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Ignacio Pou - page 5

(@IgnacioPou) Fundador de Democresía. Soy un catalán felizmente afincado en Madrid. Agnóstico futbolístico (para mi tranquilidad) pero católico. Periodista. Máster y doctorando en Filosofía. Amante de la filosofía, la antropología y la política, todo ello enmarcado en una vocación por comprender y comunicar más y mejor. En ello consiste la misión de mi vida.

Ignacio Pou tiene 97 artículos publicados

Llorar, patalear, votar

En Asuntos sociales/Cultura política/Pensamiento por
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Comentaba Chema Medina en un artículo publicado esta semana que uno de los grandes logros del PP y del PSOE en las útlimas décadas ha sido el de enfurecer a la población española hasta el punto de lograr que se interese por la política, todo un hito en la historia de España.

Ahora bien, que la falta de interés político forma parte del carácter y la costumbre de buena parte de la población española no quita que, cuando las cosas pintan mal, la culpa sea siempre de los mismos, según la opinión comúnmente extendida. Sigue leyendo

Posmodernos y anti científicos (o la noche oscura de la Razón)

En Ciencia y tecnología/Pensamiento por
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Desde las razones para la elaboración de las políticas gubernamentales hasta la elaboración de los currículos educativos, todo pasa por la decisión soberana de la ciencia, que aprueba o desaprueba en último término cada una de las decisiones de la vida del Estado. Incluso para obtener el carné de conducir, uno ha de someterse al examen científico de las propias capacidades físicas antes de poder demostrar que sabe conducir.

Pese a que no considero un error aplicar el raciocinio a todo aquello que es susceptible de ser sometido a su juicio para ser conocido con mayor verdad, lo cierto es que –como casi todo– al convertirse en la “panacea” de una sociedad la ciencia empírica termina por romperse.

Así, más allá del ámbito de la física, la medicina, la estadística o la matemática, el argumento científico se ha convertido en la meretriz de cualquier discusión social entre colectivos y sujetos, arrojándose datos y cifras a la cabeza con independencia de que tengan la autoridad o el compromiso necesarios (o el más mínimo interés) para esgrimir con verdad sus argumentos.

Pongamos un par de ejemplos: la ciencia sirve igual para condenarnos (todavía por razones desconocidas) a los que nos llamamos cristianos que para construir un puente o diseñar un ‘smartphone’. Eso sí, dada su condición de ramera, se la puede abandonar sin remilgos en favor de la conveniencia cuando se trata de abordar la humanidad o no humanidad de un feto o asumir que, simplemente, debe ceder a la legitimidad de los “sentimientos” si se trata de dirimir el “género” de un sujeto.

Feyerabend se equivocó. No es la ciencia la que guía los destinos de nuestra sociedad. En lugar de su “tiranía”, vivimos el auge de la tecnología, la aplicación práctica de la ciencia, cuyo desempeño no exige ningún tipo de compromiso intelectual o moral con la realidad más allá del pragmatismo a cambio del poder de transformar la realidad de acuerdo a nuestros propios intereses, sean estos legítimos o no.

No es que tenga nada contra los ingenieros, cuya labor y aportación a la sociedad es encomiable, pero la preferencia de nuestra sociedad por la “tecnología” frente a la “ciencia” puede servirnos como imagen de la degradación moral que sufrimos consciente o inconscientemente como pueblo.

¿Qué tienen que ver ciencia y moral?

La pregunta que alguno podría haber formulado llegado este punto es: ¿Qué tienen que ver ciencia y moral?

Tanto para alcanzar el descubrimiento como a consecuencia de él, el hombre de ciencia (a partir de este punto abrimos la ciencia también a las disciplinas no empíricas) desarrolla la humildad absoluta ante la realidad que investiga. Ya sea mediante la resignación o a través de la aceptación voluntaria, quien quiere obtener el fruto de la investigación se ve obligado a jugar con las reglas del juego que el universo le impone con su modo de ser y de actuar.

