Revista de actualidad, cultura y pensamiento

UserImg Autor

Chema Medina - page 3

(@ChemaMedRiv) (Chema en Facebook) Grados en Filosofía y en Derecho; a un año de acabar el grado en Teología. Muy aficionado a la buena literatura (esa que se escribe con mayúscula). Me encanta escribir. Culé incorregible. Español.

Chema Medina tiene 60 artículos publicados

Rilke, el odioso vacilón

En Pensamiento por

Nosotros somos los errantes.
Pero el paso del tiempo
no lo toméis en cuenta
frente a lo que perdura.

Todo lo apremiante
habrá ya pasado;
pues sólo lo permanente
puede consagrarnos. Sigue leyendo

Esos toreros asesinos

En Asuntos sociales por
Representación alegórica de Franz Kafka

Una vez, en 1915, un demente hacia el que sin embargo guardo cierta simpatía, Franz Kafka, fantaseó en una novelilla de cuarto de baño sobre la transformación de un simplón Gregor Samsa en un escarabajo pelotero. Resulta que el buen muchacho se levantó un día insecto; tal cual, un gigantesco bicharraco que asustaba hasta a su madre. Sólo su hermana, haciendo de tripas corazón, le llevaba comida con la nariz tapada y bajo la condición indispensable de que la cosa que era su hermano se escondiera, para evitar escenas repelentes.

La obra fue bien acogida por original en los años siguientes, pero lo cierto es que está agotada a día de hoy. No sé dónde diantre habrá nacido o de qué odioso excremento habrá germinado el antropomorfismo de nuestro siglo, pero lo cierto es que esta nueva droga, mucho más poderosa que la reciente marihuana sintética que a todos alarma, carcome con virulencia las mentes de los hombres.

Kafka es un absurdo: ¿cómo puede un hombre acostarse humano y levantarse animal? Lo que desgraciadamente no fue un absurdo es que un día los animales se levantaran personas. ¿Pero qué…?

¡Pero qué…! Así somos en el año 2015 del progreso y la civilización. Los animales tienen derechos, los árboles dignidad o incluso divinidad (¡ya quisiera estar exagerando…!), y los negros… hambre. Quien mate un cerdo es un asesino despiadado y quien comercie con huevos, delinque por trata de seres humanos.

Habla uno que odia los toros (me presentaría antitaurino, pero parece que para hacerlo es necesario haber ondeado la tricolor en la Puerta del Sol), pero con un mínimo de sesera. Odio esos espectáculos grotescos e infames en que un hombre vestido de colores rutilantes desangra un bicho. Me parece una aberración, una escena salvaje, cruenta y, sí, inhumana. Y si alguien va a gritarme discursos a lo americano sobre la libertad o las tradiciones de nuestros padres que se lo ahorre: las mismas apologías le vomitaron a san Cipriano de Cartago los partidarios del Circo romano.

Pero no, jamás compararía en términos de equivalencia el Circo de los gladiadores y el circo de los toros. Vergüenza de ser hombre me da cuando escucho cosas semejantes en la tele o cuando leo comentarios del estilo en una noticia compartida en Facebook. Amén de los demoníacos y sanguinarios improperios de los antitaurinos a los toreros, deseando su muerte más allá de la entronización de una cosa con cuernos. Seguro que tú, lector, has leído o escuchado tantos como yo. Y si no, allá un ejemplo resonante para ejemplificar: Ricky Gervais.

Tristeza; profunda amargura e impotencia, y un cierto brote de santa cólera, me provocan estas pasiones animalistas, vacuas y extraviadas: cuando IS, EI o Daesh, como cada cual quiera, atentó contra Charlie Hebdo, el mundo entero contrajo el alma y cantó un profundo y solemne responso; cuando Boko Haram secuestró y violó a 200 niñas negras, cuando arrasó una ciudad, Baga, masacrando a 2.000 negros (¡dos mil…!) o reventó con infernal poder la ciudad de Maiduguri asesinando a 58 personas, algún occidental de cada diez gastó en encomiable esfuerzo un adarme de saliva para interrumpir, de cuando en cuando, el sacrosanto coro de los grillos que acompaña siempre las tragedias africanas y asiáticas. Ya protesté en su día contra la cruel diferenciación entre europeos o americanos y africanos o asiáticos: hoy quiero escupir mis razones a los muchísimos anticaza que enconadamente desearon la muerte a Walter James Palmer, el desgraciado terrorista que sacrificó a Cecil, el León de Zimbabwe.

Niños pobres de Zimbabwe hacen cola por su ración

La osadía parasita siempre a los idiotas, no me corto y hasta lo remarco en negrita. Ni la vergüenza es capaz de retener su vano comento. Su lengua no sufre el ataque de los respetos humanos que a los mediotontos aprisiona, y no porque sean más inteligentes: porque son tontos enteros. No temen mostrar su idiotez al mundo, el sol no les acongoja. En el arte de opinar, el primero en lucirse es siempre el idiota, y es curiosamente el último en cambiar de opinión. Quizá porque ni la tiene. El idiota…

“Idiota” procede del griego τα ᾽ιδíα, que significa, en una traducción lo más literal posible, “las cosas propias”. El ἰδιώτης era para los griegos el egoísta (la traducción más fiel a nuestra lengua) que sólo se preocupa de uno mismo, de sus cosas. Sabiamente la tradición latina y su evolución al castellano lo han ungido con el álgido significado de estúpido.

En la era del nimio sentimentalismo, los idiotas florecen por doquier. Todo se juzga según la posición de uno; toda reacción aflora porque una emoción, una pasión ardorosa, ha conmovido al hombre. Nunca se le ocurre tomar la inciativa, salir hacia fuera y preocuparse por el otro: tiene que entrar el otro en él e involucrarle en su historia, y sólo así encontrará un motivo para esperar que el primero se preocupe no de él, sino de sí mismo en su carne. Ése no es un filántropo: es un egoísta. ¡Maldito el altruismo si se trata de esto…!

Ése, ése es el idiota, el que camina por la calle Mayor y, encontrando diez mendigos, sólo al que ha educido más tristeza de su entraña polvorienta da limosna. Es ése que lee por activa y por pasiva en las noticias las barbaridades de los gobiernos africanos y sólo mueve el meñique cuando una extraordinaria película, con una magnífica banda sonora, le rasga el corazoncito sensiblero. Ése es el hombre que la sociedad ensalza como paradigma de los valores humanos, al que yo llamo idiota, egoísta, falso, inhumano.

¿Qué otra hipótesis sino ésta explica que nos indignemos más ante la muerte de un mísero león, de un animal indigno, de un ser inferior (por decir la verdad me la estoy buscando) que ante el drama de 100 inmigrantes? Apabulla la franca naturalidad con la que explican los psicólogos el hecho consumado en sociedad. Somos unos idiotas.

Al final, parece que los republicanos antitaurinos, aun haciendo gala de su exultante conmiseración con el animal, al que tratan de igual al hombre, son los más míseros de los hombres, los más crueles de los seres, los más idiotas, en definitiva. Están cerca de aquellas Ménades del dios Dioniso, temidas por su ira irreflexiva, engendrada por años de entrega desenfrenada a las pasiones más bajas. Hay que ser muy estúpido para compadecer a un toro a la vez que se desea la muerte de una persona, y siendo indiferente ante el asesinato sistemático de millones de seres humanos. No sé por cuántos irá el IS, o las siglas de que se guste.

Antes que salvaje, estúpido.

Ni amigo de taurinos ni de antitaurinos. Porque los unos hacen del dolor ocio y de la muerte “arte”, aun tratándose de animales, de algo indigno (¡llamar belleza a la muerte! Como aquel fascista, Millán Astray, que gritó ¡viva la muerte!); porque los otros son más despiadados al ser su víctima no un toro, sino personas.

Porque los unos son sangrientos, y los otros son sanguinarios… e idiotas.

Las gordas sois feas, pero sois bellas

En Asuntos sociales/Mujer y género por
Elna Baker, la gorda que no se aceptaba

A propósito del artículo del diario “El País” sobre Elna Baker; a todas las gordas cuya mente, gran esclava en el siglo XXI, more allende lo políticamente correcto. A las gordas (gordas, porque el eufemismo es en realidad un insulto) de mente abierta que trasciendan las pasiones marxistas de la emancipación de la mujer.

Es verdad que las gordas sois ‘feas’. Lo siento mucho. De veras: lo siento.

La conciencia social ha manipulado la concepción de belleza; un consenso social, de la forma por la que haya llegado a producirse, ha establecido una idea común en la mente masculina, un modelo, una causa ejemplar de atractivo.

Cabría preguntarse qué diantre es la belleza, y si son lo mismo el ser-bellolo-que-provoca-agrado. Pero esas disquisiciones metafísicas se las dejo a la lectora.

Es lógico que las mujeres intenten agradar a los hombres tanto en alma como en cuerpo. También los hombres quieren agradar integralmente a las mujeres: forma parte de ese instinto personal, de la naturaleza humana, el mendigar cariño. Somos seres sociales, y necesitamos la consideración y el amor del otro: necesitamos que nos quieran en cuanto somos, en todo lo que somos, en quiénes somos.

En otro ámbito, la autoestima está muy vinculada al asombro producido en quien se tiene al lado. ¡Qué difícil es quererse, es decir, encontrarse “bueno“, si nadie alrededor es capaz de hacerlo! Uno trueca el agrado subjetivo del que ve por la belleza objetiva de lo visto, y así llega a confundir realidad y fantasía. La sensación de desagrado del otro se convierte en un dictado metafísico, en un: “no es por él, es porque en verdad soy fea“.

