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[RELATO] Cuba bailó en silencio

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Este relato está inspirado en conversaciones, fotografías, costumbres y contemplaciones recogidas por el periodista Manuel Gonzalez, quien estuvo en La Habana,en casa de Miguel y Paola (nombres ficticios a petición de los protagonistas),  durante tres semanas a principios de 2014.

 

22.50 de la noche. La Habana, Cuba.

A punto de alcanzar las once de la noche, la oscuridad va ganando terreno a la vida de La Habana. La ciudad aún resiste con luces que alumbran calles y asoman por las ventanas de los edificios viejos y desgastados de la Habana Centro. Por esas mismas ventanas se escapa el sonido de algún bolero, de un narrador omnisciente o la emoción de la telenovela. Por esas ventanas se asoman soñadores, enamorados que cuchichean en la distancia y algún vecino con pocas ganas de dormir.

A través de una de esas ventanas se puede ver a un hombre. Miguel cumple fiel con su costumbre de esperar al sueño sentado en el butacón del salón. Lo hace mirando a la televisión, vestido con el pantalón y las chanclas de todos los días y fumando el mismo tabaco que ha fumado toda la vida.

Todo está como siempre. Miguel aún saborea el regusto de la cena, que es la misma de siempre. El aire suelta la brisa marina en el marco de la terraza, donde se corta en un silbido susurrado. Pero como es el mismo sonido de siempre, Miguel ya no lo oye. Nada dista de cualquier otro día en la vida de Miguel. Nada en ese día familiar ha advertido a Miguel de lo que vivirá esa noche. Una noche que recordará para siempre.

Una cara de siempre irrumpe en la televisión. Esa cara mira para donde nunca miró. Le mira a él. Miguel se siente intimidado y se incorpora en el asiento. Ese rostro familiar que se toma tanta confianza con Miguel lanza un mensaje. Unas palabras que cambiarán para siempre lo que para Miguel significó, durante toda su vida, la palabra ‘siempre’.

“El barbas ha muerto”, se dice Miguel para sí. Trata de repetirlo en voz alta, pero apenas logra susurrarlo. Se pone en pie y se precipita sobre el mando de la tele que está encima de la mesa. El cigarro se tambalea en su boca, pero él no se da cuenta. Sube el volumen a toda velocidad.

— “¡Paola!”- grita sin levantar la cabeza del televisor –  “¡Paola!”-  Está excitado, el tiempo se detiene o va demasiado rápido. El emisor del mensaje, Raúl, habla con palabras de plomo, saboreando cada pausa, pero a Miguel todo le parece un destello, como si medio siglo se concentrara en siete palabras.

Miguel sale corriendo a la habitación. Al llegar, asoma la cabeza por la puerta .

— “Paola!” – que está sentada de espaldas en la cama, doblando la ropa, ladea la cabeza por encima de la chepa. – “el
Barbas” – dice Miguel, que se toma un respiro para abrir bien los ojos. Ahora sí, Paola gira el cuerpo. Entonces, Miguel saborea el momento y deja que la historia salga de su boca: “ha
muerto”.

Paola se levanta como un resorte. Sus manos se abren y la ropa cae por el suelo y la cama. Arranca cojeando, casi a saltos por su discapacidad, hacia el salón. No quiere llegar tarde a la historia. Allí ya está Miguel, de pie, inquieto frente al televisor. Paola mira al aparato con los ojos vidriosos. No sabe si de alegría, de esperanza o por ver un sueño cumplido. Un sueño que tantas veces aterrizó sobre su cabeza; de día, de noche, de joven y de adulta. Un sueño que podía verse en sus ojos perdidos, y que ella tantas veces había visto en los de cualquier otro. Un sueño que había tenido mil sabores, pero que ahora, convertido en realidad, no correspondía a ninguno de los imaginados.

El cubano lleva 62 años acostándose con la tranquilidad de saber que al día siguiente todo seguiría igual.

Miguel se acerca suspirando éxtasis o nervios, ni él ni Poala saben aún muy bien el qué. Se para frente a ella, que aún no está del todo ahí. Esboza una sonrisa, no se sabe quién a quién primero, quién se la pega a quién. El caso es que los dos sonríen.