El investigador no inventa, reconoce. No es un proceder creativo en tanto que no consiste de la modificación de aquello en lo que centra su atención y solo por amor a la realidad (sin el cual no es posible mantener en el tiempo el enorme esfuerzo y desgaste personal que supone investigar) desarrolla la creatividad necesaria para encontrar los escalones que hacen falta hasta llegar a la contemplación de aquello que apenas se vislumbra.

La lista de valores, virtudes y actitudes que derivan del ejercicio de la ciencia es larga. No pensaba detenerme en ella para no alargarme más de lo necesario (su tiempo es valioso) pero, si les interesa, les recomiendo vivamente la lectura de un buen libro que me prestó un buen amigo : ‘Solo el asombro conoce‘.

Humildad, creatividad y amor, el punto de partida

La civilización occidental, desde sus primeros estadios hasta el día de hoy, se ha caracterizado por ser la única capaz de desarrollar una cultura “científica”. Es decir, por fundar su modo de vivir y su cosmovisión en la búsqueda y el descubrimiento de lo que las cosas son realmente, en lugar de apoyarse sobre el mito y cerrarse a la crítica.

¿Verdad contra convivencia?

Hoy en día, como ocurrió también en la historia reciente, cometemos la imprudencia de abandonar el espíritu científico para echarnos en brazos de la “realidad particular” afirmada por encima de la realidad completa. En el pasado fueron las ideologías comunitaristas (nacionalismo, socialismo o nacionalsocialismo son algunos ejemplos) y en la actualidad el fenómeno se ha reducido al ámbito y a los intereses del yo.

Esta afirmación suprema del nosotros o del yo supone renunciar al orden natural del mundo en que vivimos para ordenar el valor de las cosas de forma que el interés de quien sostiene esta posición se vea inmediatamente beneficiado. No es ya la realidad que es la que impone la ruta a seguir de nuestras sociedades sino que la hemos sometido al cómo debería ser para que nuestros deseos queden saciados (cosa que nunca llega a ocurrir).

De este modo, redefinimos el género, la persona y la familia, destruimos el medio ambiente, separamos la sociedad en castas o identidades “nacionales” contrapuestas (por poner algunos ejemplos de actualidad) como justificación ideológica para ejercer la violencia sobre aquella parte de la realidad que, a nuestro juicio, nos impide alcanzar la satisfacción de nuestras aspiraciones.

Así, convertimos el odio en herramienta transformadora de la realidad bajo la premisa de que la naturaleza está mal hecha, en lugar de buscar en los fenómenos del hombre, la sociedad y el mundo la forma correcta de mirar y tratar lo ajeno a nosotros mismos. ¿Cabe esperar que no sea así?

El hombre occidental está llamado a ser científico, no desde el laboratorio sino en su relación con los otros y con el mundo. Todo lo que hemos alcanzado lo hemos hecho desde la observación atenta y la comprensión de aquello que nos rodea, de forma que, respetando el mundo, hemos obtenido de él el mejor modo de convivencia. La tecnología de que disfrutamos es buena muestra de ello.

Ahora bien, desde el momento en que hemos dejado de mirar asombrados a cuanto y quienes nos rodean, de estudiar con pasión, pero también con humildad, amor y creatividad, nos hemos condenado a pelear, unos con otros, por los restos de la civilización y del mundo. Hemos convertido al mundo y a los otros en instrumento para nuestro beneficio (o enemigo de él) en lugar de hogar y compañía de nuestras vidas, respectivamente.

Son muchos y muy complejos los problemas por los que pasa España en estos momentos. Desde la difícil comprensión de las causas y de la salida de la crisis económica (obviando reduccionismos ideológicos que se enmarcan en la visión dialéctica que acabamos de describir) hasta la convivencia entre los distintos, ya sea por el nacionalismo o por la integración de la inmigración; pasando por el conflicto entre dignidad humana e interés personal (aborto, eutanasia, desahucios, precariedad laboral…), los retos a que nos enfrentamos requieren de lo mejor que nos ha dado nuestra civilización.