Una vez más, la mujer es la víctima en la mayoría de los casos, pero también ella tiene que cambiar. Los hombres tenemos que educar nuestra sensibilidad y deshacernos de artificios, de ideas impuestas por un sistema, y volver a la realidad; hay que abandonar inventos eidéticos en favor de la belleza primigenia: la de la mujer real.

Sólo se puede amar lo bueno, sólo puede satisfacer lo bello, eso es bien cierto; pero, al margen de otras cuestiones sobre el amor verdadero (porque esto no se agota aquí), el hombre de hoy ha establecido como criterio de valoración de la belleza de una mujer la mayor o menor adecuación de la realidad femenina a la idea mental, en desafortunada y falsa inversión de los términos. Y eso ha de cambiarlo.

Pero en una sociedad que además fomenta la cosificación de la mujer y excita al hombre con erotismos y reducciones de lo femenino a un juguete sexual, el cambio, mal que nos pese, tardará en llegar. El hombre se deja, en omisión execrable e imperdonable, y desde la pornografía hasta las pasarelas de Victoria’s Secret, los ‘mostradores de la Belleza‘ lo han convertido en un monstruo. ¿Cambiará el hombre cuando la mujer es para él?

Las gordas no podéis esperar a que las piedras se hagan de carne: debéis cambiar también vosotras, y aun con desánimo, con amarga resignación, debéis afrontar la realidad de que los hombres así no pueden querer: se quieren a sí mismos en las mujeres. Es triste, por él y por ella; pero no podéis permitir que se erijan las exigencias sexuales de un demente en criterio de valoración personal. ¡No! No sois bellas por agradar a los hombres: sois bellas, y si el hombre no lo ve es su gusto el extraviado, es él el trastornado.

Entiéndanse las generalizaciones con bondad y en su sentido: aún quedan hombres buenos

El gran defecto del sistema

En Economía/Pensamiento por

Todo cambio ha surgido de un grito previo; del grito colérico y encabritado, de la indignación profunda, del sacrosanto: “se acabó“. Es furor desbocado, agresiva aversión al mal que ha poseído a todos los hombres de bien que por el bien han batallado, a sablazos sangrientos e incansables; es el motor de la santidad la ira santa, que ha de verse siempre completada por el amor del bien, por el deseo del fin.

No espere el lector encontrar en estas líneas crítica constructiva alguna. No espere el lector soluciones, fórmulas algorítmicas o la vacuna definitiva de nada: ni las tengo ni las huelo. Lo único que poseo en mi alma, negro e inflamable como el alquitrán, es un grito que se resiste a resignarse. Sigue leyendo

El ocaso de la libertad de pensamiento

En Pensamiento por

Escribió uno de los renombrados sabios de ayer, abuelo de la Europa de hoy, que la Humanidad es una mole gigantesca que avanza a base de palos. Como la mórbida masa de arcilla de los tornos de alfarería, pero sin torno y sin alfarero, que se mueve informe y grotesca a paso irregular, buscando una forma determinada que le otorgare mayor perfección.

Si un extremo del todo insinúa una figura cualquiera, de viejo bigotudo y rechoncho, calvo y de tez roja, enano y alhajado, el extremo opuesto ha de alzarse con cierto enfado intelectual, y procurar una apariencia joven con un buen afeitado, de individuo delgado y hasta el límite de la anorexia, a un paso de desaparecer dentro de su propio hueso etéreo; melenudo cual sauce llorón, incluso confundiendo cabello con zapato, altísimo y andrajoso al modo cavernícola.

Situación eterna de asimetría e inestabilidad, que habrá de solucionarse encontrándose con cierta violencia los polos en el centro y originando una nueva realidad, una nueva cara equilibrada, ni niño ni niña ni anciano, ni corto ni largo, ni blanco ni negro, ni catalán ni andaluz. La suma perfección, la reunión de las virtudes de ambos sin los vicios de ninguno, la constitución definitiva del ser humano, que sin embargo durará un año. O dos a lo sumo. Será marginado el centro al lado más lejano del círculo de lucha, y enfrente de él, en la inmensa lejanía, volverá a erigirse su contrario, con quien deberá guerrear para dar origen a la nueva perfección, siempre mejor que entrambos y peor que la siguiente.

Galileo, obligado a retractarse por un tribunal de la Inquisición, presidido por san Roberto Belarmino

Hubo un tiempo en que en Europa sólo existía una forma de pensar permitida. Los edificios más altos de cada ciudad habrían de ser las catedrales, la única religión la católica romana, el único poder decisorio el varón y dos más dos serían cuatro. El sol giraría en derredor de nuestro planeta, las circunferencias no podían ser cuadradas y se confesaría que Adán y Eva se montaron su festín prohibido por el que la Humanidad sigue reprobada.

Pero hubo insensatos que osaron dudar de las verdades no demostradas que se legaban los hombres generación a generación. Galileo retomó la tesis de Copérnico y blasfemó contra la Sagrada Biblia mentiras desarraigadas, sandeces de críos; Lutero compitió por la hegemonía religiosa con la Todopoderosa Roma y otros tantos se atrevieron a negar el dogma, la cátedra sentada por unos seres de gorros violetas, rojos y blancos.

El Index Librorum Prohibitorum, un documento eclesiástico que recogía, hasta su desaparición el siglo pasado, los títulos de los libros prohibidos por la Santa Sede, empezó a engrosarse sin mesura llegada la era de la diosa Razón, aquella prostituta de la mitología francesa que se entregaba a gordos y a flacos. El hombre se dio cuenta de que a lo mejor la fe era un producto fantasioso de abuelos desmejorados y que la tradición generacional, aquel legado de sabiduría entre padres e hijos, podía ser un bonito embuste. Un tal Descartes se atrevió a revolucionar el pensamiento dudando de todo (por dudar, llegó hasta a intentarlo consigo mismo, cosa que el bendito halló imposible), y enseñó a sus coetáneos a poner en tela de juicio cualquier observación. Todo era mera apariencia de verdad, a no ser que por su nivel de evidencia produjera certeza ineludible. Pero el camino era ése: eludir la certeza.

La Santa Madre Iglesia, con su petréa vara de medir, continuó latigando las espaldas de los primigenios librepensadores, y cuando no lograba acallar el “error”, se chivaba a su marido, el Estado, para que reprimiera con la hercúlea y despiadada diestra de la forma que la mujer nunca se atrevió a pensar. Luego veía la sangre de aquel hijo común que amenazaba con arruinar a sus hermanos, y prefería callar si el adolescente rebelde cesaba en su empeño de dar problemas. No eran necesarias más lágrimas si con una bastaba.

Immanuel Kant

Pero la sangre de los mártires regó la sementera de nuevos corderos que se ofrecieron a tributar a la verdad con su carne maniatada sobre el ara, y proliferó la heterodoxia por doquier, hasta que el famoso filósofo de Königsberg consagra el movimiento del que es heredero y pronuncia la sentencia de muerte del dogma, que se ha hecho popular entre quienes se llaman librepensadores: atrévete a pensar por ti mismo.

Acabóse, la causa de la libertad comenzaba a brillar con luz propia, destellando su aureola blanquecina, pura, sobre la conciencia del hombre moderno. Una nueva religión se abría paso desde las nalgas de la madre libertad, y después vendría otra, y otra. Europa se vio sacudida; el europeo medio se veía confundido, habiéndose derrumbado la infalibilidad magisterial de la Santa Madre Iglesia y surgiendo heterodoxos a punta de pala, de bajo tierra donde tuvieran su escondrijo. Ahora era lícito pensar, se canonizan en religiosa ceremonia las dudas de fe y las dudas de ciencia, y se proclama la victoria final: el dogma ha muerto; es la era de la opinión.

Las primeras declaraciones de derechos articulan las libertades básicas de pensamiento y de conciencia, y pese a intentonas infantiles y periodos de mayor restricción estatal (véase la Historia de nuestro pueblo español), se abandera en mano izquierda el librepensamiento como un derecho: la Libertad, aquella dama entre el verde y el azul del Nuevo Mundo, subió su antorcha al cielo y alumbró el Universo. Pronto se reconocería el derecho como inalienable y fundamental en todos los instrumentos internacionales.

Pero como así es la mole de arcilla humanoide, si frente al viejo carca de aquella lejanía se levantó el joven irreverente de este lado tan cercano a nosotros, alguno de centro podría bostezar aburrido y cansado de la espera de aquella síntesis dialéctica, de esa búsqueda de equilibrio que demandan el progreso y la evolución. Si el anciano dicta sentencia en materia de todo cuanto se le antojare (aquel viejo que todavía para muchos es mitrado), aquí, en el lado del jovenzuelo, no hay quien se ponga de acuerdo; no hay opinión coincidente ni teoría concomitante, es francamente imposible encontrar de entre los sabios dos que concuerden en todo. Se discute desde la entrada por detrás de Pepe (que no se note mi alma blaugrana) o la cartulina de Mateo de la Hoz hasta el origen de las especies y, por discutir, el color de la pared.

Me encanta lo de la pared: yo sólo distingo dos tonos de verde, a saber, el claro y el oscuro. Pero hay superhombres capaces de distinguir tres, cuatro y hasta cinco tonalidades del color. Los expertos han teorizado sobre la posibilidad de que un sujeto distinga incluso seis verdes. ¡Seis verdes! Aún no se ha visto ninguno.

