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El terraplanismo hoy

En El astigmatismo de Chesterton por

O una noche con la locura

Hace muchas cenas tuve la ocasión de estar con un tipo que Chesterton tildaría de “pagano”.

No sólo por las exóticas creencias a propósito de la divinidad de Jesús, que entra dentro de lo ponderable y esperable de cualquier conversación de hoy. Más bien era de esos tipos que en algún momento había dejado de creer en el todo y había empezado a creer en la nada. O como diría el artífice de “El regreso de Don Quijote” o “El Padre Brown“, “cuando se deja de creer en Dios; se empieza a creer en cualquier cosa”.

Por aligerar el relato, que va algo deformado por el cava de aquella noche, me limitaré a los hechos fehacientes que después de la velada fui capaz de recabar con los otros partícipes de aquel prodigio.

  1. Mi interlocutor creía que todos los políticos eran homosexuales. Y mormones.
  2. Mi interlocutor seguía a pies puntillas desde hace algo más de medio año la dieta del guerrero. Para los desprovistos de un manual healthy, la dieta del guerrero consiste en comer una sola vez al día. Eso sí, esa vez comes como un auténtico animal herido.
  3. Mi interlocutor era vegano (no lo indico como rareza sino para que se pueda perfilar mejor el personaje).
  4. Mi interlocutor baila claqué, trabaja en el CSIC, crea musicales ruinosos y todavía creé en las bondades de un televisor panorámico (esos de media tonelada por electrodoméstico, responsable del crecimiento de las facultades de fisioterapeutas y clínicas de quiroprácticos).
  5. Mi interlocutor cree -y se batiría en duelo por ello- que la tierra es plana, que el hombre no ha viajado a la luna, que hay una conspiración planetaria contra sus argumentaciones.

Todas estas cuestiones que señalo carecerían de interés alguno para el lector que a estas alturas habrá calificado, cuanto menos, de exótico a “mi interlocutor”.  Sin embargo, estos hechos, cogen relieve porque este tipo es un genio. De conversación entusiasta, de melena larga y atrevida. Un tipo que me llevó a mis primeros y casi últimos coqueteos con la filosofía y la poesía. Un treintañero que brinda a tu salud cada vez que tiene ocasión y que te pone por título “camarada”, sea cual sea el modelo y glamour de tu smartphone. Un muchacho, en definitiva, despierto, que en algún momento se empezó a apagar en su propia inteligencia, en sus propias conclusiones, pero que su forma de vivir hace que todos salgamos de nuestros rincones de confort para escucharle, reírle, juzgarle, compadecerle y admirarle.

Los locos son fundamentales en nuestra vida.

Especialmente por la propuesta narrativa con la que riegan cada conversación. Por las compuertas a lo imposible que son capaces de abrir con debates copernicanos en pleno s.XXI.

Los locos tienen el poder de desmontar a “su interlocutor” con sus observaciones, dejando a un lado toda posibilidad de comentar lo mal que está el tiempo o cómo el IPC está influyendo sobremanera en los precios de alquiler. Te llevan, necesariamente, a salir de ti mismo y  a volcar toda tu atención hacia ellos. Algunos – los más interesantes- te observan en el diálogo con mirada iluminada por el collar de perlas que creen llevar al cuello. Se saben locos y se sacan todo el partido que les es posible. Porque saben que está en juego la normalidad. La vulgar, anodina y mortificante tibieza vital. El enemigo mortal de cualquier salida del tiesto que al final le da sabor a la vida de rutinas, que es el crisol de las anécdotas una vez que esa persona está totalmente impedida o ya no está entre nosotros.

Por avatares de la vida, me he visto (me veo) rodeado de locos. Neuróticos del trabajo, del autorreferencialismo perenne, de las drogas varias, del juego, del terraplanismo. Y bienvenidos y bienaventurados son todos ellos porque en cada delirio te invitan a reformularte ¿Y en qué narices creo yo? ¿sería capaz de defender con tanta vehemencia la importancia de la coherencia de vida, de la integridad moral? ¿llevaría tan lejos mis creencias en lo divino y en lo humano, en el amor o el dolor, como este pobre hombre habla de las inclinaciones carnales de Rajoy o Puigdemont?

El fulgor de la pasión en su máxima expresión, la locura, es un motor afectivo que nos lleva de un estadio a otro sin razonar en demasía nuestro movimiento. Más bien, nos empuja desde dentro, como si la cosa no fuese con nosotros, y puede llegar a provocar reacciones de lo más variadas. Desde un “me das miedo” hasta un “sí, quiero”.

Por esto todos tenemos algo de locos, algo de lo mejor del señor Herne, el bibliotecario que interpretó una obra de teatro medieval y se quedó en leotardos para provocar una revolución en los lores victorianos de Chesterton. Todos tenemos algo del mayor de los Karamazov, que consume fortunas, se pone en tela de juicio hasta ser juzgado, y todo por encandilar a una damisela de vida alegre. A todos nos seduce la locura hermética del enigmático Capitán Nemo, que sin su proyecto de cerrarse a la humanidad en el Nautilus, no habría podido brindar al naturalista Aronnax, a Consejo y al canadiense, Ned Land, las fabulosas aventuras por el fondo submarino y a hacer una valoración suprema del regalo de la libertad.

Abracemos la locura, propia y ajena, y dejemos que se explaye en territorio conocido. Nuestros más allegados, los que nos quieren de verdad, se sorprenderán con nuestras tesis y comportamiento y les podremos brindar la ocasión de decir “con qué ser tan extraordinario me estoy juntando. ¿Seré un poco como él?”.

 

Personaje enclenque, perteneciente al lustrado con grasa de pato sector de la hostelería, trato de avivar, a la luz de un mal estudiado Chesterton, las paradojas que salpican las alegrías y penas de lo cotidiano. Cuando me pongo serio escribo como Ricardo Morales Jiménez.

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