De no poner todo nuestro empeño, toda nuestra ciencia, y de no empuñar nuestros mejores dones (humildad, creatividad y amor) para reconocer y comprender los conflictos y corregir el rumbo de nuestra sociedad, nos veremos abocados de forma inevitable a la guerra, ya no entre comunidades ideológicas, sino del yo contra el otro. Será el fin de nuestra civilización.

Otro mesías que viene… y se irá

En España por
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Una de de las evidencias más claras de la religiosidad humana es la cantidad de iluminados que se han alzado a cada momento histórico reivindicando para sí el signo de los tiempos y la salvación de su generación. Todavía más sorprendente y vergonzoso para el género humano resulta el apoyo con que siempre han contado dichos mesías y la fe ciega con que en muchas ocasiones han sido elevados por la multitud, aunque no por todos.

Montaje que circula por Internet
Montaje que circula por Internet

Como es natural –a excepción de algún honroso caso– todos ellos tienen una duración limitada o muy limitada y tanto su persona como su legado son, por lo general antes de consumar sus aspiraciones, desenmascarados y convertidos en víctima sacrificial a través del escarnio, la burla y el disimulo de quienes antes los habían elevado sobre el común de los mortales.

La lección que sacamos de todo ello -o la que no terminamos de aprender, según se mire- es que el hombre es, por definición, un ser imperfecto y condenado a caer una y otra vez en lo que la cultura judeocristiana ha venido a llamar “pecado” y que se explica por la debilidad de la voluntad humana. Tanto más, cuanto más amplio es el grupo de los llamados a redimir el mundo.

La cuidada pero vieja estrategia de Podemos va precisamente en esta dirección. A través de la clasificación de los españoles entre los buenos y los malos, la “casta” y el “pueblo“, se han erigido en portadores de una verdad moral cuya manifestación política y órgano redentor es Podemos.

El mismo nombre de la formación recoge en la acción indefinida (el verbo sin complemento directo) cualquier aspiración o esperanza con que se quiera adornar a quienes llevan la corona (no pretendida) de someter a la “casta” a su juicio final y llevar al “pueblo” al paraíso. Ya en su momento lo intentó Gordillo cuando al prometer su cargo de diputado del Parlamento Andaluz, lo hizo comprometiéndose con “las criaturas humanas, la utopía, el pueblo andaluz, la nación andaluza, la insumisión y la libertad”.

Aunque más pueblerino, estrafalario y algo menos agraciado, el edil de Marinaleda afronta, como le tocará en su momento al apuesto profesor universitario, el destino histórico de completar el círculo natural de todos los mesías y pasar por el ara sacrificial, como es de rigor.

Así, independientemente del ámbito en que se pretenda la “salvación” de los hombres, el mesianismo es una de las más explosivas formas de promoción social (si no, recuerden quién era Pablo Iglesias en enero de 2014) pero también una de las más difíciles de mantener. Su efectividad radica en lo más íntimo de la antropología: en su sentido religioso. Sin embargo, a diferencia del resto de líderes, (a quienes se podrá vituperar si caen) al mesías no se le permite bajar del pedestal si no es con una piedra de molino al cuello.

El mito griego de Ícaro y Dédalo ilustra bien lo que ocurre a quienes se olvidan de la debilidad de la condición humana.
El mito griego de Ícaro y Dédalo ilustra bien lo que ocurre a quienes se olvidan de la debilidad de la condición humana.

Hay que reconocer que Iglesias ha sido valiente, y que hará falta más que una entrevista con Ana Pastor para empañar el brillo de la estatua de oro con que presuntamente le adoran cientos de miles, quizá millones, de españoles. Es posible incluso que, independientemente de lo equivocado de sus ideas, en lo personal sea “trigo limpio”. Lo desconozco.

El error original de la formación que lidera, sin embargo, es olvidar la condición natural del hombre, y la verdad de que, independientemente de la bondad de las propias ideas, todo el mundo es capaz de convertirse en casta. Si no, que se lo digan a Errejón.