Tengo que confesar los quebraderos que me causa esta trivialidad con mi pareja. Donde yo veo naranja, un naranja claro lindando con el rosa, ella ve rojo, y donde yo veo azul, ella se aferra al verde. O el azul es el sexto tono del verde o, realmente, tenemos opiniones distintas. ¿Se imaginan cuando haya que elegir el color de la pared del dormitorio?

No hay consenso, nunca lo hay. Los jóvenes irreverentes y heterodoxos es lo que tienen: no se dejan convencer por nada ni por nadie; todo vale, todo es opinable. Hemos sustituido la verdad por la idea; lo que importa no es la cosa que no hay diablo que la escudriñe: lo válido es la mente, lo que “uno buenamente cree”. Y como por ella hay que guiarse, procurando que se adecúa a la misma realidad, la entronizamos en el templo del conocimiento, y a la opinión la llamamos sabiduría. Todo ha cambiado.

Estatua de la Libertad

Todo ha cambiado: la cosa ya no tiene la sílaba tónica. La nieta de aquella prostituta francesa, la diosa Razón, nieta que es la diosa europea de ahora, la puta Opinión; la puta opinión, decía, que se da a todos y a ninguno, es la batuta que concierta el mundo circunstante. Pero como hay tantas opiniones como hombres pensantes (u opinantes) se ha de constituir un nuevo pilar para la convivencia social que las personas civilizadas ya han integrado en sus almas (con perdón): la sacra Tolerancia. La Tolerancia es aquella señora, ni vestida ni desnuda, ni alta ni baja, o mejor sin cuerpo, sin parecido con nadie, que arbitra para que ninguna Opinión carca, al modo de la Razón inveterada, recrimine su libertinaje a las putas Opiniones, que tan grotescamente dejan ver senos y vergüenzas a la primera Idea que asoma a su alcoba. Y cuando se cansaren, a por la siguiente, y así sucesivamente.

Lo que no logra la sacra Tolerancia, aquel espíritu omnipresente que todo lo ordena, es concertar la idea con la realidad. Tanto es así que a cuantas opiniones en el <<mundo>> convienen tantos <<mundos>> unipersonales. Somos como Truman, o como los buzos de ayer, con aquellas escafandras claustrofóbicas, pero opacas, que contienen un mundo entero que es el único que interesa al ser buceante. Nadie quiere ver más allá porque a nada interesa: ¿qué es la verdad? Aquella cuestión tan espinosa e incómoda. No importa qué diantre sea la verdad, ésa es la única verdad.

Total, si un buzo, por ciego artificial, choca con otro buzo de otro mundo, ahí estará Tolerancia para preservar la integridad de las escafandras. Mandará a uno y a otro a mirar contra la pared. La pared…

Tanto es así que un tal Heidegger llegó a preguntarse, con la seriedad del claustro universitario:

¿Es el <<mundo>>, en definitiva, un modo de ser del hombre? Entonces, ¿no tendrá por lo pronto cada hombre su propio mundo? ¿No se convierte así <<el mundo>> en algo subjetivo? ¿Cómo podría, en ese caso, ser todavía posible un mundo <<común>>, <<en>> el que sin duda estamos? Y cuando se plantea la pregunta por el <<mundo>>, ¿a qué mundo nos referimos?

Nos toca bostezar, hasta que viejo carca y joven irreverente tengan a bien pegarse a brazo partido y nazca la nueva diosa: la verdad de libre asentimiento.

Oh, cállate, Señor

En Mundo/Religión por

Corrían los años 50 del siglo pasado, siglo de sangre y muerte. El dolor había medulado Europa años atrás, desde la primera década de la infernal centuria: todo era inestabilidad política entre extremismos intelectuales, dolor, violencia, guerra, inhumanidad, ausencia. Todo era mal por doquier que uno fuere.

Decía Winston Churchill cuando se le acusó de inacción frente al régimen nazi que no se había tenido noticia del holocausto extra muros, que fuera de Alemania nadie conocía la barbarie que durante años se había ido acometiendo en los campos de concentración y trabajo. Sin entrar en cuestiones políticas que no vienen al caso, no le faltaba mucha razón en este extremo: fue tras la caída progresiva del nacionalsocialismo cuando comenzaron a emerger, como si fueran fantasmas acudiendo al juicio de Dios, los cadáveres yermos de carne de millones de seres humanos. Sigue leyendo

La lírica del eterno dominguero

En Democultura/Literatura/Pensamiento por

¿Cuándo ha de volver
lo que acaba de pasar?
Hoy dista mucho de ayer.
¡Ayer es nunca jamás!

Así se preguntaba un hastiado Machado para sus adentros. ¿Qué será de lo que fue? Mejor dicho: ¿qué queda de ayer, si el pasado pasó dejando vana huella? Y es una pregunta en modo alguno absurda.

Es una evidencia palpable la sed del hombre concreto, sus ansias de felicidad: el hombre quiere gozar, necesita el placer de la completa satisfacción. El hombre quiere poseer el bien que dé muerte a su insaciable e ineludible apetencia.

¿Por qué no decirlo con claridad? El hombre es un eterno dominguero. Hay por ahí pobres desgraciados que se afanan en proclamar que estamos hechos para trabajar (yo suelo responder que estoy naturalmente confeccionado para cobrar la prestación por desempleo), o para hacer el bien. Como si fuéramos volcán fiero que pugna por abrasar la superficie, en continuo surtidor de candor hacia fuera. Yo debo ser marciano si acaso.

¿Qué es hacer el bien? ¿No es en última instancia hacer feliz al de al lado? “Amans amato bonum velit“, decían los clásicos en el lugar de nuestro “hacer el bien”. El amante quiere el bien para el amado porque quiere hacerle feliz, porque sabe que la felicidad del amado es que posea el bien. Y así la suya propia, pues su bien es el del otro. En línea análoga concluye el mismo autor el mismo poema:

Moneda que está en la mano
quizá se deba guardar:
la monedita del alma
se pierde si no se da.

Pero volvemos a las mismas: el hombre es un eterno dominguero. El que hace el bien no quiere “hacer el bien”, sino que otro lo posea y así poseerlo él; el que trabaja no trabaja por trabajar, sino que se afana en algo que poseer. Se preocupa, se esfuerza, suda por ser feliz mañana.

Ser feliz es tumbarse sobre la hierba espiguita en boca y sombrero en rostro a contemplarse uno mismo: nos llevan engañando una eternidad con falsas proclamas sobre la maldad del amor propio o la pluscuamperfección de salir hacia fuera; abnegación, ascesis, y pantomimas por el estilo. Mortificación llegaron a decir algunos. ¿Renuncia al desorden, o renuncia al deseo? Darse muerte, morir: ése es el significado de la palabra mortificación.

Ser feliz es sentarse a gozar de la posesión del bien; es aquella “Hermosura” de Unamuno:

Nada deseo,
mi voluntad descansa,
me voluntad reclina
de Dios en el regazo su cabeza.
Y duerme y sueña…
Sueña en descanso
toda aquesta visión de alta hermosura.
¡Hermosura! ¡Hermosura!
Descanso de las almas doloridas,
enfermas de querer sin esperanza.

Pero una vez se va… ¿qué ha sido la felicidad…?

Porque se va, ¡vaya si se va! El bien es caduco, acaba. Puede entretener un rato, pero a fin de cuentas termina y el hombre regresa a su apatía. En vez del cristiano descanso dominical llega lo que Viktor Frankl llamara neurosis del domingo. Un escozor grisáceo en el pecho que vela la mirada de todo. Las cosas pierden su color; gana Qohelet con su aterradora sentencia: “vanidad de vanidades; todo es vanidad“.

El hombre es un eterno dominguero sentado sobre el gran teatro del mundo. Mientras posee el bien y su voluntad descansa; mientras sueña en descanso visión de alta hermosura, el sol brilla con espléndida majestad, los pájaros cantan, el arroyo fluye murmurando bendiciones sobre la piedra que acaricia, con un deje de ternura; la brisa sopla fresca rodando sobre la piel, y uno llega a exclamar jubiloso con Celaya:

¡La fiesta! ¿Cómo ignorar que en el mundo todo es fiesta
y que tan sólo los hombres penan cuando piensan?

Pero cuando lo que tuviera se evapora entre sus manos, el hombre se apaga, lo maravilloso se trueca en amargo y el sol se despeña en Occidente, el pájaro enmudece, se acaba el arroyo que deja de pasar y vuelve a la mente aquella copla de Jorge Manrique:

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
qu’es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
e consumir.

Todo se queda vacío cuando muere el bien que a uno le satisficiera. ¡Qué claridad en el habla de Gabriel y Galán, que así sentencia tras la muerte de su mujer!

¡La vida en la alquería
se tiñó para siempre de tristeza!
(…) ¡Qué días y qué noches!
¡Con cuánta lentitud las horas ruedan
por encima del alma que está sola
llorando en las tinieblas!
Las sales de mis lágrimas amargan
el pan que me alimenta;
me cansa el movimiento,
me pesan las faenas,
la casa me entristece
y he perdido el cariño de la hacienda.
¡Qué me importan los bienes
si he perdido mi dulce compañera!

El hombre es un dominguero eterno. Es feliz, o lo parece, y de repente, “un hachazo invisible y homicida, un empujón brutal” derriba el tesoro rutilante de ayer. Ayer… Aquel ayer de Machado; hoy dista mucho de ese ayer, y ayer es nunca jamás.

