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Discutir: esa es la tradición

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Dos jóvenes rabinos discutían sobre si la tradición apoyaba unos u otros ritos. Fueron a exponer su disputa a uno de los más sabios. «Yo creo que la tradición es…», dice el primero. «No, esa no es la tradición», contesta el viejo rabino. Entonces el otro, envalentonado, espeta: «Claro que no es esa; la tradición es…». Pero el anciano contesta: «No, esa no es la tradición». Confusos, ambos piden la respuesta al sabio, para así evitar seguir discutiendo. «¡Ah! Discutir. ¡Esa es la tradición!», contestó el anciano.

Hay quien relata esta anécdota como un chiste sobre la cultura judía, pero otros saben que es verdad. Es propio de judíos discutir entre ellos el sentido correcto de sus tradiciones. Es propio de griegos discutir el origen de cada cosa y el sentido de las decisiones a tomar. Es propio de romanos discutir sobre política, derecho y guerras. Es propio de cristianos discutir de todo, incluso de Teología y aun cuando durante un tiempo se jugaran la vida al hacerlo. Es, en definitiva, propio de Occidente, creer que existe la verdad, que no la inventamos nosotros –ni como personas, ni como pueblos– y que está en nuestras manos, gracias al debate, llegar a certezas sólidas que dirijan nuestra vida, y no dejar ésta al capricho, la opinión o la moda.

Mientras hay ánimo de discutir para encontrar la verdad hay esperanza para el hombre. Cuando ese ánimo desaparece, gobierna el capricho del más fuerte. Hay momentos en que la humanidad se jugó este derecho de forma más decisiva que en otras. Uno de los acontecimientos históricos que marcó los designios de Europa es la guerra entre Jerjes –y sus esclavos persas de largas cabelleras– y los ciudadanos griegos.

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Jerjes era rey de reyes de Asia, tenía sometido bajo su gobierno tiránico a todo el mundo conocido… excepto a Europa, cuyo primer escollo eran las polis griegas. Jerjes gobernaba su ejército a latigazos y sus súbditos, generales y gobernadores eran esclavos ligados a su persona. Cuando Jerjes hacía ademán de discutir algún asunto, aunque fuera una táctica militar, nadie osaba oponérsele, por miedo a perder su cabeza.

Enfrente tenía a los griegos, un conjunto de polis acostumbradas a pelear y discutir entre sí y que lograron unirse, por vez primera en su historia, sólo cuando vieron amenazada su posibilidad de discutir entre ellos. Si algo valoraban los griegos era su libertad personal y su autogobierno. Son los padres de la democracia. Incluso en aquella grave situación, quien gobernaba los destinos de Atenas, Temístocles, se dirigía a los suyos como uno más, y debía convencer a sus conciudadanos y a los gobernadores de otras polis para hacer frente al enemigo común.

Curiosamente, la aparente discrepancia interna entre los griegos sería crucial para que Jerjes se confiara y sufriera la gran derrota naval en Salamina. Los griegos estaban en clarísima inferioridad numérica, pero si en el bando de Jerjes los soldados luchaban para evitar latigazos, en el bando griego luchaban en nombre de su libertad, y eso –con todo lo que ello supone– decantó los destinos del mundo.

Desde entonces hasta hoy, los europeos han seguido discutiendo y peleándose. De esa forma han sido los padres de la filosofía y de la ciencia, de la democracia, de los derechos humanos y del derecho internacional. Mientras nuestra tradición siga siendo discutir por ánimo de encontrar juntos la verdad y la decisión más adecuada, seguiremos, aunque sea a trompicones, edificando ese lugar donde la vida se ensancha.

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Addenda: sí, discutir es la tradición. Pero discutir en función de la verdad, no en función de intereses particulares. Por eso, lo que hoy llamamos debate político o tertulia periodística ni es discutir ni es la tradición.

(Artículo originalmente publicado en ‘dialogical creativity‘)

Profesores de la Universidad Francisco de Vitoria discuten sobre el sentido del atrio de los gentiles en Jerusalén. Septiembre de 2011. Foto: Álvaro Abellán-GarcíaProfesores de la Universidad Francisco de Vitoria discuten sobre el sentido del atrio de los gentiles en Jerusalén. Septiembre de 2011. Foto: Álvaro Abellán-García

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