No tenerlo en cuenta es infantil, presuntuoso y peligroso, pues, aunque uno pueda engañarse a sí mismo, el “pueblo” que ahora le adora terminará por aborrecerle. La pregunta es si caerá antes de las elecciones generales, o habrá que cargar con él durante la próxima legislatura.

Echen un vistazo:


España es Cayetana (unos más que otros)

En España por
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Nuestras vidas son los ríos que van a para a la mar, allí van los señoríos…” (Jorge Manrique, siglo XV)

 

En España hay quien llora estos días la muerte Cayetana Fitz-James Stuart, la duquesa de Alba, fallecida este martes por una infección pulmonar. También hay, como suele ser corriente en esta nuestra España, quien aprovecha el ‘trending topic’ de las redes sociales para vertir en ellas y tratar de contagiar sus reivindicaciones y su odio, aunque sea a costa de los muertos.

Lo cierto es que no me resulta extraño que haya a quien le moleste la supervivencia de ciertas formas de aristocracia, que sin duda son vestigios de un sistema que, gracias a Dios, no tiene ya lugar en España. No es que tenga nada en contra de los aristócratas, que con toda seguridad son muy majos, pero considero un orgullo poder disfrutar o sufrir –según el día– un sistema democrático.

El matrimonio Democracia-Estado del Bienestar nos prometió en su día construir una sociedad en la que todo hombre y mujer fueran vistos como iguales ante la ley y depositarios de idénticos derechos y, a la vez, avanzar hacia un sistema que garantizase que todo el mundo pudiese disfrutar de los servicios básicos y las oportunidades necesarias para desarrollarse en condiciones de libertad.

Esa, claro está, era solamente la promesa. Lo cierto es que tanto los últimos derroteros de la política española, como los orígenes del actual régimen, son testigos de que democracia y Estado del Bienestar son los únicos inocentes en el actual régimen de desigualdad y frustración que azota el país.

El ‘café para todos’ fue la claudicación primera que cercenó la posibilidad de que se cumpliera la utopía democrática. Los españoles –a menudo los mismos que derraman su bilis sobre el nombre de la difunta– somos los primeros reacios a renunciar a nuestra “diferencia” particular, a nuestros “derechos” históricos, que no son otra cosa que privilegios del mismo orden que los de la duquesa. En el fondo, todos somos un poco Cayetana.

Así, desde lo más amplio hasta lo más particular, encontramos que el “autonomismo” (por llamarlo de algún modo) ha derivado en fueros y fiscalidad propia para unos, amplios estatutos de autonomía para otros, o reivindicaciones nacionalistas en regiones que, a falta de historia que sustente sus propios privilegios, hacen dela “cultureta” popular –o el paletismo, según se mire– un signo de identidad diferenciador.

Si bajamos a lo más tangible, el puñado de kilómetros que separan a los pueblos y ciudades de unas comunidades autónomas, de los de otras, determinan el presupuesto que reciben las escuelas de ambas, los servicios a que tiene derecho quien acude a un hospital o las ayudas que recibe para atender a sus mayores.

Todo ello, debido a un sistema que invita a la diferenciación de sus ciudadanos (¿cuántas comunidades autónomas tienen un origen histórico seriamente fundamentado? ¿No son los privilegios de las regiones históricas propios del Antiguo Régimen?) y pone al servicio de la diferencia los derechos más básicos de la población, convirtiéndolos así en privilegios o desventajas, en función de cuál sea el terruño al que halla ido a echar raíces cada uno.

Igualdad, sí. Pero igualdad para todos.

El traje invisible del emperador Mas

En Cataluña/España por
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Había una vez un emperador muy presumido, presumidísimo, a quien el sastre real había confeccionado un “flamante” traje transparente con el que admirar al mundo. Sus más allegados, por miedo a sufrir la ira del monarca, desistieron de intentar disuadirle de la idea de pasearse en público ataviado de tal guisa… El resto de la historia la conocen perfectamente o pueden imaginársela.