Y bien dijo ese pobre desgraciado: hasta se olvida lo que fue. A veces ni la vaga idea permanece; ni el mísero rastro de la existencia, que es el recuerdo, queda para testimoniar la verdad histórica. Él mismo fue profeta y mártir de su predicación, tanto que unos años después de ese día bendito, refiriéndose a aquel Collioure francés en que el poeta andaluz enterrara todo para reunirse con los muertos, así le describía y con justicia Blas de Otero:

Miró hacia atrás y no vio
más que cadáveres sobre
unos campos sin color,
su jardín sin una flor,
y sus bosques sin un roble.
(…) Profeta ni mártir
quiso Antonio ser
y un poco de todo lo fue
sin querer.

Y es que el hombre es dominguero por naturaleza, pero es eterno: quiere gozar, pero quiere gozar ahora, siempre. No vale ayer.

Quiere contemplarse eternamente a sí mismo, aun sin agotarse en sí; uno no se basta o de lo contrario seríamos solos. ¿Qué necesidad habría de lo demás? ¿De los demás?

Uno no se basta: uno necesita mirarse, pero tiene que ver algo más dentro de sí; tiene que contemplarse como poseedor. Tiene que ver un bien dentro de sí, y tiene que verlo ahora; si no, se muere. No vale ayer.

¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba.
Agustín de Hipona

Se muere si se ve solo. ¡Ah, qué mala es la soledad, qué mala! Envenena al hombre. El hombre vacío, solo en su interior, que ha perdido el bien, ése se muere. Puede huir, pero al final el tiempo vence y encorva la espalda del triste solitario para que se allegue a sí mismo y se mire. Y entonces se da profundo asco, y llora, y se queja: ya no es poseedor, ya no es feliz.

¡Ah de la vida! ¿Nadie me responde?
¡Aquí de los antaños que he vivido!
La fortuna mis tiempos ha mordido,
las horas mi locura las esconde.

¡Que sin saber cómo ni adónde
la salud y la edad se hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido,
y no hay calamidad que no me ronde.

Ayer se fue, mañana aún no ha llegado,
hoy se está yendo sin parar un punto,
soy un fue y un será y un es cansado.

En el hoy, mañana y ayer, junto
pañales y mortaja, y he quedado
presentes sucesiones de difunto.
Quevedo

El hombre es un dominguero eterno, y si un bien caduca y se acaba no es humano. Es bien para un perro que no quiere, para un caballo que no pretende tener más de lo que tiene. El hombre quiere hoy, y hoy dista mucho de ayer. Si el bien se diluye soga al cuello en manos del tiempo, será bien, pero no bien humano. Será pasado.

¿Y qué es el pasado? ¡Nada!
Nada es tampoco el porvenir que sueñas
y el instante que pasa
transición misteriosa del vacío
¡al vacío otra vez!
Es torrente que corre
de la nada a la nada.
Toda dulce esperanza
no bien la tocas
cual por magia o encanto
en recuerdo se torna,
recuerdo que se aleja
y al fin se pierde,
se pierde para siempre.
Miguel de Unamuno

Al hombre no le basta con ser dominguero: necesita un domingo eterno, continuo, jugueteando en su pecho con el bien respetado que felizmente posee. Uno que no pase, que deje huella de presente y junte en armonía continua pasado y futuro: el hito en la vida del hombre, felicidad en plenitud que asfixie su voluntad, que la sumerja en agua cálida y allí descanse.

Porque sí: estamos hechos para mirarnos y ver maravillas en nosotros, en nuestro sacrosanto ombligo.

Ensayo sobre el hombre perdido

En Pensamiento por

Es un lugar común entre los historiadores de la Filosofía afirmar que estamos en una nueva era, la postmodernidad (al menos respecto al razonamiento discursivo), caracterizada si no por un encarnizado escepticismo, o más aún el fundamentalismo nihilista, sí por una profunda desconfianza frente a toda pretensión de verdad.

No en vano dijo el afamado filósofo y psiquiatra Viktor E. Frankl, desde el campo de concentración en que fue deportado por el régimen nazi de A. Hitler, que la barbarie del S. XX traía consecuencia de las mesas de los sabios: fueron los grandes pensadores de la edad moderna, sobre todo un Hegel en que el antisemitismo tuvo su epicentro, quienes teorizaron en ese sentido sobre la verdad del hombre y la inferioridad de la raza judía. Sigue leyendo

¿Qué ha sido del amor?

En Amor y sexualidad/Asuntos sociales/Pensamiento por

Hablaba yo el otro día con un gran amigo mío, psicólogo, agnóstico y profundamente materialista, sobre la realidad del amor, enfocando yo la discusión desde un punto de vista humanista y filosófico y él desde el prisma del biologicismo y de la corriente más empírica de su disciplina.

No me llamó la atención la reducción (reducción en mi opinión) de este lazo unitivo a mecanismos neurológicos e impulsos químicos cerebrales, o la teoría emergentista mente-cerebro que defendía (para los profanos, que la mente es una emanación quasi-espiritual del cerebro, la doctrina materialista más cercana al reconocimiento del alma). Es pan de cada día para los cientificistas, y la salsa de todos los platos en cualquier debate. Sigue leyendo

Revolución, conservadurismo y el voto del miedo

En Cultura política/Pensamiento por
Imagen de 20minutos.es

Cuando se avecinan unas elecciones en las que remueven las aguas nacionales serias y extendidas pasiones revolucionarias, profundas ansias de cambio y de inmediatez, el panorama electoral se divide inevitablemente entre extremos en el eje derecha-izquierda. El centro –algo menos ideologizado–, entre el miedo preservador y la audacia constructiva.

“IZQUIERDA” Y “DERECHA” EN POLÍTICA

La extrema derecha, el “conservadurismo radical” (como Mussolini en Italia o, según dicen, Franco en España), es el resultado de la aplicación práctica de aquella sentencia del maestro Hegel en su afamada obra “Fenomenología del espíritu” (Phänomenologie des Geistes): “el Estado es la suprema encarnación de la Idea“.

Para los profanos en el autor (de obligada lectura para un Historiador de la Filosofía, un sólo Historiador o un politólogo) la expresión significa que el sistema cristalizado en el Estado contemporáneo representa la perfección absoluta de la política. Hegel, padre intelectual de teóricos como  Feuerbach, Marx,  Schopenhauer, Nietzsche o Bajunin, es curiosamente el primer teórico de extrema derecha en sentido estricto.

Los autores de esta línea (la más tendente a la derecha) defienden –básicamente– la posición de que el cambio social y político es siempre un intento pro futuro a mejor, un deseo actuado de perfecciones posibles de las que de hecho el sistema en cuestión carece.

Si el sistema es ya perfecto, ¿qué es el cambio, sea revolucionario o estrictamente legal, sino un delito de lesa patria?

Por eso los partidarios de estas ideologías (muy heterogéneas sub genere) temen el cambio por sí mismo y atacan toda forma de pensar que —a priori– suponga una mutación sociopolítica, por débil que fuera. De ahí las distintas clases de censura a nivel social e institucional y el aniquilamiento de las bases de todo sistema democrático, que son las libertades de expresión, de información y de prensa.

Por el contrario, la extrema izquierda nace de la aplicación de la obra de Hegel a la misma obra de Hegel, de la exigencia de coherencia: niega radicalmente la perfección del Estado, y provoca el cambio dialéctico de la misma entidad entendida como tesis.

Según el esquema tesis-antítesis-síntesis introducido por el autor, la tesis o cosa dada en un primer término presenta imperfecciones susceptibles de mutación, de manera que por avatares cualesquiera termina oponiéndose a ella la radical alteridad que la niega (antítesis), provocando una interrelación armónica (armonía de contrarios) que originará una nueva tesis más perfecta (síntesis). Ésta es la piedra de toque de la lucha de clases del teórico K. Marx que desembocará en el comunismo, o si se quiere la Dictadura del proletariado.

Así pues, se reniega del modelo de Estado establecido porque es esencialmente malo, injusto, inhumano (antisistema), y se pretende la construcción de una realidad nueva enfrentándole con ardor (y según K. Marx, con violencia) a la actual un modelo diametralmente opuesto.

EL “CENTRO” Y EL VOTO DEL MIEDO

Entre los dos extremos de la línea ideológica, entre el necio optimismo y el pesimismo presuntuoso, se ubican las posiciones que llamamos de centro: de centro-derecha las que conciben el sistema como netamente positivo aun advirtiendo serias imperfecciones, y de centro-izquierda las que, sin dejar de destacar los grandes avances, entienden negativo el balance general del sistema contemporáneo.

Obviando las posiciones extremistas y fijándome en el grueso del electorado centrista (fiándome quizá ingenuamente de la campana de Gauss), en una situación como la actual se presentan dos tipos principales de voto: el constructivo y el del miedo.

Como se habrá podido observar, las categorías derecha e izquierda, así como las de progresista y conservador que obedecen a este mismo análisis hegeliano, son relativas a un modelo de Estado dado de hecho o bien escogido como referencia.

Respecto al hoy político, nadie puede ser estrictamente conservador y no caérsele la cara más abajo de los pies de pura y justa vergüenza: una casta política, renegadora del mandato representativo de la ciudadanía que la soporta (en sus sentidos metafísico y social, claro que sí), que se turna el poder entre sí misma valiéndose de discursos demagógicos, sofistas y pasionales, y que para colmo roba, chupando la sangre cual vil sanguijuela odiosa del currante de buena fe.

La concreción actual del modelo de Estado que defiende nuestra Constitución es a todas luces injusta y muy imperfecta, si no mala, y sólo puede gustar al que percibe un enriquecimiento indebido por su diabólica gracia.

