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Juan Rodríguez Hoppichler

Máster en Pensamiento español e iberoamericano por la Universidad Complutense. Me he pasado media vida en el extranjero. Ahora parece que me he asentado de nuevo en Madrid, donde vivo y soy feliz. Participo en los podcast Triálogos

Juan Rodríguez Hoppichler tiene 2 artículos publicados

Gregorio Luri en TRIÁLOGOS: “El psicólogo más grande de Europa era Lope de Vega”

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Bajo la hegemonía progresista parece obligatorio abominar de todo legado y tradición. Lo nuevo es bueno por ser nuevo, y todo lo heredado es intrínsecamente perverso por el mero hecho de serlo. Se nos dice que tenemos que reinventarnos constantemente y practicar una política de tierra quemada con cualquier vestigio de sabiduría transgeneracional; nos imponen un adanismo perpetuo, un reinicio diario, con lo que esto tiene de desarraigo y desestructuración social. En lugar de comunidades fuertes y solidarias, de las que cobijan, se prima el seccionarnos en grupos de afinidad enfrentados entre sí y perpetuamente resentidos; quedamos así abocados a luchas identitarias que hacen inevitable la mediación del Estado para gestionar tanta colectividad ofendida.

Como ciudadanos, podemos dejarnos llevar por la corriente, y buscar ansiosos el reconocimiento individual acumulando likes en la red de gente que no abrazaremos nunca, y hacer nuestros los tópicos políticos progres con los que nos bombardean los medios. También podemos declararnos víctimas del mundo y esperar en algún lugar tranquilo a que nos otorguen el derecho a tener más derechos que nuestros vecinos.

O  podemos elegir el camino difícil, el de la ética, el de la common decency orwelliana: abrazar la realidad sin aclamar sus injusticias, no deslumbrarnos por lo novedoso por sistema, ser críticos con la modernidad y quedarnos con lo que ésta que tenga de liberadora mientras rechazamos sus esclavitudes… O sea, ser simple y llanamente un conservador, alguien que está más abierto a lo bueno que a lo nuevo.  

Claridad e impacto de un pensamiento abandonado

En los podcasts de Triálogos seguimos contando con invitados de excepción. En esta nueva entrega el pedagogo y filósofo Gregorio Luri ha desarrollado los temas que trata en su imprescindible obra La imaginación conservadora.

Vivimos tiempos de polarización política y debates histéricos. Por lo que se agradece escuchar el hablar amable y reposado de un conservador sin estridencias, alguien que no acepta las imposiciones del progresismo ambiental, pero tampoco sueña con cargas de húsares restableciendo algún periclitado poder imperial. 

Luri es profesor y se nota en su claridad expositiva. También hay cierta honestidad en sus propuestas, ya que rehúsa a darnos una fórmula infalible para actuar políticamente. Ser conservador es una actitud escéptica que se modula según el territorio y la tradición que se habita, por lo que difícilmente se puede promulgar un catecismo universal conservador. 

Aquí le escuchamos derrochar su amable sabiduría, ajena a los academicismos o las petulancias postmodernas. Por ejemplo como cuando suelta joyas tipo que “el psicólogo más grande de Europa era Lope de Vega”, que es lo menos canónico que se puede decir hoy. O cuando defiende sin complejos la libertad educativa frente a las imposiciones estatales, que es una herejía tal y como está el tema en nuestra época.

En definitiva, este programa 35 de Triálogos versa sobre qué significa ser conservador hoy en España, pocos temas son más actuales.  

Una reflexión a propósito de “Así empieza todo. La guerra oculta del siglo XXI”

En Cultura política por
Así empieza todo: La guerra oculta del siglo XXI

Vivimos tiempos en los que la política se ha convertido en un escupidero de bilis. En la esfera pública no hay nada constructivo ni ilusionante, solo insultos y anatemas moralistas. Por eso se agradece dar con un autor al que no se le puede ubicar en ninguna bandería vigente, y que en lugar de escribir con dedo acusador se limita a analizar con sosiego los problemas actuales.

Esteban Hernández es un columnista de El Confidencial que desde hace un lustro saca un libro al año. El último es “Así empieza todo. La guerra oculta del siglo XXI“, donde indaga en el porqué de los cambios geopolíticos actuales, cómo el Covid-19 no ha hecho más que agudizarlos, y hacia dónde cree que nos dirigimos con este nuevo orden iliberal que padecemos. 

Son diez capítulos y doscientas cincuenta páginas muy bien escritos -con algunos párrafos cincelados de hecho con gran belleza– en los que repasamos entre otras cosas la conversión en pocos años de China de país feudal a superpotencia, la irrupción del teletrabajo y la digitalización, los populismos, y la nueva cultura mainstream individualista y cínica.    

El capitalismo financiero no construye nada concreto, parasita los procesos productivos, requiere flujos de capital globales, y crece mejor entre sociedades desvertebradas y con estados debilitados. 