Miguel se apresura sobre la ventana, echa un vistazo a un lado y a otro. La calle está desierta, como si la ciudad se hubiese rendido estrepitosamente a la noche. Corre la cortina y vuelve con Paola.

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— “Esto hay que celebrarlo” – dice en bajito mientras la envuelve en sus brazos. Ella se deja caer sobre él y la pareja queda petrificada, apoyado el uno sobre el otro.

La incredibilidad da paso a la reflexión y ésta al cariño. Poco a poco empiezan a mecerse, a acariciarse y a besarse. Un movimiento lento, al que pronto acompaña una carcajada silenciosa que acentúa el brillo en sus ojos. Por un instante sienten un profundo desahogo. Se besan, dan vueltas sobre sí mismos como si bailaran en silencio por miedo, o por festejar algo que deseaban desde hace tanto tiempo, que ese tanto, es un siempre.

El cubano lleva 62 años acostándose con la tranquilidad de saber que al día siguiente, salvo catástrofe, todo seguiría igual. A más del 80% de la población siempre le ha acompañado una misma canción sin letra, que hoy, en frío y sin aviso, se toca públicamente. Pero es un sabor extraño, dan ganas de reír por la emoción de ver un imaginario hecho realidad, pero ¿cómo asimilar de repente que hoy es el día? El día en que tras toda una vida con un regalo enfrente, llega el momento de abrirlo. Ese día del que tanto oíste hablar pero que nunca nadie pronunció. Han llegado al futuro. Lo que no sabían es que ese futuro, tan cierto como aparentemente inalcanzable, es ahora un presente incierto donde nada cambia, salvo que desde esa noche, caminan por el limbo de la incertidumbre de no saber qué pasará mañana. Eso contenía el regalo, un sabor que el cubano ya había olvidado; el de la incertidumbre.

Lo malo de esperar toda la vida a un acontecimiento es que cuando llega, igual has olvidado en qué consiste. Ya no sabes si quieres lo que querías, o si directamente no sabes lo que quieres. Pero eso es un sobrevuelo que dejará la semilla de la incertidumbre para la resaca del mañana. Al menos para Miguel y Paola.

Bailan por los que ya no están. Bailan, porque no saben si después podrán bailar.

Miguel saca la botella de ron. La abre rápido, entre miradas jóvenes, llenas de ilusión y alegría; de risas susurradas, de sonrisas silenciosas y atontadas. Bailan a su ritmo. A su son. Con los pasos que siempre han acompañado su alegría. Pero hay una diferencia, esta vez es más lento. Es en silencio. Están saboreando que el momento ha llegado. Un momento histórico que, de momento, solo sabe a incertidumbre. Pero ellos bailan, porque no hacerlo significaría traicionar a tantos y a tantas veces que se prometieron que lo harían. Bailan por los que ya no están, por los que se fueron y por los que desaparecieron. Bailan por la muerte de un dictador, por la posible muerte de un sistema, por el imaginario hecho realidad y por la posibilidad de soñar. Bailan, porque no saben si después podrán bailar. Bailan por la incertidumbre, y ese baile, es un baile lento que media Cuba no bailará jamás. Pero que tanto los que bailen como los que permanezcan sentados, con lágrimas en los ojos, estarán más próximos de lo que piensan. Ambos se encontrarán en la pregunta de qué será ahora de tí Cuba; qué será de tu tierra, de tu futuro y lo que más les preocupa: qué será de nosotros, tu gente.

Quizás bailarán pensando en que el día de mañana se hablará en pasado de ese día. Una fecha que se escribirá en mayúsculas y que dará pie a mil historias y novelas. Un día que se estudiará en colegios y Universidades, no solo de Cuba, sino de todo el mundo. Se hablará de que en los días siguientes miles de personas hicieron cola para despedir a un dictador, a un ideólogo o a un revolucionario; para ver el pasado hecho cenizas y para no ver ya nunca más la barba de la Revolución. Se dirá que en esos días salían correos de Cuba al resto del mundo bajo el título de “Aquí nada se puede decir”. Pero quizá nunca se sepa que en aquella noche para la historia, Cuba saboreó la incertidumbre y bailó en silencio.

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