Pero el votante informado y perspicaz de centro no pierde de vista que esto puede cambiar sin radicales transformaciones ni revoluciones contra todo: la Constitución de 1978 no es desde luego la consagración jurídica de la corrupción política, sino que ésta es una posibilidad que, sin el adecuado desarrollo legal y reglamentario que exige, puede darse de hecho e incluso de derecho (no es el segundo el caso de España).

El votante de centro, de centro-izquierda o de centro-derecha, sabe que lo más de lo que falta es un haz de medidas de control efectivas, que asegure el cumplimiento de la ley constitucional. Pero está, más o menos, contento con la Constitución vigente si hace un balance general de su contenido.

Cuando un partido de extrema izquierda, (que lo que desea es la abolición del sistema con todo lo que ello comporta), se hace con el voto poco informado de quienes lo que anhelan no es su programa político sino una reforma legal y la aniquilación de toda forma de corrupción política, la nación tiene un problema serio y grave. Sobre todo cuando parte del programa real de futurible gobierno implica como condición sine qua non un régimen totalitario antidemocrático propio del comunismo, como ocurriera con la cada vez más vecina Venezuela, China o Corea del Norte.

El votante de centro avisado tiene, pues, dos opciones: construir o preservar.

Quizá con algo de demagogia, se ha denominado al primero “voto valiente” y al segundo “voto del miedo“, llamando así de forma indirecta cobardes a quienes se sitúan bajo su sombra, a menudo acomplejadamente y con extremado secretismo por temor al todopoderoso Tribunal de la Opinión Social.

Como en este blog ya se ha argüido –con grandísima destreza– sobre el voto valiente, quiero yo legitimar (sin llamar a él) el llamado voto del miedo.

Todos los votantes de centro (de izquierda o de derecha) quieren lo mismo en una misma situación: un país mejor, un sistema más perfecto, advirtiendo los inconvenientes y los logros del modo de Estado actual, mayores o menores en número los unos y los otros según quiénes.

Unos se ajustan más a la izquierda y abogan por un cambio más profundo, otros se aferran a la derecha y quieren perfeccionar el modelo contemporáneo netamente bueno, pero los dos quieren y actúan en el marco de la Constitución vigente. Perciben la Carta Magna como instrumento de concordia política que asegura los derechos y libertades civiles, políticos, económicos y sociales, y advierten su negación como un mal que sobreviniere, que quieren evitar.

Haz el bien y evita el mal“. El primer principio de la razón práctica de Aristóteles, que se observa en la filosofía precristiana y que se establece como piedra angular de la Filosofía Moral en el Medievo, perviviendo hasta la actualidad en cualquier planteamiento teórico que acepte cualquier sistema ético, es harto elocuente.

El mal no es otra cosa que la negación del bien, por lo que si se construye en base a una perfección se ha de evitar simultáneamente cualquier amenaza que lo arruinare. Así, la vía preservadora y la constructora no son sendas distintas, sino dos caras de la misma moneda: el trabajo para lo mejor, el odio a lo malo actual.

Cuando no amenaza mal alguno que arruine un designio o un estado (en minúscula) bueno, no tiene sentido evitar la nada: hay que construir. Cuando en la construcción se presenta un obstáculo inevitable por la vía positiva, es ser idealista e idiota (en su sentido literal) gastarse en lo imposible: habrá que luchar hasta desaparecer el impedimento, y entonces se podrá trabajar para lo bueno. Cuando se está trabajando para lo bueno y algo amenaza con arruinarlo, es ser estúpido ignorar la probabilidad: puede pillarle a uno el toro. Habrá que trabajar para preservar el proyecto deque algo lo destruya.

Trasladado a la política, hay que saber que el voto del miedo, o preservador, es un voto generalmente imperfecto pero, a veces, justo y necesario. Lo ideal es votar en positivo y afirmar lo bueno en detrimento de lo malo, pero lo ideal no siempre es lo real.

A veces la amenaza es seria, grave e inminente, y en estos casos (en mi opinión, sólo en estos casos), cuando además con el voto no se puede por las circunstancias contribuir a lo bueno y preservar de lo malo simultáneamente, es legítimo y prudente votar por miedo –por un sano miedo– que no es más que la reacción frente a la probable desaparición de lo que se quiere o la imposibilidad de lo que se busca. Sólo teme quien desea, sólo se aterra quien anhela un bien, y en esto se funden y hermanan los constructores y los preservadores.

La vía negativa del mal es siempre subsidiaria, pero según los casos necesaria, y desde luego siempre inacabada: si lo que se quiere es un bien pro futuro, un proyecto político para el mañana, y lo que se teme es su frustración, será un veleidoso quien muerto el perro y acabada la rabia antes de morder no se embarque en la empresa real y positiva de procurar la perfección política.

Los electores potenciales de determinada ideología no ven representados sus principios y valores en el espectro político, si acaso un partido afirma inequívocamente la esencia en su integridad de lo que quiere, pero elegirles puede significar, hoy por hoy, que el voto no tenga repercusión política alguna. Si la amenaza de lo malo es real y probable, y lo malo adveniente grave, ¿lo prudente es la inefectividad o escoger efectivamente lo menos malo para evitar lo peor?

Cada cual vaya juzgando según su criterio, pero en serio discernimiento, los medios más adecuados para lograr mañana la perfección del sistema que casi todos queremos.

ISIS y NPU: guerras de religión en el siglo XXI

En Mundo/Religión por

La situación en Oriente es insostenible. Las bárbaras decapitaciones de veintiún cristianos coptos han provocado la cristalización, un último impulso airado, de una nueva fuerza armada singular que acudiere en socorro de los inocentes que cada semana pierden salvajemente la vida por su credo. Sigue leyendo

“L’aplec de la protesta” a lo europeo

En Asuntos sociales/Cataluña/Mundo por
Viñeta en apoyo de Charlie Hebdo

Comprende el pasado para predecir el futuro“.

Recuerdo esta sentencia como si me la hubieran dicho ayer. Fue mi profesor de Historia de segundo de Bachillerato el que me la enunció, y en su momento pensé que estaba desquiciado. Hoy sé que se encuadra en una corriente de pensamiento que se suele denominar teoría cíclica de la Historia, planteamiento que no comparto, aunque tiene sus evidentes aspectos de verdad.

Es una concepción que se vincula a F. Nietzsche y su eterno retorno, pero que ya formuló en su día la escuela estoica: no hay novaciones reales en el tiempo de los hombres, la Historia no es lineal sino circular; todo hoy fue ayer y será mañana otra vez. Sigue leyendo

La polémica: ¿fanatismo o islamismo?

En Asuntos sociales/Internacional/Religión por
Musulmán armado con la Shahada (“No hay más dios que el Dios, Muhammad es el mensajero del Dios”)

Muchos años de vida carga a su espalda la guerra santa en Oriente: los ataques de las células yihadistas en países arábigos se remontan muchos años atrás, y el mundo civilizado se acostumbró tiempo ha a titulares bélicos mensuales en las noticias. Boko Haram no es nada nuevo en África, ni IS en Asia: son dos caretas de una misma persona que ya es asesina multicentenaria.

Pero los sucesos de la Primavera Árabe que todos conocemos, en Libia con el ya olvidado Gadafi, en Túnez o en Siria, llamaron poderosamente la atención en “Occidente”. El ciudadano de a pie (de entre los ciudadanos informados) lo tomó como una revolución francesa a lo arábigo, y seguía las noticias con relativa atención. Y las grandes potencias industriales, movidas por intereses prioritariamente económicos, decidieron involucrarse en los conflictos, apoyando a los militantes de un signo y de otro (como Francia y Rusia). Al menos hasta que, en plena rebelión siríaca contra Bashar al-Asad, determinados medios de comunicación comenzaran a llamar la atención sobre la evidente participación de células terroristas como Al-Qaeda en el levantamiento popular. Y así sigue Siria, dividida entre dos tiranías, oprimida por derecha e izquierda.

El caso es que el Yihad volvió a los teleinformativos con inusitada fuerza, y las cuestiones fundamentalistas se hicieron su hueco en la mente colectiva. Pero no ha sido hasta hace unos meses, cuando se redoblaron las amenazas desde IS hacia Inglaterra, Francia, EEUU o España, una verdadera preocupación para el español medio. Y aun hoy, es una vaga idea que amenaza, pero que no se nota ni se siente, por lo que sólo es relevante mientras nuestro sujeto imaginario lee el periódico.

El caso es que ha resurgido con vigor en la sociedad desarrollada una pregunta clásica: ¿es esto el Islam? ¿Es religión, o es culto al mal? ¿Humaniza al hombre, o lo derruye y lo vuelve un monstruo?

Cuando se veía la situación afgana en la tele desde el sofá, era fácil despachar el problema con la todopoderosa remisión a “cuestiones de cultura“. “¡Ná, si es que estos árabes son unos burros!”, y a otra cosa mariposa. Pero cuando tantos periodistas compatriotas, o cercanos internacionales, pierden la vida delante de su propia cámara, o cuando el vecino del tercero que jugaba con el hijo de uno cuando eran pequeños viaja a combatir el Yihad, la cosa cambia y la anterior respuesta es fútil y desechable.

El Islam es una religión del libro. Esta expresión tiene un origen distinto, pero ha servido durante mucho tiempo como ataque contra las religiones, para mostrarlas como productos de fantasía y contrarios a toda razón, y así contrarios al hombre mismo. El creyente supuestamente tiene que seguir a rajatabla un precepto en un libro, por innumerables que sean los argumentos contrarios que se puedan levantar.

