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Carta desde Omán

En Diario compartido por
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Por vicisitudes vitales ajenas a mí y al interés del lector, vuestro querido camarada dio con sus huesos en Mascate, capital de Omán. No sólo eso, sino que encima me comprometí a escribir sobre las andanzas y desgracias que me depararían en aquel remoto lugar del golfo.

Apoltronado en el sofá me encuentro sin saber muy bien qué puedo contar que no pueda descubrir uno mismo en las archiconocidas fuentes a las que acudimos en busca de conocimiento inmediato, superficial si quieren, pero útil al fin al cabo. Si se decide por ello tras esta reflexión de dudosa calidad científica y periodística descubrirán que Mascate es un sultanato absolutista gobernado por Qaboos ibn Sa’id Al ‘Bu Sa’id ( se pronuncia como se escribe) que es un hombre de barba canosa cuidada y de sonrisa perenne. Al menos eso descubrí yo en las infinitas fotografías del monarca que presiden todo establecimiento que se precie en la ciudad. Además descubrirán que existen dos gentilicios admitidos por la RAE: omaní – el más común- y omanés – que recuerda a lateral izquierdo del osasuna más que gentilicio de un país del golfo. Sin embargo toda esta amalgama de conocimientos indispensables no le dirán ni una sola cosa sobre Mascate, sobre Omán, la vida en el desierto ni sobre la posible alineación del Osasuna la próxima jornada.

La palabra que mejor describe todo aquello que hace que Omán sea un lugar fascinante  es: Desierto. El desierto condiciona, describe y define Omán como país, como hogar y como cultura tanto para lo bueno como para lo malo.

El desierto de Omán no está formado por inmensas e interminables dunas de arena amarilla que te hacen mirar al infinito en busca de un oasis de palmeras ya sea real o producto de un espejismo. Este desierto es una sucesión incasable de cumbres escarpadas, rojizas  y amenazantes que hacen que no haya horizonte mas allá de los picos que éstas dibujan sobre un cielo azul grisáceo derivado de la bruma del desierto que se levanta en estos parajes.

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Crédito: A.F.L.

Es un paisaje agresivo, hostil y al mismo fascinante que me dejó completamente hipnotizado. Las únicas treguas que dejan estas montañas al espectador son zonas áridas de valles artificiales debidos a la explotación minera y petrolífera. Son agujeros escalonados que, aunque producidos por el hombre, ahondan en esa sensación de vacío que deja esta región. Del mismo modo, según se acerca uno al mar arábigo las montañas dejan paso a algunas zonas despejadas donde se ven obligadas a dar su brazo a torcer para mostrar un mar de color azul intenso y estanco que dista mucho de ser apetecible o amable.

Esta sensación de impenetrabilidad no te abandona cuando por fin llegas a la ciudad de Mascate. Esta ciudad no son sino una infinidad de autopistas pobladas de coches sobre las que se agolpan edificios de apartamentos, centros comerciales inundados de las multinacionales de consumo comunes a los occidentales. Da la sensación de ser una eterna vía de servicio que no lleva a ninguna parte más que a una autopista aún mayor que la anterior.

Si finalmente consigues huir de esta vía de servicio de capitalismo exacerbado desértico vas a parar a la ciudad antigua, Matrah. Se encuentra pegadita al mar, en una pendiente eterna que finaliza en la zona palaciega del monarca de cuyo nombre no quiero acordarme. Eres consciente de que estás entrando en la zona real porque la arena es sustituida por césped perfectamente cuidado por una legión de jardineros que se pelean con los 45 grados y la sequedad del ambiente para dar a esta zona un aspecto de oasis paradisiaco. Todo ello presidido por un palacio de color turquesa y dorado rodeado de avenidas peatonales que ni el mismísimo Haussmann fue capaz de imaginar para su París Napoleónico.

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Crédito: A.F.L.

