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Voltaire y la piscina de Arganzuela

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Ya en el siglo XVIII, lo advirtió Voltaire. El ateísmo filosófico del barón D´Holbach encubría, bajo su ímpetu desacralizador, una actitud pía y reverencial frente a la naturaleza. La sospecha y desconfianza suscitadas por la vieja religión terminaron alumbrando una nueva divinidad, en vez de proscribir, de una vez y para siempre, como hubiera deseado Voltaire, los delirios del fanatismo.

La naturaleza constituía el reverso liberador de la costra de prejuicios y supersticiones sedimentada a lo largo de los siglos. Invocarla significaba penetrar en un reino material objetivo, regulado por leyes universales. Leyes que invisten al hombre y a la sociedad con la aureola de lo justo y necesario, eximiéndolos de trapacerías y corruptelas, oscurantismos y servilismos, de un sistema de poder auspiciado por el interés de aristocracias depredadoras y mezquinas.

El culto de la naturaleza durante el siglo XVIII condensó, en sus casos más extremos, como el del barón D´Holbach, autor de esa biblia del ateísmo titulada Sistema de la Naturaleza, el sentido de una nueva fe que, por contraste con el envilecido Antiguo Régimen, abría las puertas del cielo social. En él, los hombres dejarían de estar sometidos a las hipócritas reglas de la tradición y podrían mostrarse, en su cuerpo y en su espíritu, como seres auténticos plenamente realizados.

Lo que no conviene obviar es que la crítica ilustrada de bárbaras costumbres y supersticiones se ha transformado, en la actualidad, en un fanatismo supuestamente liberador respecto del que muchas tradiciones y hábitos consagrados por el tiempo parecen un oasis de moderación y sensatez.

 

La crítica ilustrada de las bárbaras costumbres ha derivado en la actualidad en un fanatismo respecto del que muchas tradiciones parecen un oasis de moderación.

 

¿O uno no encuentra muchas veces más moderación y sensatez en quienes disfrutan de las corridas de toros, comen carne habitualmente y vacunan a sus hijos que en los animalistas, los vegetarianos y los defensores de una medicina alternativa?

Entre otras razones, porque los primeros no suelen ser doctrinarios, mientras que los segundos suelen amparar su elección con un amplio y demencial catálogo de argumentos. Y ya sabemos a estas alturas que cuando un comportamiento necesita justificar, digamos que filosóficamente, su diferencia y singularidad tiende a incurrir en el sectarismo característico de censores fanatizados por su elección.

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No deja de resultar paradójico cómo el odio ilustrado al sectarismo y el fanatismo, núcleo de la apología ilustrada de la naturaleza, dilucidaría en muchos de los actuales abanderados de una sociedad natural el mismo despótico y cerril entusiasmo que un Voltaire y un D´Holbach denunciaron en las bárbaras costumbres de su tiempo.

Quizás, esta paradoja se explique de manera sencilla si apreciamos el peligro que representa absolver a la naturaleza de cualquier pecado y cargar todo el mal en el objeto de sus liberadoras diatribas. Percepción que Voltaire, embarcado en la misma campaña crítica que D´Holbach, tuvo gracias al higiénico escepticismo de su inteligencia, siempre precavida contra los viejos dogmatismos sabedores de su condición y contra los nuevos dogmatismos de conciencia inocente y virginal.

¿Qué hubiera pensado el autor de Cándido de una piscina como la de Peñuelas, en el distrito madrileño de Arganzuela, donde, por decisión municipal y debido a la influencia de la Asociación para el Desarrollo del Naturismo (ADN), ir en bañador o desnudo fue una opción personal durante un día de finales de julio? ¿No habría barruntado en ese experimento tan imaginativo denominado “Día del bañador opcional”, experimento con visos de consolidarse como algo normal en futuros veranos de la Villa y Corte, la pía y reverencial actitud de D´Holbach frente a la naturaleza? Mas, eso sí, plasmada en un estilo, por decirlo de alguna manera, más rudimentario que el del Sistema de la Naturaleza.

Al medir por el mismo patrón el uso convencional de llevar bañador y el acto natural de quitárselo, se estaría, implícitamente, estigmatizando una norma que atentaría, en nombre del pudor, contra la libertad de cada bañista. Es decir, se estaría estableciendo una equidistancia entre un determinado hábito social y el acto subjetivo de rechazarlo apelando a una desprejuiciada filosofía naturista.