Muchos son los que han dicho que las principales religiones del libro son el judaísmo, el cristianismo y el Islam. A mi parecer, la frasecilla no es definitoria: es sólo una expresión descriptiva. El judaísmo actual en la mayor parte de las ocasiones se deja seducir por la exclusiva literalidad de la Torá, como lo prueban, entre otros muchos casos, las filacterias. Pero me parece muy simple aplicar la locución a la religión cristiana. Cierto es que algunas adulteradas formas de cristianismo, como la encabezada por Martín Lutero, se enfrentan a una Tradición que se remonta a las primeras comunidades cristianas y proclaman los imperios de la “sola fidei” y de la “sola Scriptura” (en las mismas palabras del teólogo alemán), eliminando toda referencia a la razón humana. Por lo que respecta a la Iglesia Católica, siempre se ha valorado la intervención activa de la razón en la comprensión de los textos bíblicos y del contenido de la revelación cristiana, destacando documentos modernos como Providentissimus Deus del Papa León XIII, Fides et ratio de san Juan Pablo II o Verbum Domini, de Benedicto XVI, la explicación oficial más cercana en el tiempo, en la que se llama la atención explícitamente sobre la “necesidad de trascender la <<letra>>” (VD 37 y 38).

La cuestión es que años luz separan catolicismo e Islam. Los musulmanes están obligados a la fe en el Alá de Mahoma a expensas de la razón y por encima de cualquier duda sobre cualquiera de las realidades relativas. De hecho, ni les está permitido: es un impío el que cuestione lo que ocurrió en aquel retiro del Profeta, que san Gabriel le entregó el Corán de parte del único Dios. Porque, así las cosas, el Corán se recibe como revelación para todos los tiempos por la comunidad musulmana… ¡Y quién se atreverá a llevar la contraria a Alá, el único Dios!

Pero en muchas ocasiones parece que Alá se contradice a sí mismo: por ejemplo, en el mismo Corán se ordena el combate para extender el nombre de Alá, degollar a los enemigos del Islam y guerrear contra judíos y cristianos, a no ser que pagaren tributo y se sometieren. Y en otros versículos del mismo libro sagrado se compara el asesinato con la incredulidad, uno de los peores pecados en que puede incurrir un musulmán.

Ante este dilema, la mayor parte de la histórica comunidad musulmana llevó su atenta mirada a la expresión coránica: “obedece a Dios y a su mensajero” (Corán 3, 32). Si era difícil escuchar a Dios, el obstáculo debía salvarse atendiendo a la santa vida del Profeta, y así se recopila la Sunna, una colección de dichos y hechos de Mahoma para una correcta interpretación del Corán. El problema es: ¿quién diantre interpreta a Mahoma?

Porque Mahoma fue un yihadista hasta las trancas. En el Islam, el Yihad es un concepto mucho más amplio que el de “guerra santa” que nosotros exclusivamente le atribuimos. Diferencian entre el Yihad menor y el Yihad mayor. El Yihad menor sería la acción externa dirigida a extender el Estado Islámico y el nombre de Alá, que en ocasiones deberá tomar la violencia como aliado (así, la “guerra santa” es una parte del Yihad menor), y el mayor constituye la conversión interna a Alá.

Pues bien: Mahoma debió ser “yihadista mayor” como nadie, no quiero ponerlo en duda. El caso es que también alzó sobre sí la espada en señal de lucha, también degolló y también predicó la violencia. Y señala cómo es posible llegar al Yihad mayor a través del menor, si bien el camino natural, también según su magisterio, debe ser el contrario.

La clave está en el carácter de lucha o de defensa de la fuerza ejercida. Pero, como dije antes, ¿quién interpreta a Mahoma? No es el uso de la razón lo que separa a un buen musulmán pacífico de un buen musulmán terrorista: es la interpretación del Yihad, del mandato de Alá de extender el Estado Islámico. Y repito: como la razón no importa en el universo coránico, sino la revelación de Alá por encima de todo, lo que nosotros condenamos como asesinato un estudioso neutral del Islam debiera atribuirlo a divergencias de interpretación. Fethullah Gülen, uno de los estudiosos más importantes del Islam y de mayor trascendencia a nivel internacional, atribuye el fundamentalismo no al contenido del Islam (del que dice que es contrario), sino a un fallo educativo en la estructura del mundo musulmán, y argumenta que la guerra de Mahoma era defensiva siempre frente al agresor, que amenazaba con la extinción de la Palabra de Alá. Pero, ¡quién sabe…! O si no que le pregunten a Bin Laden sobre pureza religiosa. ¿Cuál es, con Corán y Sunna en mano, la interpretación correcta del Islam? La cuestión es que sólo Alá lo sabe.

El “eterno retorno” de Maquiavelo

En Cultura política/España/Pensamiento por
Niccolò di Bernardo dei Machiavelli

Maquiavélico” es un adjetivo que pronunciado pone los pelos de punta. La verdad es que la significación que le ha dado el pueblo castellano es desde luego serpentina e incluso algo tétrica: que actúa con astucia y doblez, se lee en el DRAE, y el mismo diccionario atribuye una acepción muy semejante a la voz “maquiavelismo“: modo de proceder con astucia, doblez y perfidia.

No seré yo quien contradiga la histórica voluntad popular. El intelectual italiano se lo tiene muy bien ganado.

A inicios de S. XVI sale a la luz la obra “Il Principe“, firmada por nuestro autor, sin duda alguna la obra de mayor renombre del téorico político. Estaba dedicada a Lorenzo de Médici, y es un haz de consejos políticos ordenados al objetivo de los “príncipes”, que al parecer es perpetuarse en el poder.

Sí, han leído bien: uno de los mayores pensadores en ciencias políticas (si se puede llamar ciencia a la política) saltó a la fama y a los libros de Historia por una cuestionable contribución a la Humanidad: una guía práctica para mantenerse en la cresta de la ola el político, y no para servir al pueblo cuyo gobierno presida (y no al pueblo que gobierne; al menos así debiera ser: la democracia es autogobierno, no la opción entre gobernantes).

La crítica filosófica mayoritaria lo enmarca en la tradición empirista, pero yo me atrevería a avanzar un paso más allá y acusarlo al pie de su tumba de descarnado nihilismo, a lo menos de absoluto indiferentismo: proclama a voz en grito la muerte del ser, la relatividad de la existencia.

Da igual cómo son las cosas en realidad; da igual si el sol sale desde Oriente y se pone por Occidente, da igual si el hombre es un sujeto de derechos por su inalienable dignidad, da igual lo moral o lo inmoral (¿qué es la moral sino la cristalización de años de convencionalismos sociales? ¡Vacua herencia…!): no importa lo que es, importa lo que aparece, cobra relevancia para nuestro “filósofo” únicamente lo que se pueda advertir en el devenir de los tiempos y sólo en la medida en que sea útil para el fin: poder, poder y más poder.

Si el pueblo quiere gladiadores, dale gladiadores y te amará. Ése es el sentido de la frase “panem et circenses” (pan y circo) del genial poeta latino Juvenal, que denunció airado la práctica despótica del Senado romano de contentar al pueblo para comprar el voto. ¡Así era fácil lucir el emblema SPQR…! (“Senatus Populusque Romanus“, el Senado y el Pueblo Romano). Ahora: ¿que el juego de los gladiadores era indigno e inhumano? ¡Ése es problema de los gladiadores…! No importa lo que sea el circo ni lo que sea un gladiador; me trae sin cuidado qué es el pueblo o qué es un votante: lo verdaderamente relevante, lo único que existe, la única verdad, es que si ofrezco gladiadores obtengo el poder.

Ése es el cimiento de “Il Principe“: la atención a los dos pilares que constituirán las verdaderas armas del “gobernante”. Por un lado, la divinización de la “Fortuna“, o la suerte del reino, la dirección que va tomando en su devenir histórico el Estado al frente del cual se halla el gobernante; y por el otro, la “virtú“, la capacidad del político para adecuarse al modus essendi de la nación, para someter a la ciudadanía a sus intereses individuales y entronizarse sobre la diosa Fortuna. El “príncipe virtuoso” será el que consiga darle al pueblo lo que quiere en cada momento y así ser amado por él. “Recuerda, Lorenzo, panem et circenses“, parecía decirle Maquiavelo a quien lo metiera en la cárcel, “con eso triunfarás”.

¿La aplicación práctica? Con un pueblo que se despreocupa imprudente y culpablemente de la política, ocúpate de su bienestar y su ocio y ríndete tributo en tu trono. ¡Qué bien vista estaba, qué bien caía en nuestra España de ayer aquella expresión tan luminosa: “no, yo es que paso de la política“! ¿Lo recordáis? ¡Ah, tonto…! Qué tontos éramos. Y hoy ya nadie pasa de la política.

Bien lo vio Nicolasín (que no el pequeño Nicolás), y así recomendó. Siempre que pueda, el político debe tener contento al pueblo, debe caer bien por ahí abajo: por muy perfectamente que haya hecho los deberes el candidato que se presenta a la reelección, nadie va a votar al capaz pero feo. Porque es iluso el que cree que hoy los ciudadanos votan: la mayoría absoluta la determina “el photoshop“; los medios de comunicación, las redes sociales y YouTube. Cuando el pueblo quiere sofá, dale sofá y el pueblo te amará; cuando el pueblo quiere sexo, drogas y rock ‘n’ roll… Pues ya sabes. Eso, y a ser populista.

