conseguido curro picando código en una start up de páginas web. Lo intentamos durante un tiempo pero no cuajó la cosa.

-Bueno macho. Cuanto lo siento.

-¡Bah! Ya está superado. En fin.  Dime tú ¿Aquí  en el restaurante te tienen muy jodido o qué?

-No tanto la verdad. Al final ellos están igual de jodidos que tú y que yo. O peor. Con unas deudas de cojones.  El dueño curraba también en Siemens hace años y montó esto porque se le daban bien los chuletones. Ganó una pasta pero la crisis le ha tumbado dos restaurantes y ahora está con toda la familia intentando sacar este como sea. “Currando el triple para ganar la mitad”, dice cada rato.  La madre es profesora y el hijo tiene no sé cuántos masters,  pero ya ves. Nos hemos caído todos del burro y ahora nos toca comer toda la mierda que otros nos han dejado.

-Ya ves macho. Bueno tío.  Que me ha alegrado mucho verte. Queda pendiente tomarnos algo.

-Sí, sí. Cuenta  con ello. Te escribo al face y a ver si nos vemos pronto que desde la última quedada con los de clase no te he visto el pelo.

Nos caímos de un burro.

“Estudia mucho, hijo. Y ya verás lo bien que te va a ir la vida”.

Hay un par de generaciones en España (en concreto la “x” y la “y”) que en sus noches más festivas; cuando la falda estaba demasiado arriba, Bosé demasiado alto y el hígado metabolizando como loco, se ponían firmes al asaltarle ese mantra de mil voces. “Estudia mucho, hijo. Y ya verás lo bien que te va a ir la vida”.  Mano de santo, pezuña de ciervo, uñas de mono. Da igual. Ese par de oraciones eran pastillas blancas para quemar. Los muchachos/as acababan lo que tenían que hacer de la forma en la que lo tenían que hacer y al día siguiente; o bien repetían en el mismo sitio a la misma hora el mismo acto (mecánica de la insoportable levedad del ser) o bien pulían codos para sacar adelante COU y la selectividad.

“Llegarás a ser alguien de provecho. Ya verás”.

Con varios planes de estudios de por medio (forma linda de hablar de los últimos 75 años de historia de España. Goya, freso y oscuro, anticipó el titular a “Duelo a garrotazos”), llegamos a la generación “z”. Yonkis del what´s app, amantes de los memes (nada que ver con esos ricos cacahuetes cubiertos de chocolate), conductores de lo efímero y afiladores de la realidad virtual.

Todos amparados bajo la bandera de esparto hecha en la república independiente de nuestras casas calefactadas.  Ahora a la frase y la bandera la llaman felpudo y servilleta. Grito patrio, siempre acompañado con dedo índice en rigor mortis en la cara del vástago, ante los boletines con nuestros suspensos. Las M.I.I. (Matriarcas Iletradas Intergeneracionales) alpha, beta y gamma echando “Un mundo feliz” de Huxley al cocido de los lunes. La España que ha visto seis tipos distintos de Ford Fiesta creyó hasta el final, hasta el hoy más absoluto, la verdad indiscutible, el pan de oro, la matemática cuántica de “Estudia mucho, hijo. Y ya verás lo bien que te va a ir la vida”.

Mentira.

Hemos considerado que nuestras playas de Algeciras y Nerja poco tenían que ver con las costas y vallas de pinchos de Marruecos y Melilla.  Algo invisible llamado Europa nos tenía que dar la oportunidad de al menos una vez en la vida pasear con bicis rojas por canales que reflejasen casas torcidas. Que las corrientes de calor del Sahara solo eran eso. Corrientes. Y del Sahara. Pero en más de la mitad de los hogares españoles ha entrado esa arena desagradecida (que jamás fue palmera, oveja o tierra mojada sino granito muerto y pesado) en nuestras peceras, estudios, portátiles y cuétaras. Monolitos nos hemos tragado y así nos pesa ahora el alma.

Presiona ese montón de porquería la ilusión de haber sido llamados a algo mejor. Algo más grande. Algo proyectado al infinito de nuestras retinas, desde lo más hondo de nuestro ser, con tanta luz que hasta por el otro lado se veía un poco el brillo de quien “tiene las cosas claras porque ha estudiado mucho”.

¿Por qué creo tener derecho a triunfar, a ser escuchado? ¿Por qué nos creemos con derecho a dominar el grupo? ¿Quién pastará nuestros quesos de cabra? ¿Quién recogerá los pimientos de nuestros tacos? ¿Quién accionará el botón de nuestra bolsa de kilo de espaguetis?…

La respuesta es siempre la misma: “Cualquiera menos yo”.

Y ese es el mal que irradiamos. Lo que nos conduce a asumir trabajos de mierda por salarios de mierda en favor de una vida de mierda apoyada en “ya llegará mi obra de teatro, mi cuadro final, la canción del siglo, mi informe de platino, mi reconocimiento profesional”.

El idealismo conducido por la vanidad de creer que cósmicamente estamos llamados a manejar el cotarro de nuestras proyecciones y sueños propios es la peor de las torturas con que nos afligimos.  Porque en ese delirio no hay cotidianeidad, no hay lugar común “donde se desarrollan los pensamientos más profundos”.  No hay en toda esa diarrea mental espacio para el Otro, para la pausa, para la mirada sosegada de quien se derrite de amor al ver “la hierba crecer el sábado” en la soledad de su espíritu o en el abrazo de su comunidad más cercana.

No hay en definitiva, una voluntad de destapar el último barril de ron y prolongar las risas, lamentos, abrazos y besos en cada pausa que ofrezca la taberna errante, para poder encontrar en esos huecos “la hermosa y liviana muerte” de los Santos Bebedores.

Personaje enclenque, perteneciente al lustrado con grasa de pato sector de la hostelería, trato de avivar, a la luz de un mal estudiado Chesterton, las paradojas que salpican las alegrías y penas de lo cotidiano. Cuando me pongo serio escribo como Ricardo Morales Jiménez.

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