Hernández entiende que el origen de los fenómenos sociales está en su estructura económica. Nos dice que en nuestro tiempo coexisten dos maneras de entender el capitalismo, por un lado el fordista, que es productivo, industrial, ávido de enraizamientos nacionales y amparo estatal; y por otro lado está el capitalismo financiero, que no construye nada concreto, parasita los procesos productivos, requiere flujos de capital globales, y crece mejor entre sociedades desvertebradas y con estados debilitados. 

Tras la crisis del 2008, el capitalismo financiero, en lugar de hacer propósitos de enmienda, salvó la situación acelerando su dominio sobre el fordista, lo que explica que cada vez las clases medias y bajas occidentales vivan peor y se sientan más excluidas de sistema democrático liberal, que hasta hace poco parecía incontestable. 

El capitalismo fordista generó muchas injusticias y desde luego no es la panacea, pero como nos recuerda Hernández, había llegado a un punto en que elevó el nivel de vida de la población y funcionaba razonablemente bien. En esta forma de orientar la economía, por ejemplo, cuando un empresario quiere abrir una fábrica de muebles en una ciudad, contrata a los vecinos de la misma, activa una economía de arrastre que beneficia al sector servicios local, y sobre todo paga impuestos en el país, que si el Estado es eficiente se convierten en bienestar social. 

El capitalismo financiero sin embargo no funciona así. Sus agentes se mueven entre ciudades globales, buscando territorios donde hacer operaciones financieras que cada vez se relacionan menos con la economía real y que a menudo implican hacer grandes negocios hundiendo sectores productivos. Luego se llevan los beneficios a algún paraíso fiscal sin que no quede nada más que deslocalización económica y resentimiento social en el lugar donde intervinieron. 

El autor se adentra sin muchos prejuicios en el charco de lo políticamente incorrecto. Ve una degradación de la condición humana como consecuencia del capitalismo financiero, que está detrás de las grandes transformaciones sociales de las últimas décadas. Sus aliados para ello están en las dos bancadas políticas de hoy. La izquierda contracultural, lejos de traer la liberación anunciada en el 68, no ha hecho más que hegemonizar los medios de comunicación para difundir una ideología nihilista y antioccidental que ha enajenado a grandes capas de la población más tradicional, que además era ya la más perjudicada por la desindustrialización. Los llamados partidos conservadores tampoco supieron ver lo que merecía la pena conservar -la common decency orwelliana-, y respondieron a la contracultura progresista con una contracultura individualista que también dinamitaba toda forma de comunitarismo y apoyo a los que se quedaban atrás.

La transmutación de los valores

Ambas corrientes, entre las que oscilamos hoy, no buscaron mantener los valores de siempre sino crear unos nuevos.  Como eso no ha funcionado y básicamente han dejado a las personas perdidas y sin referentes morales centenarios (familia, religiosidad, patriotismo…), ahora se acusan mutuamente de todas las calamidades sociales en lugar de ofrecer proyectos constructivos. 

Hernández repite varias veces y de distintas formas que lo que hay que hacer ya para empezar a recuperarnos es restituir los vínculos sociales y los valores conservadores. Para él, este humano apátrida, solitario y volcado hacia una sexualidad cada vez más bizarra que nos imponen los relatos hegemónicos sólo favorece a los especuladores que hacen su agosto entre personas rotas y aisladas. Tenemos que volver a levantar puentes

Nuestro país no parece tener un futuro muy halagüeño en Así empieza todo. Nuestras élites están poco capacitadas para proyectos a largo plazo y se limitan a oficiar de intermediaros con el capitalismo financiero y los poderes regionales. Muchos de nuestros quebrantos tienen que ver además con la dependencia de Alemania, que no ha estado a la altura como cabeza de la Unión Europea, y cuya alianza con unos Estados Unidos en retirada empieza a ser un pesado lastre. 

Pero las propias lógicas del capitalismo igual sí pueden jugar a nuestro favor. Hernández considera inviable que el propio sistema pueda sobrevivir primando su vertiente financiera, ya que necesita un mínimo de productividad real para sustentarse. Entonces sí es posible que afloje un poco su presión y a corto y medio plazo se recupere la economía industrial. Europa podría recuperar su proyecto unificador reactivando la producción y aprovechando la digitalización para refundarse.

Con la llegada de este período de reconstrucción económica la política biliar que nos ha polarizado y enfrentado como sociedad se iría disolviendo poco a poco, y todos estos populismos abrasivos pasarían a ser malos recuerdos colectivos. La economía que produce bienes tangibles a gran escala necesita de redes de cooperación, suma de esfuerzos, buenas comunicaciones, y política eficiente. Requiere que estemos unidos, en suma. 

Si tuviéramos que resumir nuestra conclusión de Así empieza todo en una frase, sería que la vuelta de un capitalismo fordista que nos obligue a fabricar cosas juntos es tal vez la última esperanza de esta sociedad depresiva y rota.         

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