Es curioso que en España nunca antes había importado tanto la corrupción política: es algo que por desgracia ya estaba ahí, y sin embargo es sólo ahora, sólo cuando descubrimos que lo que han robado entre el PP y el PSOE (disculpad la sinécdoque) equivale a lo que ha sido recortado en Educación o en Sanidad, cuando se alza la voz, se levantan los puños y se grita contra todo. ¡Ah, curiosidades de la vida…! ¡Si son los del panem et circenses de ayer…! El PP y el PSOE han conseguido en muy poquito lo imposible: que al español medio le importe la política. ¡Gracias Rajoy, Zapatero, Rubalcaba! Habéis logrado insuflar un adarme de seriedad en el vulgo.

Pero hay momentos en la Historia de cualquier pueblo, y bien lo sabía Maquiavelo, en que deja de valer la sentencia de Juvenal, porque el pueblo deja de amar a su Príncipe, como en aquellos Estados Generales en la Francia de 1789 que atravesaba una voraz crisis económica. En esos casos, la virtú debe adaptarse al cambio de Fortuna, y dominar con destreza y mano izquierda la situación. Claro que la mano izquierda llama a la derecha cuando se siente impotente, y ahí el consejo del pensador italiano: cuando no consigas que el pueblo te ame, y de hecho te odie, haz que te tema, o te derrocará su ira. El último Capeto no consiguió someter a Francia al régimen del miedo, y por eso fue el último, y lo último que vio una guillotina.

Ahí quedó la obra del deleznable estratega, hasta que en el S. XIX otro hombre de gran influencia lo desempolvara. Se trata ni más ni menos que del veneradísimo Friedrich Nietzsche, poeta alemán, y siempre poeta antes que filósofo. Normalmente, los fanáticos del gran nihilista pretenden olvidar (y hacer olvidar) que su ídolo era un ávido lector de Maquiavelo, y que él mismo confesaba su profunda idolatría. Probablemente porque no quieren dar lugar a la sospecha de que la teoría de la voluntad de poder (una profundización en el mismo tema, en la que se advierte un grandísimo paralelismo con su querido predecesor) es la consecuencia última de su filosofía enfadada, airada contra la tradición judeo-cristiana. “Si Dios no existe, todo está permitido“, se lee en Los hermanos Karamazov, del magnífico F. Dostoievski. Esto también es curioso. Y aún más que la mayor resistencia a la tiranía y a la opresión a lo largo de la Historia haya sido el discurso teológico, desde las Etimologías de san Isidoro de Sevilla o De Civitate Dei de san Agustín de Hipona hasta León XIII o Pío XII, y no la izquierda. Ahí dejo datos desparramados, y quien quiera, que piense.

Son muchos los estudiosos del tema que han jurado y perjurado que Adolf Hitler tenía a F. Nietzsche como lectura de cabecera. Todo parece indicar que el poeta era su Biblia personal. Hitler: aquel asesino despiadado, unánimemente encuadrado en los regímenes de extrema derecha. Pero no una extrema derecha estanca: Nietzsche ha sido uno de los máximos exponentes de la extrema izquierda hegeliana (esto sí que lo proclaman con orgullo, sacando pecho, sus seguidores fanáticos), al igual que su maestro, Arthur Schopenhauer, que fue a su vez discípulo del autor de extrema izquierda Ludwig Feuerbach, comentarista de Hegel. Y L. Feuerbach tuvo aparte otro gran seguidor (o quasi-plagiador de su obra): Karl Marx. Por lo que es de fácil deducción que K. Marx era tío de F. Nietzsche, y el comunismo y el nazismo parientes mucho más cercanos de lo que se piensa.

Hoy no es posible un régimen del terror en el Estado, no mientras el Estado siga siendo de Derecho. Pero sí que cabe una nueva forma de virtú que se haga con el favor de la Fortuna cuando el pueblo odia a su Príncipe: la Revolución, la Rebelión, la Resistencia.
Es muy fácil: sólo hace falta carisma, liderazgo y algo de habilidad. Bueno, y hacerse con “el photoshop” que compra las mayorías, claro. No hay más que decir lo que todos sabemos, pero con tonos enfadados y exaltados, y conseguir que el pueblo, enfadado y exaltado porque ya no tiene panem et circenses, vea en uno la expresión o la encarnación si cabe de la propia rabia, del propio furor. Porque a nadie de estos iracundos le importa nada más que mostrar su ira. Porque en un 28,3% de electorado español encabronado, a nadie le importa que un tal Pablo Iglesias ame la política chavista en Venezuela; a nadie le importan sus elogios etarras a Bildu (de los que de repente parece que reniega), al levantamiento de la izquierda radical y un etc que voy a cortar ahora mismo (me estoy cabreando mucho y no quiero acabar votando a Pablo Iglesias).

Un PP “virtúoso” que reniega de su programa electoral porque han cambiado los vientos de la diosa Fortuna, un PSOE “virtúoso” que pretende contentar a todos con sus últimas declaraciones cambiando completamente su discurso para adaptarlo a la ventolera de la diosa Fortuna, y un Podemos “virtúoso” que enarbola el levantamiento popular para recabar el electorado afincado en el huracán emergente de la novación (con un claro precedente en España) de la Fortuna. Un Pablo Iglesias que sólo vive en la cólera; que sólo tendrá oportunidades en la medida en que el pueblo esté enfurecido (al menos si continúa con su discurso actual). Bienvenidos a España, la España de los elegidos y no de los electores.

Esta es la verdadera corrupción política: la corrupción de la política; el Gürtel y compañía son meras consecuencias. Quizá alguna vez esta honorable profesión fuera anhelo de construcción y de progreso: hoy, que vemos que la corrupción es inherente a lo alto del sistema, que se ha ido generalizando en la copa de los partidos y de la administración, es palpable el maquiavelismo español, en la derecha y en la izquierda. Nos tratan como medios para su fin: el poder. Pero no carguemos las tintas y los fusiles contra los políticos: si el maquiavelismo funciona, es por la insensatez del pueblo, por su profunda estupidez, por su imprudencia; somos nosotros los que premiamos la doblez con nuestro voto, y nosotros los que posibilitamos y aun alentamos la corrupción con la idiotez que demostramos en las elecciones.

Decid lo que queráis de Rajoy y de Zapatero: a ellos los trajimos tú y yo, tu voto y el mío, dos conciencias engañadas (o que se dejaron engañar). La pregunta es: ahora que vemos, ¿aprenderemos de nuestros errores? ¿Eliminaremos el efecto atacando la causa, o dejaremos en la tierra la raíz de las malas hierbas? ¿Votaremos por panem et circenses, por sentimientos bonitos y laudables, por cabreos irracionales, o con seriedad y responsabilidad? El mañana, español, es tuyo y mío; el cambio en la política (el cambio a mejor), la reestructuración del sistema, está en tu papeleta y en la mía: de ti dependemos todos, así que ten cuidado. Vota con responsabilidad.

Pido una muestra de apoyo para Freixenet

En Cataluña/Democultura/España/Publicidad por

 

Si no lo has visto todavía, tienes que verlo.

El final del anuncio de Navidad para este año de la empresa Freixenet levanta pasiones. No, claro que no me refiero a las bailarinas: me refiero al brindis entre David Bisbal y María Valverde por cien años más juntos. Parecía una expresión inocente: ¡hola, España! Llevamos 100 años de vida, y queremos celebrarlo contigo brindando por otros 100 años más juntos.

Pero… ¡Claro…! ¿Qué diantres significa juntos? Al parecer no se refieren a otro centenario de Freixenet junto a nosotros en la despensa; al menos España no ha querido interpretarlo así. ¿Los criterios hermenéuticos? Pues quizá que no han sido precisamente Oriol Junqueras y Artur Mas los invitados al brindis navideño, sino un andaluz y una madrileña orgullosos de sus nacionalidades (en la desafortunada expresión de nuestra misma Constitución) y su condición española. Bueno, sí… Quizá tengan algo que ver también las declaraciones de José Luis Bonet, presidente de la empresa catalana, en el diario New York Times allá el octubre del año pasado y la subsiguiente polémica: “Cataluña es España y así debería continuar“, se atrevió a decir el valiente. ¡La que lió el empresario…!

Y este año 2014 no podía ser menos: ahí tenéis a Elena Ribera, diputada de CiU, echando humo a mansalva en el Parlamento autonómico, algo enfadadilla la chica, tuiteando cabreos y proponiendo medidas para levantar la economía de la nacionalidad catalana:

 

 

(Yo, si fuera tú, le tuiteaba algo bonito: ahora es un buen momento).

 

 

(Yo, si fuera tú, me hacía eco con el mismo hashtag: ahora sigue siendo un buen momento).

Por mi parte… Señores: no tengo un duro; ahora mismo acabo de meter mi mano en el bolsillo derecho de mi pantalón vaquero y he descubierto que me quedan 3 céntimos de euro; probablemente de mi última compra en Dia (que no entiendo por qué rayos no ponen precios a los productos algo más redondos; cuando ando parezco una pandereta…). Eso sí, aunque no sé cómo voy a hacerlo, estad seguros de que esta Nochebuena brindo con Freixenet ante una foto de Bonet. Está claro: esta Navidad me quedaré sin langostinos, pero por mis santos apellidos que descorcho un cava de la marca.

Desconozco si es una estrategia de ventas (probablemente) o si en estas Fiestas de 2014 la innovadora publicidad del producto es algo accesorio para J. L. Bonet: lo que sí sé es que estoy hasta el moño de reclamos independentistas y de que sólo se oigan las voces de los partidarios de la secesión. Echaba en falta algo como lo de Bonet que, además, no es nuevo en el bando de opositores a la escisión catalana. Y si ya he pagado mi parte de los miles de millones de euros de Bárcenas, de Granados y de los socialistas andaluces (y de Podemos; éstos sin haber subido aún al poder… ¡Telita, Pablito!), algún eurillo caerá con gusto de mi cartera para un empresario que organiza así su estrategia publicitaria. Haz tú lo mismo, y no permitas que prospere el boicot de los malos catalanes.

