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Que la palabra sea acción y la acción, palabra

En Dialogical Creativity por
Tiempo de lectura: 3 minutos

«Un caballero se avergüenza de que sus palabras sean mejores que sus actos», reza una expresión medieval. Con ello, denuncia la hipocresía, pero nos recuerda también algo importante: palabra y acción, en el ser humano, deben ir de la mano. Un buen ejemplo es el de Martin Luther King: ¿Fue un hombre de palabra o un hombre de acción? Decir que fue las dos cosas es verdad, pero no es todavía suficiente. No sólo es que dijera cosas y que, además, hiciera cosas. Es que sus palabras fueron una acción muy poderosa… y sus actos fueron más locuaces que los de innumerables otros.

La mentalidad moderna, de marcada actitud analítica, ha separado casi todos los órdenes de la vida. Analizar (dividir un todo en sus partes) es necesario para conocer; pero si luego no rehacemos el todo, quedamos desquiciados. Así ha ocurrido con el par de conceptos palabra-acción. Hoy parecen contrapuestos. Sin embargo, una y otra son realidades que, en cuanto humanas, resultan inseparables.

Los antiguos sabían que la palabra es una forma de acción. Muchos pensaban, incluso, que es la acción más propiamente humana, pues nos distingue de los animales. Éstos pueden ser más rápidos, más eficaces, más peligrosos, mejores supervivientes… y se comunican mediante un código infalible, unívoco, claro, sin posibilidad de error. Pero su código no es palabra. No es creativo, no inaugura mundos de posibilidades insospechadas, no crea cultura, ni ciencia, ni historia. Su palabra no es como la del hombre que «tiene palabra» (Aristóteles, Política, I), es decir, que es capaz de prometer y cumplir su promesa, de anticipar el futuro desde el presente. Mediante la palabra, y en diálogo, los hombres discernimos lo justo y lo injusto, lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso, lo conveniente y lo inconveniente y, de ese modo, fundamos la convivencia familiar y social, la amistad y el amor. Mediante la palabra vinculamos pasado, presente y futuro, tiempo y eternidad, burlando las exigencias del cronómetro. Por eso conviene recordarnos a nosotros mismos que las palabras no son sólo palabras, sino acción.

A la inversa: la acción humana no es muda ni in-significante. Toda acción humana es locuaz y significativa. Nuestro hacer habla de nosotros y de los valores, sueños, ideales, sentido o sinsentido que llevamos dentro. Nos revelamos a los demás (y a nosotros mismos) en nuestras acciones, y revelamos también nuestro universo o vacío interior. Tal vez las palabras más importantes de la historia de la humanidad fueron acciones antes de mudar en palabras. Mejor: fueron palabras vivientes, antes de devenir en lenguaje.

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Por estas razones, Séneca ruega a Lucilio que cuide el estilo en la escritura: no está en juego la pureza estética, sino el modo en que se manifiesta, revela y construye el alma del discípulo, tanto en lo que hace como en lo que dice y escribe. Por estas razones la pedagogía nos invita a escribir nuestras inquietudes y reflexiones, pues la escritura nos obliga a ordenarlas y, al hacerlo, nos ordenamos nosotros mismos. Por estas razones el diálogo y el debate están en el corazón de la educación liberal: gracias a ellos empezamos y llegamos a ser quienes somos.

Saber que la palabra es acción nos ayuda a tomárnosla en serio. Saber que nuestras acciones son locuaces, nos ayuda a tomárnoslas en serio. La disonancia entre lo que hacemos y lo que decimos revela una fractura interior; y por eso, el consejo y testimonio de los mejores maestros nos invita a tratar de unificar vida y acción: que nuestras palabras sean acción; y nuestras acciones, palabra.

Este artículo, publicado originariamente en Dialogical Creativity,  es reproducido con permiso del autor.

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