Precisamente este jueves, la dirección editorial de ‘El País’ calificaba como un “pésimo final” la decisión de la Fiscalía de querellarse contra el presidente de la Generalitat de Catalunya, Artur Mas, por indicios de delito durante la preparación, celebración y financiación de la consulta ciudadana que –recordamos– había sido prohibida por el Tribunal Constitucional (TC). Sigue leyendo

Cataluña 2015: Tres escenarios posibles

En Cataluña/España por
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Foto: Pedro Madueño
Foto: Pedro Madueño

Pasó el 9N y, como era de esperar, todo el mundo ha ganado: la ley y la ilegalidad, la democracia y el autoritarismo, la realidad y la imaginación, los hechos y la propaganda. Hay veredictos para todos los gustos. La pregunta que nos ocupa ahora, y que nadie se afana o acierta a responder con claridad es: ¿Y ahora qué?

Es cierto que es poco periodístico hablar de futuribles, pero en esta ocasión permitirán que haga una excepción, realice un pequeño ejercicio de prospectiva y plantee tres hipótesis de lo que puede acontencer en los próximos 14 meses y un poco más allá. Sigue leyendo

#9N: El peligro de la política simulada

En Cataluña/España/Sin categoría por
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Lo cierto es que, para bien o para mal, los sucesos políticos no tienen siempre consecuencias lógicas en la vida de una sociedad, y estas dependen más, en cambio, de la percepción que los ciudadanos tienen de aquellos.

Conscientes de esto, los partidarios de alentar un proceso rápido de separación entre Cataluña y España, han aceptado (aunque a regañadientes) rebajar hasta niveles negativos la fiabilidad de su “consulta”. Es debido recordar que los frutos del #9N, no es que no tengan peso político en un Estado democrático, es que ni siquiera como encuesta o recogida de firmas tienen mucha fiabilidad.

Sin embargo, los responsables de la estrategia nacionalista, los mismos que supieron rentabilizar electoralmente la crisis económica, han sabido –sin duda alguna– aprovechar también una situación, a priori, desfavorable (la ilegalidad del ansiado referéndum) para reforzar su base popular.

Los ardides con que han ideado el formato del #9N,desde la calculada estética democrática hasta la cuidadosa selección de los segmentos de población autorizados a participar (de cara a obtener el resultado más eficiente para la causa) y el estudio de los límites legales para no ser imputable, provocarán sin duda alguna que muchos de quienes han participado en la encuesta crean realmente que han participado de un proceso democrático, e incluso de que su –mal llamado– “voto” es fuente de alguna legitimidad para futuras decisiones.

Alimentar la imaginación del pueblo (mediante la estética democrática y el discurso épico) para que albergue una esperanza, en contra de lo que realmente ha ocurrido en términos políticos y legales (nada), solo conducirá a la frustración de las personas que han participado en la consulta. Y, ¿qué mejor madera para avivar la hoguera independentista que 2,2 millones de frustrados?

Que cada uno juzgue si es una estrategia responsable por parte de los dirigentes catalanes, lo que no cabe duda es que será efectiva.

 

 

Una encuesta ‘fashion’

En Cataluña/España por
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Escribo estas líneas un domingo por la noche, mientras en varias cadenas de televisión nacional dedican la mayor parte de su programación a la cobertura del #9N y al seguimiento de los resultados, que aún tardarán un buen rato en hacerse públicos. ¡Qué decir de las redes sociales!

Lo cierto es que los adornos y la retórica impuesta por la organización del evento han conseguido engañar al más listo y apartar la vista del hecho de que lo que hoy se ha celebrado ha sido una encuesta “fashion”.

Una recogida de firmas o unas llamadas a 1.500 números de las páginas amarillas tienen, de hecho, el mismo valor democrático que todo el tinglado despegado hoy por los nacionalistas en mi tierra.

Es cierto que no tiene tanto glamour firmar una lista de adhesión como introducir la misma opinión en una urna. Como compensación, el disfraz de la democracia le añade un poco de morbo y otro poco de épica al asunto

En cualquier caso, pese a quien pese, las cosas son las que son y esta no es más que una encuesta mal hecha, una sin selección de nuestra ni valor estadístico y sin un resultado claro -sea cual sea- porque tampoco las preguntas lo son.