Y que viva España. ¡Olé!

¡Salud!

La España muda

En España por

“La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado“. Art. 1.2 CE.

“Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política“. Art. 6 CE.

“Las Cortes Generales representan al pueblo español y están formadas por el Congreso de los Diputados y el Senado”. Art. 66 CE.

 

 

A muchos españoles que se sienten despojados.

No sé tú, pero yo miro arriba y abajo, a izquierda y derecha, y no me reconozco. No me reconozco en esa sociedad que se dice española y en la que debiera estar integrado. No soy uno más en ese todo orgánico que llaman “pueblo” y no coincido con nadie ni nada.

Yo soy la España muda.

Miro allá arriba, a las altas esferas de la vida política. Política, voz castellana que, dicho sea de paso, procede del término helénico “polis“, y que trataba de significar la administración de la ciudad, acaso también su gobierno entendido en el sentido democrático (como dirección, como órgano rector, no como instrumento de lucro y dominio). Ésa de ahí arriba es una estancia inaccesible; se me antoja una nueva clase aristocrática fundada en un sistema de influencias y mutuos intereses de los interesados, y siempre a expensas del pueblo. Sí, por qué no: esa casta deleznable, repugnante, de que grita y grita Pablo Iglesias, ese grupito de agraciados que parasitan el sacrosanto corpúsculo social, que chupan sangre retorcidamente del fornido, pero estúpido, individuo corporativo, que es la nación española. Igual da: PP o PSOE, todos prometen, nosotros les votamos ilusionados y esperanzados, les atribuimos el poder en aras de construcción y progreso, y luego, mano a la saca y metálico embargado.

Política, que ya no es lo que era y quizá nunca fuera lo que tendría que haber sido. La bacanal del hombre con recursos, el poder compartido y pactado, la fiesta perpetua de una gordísima sanguijuela, la lujosa cubierta de una galera que avanza con dificultad a costa de sudor y lágrimas, de sangre y dolor, de hombres desconocidos que no importan. La escoria nacional.

Ésa es la opinión, al menos mía, de la generalidad (que no totalidad) de los “seres politicantes” que moran determinados edificios prostituidos, como el Congreso o la Moncloa, que un día fueron signos de la victoria del Pueblo sobre quien ostentaba el poder que le fuera arrebatado. Yo miro hacia arriba y no veo más que una estupefaciente e inmutable golfería, la corrupción más escandalosa y extendida y una cara dura, una sinvergonzonería, una desfachatez que clama al cielo, y me deja boquiabierto.

Ésos son los hombres que nos representan, que ejercen la soberanía única tuya y mía; yo sólo sé que no sé nada, pero de ninguna manera me siento representado por partido o candidatura algunos, y me siento robado, despojado de participación en la soberanía popular, olvidado de la política y de las instituciones del Estado.

Miro aquí abajo el légamo y la podredumbre de unos cuantos, y el agobio ante la escasez de casi todos. Algunos son culpables por idiotas, y no es un recurso literario: algunos son reos por la soberana estupidez (y nunca mejor dicho) del ejercicio ingenuo del voto. Nosotros somos quienes hemos escogido a los hombres que nos gobiernan, somos los que hemos confiado en quien no debimos confiar, y la causa remota de semejante desastre, de esta hecatombe política-social. Oigo mucho griterío en la calle y mucha protesta de quienes se sienten traicionados por los “seres politicantes“, y me río a carcajada suelta. Me río por no morder pómulos furibundo: tú, hipócrita, eres cómplice de la desgracia, y tú el primer responsable de que yo esté donde estoy y como estoy. Así que te callas, y a cargar conmigo con la enorme roca que has arrojado sobre nuestra espalda, que no mereces despegar los labios. ¡Tú, sí tú! ¡Cállate!

Otros son inocentes, sufren sin culpa de ningún tipo. Son legatarios, como lo somos casi todos, de una herencia despreocupada de la “patria” (¡que alguien me explique qué es la patria…!), pero si tomaron parte en la situación, fueron parte contraria. Han sido castigados al desempleo, al empleo en condiciones indignas (a la explotación personal: bienvenidos a la nueva Revolución industrial) o en las condiciones medias del país, que permiten pobres espectativas de futuro. Son los desengañados, resignados a la actualidad de los acontecimientos, y autoceñidos exclusivamente a las propias preocupaciones: sacar adelante la economía familiar, ofrecer el mejor futuro posible a los hijos, levantar en lo factible a quien se hunde a la vera y rogar ayuda cuando el naúfrago es uno, etc. Pero la política… ¡La política…! ¡Qué importa la política…! Cambiarás de banco, pero no de ladrón, que decían nuestros sabios ascendientes. ¡Que le den a la “política”…!

Miro a mi derecha y es esto lo que veo: indiferencia resignada. Ansias de cambio, pero latentes en una profundidad abisal; una desesperación política y social que emerge y se dilata.

Y luego miro a la izquierda y me avergüenzo: pasiones, aclamaciones, voceríos y expresiones del diablo. Confrontaciones violentas, ataques rabiosos y sin mesura a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado (policías y agentes de seguridad que son tan víctimas como otro cualquiera y que trabajan por los mismos motivos que otro cualquiera), griteríos encendidos contra todo y símbolos de todo tipo: hoces y martillos, puños en alto y cantos que debieran haberse agotado el siglo pasado. Mucha verborrea, mucho sentimiento y muy poquita reflexión. Y todos hoy agrupados en torno a un idealista, si no profundamente malvado y estafador, que alaba la represión política y social, la decadencia económica y la dictadura del régimen “fascista” de Maduro en Venezuela; que apoya la labor de un partido etarra, de asesinos de españoles inocentes y de inmediatos responsables de décadas de terror y barbarie, como es Bildu; que provoca a la sedición y a la rebeldía; que pretende enajenar todo lo relativo a la educación para que el Estado sea el único mentor de las mentes del mañana, el verdadero controlador de tus hijos y los míos; que proclama el hundimiento de la economía española mediante la estatalización (que no nacionalización) de toda empresa privada; y que, mientras tanto, factura clandestinamente cientos de miles de euros a través de su productora, cobra becas fraudulentas y recibe miles de euros por su exaltante retórica.

La gran estafa: Pablo Iglesias

Y los españoles (el 28,3 % de los españoles) hacen oídos sordos a la voz de la conciencia política-social, acceden a exaltarse y a alzarse al pretendido paraíso comunista, drogados por ilusas pasiones de libertad y emancipación y rinden tributo al Mesías social, muchos en nombre de la corrupción del PP y del PSOE y olvidando el lucro ilegal de Podemos con sólo diez meses de vida.

Y, boquiabierto, me callo. Yo me callo: porque me enmudece la contrariedad a toda evidencia, porque no sé argumentar lo manifiesto y lo patente. Me callo, perplejo, profundamente asombrado.

Y ante situación tan fácil y tan imposible, yo, y como yo muchos otros, bajo la cabeza y sigo con lo mío. Las Cortes Generales se han separado de nosotros, y no me veo ni siquiera potencialmente representado en ellas; me veo despojado de la soberanía popular, me siento un ente etéreo que vaga sin dejar huella por los campos de mi nación querida. Y me gritan: “¡idiota! ¿No ves que lo que se cuece en el Congreso hoy te afectará de lleno a ti mañana?”. Y me vuelvo a callar: porque tienen razón, pero me niego a idealizar una alternativa que brama con furia pero no ofrece opciones viables, y me niego a disculpar cegado por la emoción sus primeros coletazos, que sólo han vaticinado hundimiento y catástrofe. Me callo, porque no sé qué más decir ni qué puedo hacer.

Y me siento a la mesa del bar con mis compatriotas, con los constituyentes de la España muda, bebo una cerveza y río bagatelas e irrelevancias. Y cuando se haga el silencio, entre trago y trago, volveré impotente a recordar aquel canto miguelhernandiano al toro de España:

Bajo su frente trágica y tremenda,

un toro solo en la ribera llora,

olvidando que es toro y masculino.

y volveré a sacudirme la cabeza y a apurar la cerveza, y plañiré con Blas de Otero, patriota vasco que hoy renegaría de Bildu:

¡España! ¡No te olvides de que hemos sufrido juntos!

Y esto último que copio y pego, para quien lo entienda y lo sitúe en su contexto histórico, pretende también ser un aviso.

Pedrito, Pedro… ¿Qué escondes ahí detrás…?

En Cataluña/España por
Foto de los dirigentes del PSOE para la propaganda de la Declaración de Zaragoza

“¡Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios!”, vociferó exaltado en su día Antonio Machado. ¡Pues siga guardándonos a los que hemos llegado ya al mundo en esta nación que parece (parece) se cae a cachos!

Sigue leyendo

La rebelión civil: un reclamo de derechas

En España/Pensamiento por

Pablo_Iglesias_(Podemos_23-05-2014)

Últimamente se oye mucho un vocerío en la calle que a unos cuantos no deja de asombrarnos. El discurso sobre la rebelión y la sedición, el enfrentamiento armado, el levantamiento popular… Parecía que lo habíamos dejado encerrado en los libros de Historia, pero no: determinados personajes de determinados signos políticos lo han enarbolado en sus intervenciones públicas y se han colgado un pin a modo de blasón, seduciendo masas con dialécticas pretendidamente revolucionarias y de izquierdas… solo pretendidamente.

Sigue leyendo

Ir al inicio