Cuando uno se para a observar en las gentes que habitan este lugar llega a una conclusión tan extraña como desoladora. Los habitantes oriundos de Omán no son con los que has compartido tu aventura. Estuve tres semanas en reuniones trabajando en pos de la mejora de la infraestructura de este país, con empresas públicas incluso, y en ninguna de ellas había siquiera un omaní. Europeos, filipinos, americanos e indios éramos los que tomábamos las decisiones sobre como esta región podía mejorar sin pedir opinión o permiso.

Lo que es peor, incluso teníamos ya una comunidad subyugada de gente de la India que trabajaban en condiciones digamos poco amables que se partía la espalda por conseguir el dinero necesario para que su familia pudiera tener una vida digna en su país. Habíamos creado un microcosmos de injusticia que nos parecía ajeno, pero que era nuestra creación, a imagen y semejanza de lo que ya habíamos creado en tantos otros sitios.

Y mientras tanto, la apática sociedad omaní se deja llevar debido a su riqueza caída del cielo (o salida del suelo para ser precisos) y pasa sus días entre coches de lujo y centros comerciales con el aire acondicionado tan fuerte como se pueda. El absolutismo ha ganado y a base de aire frío artificial amansa las ansias de libertad del pueblo Omaní, lo que lleva a esta desidia involuntaria, a esta Oceanía Orwelliana donde impera el Ingsoc, sólo que en un envoltorio más bonito.

“Estoy solo y no hay nadie en el espejo” Ese verso del poema de Borges “Sábado” se repetía en mi cabeza cuando el primer día (Sábado) me encontraba en mi hotel y asimilé todo aquello que había visto ese día.

Ese verso no me abandonó durante el resto del viaje. Sin embargo, me di cuenta que no era el Desierto, lo “ajena” que era la cultura ni esta sociedad amansada que me rodeaba lo que me hacía sentirme así. El desierto me llamaba cada día a que le observara eternamente de la misma forma que lo pide el mar Cantábrico. La “ajena” cultura, cuyo símbolo más palpable quizá son las mezquitas, discurre alrededor de estos lugares misteriosos, ensoñadores esquivos; pero me di cuenta de que no son sino lugar de encuentro de las gentes para departir y tomar un respiro del yugo impuesto para mirar a algo que se escapa de lo material, de la misma forma que lo son para mi las plazas de mi ciudad en las que más de una vez me he visto durante horas departiendo sobre lo divino y lo humano. Las tiendas que no representaban firmas occidentales, tenían un aroma y un ambiente cálido y cercano que te embriagaba con sus olores tan característicos a incienso y especias, pero que no son sino representaciones de los pequeños comercios con olor a ajo y perejil de mi tierra.

Si no era esto lo que me daba esta sensación de desasosiego, de sentirme como Mersault en El Extranjero, ¿Qué era?

Lo que me producía esta sensación era ver como la sociedad que me rodeaba era una versión esperpéntica (o no tanto) de nuestra amada sociedad occidental. Tiendas y tiendas y más tiendas de las mismas gigantescas marcas que nos hacen sentir a gusto porque nos igualan por debajo, coches y más coches todos exactamente iguales que transitan por carreteras que no van a ningún lado y gente con la mirada perdida en pantallas brillantes que te abducen de lo que te rodea para que no tengas que verlo, no vaya a ser que no te guste y protestes.

En definitiva Omán me ha hecho ver todo aquello que hace que no pueda ver lo que de verdad me rodea, al igual que las rojizas montañas de Omaníes no me dejaban ver el Mar.

No querría que el lector se quedara con la impresión que me he dado a la fuga y que vivo en una cabaña hecha con palos en una montaña en un lugar del bosque asturiano. Simplemente he vuelto con la misma cara que se le queda a Chico Marx cuando Groucho le explica eso de “la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte”. Que le dan a uno ganas de romper las cláusulas del contrato, pero acaba firmando porque total todos lo hacen.

Un saludo,

El hombre asqueroso.

Ingeniero Industrial de día y melómano empedernido de tarde y noche. Viajero compulsivo sin vocación. Aquí busco un punto de encuentro entre mis pensamientos y mi realidad con la esperanza de hacer pasar momentos de reflexión y de divertimento al lector desde la más absoluta falta de humildad y vergüenza propia de un oriundo del barrio madrileño de Argüelles.

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