Tampoco se sabe cuántos eran los “llamados” a participar, porque nadie tiene ni idea del número exacto de personas extranjeras mayores de 16 y con más de tres años de residencia en España. Para colmo, al no ser un referendum oficial tampoco se puede contrastar el resultado con los datos del censo electoral.

Vamos, lo que viene a ser el rigor y honradez moral e intelectual a la que nos tienen acostumbrados en Cataluña, eso sí, con una buena dosis de “sentiment”.

Las condiciones de la independencia

En Cataluña/España por
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Supongamos –obviamente como mero ejercicio intelectual– que pudiéramos pasar por alto la legalidad y la legitimidad del Estado Español para prohibir cualquier medida que lleve a la independencia de Cataluña y que esté fuera de los cauces legales, es decir, fuera de un proyecto de reforma de la Constitución.

Supongamos que nos atenemos únicamente a la soberanía de los pueblos, si es que se puede entender a Cataluña como una unidad popular (y no una sociedad plural) separada de las demás realidades españolas. Sigue leyendo

Queremos votar

En Cataluña/España por
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En 1936, durante el régimen la Segunda República, el Ateneo de Madrid se erigió en juez supremo para decidir –democráticamente, por supuesto– la existencia o inexistencia de Dios. Todo un hito de la historia de la democracia y de la estupidez humana.

Desconozco si la pretensión de los que aquel día ejercieron tal acto de soberanía particular –el voto– esperaban que su decisión se hiciera extensiva al conjunto de la Humanidad, a la nación española o simplemente encontraron en el voto una herramienta adecuada para solventar sus discusiones de puro y salón. Parece claro que ni la Humanidad, ni España, ni Dios se tomaron muy en serio el resultado. Sigue leyendo

España ha fracasado

En España por
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España ha fracasado  ¿Cuál fue el error del régimen del 78? ¿A qué nos enfrentamos? ¿Qué es España?

Nuestra España, la que vive y convive desde hace siglos con más pena que gloria (aunque con más gloria que muchas otras naciones) ha fracasado y se dirige hacia el desastre más absoluto.

El último intento por salvar los muebles lo protagonizaron hombres a quienes hoy se llama héroes por asumir sobre sus hombros la inmensa responsabilidad de guiarnos hacia la democracia.

La transición que admiró al mundo fue, sin embargo, la última estocada a una comunidad ya herida de la que se ultiman los preparativos para el funeral. Los catalanes seremos, según parece a día de hoy, quienes cierren definitivamente el ataúd.

¿Cuál fue el error? ¿En qué parte de nuestra tortuosa historia nos desviamos del camino iniciado por nuestros antepasados? ¿Tiene sentido España hoy?

Estas preguntas me han inquietado durante largo y han aflorado con especial fuerza ante la incapacidad de nuestros dirigentes de oponer al proyecto secesionista más que tecnicismos y formalidades (empeoramiento de la economía, salida de la UE, ilegalidad de la consulta, derecho internacional…) que, si bien son ciertas, no satisfacen ni por asomo la exigencia de comunidad de los catalanes ni del resto de españoles.

Una definición de comunidad

Algunas de las respuestas las he encontrado en una crítica del italiano Luigi Giussani a quienes creen que “se puede construir la comunidad como convergencia desde fuera para realizar tal o cual cosa” (‘Educar es un riesgo’, Ediciones Encuentro, página 87).

Por el contrario juzga que la naturaleza de la comunidad radica en la “unidad profunda que nace de la convivencia provocada por una estructura común“, estructura que el define como el “modo de acercarnos a todas las cosas” y de “afrontar el problema del ser“.

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Viñeta publicada en Lainformacion.com

El error de la Transición

A la luz de esta definición, parece evidente que el último y mortal fracaso de nuestra comunidad fue, precisamente, el ampliamente venerado ” espíritu de la Transición”, con sus luces, pero también con unas sombras insalvables.