El problema de esta nivelación de conductas es que, a la misma, le pasa desapercibido el hecho de que los hábitos comunes no entrañan uno de los extremos de las opciones barajadas sobre las que tenemos el derecho de elegir (como da a entender el eslogan “Día del bañador opcional”), sino el punto de tácito acuerdo que, más allá de nuestras elecciones personales, de nuestros gustos y fobias, hace posible la convivencia, nos convierte en personas civilizadas. Las cuales, más que exigir continuamente que se atienda su opinión sobre cualquier asunto, por peregrino que sea, saben relativizar sus preferencias en aras del cumplimiento de las normas.

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El culto desinhibido a lo natural lleva a la ruptura de los equilibrios sociales, deslegitimando los usos sociales como “hegemonía de unos estilos de vida sobre otros”.

 

El culto desinhibido de lo natural lleva a una ruptura de los equilibrios sociales materializados en forma de convenciones. Y ello mediante la deslegitimación de los usos forjados por el paso del tiempo en tanto expresiones injustificadas de la hegemonía de unos estilos de vida sobre otros.

En la sociedad transparente de piscinas públicas donde conviven bañistas pudorosos y nudistas, se habría alcanzado un cénit democrático. Aunque, indudablemente, a costa del establecimiento de una insidiosa discriminación pues el bañista pudoroso tendrá muchas más dificultades para integrarse con los nudistas que estos con aquel. Pese a que los nudistas encubran su imposición diciendo que nadie te obliga a quitarte el bañador, en lo que se percibe el tono cínico de quien sabe que tiene la sartén por el mango.

La utilidad de lo convencional estriba en restringir los aspectos ofensivos de nuestro comportamiento, mientras que el culto de lo natural, prevalecido de asentarse en una certeza filosófica, no se dejará arredrar por dichos aspectos, sublimándolos como excrecencias pasadas de moda de sociedades oscurantistas temerosas del pensamiento libre y las glorias del cuerpo.

 

Lo que demuestra el episodio de Arganzuela es el error de confundir la necesaria crítica de las malas costumbre con el rechazo a toda forma de organización basada en convenciones.

 

Sin entrar en la espinosa cuestión de la calidad exacta de dichos pensamiento y glorias, lo que demostraría el muy instructivo episodio de la piscina de Arganzuela es el error de confundir la crítica necesaria de las malas costumbres con la de toda forma de organización social basada en convenciones sin otro fundamento que su persistencia y que no han sido, como correspondería a nuestros tiempos delirantemente democráticos, sometidas a votación.

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¿Realmente alguien piensa que cabe naturalizar de una manera absoluta la vida social, prescindir de la distinción tradicional entre comportamientos admisibles e inadmisibles y expulsar las convenciones y usos consagrados a las tinieblas exteriores por su falta de pedigrí democrático, por su artificialidad e inautenticidad características, por depender de factores ajenos a la voluntad de cada cual? ¿No forma parte de la naturaleza social del hombre entender los artificios de la convivencia como hechos razonables dada su utilidad a pesar de que dichos artificios no hayan sido, ni puedan ser justificados racionalmente? ¿No sería, en cambio, la exaltación naturista y voluntarista de la democracia, con su obstinado deseo de que toda pauta de comportamiento descanse en razones claras y demostradas, justo lo contrario de lo que dice ser, algo alejado de la naturaleza social del hombre, ciego en su afán por reducirlo todo a principios indubitables y, por ello, capaz de causar muchos más perjuicios y malestar con su forzado fanatismo liberador que las razonables y útiles convenciones que diseñan nuestras rutinas?

Sin pretender exagerar, me parece que aquel vecino de Arganzuela que, al llegar a la piscina y ver el panorama, se volvió a su casa entre apesadumbrado y avergonzado simboliza el heroísmo de una libertad amenazada por la, hoy en boga, pía y reverencial actitud frente a la naturaleza.

 

IMAGEN: Cuadro de la artista estadounidense ©Samantha French 2014

Luis Gonzalo Díez (Madrid, 1972) se dedica a la enseñanza y a emborronar más páginas de las debidas. Sus gustos y aficiones son tan convencionales y anodinos que mejor no hablar de ellos. Le interesa, más que la política, el pensamiento político. Y ha encontrado en la literatura el placer de un largo y ensimismado paseo a ninguna parte. Ha publicado "Anatomía del intelectual reaccionario" (2007), "La barbarie de la virtud" (2014) y "El viaje de la impaciencia" (2018).

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