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Arrabaleros, toscanos y ruidos celestiales en el AZ60

En El astigmatismo de Chesterton por
Tiempo de lectura: 4 minutos

Antes volar era una cosa importante. El giro perfecto para las elucubraciones de un niño. Era el punto que necesitaba su locura, su divina inmadurez, para dotar de plausibilidad a una horda  de aviadores  nazis, de reporteros héroes heridos de bala que encandilaban a mujeres sofisticadas de vestidos rojos y sin ningún atractivo sexual reseñable.

El componente avión, que por norma general solo aparecía en la vida de un niño de clase media en el viaje familiar de verano, implicaba, necesariamente, preparar la historia con mucha antelación,  pues lo mejor de la aventura, salpicado de eternas caminatas y carreras de museo, era el vuelo de ida.

Recuerdo hacer partícipe, de cara a meter matices y detalles fundamentales para terminar con los espías enemigos,  a algún primo o amigo despistado en la piscina de junio. Las primeras conversaciones de los primeros baños, entre patadas a plástico de “todo a cien” y cartas mojadas, estaban regados  por la maleta,  las armas, la llegada al aeropuerto, el pasaporte falso, el embarque y  el contacto en el punto de destino.

Pertenezco a esa generación donde las azafatas de Iberia eran jóvenes, por lo que podía coger moldes para la chica de los sueños despiertos con tremenda facilidad. Siempre buscaba alguna que tuviera pecas, para hacerla más asible a mi primaria, donde andaba la mujercita que quería para bailar en fin de curso y compartir pupitre durante las clases de música.

Resuelto el atrezo, el resto del viaje era todo un delirio. Cada esquina, cada monumento, cada comida o cada viaje en autobús. Todo se inclinaba a la idea primera: sobrevivir a diez mil tiros y redactar los acontecimientos en un diario inexistente pero que narraba, haciendo las veces de guion, lo pasado y lo venidero. Odre viejo, profeta nuevo.

Así anduve por Praga, Viena y Budapest. De visita a Nueva York. De trincheras por Poitiers y la ribera del Loira.

Y todavía hoy, cada vez que me siento encima de alguien en el avión, siento ese no sé qué, esa nostalgia del viaje con sentido.

La cosa es que  hace poco cogí de nuevo un vuelo. Volvía de Roma a Madrid.

A mi izquierda, tres muchachos de Pacha Ibiza a las siete de la mañana, de arrabal con pista de tenis, nos  molestaron a los viajeros durante todo el vuelo.

Sus aspavientos, sus dientes. Sus cabezas a lo Keylor Navas.

Desde que despegamos en modo avión, pusieron a tope sus anécdotas, como si aquello fuera el 657 yendo a Moncloa o una parada del último tren en La Latina.

Los que andábamos escudriñando al hombre que fue jueves o leyendo libros de autoayuda, le lanzábamos reojos de minotauro cada vez que teníamos que poner el separador. Suspirábamos, nos removíamos. Algunos tenían que recoger las rodillas porque el butacón no paraba de bailar, haciendo añoradas las cabezadas fatales para la cerviz. El eterno durmiente sobre un alfiler.

Ni siquiera los apretados bíceps del aventurero del pasillo, torrados sin Nivea en una máquina de rayos UVA, podían contener las carcajadas toscanas y los decibelios de sus vídeos.

Sin embargo, en todo aquel jaleo que le quitaba la vergüenza a AirItalia, tuve la gracia de descubrir unas perlas de dignidad en el ruido.

Josef Pieper en “El ocio y la vida intelectual” decía que  “filosofar” significa experimentar que el cercano mundo circundante de los días corrientes, determinado por las finalidades inmediatas de la vida, puede ser conmovido, más aún, tiene que ser conmovido constante y renovadamente por la llamada intranquilizadora del “mundo, de la realidad total que espejea las imágenes esenciales eternas de las cosas. Es dar el paso desde el medio recortado del mundo del día de labor a la contemplación del universo.

Todo este chorizo verborreico viene a decir que si tienes la voluntad de escucha y la mirada ligera en este mundo cuando no andas trabajando; encuentras cosas. Hasta puede que el sentido de tu vida.

Ni de pequeño ni ahora se viajar en avión en condiciones.

No puedo comprender cómo podemos considerar que en dos horas cutronas de turbulencias, olor a estornudo y contraluces constantes, es buen momento para ver vídeos,  escuchar música, imaginar telenovelas con azafatas, leer paradojas o incluso dormir terriblemente mal.

 

Todo esto es estúpido.

 

El avión es un punto de encuentro por excelencia. El contacto en el reposabrazos con el vecino es inevitable, y ese sudor con seda y algodón puede ser una ocasión fabulosa para adentrarte en la cabeza y el corazón del otro. Por ver cómo ve esto y aquello. Qué dice de amar. Cómo están las cosas por Caracas o si el Cholo se ha injertado algo en la azotea.

La liviandad y profundidad de una conversación de avión con un desconocido es de las mejores experiencias para entender por qué dominamos las nubes y el cielo. Es algo único.

Entre esa letanía de estupideces e imposturas primeras, se abre con una grandiosidad abismal, el misterio del hombre que tiene a todos los elementos a su servicio a seis mil metros sobre lo cotidiano, para hablar de lo que le venga en gana. Hasta de su perro.

Por tanto, en el próximo vuelo transoceánico, abandonemos el método Allen, Crimen y Castigo y recursos para la lectura rápida. Busquemos si hay algún alzacuellos o algún rosario por ahí colgando. Acerquémonos a las corbatas más apretadas, a los zapatos más traviesos, porque puede que no den por sentado nuestra tontuna y esa gente, de mil historias y anhelos, te cuente el verdadero sentido de tu viaje.

 

(@RMoralesJimenez) Aventurero en chanclas. Periodista por empeño. Felizmente casado, felizmente padre. Director de Democresía. Cuando me pongo meloso o bruto, escribo por Espinosa Martínez.

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