La Constitución y la España que pensaron aquellos grandes hombres que tanto lucharon por España fundó una actitud cobarde,  plasmada en la concesión definitiva a quienes exhibían como ideal la falta de compromiso con el proyecto español y con la propia comunidad.

La España democrática que conocemos nació muerta y es ahora cuando su putrefacción,  su corrupción original,  empieza a ser insufrible.

En lugar de proponer, o más bien hacer el esfuerzo intelectual e histórico de reconocer el fundamento, la naturaleza genuina, de la comunidad española y depurarlo de los restos de quienes en épocas pasadas quisieron monopolizarlo con sus ideologías, la España democrática ha incidido en la diferencia de los españoles a cambio de salvar la existencia del Estado Español.

Una vez más, nuestro pecado original del autodesprecio, la mezquindad y la pequeñez de miras, nos ha dejado vendidos ante quienes solamente querían repartirse los despojos de nuestra España.

Y todavía hay quien quiere ver en el mayor desmembramiento  de nuestra comunidad, la vía federal, una solución. A ver si triturando un poco los huesos conseguimos mantener de nuestro lado a los buitres por un tiempo.

Una propuesta valiente

En medio del ambiente de luto generalizado, es cierto que se ha colado en los últimos tiempos un poco de luz.

Discretamente, hay quien se ha atrevido a defender el proyecto español con una visión de España fresca y moderna pero en la que los viejos españoles -que no españoles viejos- o al menos yo mismo me veo capaz de reconocerme.

Les recomiendo fervientemente que vean el discurso íntegro de la plataforma Libres e Iguales del pasado 11 de septiembre, con motivo de la celebración en clave separatista de la Diada de Cataluña.

En caso de que no tengan tiempo para disfrutar de los casi 31 minutos de vídeo, vean al menos a partir del minuto 17:14, que es cuando comienza una nueva definición de España.

Pactar con el diablo

En Economía por
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Me preocupa sinceramente la imagen global de medio Occidente “comprado” o profundamente endeudado con la superpotencia china. Perdonen si me pongo apocalíptico.

La visita de Rajoy logró acuerdos de inversión por valor de más de 3.100 millones de euros para España. FOTO: EFE

Lo cierto es que la semana pasada, cuando nuestro presidente, Mariano Rajoy, visitó el país asiático para captar inversión extranjera, eché de menos al menos una pizca de reacción social semejante a la que se produjo cuando el pasado mes de noviembre (2013) España se disponía a jugar un partido amistoso de fútbol con Guinea Ecuatorial.

Recuerdo que , por aquellas fechas, las redes sociales se incendiaron y varios grupos parlamentarios mostraron su oposición a que la nuestra, la selección deportiva de un país democrático y garante de los Derechos Humanos, hiciera tal concesión a un territorio que, como bien saben, carga con el yugo de la familia Obiang desde hace décadas. Sigue leyendo

#Diada2014

En Cataluña/España por
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Txema Gerardo. Flickr

Es una pena abrir Facebook tal día como hoy y ver que amigos, conocidos e incluso algún pariente (afortunadamente pocos) han colgado orgullosos sus fotos, estelada sobre los hombros, en la manifestación de esta tarde, pidiendo la independencia de mi tierra, Cataluña.

No es una pena porque crea que se equivocan, que me parezca injusto o que sospeche que la propaganda del régimen les ha podido: que se han dejado llevar por la masa y por el corazón. Si se limitase a eso no sería tan grave.

Al final, el rechazo y el insulto a España y a lo español, tan pronto trasciende de los discursos políticos y las patrañas de los pseudointelectuales hasta alcanzar la calle, es el rechazo y el insulto a amigos, conocidos, primos, familia y a mi mismo, como catalán, en tanto que no nos ajustamos a lo que otros han decidido que debemos ser Cataluña y nosotros (aquellos que son como yo), como catalanes.

Nunca he conocido a alguien que por sincero y saludable amor a su tierra desprecie a los suyos. Solo el nacionalismo es capaz de envenenar los corazones y embotar las mentes hasta conseguir que los que siempre han sido uno se enzarcen ahora en una disputa cainita.

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